Conspiración en Pémex

Notas Sueltas es un espacio de opinión sobre diversos problemas de carácter social, económico y político de interés general. Los comentarios pueden enviarse a: dalmx@yahoo.com

miércoles, 27 de agosto de 2014

País de garabato

¿Se ha preguntado usted por qué en México las empresas trasnacionales gozan de aparente impunidad? ¿Por qué los empresarios le sacan fácilmente concesiones y favores al gobierno en turno? ¿Por qué la ley y la justicia ante ellos se muestran evasivas y laxas cuando de castigar se trata? Cuando ocurre un accidente, desastre ecológico o violaciones al derecho laboral, la legalidad se vuelve de chicle, es extremadamente flexible, considerada, cómplice pudiéramos decir, y nada ni nadie parece que puede persuadir a los señores representantes de la ley y el orden de cumplir con su estricto deber, sin buscar pretextos, dilaciones, excusas y justificaciones favorables a los infractores o simples delincuentes.

Mientras que los policías se solazan en aporrear y vejar a los ciudadanos que se pasan un alto, que tienen cara de sospechosos o que de plano les cayeron gordos, los señores empresarios pueden poner a temblar la economía familiar, hostigar al cliente, reducir a polvo su reputación y acabar con la tranquilidad de los hogares mediante el hostigamiento telefónico, los continuos avisos de cobro, la prepotente mirada despectiva de sus empleados y el mal trato al cliente como norma sagrada de observancia empresarial.

Si usted tiene la mala fortuna de ser moreno, de aspecto común, vestido mal o con modestia producto de vivir con uno a tres salarios mínimos, ya sacó boleto para calificar  como sospechoso de cualquier tipo de delito. Aun si vive con tres o cinco salarios mínimos, las esperanzas de un trato digno se evaporan en la medida en que usted cae en garras del crédito comercial o, sin caer en él, por ser miembro de la clase proletaria que huele a criminalidad potencial.

El ciudadano del campo como el de la ciudad tiene que vivir con el estigma de ser precarista en una sociedad donde el ideal de logro se traduce en un nivel de consumo por encima de la media. En este sentido, el trabajador o el pequeño empresario rural sufren de una minusvalía social que permite que el gobierno se regodee en situaciones de crisis: entre más jodida esté la gente, más prestarán atención a la generosidad de las fundaciones, personajes políticos, o funcionarios de gobierno. La crisis o emergencia permite que los miembros de su partido reciban los apoyos mientras que los opositores o independientes quedarán al margen de los beneficios que exige la coyuntura.

Ahora que estamos en temporada de derrames, el agua embotellada, por ejemplo, se reparte de acuerdo a criterios políticos, según se ha denunciado (http://www.dossierpolitico.com/vernoticias.php?artid=147597&relacion=&tipo=Sonora&categoria=1). Los del PAN si reciben agua mientras que la oposición bien puede quedarse chiflando en la loma. El apoyo selectivo parece tener la marca de la filiación política sin considerar que la necesidad es de todos.

Pero más allá de las mezquindades propias de una mentalidad políticamente subdesarrollada, la actitud de las autoridades supone una suerte de incredulidad ante la realidad regional, ya que el lenguaje y las acciones son tímidas, dubitativas, sospechosamente torpes: se sugiere o impulsa la creación de una comisión para analizar el caso, ver si es cierto que los compuestos acidulados son tóxicos, qué tan tóxicos, cuánto les durará lo tóxico y qué tanto puede tolerar su contacto un organismo vivo para dejar de serlo.

Si el sindicato minero desde hace varios años advirtió al gobierno federal y estatal del peligro potencial que había en los famosos represos de la minera Buenavista del Cobre de Cananea, los problemas de seguridad industrial y el daño que estaba sufriendo la población por la constante exposición a substancias tóxicas, entonces, ¿cómo acreditar el interés, la responsabilidad y la competencia de las autoridades locales y federales cuando apenas se va a investigar? El caso de Cananea parece ser la crónica de un desastre anunciado por los propios mineros y cómodamente ignorado por la empresa y el gobierno.

