Conspiración en Pémex

Notas Sueltas es un espacio de opinión sobre diversos problemas de carácter social, económico y político de interés general. Los comentarios pueden enviarse a: dalmx@yahoo.com

martes, 25 de noviembre de 2014

Los cambios de México

Hay razones suficientes como para suponer que México ha cambiado. De una cultura basada en tradiciones regionales y algo de la mitología aportada por nativos y conquistadores, pasamos a otra moderna, tecnológica, basada en efectos especiales y parafernalia cinematográfica y televisiva.

Antes, el político debía conocer las artes de la persuasión oratoria, el manejo sutil de la forma y mantener el equilibrio en la cuerda floja de la legalidad, así como separar lo familiar de lo atinente al desempeño de las funciones oficiales. Ahora las cosas parecen ser diferentes, ya que el ciudadano presidente puede abandonar la solemnidad del cargo para chacotear a cuadro (Fox), lucir crudo y obtuso en actos públicos (Calderón) y exhibir una frívola ignorancia telenovelera (Peña) con cargo a la respetabilidad de la institución presidencial.

Por otra parte, la sensibilidad respecto a temas de interés nacional ha cambiado, ya que el propio gobierno se empeña en diluir el sentimiento patrio de los ciudadanos al evitar que se entone el Himno Nacional en actos públicos debido a que, se dice, incita a la violencia. ¿Qué es eso de defender a la patria de los ataques y acechanzas enemigos? ¿Cómo incitar a los hijos a defender lo nuestro nomás porque “un soldado en cada hijo te dio”?

Al parecer el canto a la patria despierta la desconfianza de los inversionistas y provoca resquemores entre los capitalistas dueños de trasnacionales, ya que existe la sospecha de que alguien puede sentirse inflamado de fervor patrio y tomar literalmente lo dicho en el Himno, con la consecuente defensa de lo que la globalización ha logrado para las empresas que cumplen con su destino manifiesto de saquear a los países periféricos. ¿Imagina usted que los ciudadanos mexicanos se organicen para rescatar lo malbaratado de su patrimonio colectivo? ¿Y si alguien acusa al gobierno de traidor y entreguista y toma medidas al respecto? ¿Qué sentiría si fuésemos acusados de patriotismo por la comunidad internacional? Los horrores de lidiar con un pueblo que cuide sus recursos y exija respeto a su vida interna son indescriptibles ya que la dignidad nacional es peligrosa.

En cambio, la delicada percepción de los ciudadanos bien portados según el modelo neoliberal, debe exhibir una acentuada predilección por la semántica, de suerte que el significado real de los conceptos pueda ser sustituido por otro a tono con la moda terminológica impuesta. Así, el convencionalismo de ocasión se impone al lenguaje común y las palabras reformatean nuestra idea de las cosas. La realidad se convierte en un juego de palabras, mientras que los hechos pierden relevancia.

Mientras que los derechos humanos sufren un retroceso significativo, el lenguaje oficial y oficioso se enriquece con eufemismos, neologismos y otras argucias que nos imponen nuevos significados, de ahí que ahora los usos y costumbres del mundo anglosajón se decreten necesarios para la administración de la justicia mexicana: la exigencia de los juicios orales, así como los vimos en televisión, debe ser instalada en las mentes de los futuros abogados. Estados Unidos apoya, impulsa y patrocina las reformas y vigila y asesora a la periferia. El “nuevo esquema de justicia” es asunto de convenios internacionales y no producto de la evolución jurídica de los pueblos.

Ya no basta que el repugnante delito de matar a un ser humano sea llamado como lo que es, ahora hay que ponerle apellido y particularizarlo sexualmente, debido a que, se dice, existen elementos que revelan su comisión por razones ligadas a esta característica. Al parecer la figura de homicidio no es suficiente y hay que definir con detalle la naturaleza de la víctima: ¿Hombre, mujer, homosexual…? Con este criterio pronto tendremos nuevas exigencias de ser incluyentes, considerando si el afectado es zurdo, bizco, moreno, entre otras características, y habrá además de feminicidio, masculinicidio, zurdicidio, y así.

