Conspiración en Pémex

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lunes, 25 de febrero de 2013

El bostezo universitario


Cada cuatro años, desde que se implantó la ley 4 (Orgánica de la Universidad de Sonora, llamada también Ley Beltrones), se observan curiosos movimientos entre las parvadas grillas al interior del Campus, que insinúan un cierto residuo democrático aunque sus características apuntan más bien al acarreo y al palerismo tan socorrido en las esferas del autoritarismo legislativo panista de los últimos tiempos. Cada temporada de “elección de rector” supone un gasto de saliva, tinta e histrionismo que se despliega por pasillos, oficinas y cubículos, así como por antros, lugares de moda y medios de comunicación de alcance local y regional. Los esfuerzos desplegados no son, ni por asomo, producto de convicciones académicas sino de motivaciones más vulgares: cumplir con encargos, encomiendas, misiones o consignas ligadas estrechamente a la pedestre versión universitaria del acarreo que la gente grande practica en los espacios de corrupción político-electoral a que el sistema trata de acostumbrarnos.

Las huestes de jilgueros universitarios alineados se lanzaron a convencer a otros de apoyar a “su” candidato a rector, porque habían recibido el honroso encargo de llamar a cuates y compañeros de andanzas burocráticas a “hablar a favor de…”, que es, para cualquier efecto, “el bueno”; pero, ¿quién ha dicho que la comunidad universitaria participa en el proceso de elección del rector? Nadie que conozca mínimamente la legislación universitaria vigente.

Tan peculiar actividad fue desplegada en la etapa de “auscultación” que realizó la Junta Universitaria (sic) mediante convocatoria interna que fue recibida como un decreto que debe cumplirse hasta la ignominia. Así las cosas, se puso en la página de la institución una liga para que quienes estuvieran interesados “sacaran cita” para hablar a favor de alguno de los candidatos registrados ante ese cuerpo.

El ejercicio, más mediático que democrático, contribuyó a abrir un tanto más la llaga de la ignominia que sufre la comunidad universitaria de ser marginal en su propia casa. Sucede que esta neurona social llamada universidad no tiene vela en el entierro en eso de elegir a sus autoridades. Los universitarios son, para cualquier efecto, menores de edad electoral y carecen de toda capacidad de decisión en los asuntos importantes de su casa de estudios. Así pues, lo mismo da que sea un aspirante interno que externo, por lo que no hay compromiso real con la comunidad que supuestamente representará, sino simplemente llenará las formalidades del caso y quedará en manos del órgano electoral que es la Junta Universitaria. En este sentido, resulta ociosa cualquier alusión a “campañas” por la rectoría, ya que únicamente a quienes tienen que convencer son a los integrantes de la citada Junta.

La pregunta que surge es ¿para qué tanto esfuerzo? ¿Para qué hacer el papel de acarreado ante un grupo de personalidades que bostezan cuando no ríen tras escuchar los argumentos a favor de tal o cual “candidato”?

Al parecer, los universitarios siguen con la inercia de los procesos sucesorios de la década de los 80, cuando sí tenían voz y se les reconoció voto en la elección de rector, lo que terminó con la imposición de la actual ley orgánica que es, entre otras cosas, un monumento a la burocratización y al autoritarismo. La actual Universidad de Sonora es un ente paraestatalizado que niega su carácter autónomo en cada una de las decisiones que toman sus autoridades, de ahí que la simulación democrática resulta inquietante por su incongruencia con la realidad que configura el actual marco normativo. La auscultación es demasiado parecida a la vieja “consulta popular” porque simula interesarse en las demandas ciudadanas para, al final, imponer el proyecto previamente concebido.

Lo que se debe entender es que a partir de la ley 4 la UniSon se ha visto en un proceso gradual de changarrificación que abarca todas las esferas de su actividad. Por ejemplo, ahora los académicos dependen de la llamada tortibeca para compensar la pérdida de su capacidad adquisitiva vía salario. La tortibeca consiste en acumular un determinado número de puntos en una escala de méritos ligados a una idea de “productividad” para traducirlos en  salarios mínimos, con lo que se compromete la calidad académica en aras de cubrir cuotas de puntaje a cambio de algunos pesos adicionales al salario. Así, la lucha por obtener mejores condiciones laborales y salariales pasa por la acumulación de papeles intercambiables por migajas, por la subordinación vergonzosa a los requerimientos de una calidad que viene dictada por políticas educativas ajenas a las necesidades formativas reales de los estudiantes, pero diseñadas conforme los compromisos que hace el gobierno de acatar los modelos propuestos por los organismos financieros internacionales.

La alegría de enseñar y de aprender pasa por el filtro de los formatos y las prácticas de la subordinación ideológica y política operativizadas en la estructura del currículo, deformándolas y convirtiéndolas en una faramalla triste, burocrática y perversa, que compensa la simulación mediante “estímulos”. La vida cotidiana de las universidades se ve pautada por rituales huecos en los que el bostezo es una reacción a la cortedad de miras y ausencia de aliento transformador.