Como si fueran zopilotes al acecho de un cadáver, los opinantes institucionales saltan a la palestra y se ponen bajo el reflector de la coyunturalidad noticiosa: la universidad tal y tal conjuntamente con la de este y aquél estudiarán las causas y consecuencias del derrame, lo que arrojará un artículo publicable que permitirá a los autores cosechar puntos para su currículo. Por otra parte, un grupo de psicólogos irá a las comunidades a “curar el daño emocional” de no tener agua, como si el problema tuviera otra solución que la de reparar el daño ambiental y dotar a la población del líquido de manera permanente y continua.

Resulta escandalosa la noticia de que la minera pagará una multa ridícula por el daño ocasionado, como si se tratara de pasarse un alto o conducción punible. El arruinarle la vida a varios miles de familias y ciudadanos trabajadores en el medio rural no tiene comparación. Se han arruinado cosechas, muerto ganado, se han tenido que tirar miles de litros de leche y paralizado la producción de quesos, sin fecha segura para reactivar la economía campesina. Se requieren acciones serias y decididas que garanticen la seguridad ambiental y productiva de los productores rivereños, y no medidas distractoras.

Lo obvio es suspender de manera definitiva las actividades de Grupo México en Sonora, toda vez que ha demostrado a lo largo y ancho del país su desprecio a las normas de seguridad e higiene, así como revisar y replantear el régimen de concesiones mineras y similares. No es posible que México sea tan permisivo y barato en términos de costos por contaminación ambiental.

No podemos ser el resumidero de los ecocidas internacionales, por más que se levanten voces locales en defensa de los contaminadores Larrea: El PAN, Semarnat y los empresarios agrupados en organizaciones patronales pugnan por que no se “satanice” a Grupo México, porque sería un “mal mensaje para los inversionistas”. ¿Para qué quiere Sonora y México atraer inversionistas que se pasen por el arco del triunfo las leyes y normas ecológicas y de protección ambiental, además de los derechos laborales y sociales de nuestros coterráneos?  

Con o sin derrames mineros en Sonora, el país se encuentra en un grave problema. En vez de esforzarse por alcanzar lo que todos suponemos que debe ser un país libre y soberano, el gobierno de la república se empeña en hacer retroceder el reloj de la historia nacional, como queda demostrado con la reversa a la expropiación petrolera cardenista de 1938 o la nacionalización eléctrica de López Mateos de 1960. Da la impresión de que el modelo que el actual gobierno sigue es el porfiriano, tan dependiente del extranjero, tan permisivo con la oligarquía y tan represivo con el ciudadano.


Las condiciones sugieren la seria y puntual revisión de nuestro concepto de ciudadanía, donde deberán brillar las libertades pero también el estricto cumplimiento de las leyes. No es exagerado decir que lo que se juega en el país es nuestro futuro independiente o la condición de ser colonia de las trasnacionales. 

miércoles, 20 de agosto de 2014

Agua que no podrás beber

Los señores del Grupo México nos persuaden de que en nuestro país todo es posible, que la ecología y la protección al ambiente pueden figurar en los discursos y los compromisos internacionales, pero sin conocerse y menos acatarse por las autoridades y los empresarios interesados en la extracción de metales. México en general y Sonora en particular han sido escenario de una variopinta tropa de excavadores que hablan diversos idiomas y tienen distintos aspectos: güeros, morenos, blancos o amarillos, pero con iguales propósitos de uso y abuso de los recursos naturales de un país blandito ecológicamente y apático ambientalmente. El oro, la plata o el cobre son metales que sólo la mentalidad desarrollada de las empresas de clase mundial puede entender, por eso hay que dejarlas hacer y pasar.