Hoy se puede hablar de “crímenes de odio” echando mano a las puntualizaciones arriba señaladas, aunque, si bien es cierto que son importantes las motivaciones del criminal, hay que considerar que cualquier agresión, leve o grave, no supone un acto de amor, y las especificaciones semánticas no pueden sustituir ni evadir la sustancia del tema: quien mata a un ser humano es un homicida y en consecuencia, el crimen es homicidio. La ley debe aplicarse y castigar sin distingos de sexo, edad, ideología o condición social, pues de otra forma sería discriminante.

En otros asuntos, cada vez resulta más asombrosa la capacidad de manipulación de que son víctimas los televidentes, ya que así nos enteramos de que viajar es satisfactorio, regalar también, pero lo máximo es donar. Asimismo, los niños deben saber que el ahorro es bueno y, cuando llenen la alcancía, deben decirles a sus padres que los lleven al banco para depositar su dinero en la cuenta del Teletón. ¡Así, todos ganan!

Si México es el país de las amenazas presidenciales, también lo es el de las aclaraciones farandúlicas sobre el origen de riquezas inmobiliarias. De repente, nos vemos en medio de detenciones arbitrarias, por el simple hecho de tomar en serio los deberes y obligaciones cívicos y protestar por los crímenes recientes y pasados, y se sufren despliegues policíacos, no en contra de los criminales, sino de ciudadanos en pleno ejercicio de sus derechos, mientras que la prensa internacional señala al país como uno sin legalidad ni gobierno.

El sistema político y el régimen no pasan de ser ridículas manifestaciones de entreguismo, incompetencia y fatuidad, donde menudean los llamados a “cerrar filas” en vez del extrañamiento y la condena. En los partidos políticos se confunde la complicidad con la militancia y la frivolidad farandulera navega con viento en popa, en tanto que el pueblo lucha en las calles y las plazas por respeto a los derechos fundamentales y justicia para todos.

En Sonora el gobierno ha decretado el fin de la emergencia ambiental en medio de la desconfianza y las protestas de los habitantes de las áreas afectadas, como de los lamentos de las familias que, pese a los anuncios oficiales, siguen padeciendo la falta de agua, las enfermedades de la piel y la presencia de metales pesados en su sangre.

La “remediación” de los ríos envenenados corre a cargo del mismo grupo empresarial minero que ocasionó el desastre, con lo que se tiene al mismísimo asesino a cargo de la autopsia de su víctima. Cosas de un país patas arriba.

martes, 18 de noviembre de 2014

La fuerza de la ley

Seguramente los ciudadanos se encuentran de plácemes por el regreso del señor presidente de la república y por las declaraciones que hizo urbe et orbi recién tocó suelo mexicano y tuvo un micrófono enfrente. Rápidamente lamentó los hechos de Ayotzinpa y se detuvo lo suficiente en el tema de que hay que preservar el orden ante los excesos de un pueblo ofendido. La ley se aplicará a los alborotadores porque la paz pública es valor esencial frente al mundo globalizado que requiere de seguridad y garantía para sus inversiones presentes y futuras: “Yo aspiro y espero que no sea el caso de lo que el gobierno deba hacer; que no lleguemos a este extremo de tener que usar la fuerza pública. Queremos convocar al orden, a la paz”, dijo categórico Peña Nieto (http://www.jornada.unam.mx/2014/11/16/politica/007n1pol).


No es posible que el país progrese bajo el manto protector de los intereses trasnacionales si a cualquiera, por quítame estos muertos, se le puede ocurrir participar en marchas, protestas y plantones y lanzar a voz en cuello mentadas de madre y consignas que pueden afectar la imagen presidencial. El país requiere de orden y algunos sectores, como los empresarios, señalan que se requiere mano dura.

Mientras las fuerzas vivas que apuntalan al gobierno preparan mentalmente cadenas y grilletes, calabozos y hogueras, estacas y garrotes, cada vez más ciudadanos se unen a las protestas que se convocan a lo largo y ancho del país, el continente y el mundo: Lo mismo se solidarizan grupos de personas sensibles al horror nacional en Alemania, Australia, Argentina, Francia, Estados Unidos, como Italia, Nicaragua, Bolivia, España y Pakistán, entre otros. Cada vez es más evidente que el caso Ayotznapa implica y compromete a todo el que conserve su sentido humanitario y solidario en condiciones de llamarlo a la indignación y a la acción social.

