Conspiración en Pémex

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sábado, 3 de octubre de 2009

Minucias de una ideología decadente


Debe haber sido el producto incestuoso entre el neo-panismo y la cursilería neoliberal vigente lo que dio en llamarse “gobierno del cambio” o con mayor actualidad “presidencia del empleo”. La república de las bromas pesadas se vio nuevamente favorecida por la creatividad del equipo del señor Calderón y, en boca del propio gerente nacional se dio el aviso: los ahorros de los trabajadores servirán para que las empresas especulen en la Bolsa de Valores sin riesgo para sus activos, porque aquí lo único hipotecable es y será el futuro de los trabajadores.

Ni qué decir del gusto con que fue acogida esta nueva posibilidad de gasto, porque si no ¿para qué es el ahorro de los demás? Así, el ahorro para el retiro de millones de trabajadores anónimos sería una palanca para la reactivación económica privada y el gobierno quedaría como su empleado más diligente, lo que seguramente llenaría algunas páginas de sociales. La política económica o, más bien, las medidas fiscales de coyuntura se verían mejor con semejante regalo: una cantidad billonaria a cambio de una promesa tan volátil como las expectativas de la Bolsa Mexicana de Valores, caja de resonancia de la ineptitud empresarial mexicana para generar riqueza y su subordinación a los agentes externos.

El trauma de la insolvencia podía ser, en todo caso, transferido a los futuros jubilados y pensionados, calculando que un eventual golpe de suerte pudiera permitir que las apuestas accionarias fueran ganadoras, tanto como para evitar la evaporación del dinero de las afores, o en su defecto, el reclamo inmediato de los afectados, al apostar al muy largo plazo en el que, como dijo el clásico, todos estaremos muertos.

Algunos analistas económicos y políticos han opinado que lo mejor sería utilizar primero los recursos con que cuenta el propio gobierno, que por otra parte, se ha caracterizado por el subejercicio del gasto autorizado por el Congreso. De prosperar esta posición y no la del gobierno, entonces ¿cómo se notaría el sacrificio ciudadano y de qué manera pudiera sostenerse el llamado a la solidaridad de los trabajadores, a favor de los empresarios?

Es cosa sabida que en la mentalidad neoliberal los primeros en sacrificarse son los trabajadores, de acuerdo a una muy consolidada tradición que parte de los fundamentos mismos del sistema capitalista. En el capitalismo no puede haber ganancia empresarial sin la necesaria explotación de los trabajadores, y en esta etapa de incertidumbre y carestía, lo natural es que los dueños del capital utilicen al gobierno como la palanca que haga posible, en su beneficio, la transferencia legal del ahorro de los trabajadores y lo convierta en inversión empresarial. Desde luego que la garantía que se ofrece está ligada a la muy común práctica de la especulación, sujeta a los avatares del mercado en un contexto en el que la palabra “colapso” define bastante bien la situación de la economía mundial.

Si a este arrebato de inspiración económica se añaden los otros que ha anunciado el señor Calderón, no puede menos que aplaudirse su esfuerzo didáctico al traducir en prácticas actuales los escritos de los clásicos de la economía cuando hablan de papel parasitario de los rentistas, de los especuladores que no invierten sus recursos en el desarrollo industrial y que chupan, como vampiros, los productos del esfuerzo ajeno.

México se ha caracterizado por su política de abandono de las actividades con rendimientos crecientes porque, sobre todo a partir de los años ochenta, el gobierno se dedicó a desmantelar sistemáticamente el aparato productivo, liquidando industrias y haciendo desaparecer infraestructura y apoyos a la investigación aplicada a procesos productivos. Desaparecieron instituciones dedicadas a la investigación agrícola y pecuaria, a la aeronáutica, a la industria nuclear, al petróleo, e incluso al desarrollo de la cinematografía y otras artes escenográficas. En la actualidad, la infraestructura que queda o se crea se dedica al fomento de la maquila, y la educación superior se adapta a este modelo. Las actividades altamente redituables están en manos de las empresas trasnacionales y el registro de patentes nacionales es solamente una buena intención, desalentada con insistencia por las enormes trabas burocráticas y el control evidente de ideas y procesos por parte de los consorcios extranjeros.

Si la ideología neoliberal tiene un laboratorio para probar la resistencia y vulnerabilidad de pueblos e instituciones, quizá se encuentre localizado en el México post-salinista. La educación en general y la superior en particular son los blancos sobre los cuales se ha descargado la más pesada artillería: Mutilación o distorsión de contenidos, presupuestos insuficientes, reformas claramente atentatorias contra la calidad de la formación y trivialización del currículo. Asimismo, la ausencia de una política de desarrollo regional y municipal se ve acompañada de la inexistencia de un programa de fomento a la actividad industrial, por lo que el conocimiento de los recursos naturales de México resulta irrelevante y por eso ya no es necesaria la enseñanza de la geografía económica en las escuelas y facultades de economía. Por eso, tampoco es materia obligatoria en algunos programas de licenciatura la planeación del desarrollo, porque ¿para qué planear si no hay control de las variables fundamentales de la economía?

Tras el absurdo de las medidas propuestas por el señor Calderón, está el trivial juicio del empresariado hecho gobierno, está su ideología parasitaria, su fe en el mercado y, para decirlo claro, en el azar, en el giro de la moneda que está en el aire, y en las apuestas con dinero ajeno como el ahorrado en las afores. La ideología del neoliberalismo periférico es, a final de cuentas, la racionalidad errática del capitalismo dependiente en la época del colapso del modelo en que se sustenta. Mejor apuesta sería el emprender con el mayor empeño, la tan postergada industrialización del país, eliminar los regímenes de excepción en el ISR, invertir en fuentes de empleo y usar el margen de endeudamiento público en inversión productiva, que genere empleos e ingreso a las familias, restableciendo su capacidad de compra. Esta moneda, la del desarrollo mexicano, también está en el aire.

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