Las concesiones mineras que se reparten como anuncios de barata son la garantía de que mañana o pasado estallará una bomba ambiental gracias a la laxitud oficial que se hace de la vista gorda para “atraer inversiones y generar empleo”,  en un entorno donde lo que se requiere son apoyos a las actividades productivas. Lo anterior no debería significar que se extiendan cheques en blanco, pero en la vida real los empresarios gozan de patente de corso y prácticamente son intocables. En nuestro medio, la recolonización empezó antes de las reformas de don Copetes. Son producto neto de la pesadilla neoliberal o, si se quiere, de rescate neoporfirano de nuestra dependencia.

Es frecuente que se denuncien abusos por parte de las empresas mineras, las maquiladoras y otras que se acogen a la benevolencia legal mexicana y a sus peculiares formas de interpretar y aplicar la ley. Al parecer, la legalidad depende tanto del origen como del monto de la cuenta corriente del emprendedor y no de aquello que esté codificado y sea oficialmente observable. El placer de la evasión sólo lo proporciona una buena relación política o económica con alguna autoridad competente, donde los simples ciudadanos de a pie tienen el papel de sujetos de la acción legal, gracias a que somos una república representativa y popular en la letra constitucional pero un espacio de franquicias y concesiones en la realidad. Sin dinero, ¿bailaría como lo hace el perro nacional?

El surrealismo mexicano de cada día nos hace ver cosas que no existen o que no deben estar donde están: el agua contaminada por una mescolanza de metales pesados, entre los que se encuentra el arsénico, fierro, cadmio, litio y cobre en cantidades muy por encima de la norma y que, para simplificar, al caldo se le llama “sulfato de cobre acidificado”, es declarada inocua, no tóxica, por la minera culpable, ahora conocida como Buenavista del Cobre y filial del Grupo México de Jorge Larrea (http://www.dossierpolitico.com/vernoticias.php?artid=147036&relacion=&tipo=Sonora&categoria=1), en abierta contradicción con la opinión de algunos especialistas que han señalado la irresponsabilidad de la empresa y advertido de la peligrosidad de la substancia derramada (http://www.uson.mx/noticias/default.php?id=17313 ).

Desde luego que las consecuencias no se han hecho esperar y el incidente ha tenido que ser reconocido por las autoridades como un desastre ecológico. Por lo pronto, los productores de leche y queso han tenido que suspender sus labores productivas debido a la toxicidad del agua, lo que representa un duro golpe a la economía regional (http://www.dossierpolitico.com/vernoticias.php?artid=147125). El agua del río que es sinónimo de vida, gracias al señor Larrea ahora lo es de muerte.

En los medios nacionales circula la noticia del desastre nuestro de cada día (http://www.excelsior.com.mx/nacional/2014/08/14/976304), proyectando el hecho a las páginas más oscuras de los crímenes contra el ambiente, donde la dimensión humana se acrecienta cuando se reflexiona sobre el riesgo que corre la salud de los habitantes de Sonora gracias a la negligencia y afán de lucro de uno de los empresarios más favorecidos por el sistema (¿Quién no recuerda la tragedia de Pasta de Conchos, que goza de cabal impunidad?).

Sin duda, somos una sociedad eufemística, basada en las apariencias, sin valor para llamar a las cosas por su nombre, sin el coraje y la conciencia cívica para tomar cartas en el asunto colectivamente y exigir el castigo a los culpables y el cierre de las empresas contaminantes. Aún en ese tenor, la declaración de la empresa  minera sobre la no toxicidad del sulfato de cobre acidificado es una nueva mentada de madre a la dignidad e inteligencia de los sonorenses. Al respecto, el sindicato desmintió de inmediato el dicho de la empresa (http://www.dossierpolitico.com/vernoticias.php?artid=147158).