Mientras el presidente volaba en un tour de súper lujo a las lejanas e ignotas tierras de China y Australia, soñando en la seda, el incienso, la gastronomía exótica y milenaria, el lujo y la enormidad de los paisajes y recintos, así como en las pintorescas tierras donde se mezcla la modernidad anglosajona y los canguros, entre otros marsupiales, el país se dirigía sin obstáculos y terminaba en la coladera de la historia universal de la infamia.

El presidente Obama, montado en el papel de árbitro de la justicia universal y oráculo de la uniformidad mundial bajo el supuesto de que los EE.UU. son, por definición propia, el único país indispensable (según reveló en su momento la conocida cornuda Hillary Clinton), se apresuró a expresar su exigencia de que se castigue a los responsables, lo que conlleva la oferta de poner los eficientes y experimentados servicios de investigación e intervención criminal a disposición de este cliente frecuente ahora en apuros.

Los gringos pueden, y lo han hecho, acabar con la población de los países que juzguen parte del llamado “eje del mal” inventado por George W. Bush, sembrar de minas personales las tierras de cultivo y rociar de productos químicos como el agente naranja, el fósforo blanco y el napalm, a personas, animales y cosas, con el siempre loable fin de preservar los valores de la democracia y los derechos humanos, y en ese afán pueden asesorar y financiar a ejércitos y grupos paramilitares, a gobiernos torturadores y represivos, independientemente de que cuando ven satisfechas sus aspiraciones de control político y económico de las naciones, eliminan como pañal desechable a los personajes que ellos crearon, protegieron, promovieron y apoyaron en algún momento.

Ahora México les sirve como pretexto para relanzar la imagen de un Obama justiciero, aunque no tan generoso como para aceptar las demandas de una reforma migratoria justa para todos, ni como para hacer válida la promesa de cerrar la prisión de Guantánamo, ni menos para controlar el clima de violencia y discriminación que viven las minorías de ese país, ni los horrores de ser indocumentado y sufrir los excesos de la patrulla fronteriza o los grupos de paramilitares que vigilan la frontera que compartimos. Menos para dejar de intervenir en México bajo la cobertura de la “Iniciativa Mérida” y los acuerdos de seguridad en el marco del TLCAN Plus, en los que nuestro país les sirve de policía de barrio y garrote y barrera de contención para los migrantes que viene del sur.

La súbita proyección mundial que ha tenido México en los últimos días no se debe a la generosa apertura económica que huele a entrega patrimonial al extranjero y obsequiosa subordinación a los apetitos de las trasnacionales, sino a los horrores de la violencia y la obscenidad increíble de quienes debieran respetar y hacer respetar la ley. De hecho, el sistema judicial mexicano tiene más parecido a un burdel que a una estructura inspirada por la legalidad y la justicia.

La ilegalidad y el abuso son las coordenadas en las que opera el sistema de relaciones entre pueblo y gobierno, mientras que el marco constitucional queda reservado para los discursos y las evasivas oficiales frente a un conjunto cada vez más grande de ciudadanos que cuestionan, discuten y se organizan para defender su legítimo derecho a una vida digna, libre y capaz de proporcionar los medios de vida y progreso que sin duda merecen.

A esta tarea de zapa profunda de las instituciones nacionales que impulsa el gobierno, sea por incompetencia o perversidad, no escapan las instituciones de educación superior a las que hay que provocar, desestabilizar y criminalizar, ya que el control de la educación es esencial para transformar un país independiente en un satélite, en un zombi académico que se pliegue a los mandatos del mercado y que excluya a quien no pueda pagar por sus servicios educativos. La desaparición del estudiante permite la aparición del cliente, y en esa tesitura están las baratijas de Ceneval y la ridícula farsa de las certificaciones y, en consecuencia, la creación de empresas que fungen como organismos certificadores.