En la Universidad de Sonora se aprestan para designar rector un pequeño grupo de notables, por encima y a distancia de la comunidad que, cuando mucho, “participa” en el ritual auscultatorio con una opinión carente de espontaneidad, aburrida hasta el tuétano por la certeza de que la línea ya está dada, que las palabras y los enojos sobran en un ambiente signado por la verticalidad y la opacidad. Pero son cosas de la ley orgánica vigente. Otra cosa sería adjetivada como anarquía y ¡Dios nos libre!

lunes, 4 de febrero de 2013

Malnacideces y exabruptos varios

La Serie del Caribe 2013 no pasará a la historia porque la población sonorense y de lugares cercanos o remotos sea memoriosamente beisbolera, sino porque la verbosidad del gobernante decidió calificar de lesa patria cualquier atentado contra el lucro esperado en estas fechas de crecido flujo turístico con motivo de la actividad deportiva.

Los negocios se llevan bien con los turistas y el gobierno es el proveedor esencial de la parafernalia mercantil, al cacarear las maravillas del estadio y sus soñadas instalaciones. La sociedad entera es convocada a rendir pleitesía al cemento y a la varilla, al cableado eléctrico y a las maravillas de la comunicación visual plasmadas en las pantallas, los artilugios mediáticos y la extensión de los cajones de estacionamiento, sin olvidar la inversión que supone y los mecanismos de apropiación inmobiliaria que sugiere.


El gobierno se declara beisbolero y sus esfuerzos están encaminados a fungir como gestor y guía turístico de propios y extraños, como corresponde a un anfitrión que desempeña la función pública y la privada en una mezcla sui generis que no deja de asombrar ni confundir. Sin embargo, la bola inicial fue lanzada por la mano firme y experta del gigante de Etchohuaquila quien sin sudoraciones impositivas hizo lo que supo y pudo. Elegante mutis padresista que supone su ocupación en altas y complejas operaciones tendientes a traer inversiones y acomodar inversionistas, en estratégico destino del país del norte, donde tienen claro lo que aquí se confunde: la maquiladora no es igual a la industria, ni el hecho de tener el 60 por ciento del empleo manufacturero representado por maquilas supone algún proceso de industrialización para Sonora.

Pero el gobierno beisbolero de Padrés, con la mirada puesta en los ingresos, camina firme por los caminos sinuosos de la intransigencia, sorteando con base en la diplomacia de los granaderos y cuerpos anti-motín, las rugosidades de un terreno pringado de ciudadanos beligerantes y de voluntades crispadas. “¡Malnacidos”!, escupe Padrés en la cara de la conciencia cívica, bautizando con tino involuntario al movimiento que ahora levanta la bandera de los derechos fiscales atropellados y el exceso de voracidad sobre los bolsillos de los causantes. “Que no se realicen trámites a los ciudadanos que adeuden la tenencia disfrazada de impuesto al fortalecimiento municipal”, amenaza el gobierno, con lo que parece una medida de torcer la mano al causante dueño de voluntad propia. “Que es para el bien de los ayuntamientos”, refiere el aparato hacendario padresista, con una ignorancia supina rayana en broma obscena y maliciosa, como si la gente no pagara impuestos y como si ésta no se diera cuenta del despilfarro electoral y el jolgorio de hacer negocios privados a la sombra del cargo público; como si no supiera el calvario de los proveedores de bienes y servicios que tiene que pagar del 20 al 50 por ciento del costo de factura nomás por ser considerados para “trabajar” con el gobierno.

El “Nuevo Sonora” quedó como una estampa beisbolera donde los personajes juegan a gobernar en un escenario fuertemente resguardado por la fuerza pública, y donde el pueblo que festeja resulta ser producto del adocenamiento salarial y la manipulación partidista que excluye las libertades propias de una democracia, aunque en los medios se manejen inserciones pagadas en perpetua alabanza al generoso patrocinador oficial. Por más que se quiera e insista, lamer las partes pudendas del poderoso sexenal no redunda en el crecimiento de las instituciones ni en la civilidad de los pueblos, sino en ahondar los baches de una comunidad bombardeada por la vulgaridad, falta de oficio y venalidad convertida en gala y divisa de quien gobierna.

Los Malnacidos son, ahora, un movimiento ciudadano que ha trascendido las fronteras estatales y nacionales. Ahora es oportuno reafirmar su vocación justiciera y no dejarse amedrentar por las llamadas telefónicas, la vigilancia policiaca con “marcaje personal”, los eventuales tropiezos ocasionados por provocadores salariados y sectarios, o los posibles choques con los uniformados. Desde luego que debe imperar la prudencia, la mesura que ennoblece y dignifica a los movimientos pacíficos, aunque sin ignorar que la civilidad no corre por el lado de la cancha del gobierno que medra en Sonora. Sin duda el logro mayor del movimiento es su penetración y alcance local y ahora nacional, que forma opinión y que pone contra la pared a la sordera oficial sobre el tema de los impuestos y los excesos del poder.


En un gobierno donde las manifestaciones populares se reciben con las bocinas palaciegas con volumen atronador, es claro que hay que hablarle con el lenguaje de los signos y los símbolos del que juega para ganar en la novena entrada. La razón asiste a los “malnacidos”, que antes que el estadio nuevo y la parafernalia de alegría por encargo, son un auténtico valor y orgullo sonorense. Ánimo y adelante.