El delegado del sindicato minero, Héctor Verdugo, fue enfático al señalar el daño que se estaba produciendo a la flora y fauna debido al derrame de los 40 mil metros cúbicos de la substancia: “Definitivamente sí es ácido sulfúrico en un 99 por ciento, que no los quieran engañar, el daño a los mantos acuíferos, al medio ambiente, a la flora y fauna es una lamentable realidad que desde hace años se vienen presentando, familiares, amigos, compañeros y habitantes de Cananea han padecido desde alergias hasta cáncer en la piel y en otros órganos del cuerpo” (http://www.dossierpolitico.com/vernoticias.php?artid=147048). ¿Más claro?

Pero hablando de otro tipo de derrames, mientras en Sonora el tema del agua parece no dejar de tener vigencia periodística, los miembros de la diputación pitufa federal se deschongan en un elegante y costoso encuentro con teiboleras y pasan a la historia como la fracción parlamentaria más derrochadora, libidinosa e hipócrita del momento (http://www.contactox.net/index.php/12047-teiboleras-manoseos-condones-en-encerrona-de-diputados-federales-del-pan). Pero la fama no viene sola, ya que las labores legislativas de éstos y sus cómplices neoliberales de otras fracciones como el PRI, Verde, Panal y PRD, hicieron gala de su vocación prostibularia al aceptar generosos bonos especiales por haber aprobado sin chistar las reformas propuestas por el ejecutivo a cargo de la liquidación nacional, como puede verse en el cuadro siguiente: http://www.yoexpreso.com/edicionimpresa/20140813/1/13.pdf

Para hablar de las últimas hazañas de la pitufez local, resulta interesante constatar que la comparecencia ante los diputados de Teresa Lizárraga con el fin de aclarar el paradero de los más de 2 mil millones de pesos del desfondo del Isssteson, se frustró gracias a que la mencionada no sólo no contestó los cuestionamientos sino que fue apoyada por una maniobra de distracción al provocarse un zafarrancho donde estuvo involucrado el diputado priista cuestionante y un fotógrafo al servicio del PAN en funciones de porro, quien provocó al diputado, con lo que los panistas  alcanzaron el objetivo de desviar la atención del asunto del Isssteson. Así las cosas, el misterio del desfondo queda sin resolver (http://youtu.be/v2rcx7Y48Ak).

Para no variar, el pueblo de Sonora sigue estando sin representantes verdaderos y sus intereses desprotegidos, pero contando con los nuevos, oportunos y divertidos temas de conversación que proveen los legisladores de los diversos partidos y los propios funcionarios locales. Que no quepa duda: en Sonora nadie se aburre.


jueves, 14 de agosto de 2014

Sin el eufemismo no puedo vivir

Las exigencias de la modernidad en el trato y las convenciones sociales que nos permiten comunicarnos sin necesariamente decir lo que pensamos o lo que son las cosas o los hechos y circunstancias propias y ajenas, abren un enorme y rico filón de oportunidades para ejercitar la imaginación, el retruécano, la creatividad en la construcción de imágenes, conceptos, virtualidades y productos de la ingeniería social que nos deben maravillar, tanto como persuadir de su uso corriente.

¿Qué sería de la sociedad local, nacional o internacional si dijéramos de manera respetuosa pero exacta lo que pensamos o sabemos de tal o cual situación o problema? ¿Podríamos vivir con la pesada carga de decir lo que sabemos de las personas, animales o cosas con las que tratamos directa o indirectamente? ¿Sabríamos qué cara poner en caso de ser sorprendidos diciendo la verdad? ¿Serían soportables las complicaciones de la objetividad? ¿Podríamos lidiar con las responsabilidades de la sinceridad? La respuesta a las anteriores preguntas pudiera ser NO. Le comento:

Los valores de la honestidad, la objetividad, la verdad y la sinceridad entran en conflicto con la formación que se recibe en las escuelas, en las calles y definitivamente en los medios masivos de comunicación que pastorean a multitudes de creyentes mediante las figuras icónicas que aparecen a cuadro. La unilateralidad del mensaje es consigna, orden ejecutiva, norma de conducta y dogma de fe: cuando un locutor o comentarista de televisión o radio, por iniciativa propia o por encargo, inicia una moda en el lenguaje o las costumbres, tenga por seguro de que pronto habrá muchos que repliquen la forma y contenido del mensaje.  