Con la fuerza de la ley, el sistema arrumba la dignidad institucional y manosea la impartición de justicia, convertidas en espectáculo que se trasmite como reality show en horario estelar una y mil veces. En este sentido, México es víctima de una maniobra golpista instrumentada desde el poder, donde el miedo y la confusión son esenciales para el control y embrutecimiento de la población.  


El jueves 20 de noviembre es un día propicio para unirse y decir basta, para demostrar al gobierno y sus titiriteros que el pueblo mexicano se niega a rendir vasallaje al extranjero, al empresariado espurio, traidor y apátrida; y que está consciente y comprometido a no dejarse manipular por los funcionarios corruptos de ayer y de ahora. El paro nacional será un hito en la lucha ciudadana por la recuperación de la república. 

martes, 11 de noviembre de 2014

Con olor a muerte

Los días y las semanas pasan con la lentitud que se siente cuando las cosas duelen, cuando el tiempo no logra restañar el dolor por las víctimas ni quitar el olor a la muerte que ronda y se oculta en los entresijos de la ley, del sistema de procuración de justicia, de la dinámica del expediente abierto para investigar los hechos y los dichos pasados por manos y bocas que se acumulan en sus balbuceos que rumian verdades a medias, hipótesis emanadas de la cafeína burocrática aposentada en los escritorios y los archiveros, en las computadoras, en los discos duros de la administración del miedo.

¿Dónde están los 43 desaparecidos? ¿Cómo explicar el asesinato y calcinamiento de tantos seres vivos con esa eficiencia y velocidad? ¿En qué página del manual de la CIA está la receta que indica cómo y cuándo se puede reducir la esplendidez de la vida joven a cenizas embolsadas y arrojadas en un tiradero? ¿Nadie vio, olió o presintió la presencia de la muerte uniformada haciendo su trabajo de sombras?

México actualmente se mueve, se despereza de una larga modorra arropada en la desesperanza y el miedo, en el hedor de la vergüenza maquillada en Televisa y TV Azteca, embarrada en las páginas del periodismo a modo, y en las gesticulantes maneras de proxeneta viejo de muchos legisladores, de los ministros de la Suprema Corte, operarios del drenaje de la justicia de burdel que, gracias al pueblo indignado por tantos y tan atroces agravios, muestra sus cuarteaduras ante los observadores nacionales y ante el mundo. La dignidad de la toga queda en disfraz de carnaval. 

Después de Ayotzinapa no podemos ser los mismos. El cinismo parece haber llegado a su fecha de caducidad como sistema de relación entre pueblo y gobierno. Nada puede seguir igual. La verdad se escurre entre las grietas de la desinformación y la intimidación, entre el intento de soborno y la promesa de impunidad, entre la noticia-espectáculo y la complicidad que se coordina en los tres órdenes de gobierno.  Al país se le señala como narcoestado, al gobierno se le acusa de ser el culpable de la tragedia nuestra de cada día.

Las decenas de miles de muertes del panista Calderón y el priista Peña parecen avalar la idea de que los gobiernos neoliberales tienen una entraña genocida, que desprecia la vida porque así es su naturaleza, porque no puede actuar de otra manera, porque el germen de la patología criminal ha incubado en sus estructuras y se ha dispersado por todo el aparato del poder. El gobierno muere por la metástasis del cáncer de corrupción apátrida que el mundo anglosajón ha celebrado como “apertura” económica y modernidad política. Después de Ayotzinapa no es posible ver el capitalismo como antes.

La vieja estructura partidista que encarna el sistema político nacional ha agotado su ración de botox, implantes cutáneos, maquillaje teatral que, a estas alturas, no ofrece diferencia alguna con el propio del embalsamador. El sistema emana olor a muerte y todavía se mueve como lo hace un cuerpo agusanado, por la acción de la pudrición, los gases y el pulular de los gusanos. ¡Y pensar que esos esperpentos son los que encabezan el gobierno, la administración pública, la justicia, la educación y la cultura! 