El gobierno es uno de los principales promotores de conceptos o conductas que pronto prenden en la fértil materia de la conciencia colectiva. Al respecto, se destacan expresiones como “adultos en plenitud” para referirse a lo que hasta hace poco llamábamos viejos. Cualquiera sabe que la plenitud implica la real y amplia posesión y ejercicio de las capacidades físicas, mentales y sociales del individuo. Si esto es así, ¿por qué hablar de plenitud cuando el sujeto está en la parte baja de su ciclo vital? ¿Qué caso tiene no hablar de vejez cuando sobre el “adulto en plenitud” vuelan en círculos los zopilotes? ¿Es humanitario ocultar los estragos del tiempo que se manifiestan en la disminución de la vitalidad física, mental o social? ¿Acaso la artritis, la deformación de la columna, la pérdida de masa ósea, las arrugas y manchas hepáticas en manos y rostro, el cráneo pelón, las cataratas, glaucoma o deterioro visual, la pérdida o desgaste severo de piezas dentales suponen plenitud?

Otras expresiones que llaman la atención son las referidas a los individuos que padecen alguna deficiencia física o mental. Aquí encontramos magníficas máscaras verbales que insinúan la realidad de los sujetos sin atreverse a revelarla: “débil visual” o “invidente”, por evadir miope severo o ciego. A los miembros de la tropa de los mancos, mochos, retrasados mentales, deformes, entre otras incapacidades, se les cataloga como “especiales” o con “capacidades especiales” o “diferentes”. ¿Qué tiene de especial la capacidad disminuida, la pérdida de un ojo, la carencia de una extremidad, o el defecto de nacimiento?  

La compasión y el respeto a la persona que de esta manera ha sido condenada por la naturaleza o la casualidad, no tiene por qué transformarse en superioridad ficticia o mérito por el hecho de padecer capacidades disminuidas. En todo caso, la sociedad no debe ocultar o maquillar el problema, sino verse obligada a entenderlo, remediarlo o, en cualquier caso, generar las condiciones para que la vida de estos desafortunados sea mejor. La mentira o el ocultamiento de la realidad física y mental de una persona no puede ser una solución aceptable en una sociedad democrática e incluyente; en todo caso, lo recomendable es llamar a las cosas por su nombre y trabajar por una mejor calidad de vida para los afectados.

Es francamente surrealista hablar de niños “especiales” cuando nos referimos a chicos con graves problemas de normalidad en su desarrollo mental o físico. Para empezar, a los ojos de los padres todos los hijos son especiales, sanos o enfermos. Ocultar que uno es ciego, sordo, mudo, amputado o incapaz de sostenerse en pie y caminar por su cuenta no resuelve el problema. Me parece que se convierte en un objeto o cosa a quien se considera especial en estas condiciones, siendo que lo indicado es llamar al problema por su nombre y buscar soluciones que acerquen a la normalidad al sujeto. Se debe imponer la equidad y la justicia sobre la autocomplacencia.

El trato absurdo que se comenta es manifestación de otro problema que permanece oculto por intereses que no conviene evidenciar. En la actualidad, nadie (o casi nadie) puede ignorar que la filantropía tiene como motor la conveniencia, para lo que pondré el ejemplo del Teletón de Televisa. El dinero que usted aporta va a engrosar la bolsa que la empresa televisiva se ahorra en impuestos, según ha sido denunciado por diversos medios  tradicionales y electrónicos. Por esa razón Hacienda devuelve impuestos milmillonarios a Televisa. Es decir, si usted actúa de buena fe, con un curita en el alma y coopera en la colecta, en realidad está patrocinando a una empresa que parasita la beneficencia y evade impuestos con total impunidad, gracias a usted y a su lacrimógena concepción de la caridad (http://youtu.be/JcITSCF9AnY). Tras la aparente filantropía actual se esconde el interés económico y el político.