De repente la idea de que somos un pueblo necrófilo adquiere fuerza y poder de atracción. ¿Por qué hemos permitido que nuestro país se halle reducido a fosa común? ¿Por qué nos hemos conformado con un refresco, una torta y una tarjeta a cambio del voto? ¿Por qué suponemos que un enorme y criminal derrame de tóxicos se resuelve con un fideicomiso? ¿Dónde quedaron los principios de la política, la economía y la cultura nacionales? ¿En qué punto nos convertimos en un estado dependiente de Estados Unidos cuyas funciones son las de un campo experimental en lo social, económico y político, además de una evidente colonia de explotación de los recursos naturales y corredor de negocios ilegales? ¿Por qué pretendemos reciclar la materia ideológica de un sistema en descomposición? Después de Ayotzinapa no podemos ser los mismos.

Hemos visto cómo el dinero pretende acallar tanto las voces de los pobladores del río de Sonora, como de los familiares de los chicos de Ayotzinapa, y cómo untó las manos de los diputados y senadores que votaron a favor de las reformas de Peña Nieto. Cómo el dinero se convirtió en el objetivo esencial de los políticos y gobernantes. ¿En qué mundo puede admitirse como legítimo el despojo de terrenos de propiedad pública o privada por parte de la oligarquía económica y política en turno? Ya no podemos seguir siendo los mismos.  

¿Cómo permanecer indiferentes ante los abusos del poder y su cada vez más inexplicable incapacidad para mantener el orden y la seguridad públicos? ¿Cómo aceptar como normal que la autoridad municipal de Hermosillo recomiende a la población que se organice para su propia defensa, ante la falta de elementos uniformados? ¿Cómo confiar en una policía que es capaz de asesinar por error a un joven de la localidad? ¿Quién puede explicar la  existencia de presos políticos por capricho de la autoridad en turno? Después de Ayotzinapa, la provocación y la represión son un binomio claro y transparente en manos del gobierno, aquí y en el profundo sur de nuestro país.

En la red hay un llamado a vestir de negro el día 20 de noviembre. El luto reflejaría la pena por la pérdida de la inocencia, la renuncia a la cómoda y anodina inercia del ciudadano que no cree en el sistema pero que lo tolera porque no ve otra forma de vida. El negro revela que ya no habrá ni perdón ni olvido. Después de Ayotzinapa el sistema nos ha puesto frente a frente con la muerte, dibujada por la prensa nacional e internacional; pero también con el gobierno que dice y se desdice, cae en contradicciones, miente, manipula y distrae al espectador con cada vez menos efectos. La credibilidad perdida no se recupera ni con sobornos, ni con amenazas. Sabemos que no podemos seguir siendo los mismos.


El 20 de noviembre puede ser el inicio de una protesta que se una a las demás protestas, que no se canse ni ablande, que persevere hasta lograr la paz y la justicia que todos deseamos. A pesar de la indolencia, la apatía, el oportunismo y la enajenación mediática, México y Sonora ya no pueden ser los mismos. Si Ayotzinapa es la chispa, el país debe ser la hoguera.  

sábado, 1 de noviembre de 2014

El terror nuestro cotidiano

Hoy no se puede explicar México sin sembradíos de estupefacientes, campesinos e indígenas rentistas y carne de cañón de ambiciosos agricultores neolatifundistas; explotación infantil sexual y laboral; ataques contra la familia, los estudiantes, los viejos, los indigentes, los trabajadores y sus organizaciones, en medio de una andanada de declaraciones demagogas o francamente imbéciles.

Nuestra alimentación intelectual y emocional pasa por los anaqueles de la televisión de paga o abierta, y se surte de detritus debidamente empaquetados para ser atractivos a las tele-audiencias, en forma de programas vomitivos donde las miserias humanas pasan lista de presentes en los reality shows, en los espacios de noticias convertidos en espectáculo, donde la muerte posa cargada de maquillaje para acentuar su dramatismo, donde los primeros planos son acaparados por la sanguinolencia y brutalidad de la mutilación, del estallamiento visceral, de la fractura expuesta, tanto como las deshilachadas formas de los muertos.