Sin fotoshop
Un buen ejemplo del manejo perverso de conceptos o situaciones que siendo condenables se ennoblecen, es el de la “ayuda humanitaria” de Estados Unidos a no pocos pueblos. La defensa de valores occidentales como la democracia y las libertades civiles ha servido para destruir y avasallar a países como, por ejemplo, Afganistán, Irak o Libia. Usted seguramente conserva fresca en su memoria la perturbadora situación de la franja de Gaza palestina, en constante ataque genocida de Israel apoyado por Estados Unidos y socios. ¿Qué valores pueden justificar la masacre de todo un pueblo? ¿Qué justifica la limpieza étnica? ¿Qué religión puede patrocinar el exterminio humano masivo? ¿A nombre de qué dios se justifica el asesinato?

La sociedad eufemística evade llamar a las cosas por su nombre. La precisión de los conceptos es tabú, es políticamente incorrecta, incómoda, comprometedora, demasiado cruda para ser pronunciada ante una sociedad apabullada por la mentira, la simulación y la farsa. La cultura de la evasión conceptual conforma una mentalidad que se proyecta y trasmite de la generación actual a las futuras. Tal es el caso de no llamar asesinos y genocidas a los gobiernos de EE.UU., Inglaterra, Francia, o Israel. En estos casos siempre debe anteponerse alguna justificación que oculte la verdad y que propicie la complicidad internacional por comisión o por omisión. ¿Se imagina el problema moral o político de señalar a Israel como genocida? ¿Y el Holocausto?, ¿y la calidad internacionalmente consagrada e incuestionable de víctimas de los judíos? Si usted se atreve a criticarlos corre el riesgo de que se le catalogue como antisemita o pro-nazi.

Otra situación políticamente incorrecta sería, guardando las proporciones, criticar el activismo de quienes favorecen públicamente la conducta homosexual en su afán de hacerla pasar por normal y socialmente deseable. Quienes sostienen que es aberrante e impropia como norma social son atacados de inmediato con el epíteto de homofóbicos, o intolerantes, ignorantes y pre-modernos.

Me gustaría saber más allá de toda duda si se puede reproducir en condiciones normales un mamífero sin el aporte femenino y masculino. Como usted sabrá, el cine y la televisión intentan persuadirnos de que la relación homosexual es normal y socialmente encomiable, lo cual repercute en la mente de los jóvenes y se reproduce en las instituciones educativas. Así las cosas, una idea políticamente correcta pasa a formar parte de las concepciones que se patrocinan e impulsan en las instituciones, y que se convierten en dogmas sociales incuestionables e inatacables, como se vio durante el pasado mundial de fútbol con la reacción de horror oficial por la expresión coloquial de “¡putos!”

En este último caso, vale aclarar que el respeto y la tolerancia deben orientar las relaciones individuales y sociales, de suerte que el padecimiento de una distorsión en la percepción sexual no debe ser pretexto para el hostigamiento o la agresión. La homosexualidad no debe ser una sentencia de muerte pero tampoco un timbre de orgullo. En este caso no hay culpables sino situaciones que no tiene caso maquillar conceptualmente.

Al parecer, el polo dominante, a través de sus aparatos de transmisión ideológica y manipulación conductual, amordaza el juicio crítico de la sociedad en favor de una parte de ella, acomodando los conceptos de manera que favorezcan a tal o cual tipo de conducta, en una especie de imperialismo que puede ser político, económico o sexual.


Las mordazas y la imposición de concepciones que no tienen asidero en la vida real, en la moral y costumbres, en la historia y la cultura de la comunidad, en los valores y principios que la sociedad ha consagrado como dignos de observarse, demuestran distorsiones que conviene señalar, moleste a quien moleste. Si la realidad es una, independientemente de nuestra conciencia, ¿por qué no aprender a vivir sin eufemismos?

martes, 5 de agosto de 2014

Deambulando por el centro

Pasear por el viejo centro comercial de Hermosillo da lugar a no pocas reflexiones sobre lo que fuimos y lo que somos; permite avizorar lo que seremos si no logramos vencer la inercia vacuna que nos hace aparentemente insensibles aún a aquello que nos afecta, a lo que entendemos como causas sociales, a lo que se nos convoca de mil y una maneras con una frecuencia que ya sabe a rutina.

La comodidad anodina de muchos apenas es interrumpida por la beligerancia de pocos, del puñado de ciudadanos que ejercen el raro oficio de señalar errores y procurar el beneficio de los demás. El activismo social, las luchas ciudadanas hacen sonar el timbre de alerta en el despertador de las conciencias para recibir el manotazo del silencio por apatía, flojera, enajenación y un valemadrismo enraizado en un esquema de conveniencias precario y suicida.

La indolencia se manifiesta de muchas maneras en la ciudad entera, pero es en el centro, en los alrededores del mercado municipal, donde sus colores se avivan contrastando con los tonos de gris del aborregamiento ciudadano. La dejadez traza sus rutas de mugre por calles y comercios, en pinceladas gruesas y hediondas. La historia de la vida cotidiana se edita en los puestos de fritangas, hot-dogs, dulces, chicles y chocolates, comercio formal y en la enajenada multitud que deja a su paso por la calle desperdicios de diversa índole, incluyendo la conducta grosera e incivil con la que transitan por sus vidas cada vez más ciudadanos en proceso de involución social.

Si usted va por la calle caminando por la acera correspondiente, más temprano que tarde se va a topar con obstáculos que pueden ser insalvables: la señora gorda que camina por en medio en un litigio permanente entre una de sus extremidades y la otra, con el fin de persuadirla de adelantar un pie respecto a otro de manera continua y alternada. Como si estuviera dotada de radar, inclina su humanidad justo por el lado por el que uno pensaba pasar en un bloqueo digno del mejor portero. La calma se debe imponer sobre el hígado en plena hiperactividad para negociar una salida civilizada y políticamente correcta: la opción es decir “con permiso”, para advertir de la complicada maniobra de rebase.

Si todo sale bien, nuestro camino puede proseguir por un par de metros más, hasta topar con una pareja juvenil expresando su capacidad de hacer arrumacos en público, sin olvidar la firmeza de su convicción de que el calor, el público y lo estrecho de la acera no son obstáculos insalvables para su absoluta insensibilidad al clima y las circunstancias. Aquí se prueba que la invisibilidad del mundo es posible gracias a la función hormonal que se despliega mediante el intercambio de sudores, olores, besuqueos, apretones y miradas. La lentitud del paso va en razón inversa proporcional a la intensidad de la pasión compartida, pero se avanza tomado nota del desparpajo de que podemos ser capaces cuando se trata de “pegar el chicle”.

Si se trata de ir al banco, la experiencia del cajero automático puede ser objeto de sesudos análisis antropológicos. Le cuento: el sujeto se instala en el cajero, introduce la tarjeta y, con cultivada destreza, digita los números de su identificación. Error de dedo. Retoma la maniobra de acceso y al fin lo logra. Revisa las opciones en pantalla y procede a hacer un retiro. Toma el dinero, lo cuenta. Revisa parsimoniosamente el comprobante, cuenta de nuevo el dinero retirado y digita de nuevo para ver su saldo. Saca su cartera, guarda los billetes acomodándolos con parsimonia y, tras angustiosos minutos, en medio de miradas cada vez menos amables y gestos de desesperación, el cateto decide abandonar su encuentro con la tecnología y sale de su arrobación financiera para ser uno más en las calles. Mientras tanto, la fila crece fuera del cajero y promete experiencias dignas de mejor ocasión.