Si una víctima no basta para alimentar la necrofilia informativa, el sistema nos provee en un abrir y cerrar de ojos de una docena, o medio centenar de imágenes que irán a surtir las redes sociales, los medios impresos, los comentarios de cafetería, restaurante, cantina, la sobremesa hogareña, los tiempos vacíos en el trabajo, la calle, el transporte colectivo, nuestros pensamientos y sueños transformados en pesadillas de la vida real que eliminan el descanso, la tranquilidad momentánea a que tenemos derecho para seguir con nuestras vidas con cierta lucidez.

Lo cierto es que nos acostumbramos a la zozobra, a las descargas de adrenalina que cada vez son menos suficientes en la lógica de la vida que el sistema nos impone como normal. Terminamos siendo adictos al escándalo, a la fascinación morbosamente pegajosa del discurso de la violencia, aquí o en el extranjero. Lo que ocurre en medio oriente, en África, en el recóndito sur, alimenta una especie de expectativa de ocurrencia más próxima, menos lejana e indiscernible, más visible y sensible que nos impacta pero que sustenta algún mecanismo que recalibra la sensibilidad y, por ende, exige nuevas cuotas de estupefacción. En otras palabras, se crea tolerancia al horror.

Los espacios de diversión en forma de series televisivas, películas y videojuegos no sólo replican las condiciones de la realidad subhumana que se viven en cualquier ciudad o país del mundo, sino que crean y profundizan las más oscuras fosas de la conciencia torcida de los criminales, la enfocan y magnifican sus viciosas compulsiones, sus hallazgos de terror, de dolor y muerte. No es raro encontrar casos donde la realidad se ve influida por el videojuego, en una réplica donde el genocidio es necesario y divertido, donde el asesinato programado o espontáneo forma parte de las emociones digitalizadas que el espectador busca y disfruta.

Y qué decir del sexo desaforado donde el objeto del deseo puede sufrir las consecuencias del rechazo en formas difíciles de imaginar en una mente normal. La violación, el secuestro con fines pasionales, la mutilación, tortura y las más abyectas humillaciones en la pantalla son juego, divagación lúdica, fantasía objetivada en imágenes que sugieren rutas y posibilidades que llaman a la experimentación en tiempo real. En este escenario, la moral y sus principios son palabras que pierden significado, una vez minimizado y relativizado su valor. Asimismo, las series de televisión nos persuaden de que lo que llamamos normalidad es discutible, que la familia puede e incluso debe ser de otra manera, más plural y divertida, menos apegada a tradiciones y objetivos que supone deberes y obligaciones formativos y permanentes.

Nuestra idea de lo social pasa por las modas, por la subcultura de importación que confronta nuestra matriz identitaria y lucha por diluirla y condenarla al basurero de la obsolescencia impuesta por el nuevo modelo de relaciones de la globalización. En este sentido, la identidad cultural es atacada por los medios masivos de manipulación privados y públicos, en un afán de homogeneizar lo que es de suyo diferente. En otras palabras, la imposición de un modelo económico se acompaña de la implantación de un modelo cultural que lo sustente. Ya no somos personas sino objetos intercambiables y desechables en el tablero de operaciones del sistema económico vigente. En este sentido, atacar la seguridad de las personas, generar la sensación de invalidez, de minusvalía, sirve para introducir la idea de que la resistencia es inútil, que la fatalidad tiene un rostro y que es el del modelo económico impuesto desde fuera.

Los asesinatos, desapariciones, los secuestros, la violencia generalizada tienden a introducir en la mente del ciudadano la idea de la vulnerabilidad, de la indefensión, de la inutilidad de oponerse al enemigo sin rostro que amenaza desde cualquier parte. La ciudadanía aterrorizada busca refugio en las soluciones radicales, de suerte que puede llegar a apoyar medidas que alteren el orden constitucional, que propicien la represión ciudadana por parte del Estado, que las garantías individuales queden en el limbo. Lo más peligroso es que se orille a un pueblo a renunciar a su soberanía y que otro, ajeno y poderoso, se encargue de organizar, administrar, y operar su sistema de justicia.