El centro comercial luce tan desaliñado como de costumbre, desprolijo y abarrotado. A las eventuales voces y risas de una población golpeada por la economía y la subcultura del consumismo barato y ratonero, se suma el absurdo empleo de bocinas fuera de los negocios para atraer al posible cliente. El estruendo provoca la aceleración del ritmo cardiaco del peatón desprevenido, la presión sube, el nivel de ansiedad se incrementa a golpe de guitarrazos y alaridos que irritan al oído más templado y a la sensibilidad musical más mostrenca. El reclamo musical es tan inútil como lo es hablar, a estas alturas, de salario mínimo y respeto a las conquistas laborales.

La chirriante vulgaridad que arropa y achaparra la calle, es caldo de cultivo para los más encendidos deseos reivindicatorios de una cultura perdida en los meandros de la pobreza y la inseguridad que por sistema impulsan los gobiernos que reniegan de la revolución. El neoliberalismo hace anodina la creatividad de los pueblos, homogeniza la natural heterogeneidad de las culturas, convierte en consumidores de baratijas a quienes pudieron ser creadores de obras originales, y todo por seguir los mandatos de un sistema cuyo núcleo es una bola de mierda que se desparrama hacia la periferia.

La pobreza inunda las calles y la informalidad comercial permite el fácil acceso a los quelites, verdolagas y pitahayas; al chile colorado molido, los chiltepines, los ajos y los nopales; a la miel, las nueces y las uvas, sin olvidar diversas figurillas de palo fierro. El México prehispánico se mezcla y hermana con la formalidad empresarial, uniendo dos mundos en uno sólo, mestizo, depauperado y gritón.

En el mercado municipal del centro, el marchante puede comprar sus “chiltepineros a diez”, la revista o el periódico del día, sus raspaditos, melate, superlotto y cachitos de lotería, de camino a la zapatería, a la carnicería, la verdulería, pescadería o a los expendios de café, tacos y comida corrida, tortillas de harina y otras especialidades cuyos vendedores forman un abigarrado conjunto que se disputa a gritos y ademanes  la clientela que circula como hormiga borracha por los pasillos del histórico conjunto comercial.

En la explanada del mercado, se encuentran los boleros ejerciendo su oficio, los oradores políticos con la denuncia, convocatoria o campaña del momento, tratando de interesar al pueblo refugiado en una insostenible modorra cívica; de vez en cuando conjuntos musicales de jóvenes que aporrean con entusiasmo tambores africanos que hablan de otros paisajes y contextos. Más delante, llueven las amenazas de fuego eterno, de horrores apocalípticos, de venganza y castigo divino, en voz de los miembros de algún culto protestante que blanden con furiosa enajenación un ejemplar de la biblia en una perorata depresiva. Mientras que aquí se promete el infierno a nombre de Dios,  allá se convoca al pueblo a salvarse mediante la acción contra el mal gobierno. Por un lado, el castigo y la oscuridad absoluta, mientras que por el otro, la promesa de un mejor futuro gracias a la movilización ciudadana.

Entre el evangélico, mormón, metodista o testigo, y el orador político, los boleros y marchantes, se encuentra en asentamiento casi regular una variopinta masa sedentaria. Jubilados y pensionados, miembros del grupo de la tercera edad que pasan revista al acontecer del día, actualizan su información, intercambian experiencias de hospital o consultorio médico, laboratorio de análisis clínico o las notas necrológicas del pueblo, el barrio, la familia o los contertulios.   


En los alrededores del mercado, donde menudean los puestos de hot-dogs, una clientela itinerante que no falta repone los triglicéridos, el colesterol y los microbios perdidos en algún encuentro accidental con la salud. Los tacos de carne asada, aguas frescas y confituras industriales complementan el desastre digestivo de un día por las calles del centro. Tras el simulacro de comida y las compras que se pudieron hacer, la gente emprende el regreso a casa. Mañana será otro día.