México, mediante la firma del llamado TLCAN-Plus, firmado por Vicente Fox y George Bush, incorporó el tema de la seguridad nacional y la puso en manos de Washington. Al poco tiempo se firma la Iniciativa Mérida que colombianiza al país y surge la llamada guerra contra el crimen organizado, bajo el gobierno de Felipe Calderón, donde se combate al narcotráfico empleando a las fuerzas armadas, las cuales sirven de peones y choferes de los militares y agentes del país vecino del Norte. Como todos saben, el resultado ha sido la pérdida de miles y miles de vidas humanas, ha desestabilizado al país, violentado la convivencia social, aterrorizado a regiones enteras, cancelado fuentes de trabajo en el campo, expulsado a la población, entre otros problemas de lacerante actualidad.

La inseguridad pública se ha elevado a niveles alarmantes, construyendo la escenografía perfecta de la ingobernabilidad y el pretexto apropiado como para que EE.UU. se manifieste preocupado por su vecino del sur y algunos legisladores propongan la intervención directa armada para “poner orden” en su traspatio, por razones de “seguridad nacional”.

El estallido de una granada en una celebración pública, la proliferación de retenes federales, de operaciones sorpresivas y violentas en barrios citadinos, las balaceras nocturnas en zonas residenciales, los asesinatos en lugares públicos, la represión sangrienta a grupos ciudadanos o estudiantiles, el secuestro por parte de agentes de la ley, la fabricación de culpables, la criminalización de las manifestaciones y protestas ciudadanas, el hostigamiento y muerte violenta de reporteros y comunicadores, forman parte de las herramientas de disuasión política que sufre el ciudadano. A ello hay que agregar los interrogatorios policiales, sin objeto ni propósito legítimo, el hostigamiento a las víctimas que denuncian los atropellos, el descrédito y fabricación de culpas a los luchadores sociales, a los jóvenes, estudiantes, trabajadores, o simples testigos de la violencia en las calles, escuelas, barrios, hogares y conciencias. 

Lo anterior se complementa con la profundización de reformas que en cualquier caso favorecen al capital sobre el trabajo; a la inversión extranjera sobre la nacional; al Mercado sobre el Estado. En la vida cotidiana se ve que los contratos colectivos de trabajo se afectan, minimizan y violan sistemáticamente, sin que la autoridad laboral haga otra cosa que proteger al patrón; asimismo, los sueldos y salarios disminuyen en términos reales año tras año, a la vez que los precios de los bienes de consumo familiar incrementan sus precios, igual de los combustibles y otros servicios públicos como la electricidad y el transporte. Las facilidades para que una empresa despida trabajadores aumentan así como las contrataciones por períodos cortos y sin seguridad social. La nueva legislación laboral propicia el despido y la rotación de personal, la supresión de prestaciones sociales y la inseguridad en el empleo, que ahora es precario, eventual y volátil. A la violencia económica se agrega la social y la política, la laboral y la familiar, ya que el trabajador carece de estabilidad y recursos para una vida familiar decorosa, de suerte que sea imperativo que la pareja o los hijos desarrollen actividades que complementen el ingreso. El impacto emocional de la inseguridad genera cuadros de angustia que afectan la convivencia doméstica y la vida de sus integrantes.

La severa precarización de la vida familiar y personal permite que los partidos políticos emprendan campañas de compra de votos mediante la promesa de bonos, vales, favores y apoyos, además de esquemas de corrupción que se promueven mediante el otorgamiento de tarjetas comerciales a cambio de afiliaciones y votos. La política es una más de las actividades comerciales que relativizan los valores de la democracia hasta convertirlos en una simple operación de compra-venta. 


El conjunto de estos elementos: inseguridad laboral, empobrecimiento personal y sectorial, violencia pública y privada, desmantelamiento de las actividades productivas nacionales, fomento de la inversión extranjera y cesión del dominio nacional sobre los recursos naturales, reformas legales lesivas a la soberanía nacional y a la identidad y derechos ciudadanos, configuran el perfil de un Estado cuya independencia ha dejado de ser plena. Si estos son los problemas, la solución, difícil pero posible y necesaria, es recuperar la memoria histórica colectiva, replantear el gobierno y las leyes y fortalecer la participación ciudadana independiente, libre y consciente, dirigida a un nuevo proyecto nacional.