Notas Sueltas es un espacio de opinión sobre diversos problemas de carácter social, económico y político de interés general. Los comentarios pueden enviarse a: jdarredondo@gmail.com

sábado, 22 de mayo de 2010

Arlington

Lugar emblemático cerca del Pentágono, en el centro neurálgico del poderío militar estadounidense, el cementerio de Arlington recibe la brisa nostálgica del río Potomac, de los estertores del ejército confederado, de las acciones militares que Estados Unidos llevó a cabo en todas partes del mundo, siendo relevantes en los campos europeos y asiáticos durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, durante Corea, Vietnam, durante los episodios recurrentes en América Latina y el Caribe, durante la Guerra del Golfo, durante la invasión a Afganistán, a Irak… Durante la inacabable agresión de las fuerzas armadas estadounidenses a todos en cualquier época. Allí, en Arlington, están los muertos conocidos y desconocidos de la Guerra Civil, y los que se agregaron en los escenarios internacionales lejos de las fronteras de Estados Unidos pero a su nombre bajo la excusa de la defensa de la democracia y las libertades que sistemáticamente se niegan al interior y a través gobiernos peleles en todo el mundo.

Ha sido la amenaza del fascismo, del comunismo, los obstáculos al avance de los monopolios, la imposición del libre mercado como síntesis de lo política y económicamente correcto, también ha sido el tráfico de drogas, el de armas, sin olvidar la imposición de personas e intereses al frente de los gobiernos de la periferia. La razón de fuerza se transformó rápidamente en argumento político y humanitario: había que intervenir contra la voluntad de pueblos ajenos en los asuntos internos de los demás, en contra de la soberanía nacional y el derecho internacional. Los pretextos, las razones, los argumentos han sido varios, pero la constante en este discurso de auto exculpación ha sido la defensa de ideales que, en abstracto, cualquiera de alguna manera puede compartir. La ubicuidad y ambigüedad de las excusas para intervenir en los asuntos ajenos va revelando una mentalidad esquizoide, una doble moral que intenta a cada paso legitimar la agresión, la destrucción de bienes y seres humanos, el sometimiento de pueblos enteros a la voluntad de las armas y el interés económico privado que basa su éxito en la depredación de los recursos ajenos.

Arlington representa el lugar más venerado de un país invasor por excelencia, de un tirano hipócrita que se conduele de la libertad de los demás y fabrica cárceles y cadenas para repartir en el mundo, a la par que compromete la soberanía nacional de los otros mediante la cooperación y colaboración que ofrece en materia de seguridad, armamento, financiamiento y asistencia política y militar, sin olvidar las bombas de tiempo económicas que siembra en forma de tratados o acuerdos de libre comercio y otras formas de compromiso para los que no pueden resistirse a sus ofertas e invitaciones. Arlington es, para el militarismo gringo y su cauda enorme de intereses financieros, un lugar altamente venerado, porque representa una parte de los costos de su hegemonía internacional encubiertos en forma de un heroísmo instrumental, es decir, convierte en victimarios a los que son, en realidad, víctimas de la manipulación ideológica y política que los convierte en agresores de pueblos ajenos, y que en el empeño invasor han tenido la desgracia de morir. Los muertos de Arlington, en su enorme mayoría, son instrumentos averiados de un gobierno criminal, del más grande genocida internacional que ha conocido la historia.

La mayoría de los muertos de Arlington son, en los 2.53 kilómetros cuadrados del cementerio, una pequeña parte del inmenso conjunto de los muertos que son clasificados por el alto mando estadounidense como “daños colaterales”, aquellos muertos que lo son por estar donde no debían, y que lograron recibir una bala, un pedazo de metralla, la onda expansiva que los convirtió en pedacero humano que se desperdiga en el suelo y queda en la memoria del soldado, del infante de marina gringo como parte del anecdotario que lleva a casa y a sus pesadillas, a sus razones para consumir alcohol y drogas fumadas o untadas, aspiradas o inyectadas, como medida terapéutica contra los horrores de su propia deshumanización. Arlington es, también, un monumento a la ferocidad de un sistema que destruye a sus propios instrumentos.

Pues resulta que, en ese lugar de oprobio humanitario y de heroísmo instrumental, Felipe Calderón Hinojosa, presidente formal de México, rindió homenaje al imperialismo. El representante de una nación que ha sufrido en carne propia las agresiones sistemáticas de Estados Unidos desde el siglo XIX, besó la bota del invasor, el látigo del tirano, la espada del verdugo, la cadena y los grilletes que aprisionan al mundo unipolar que sufrimos, y que afectan sustancialmente las posibilidades de crecimiento y desarrollo de América Latina. Allí, los colores nacionales se cubrieron de mierda, de vergüenza indecible, de una docilidad vacuna, de la sustancia babosa de la indignidad más gratuita.

Con este tipo de actos de sumisión y vasallaje, sin duda alguna Calderón ha demostrado su falta de integridad como mexicano y como gobernante. Debe renunciar de inmediato, como asunto de dignidad nacional. Así sea.

martes, 18 de mayo de 2010

Preocupaciones

En lo que va de mayo, hay ocurrido algunos sucesos preocupantes, según el decir de algunos sonorenses que opinan sobre las febriles oquedades de los micrófonos y las porosas páginas de los periódicos. Así, tenemos que, tras el desangelado 10 de mayo, se nos atravesó entre ceja y oreja el no menos gris día del maestro, menguado y tristón por las paradojas del sistema educativo nacional, que busca niveles de excelencia, de calidad basada no en las verdaderas capacidades de los maestros y los estudiantes sino en las recetas que emiten cada tanto las agencias económicas internacionales: FMI, Banco Mundial, OCDE, por decir algunas claramente identificadas con los esquemas obligatorios de depredación internacional. La figura destacada fue el profesor Othoniel Ramírez quien habló claro y llamó rata, ladrón o algo parecido al dirigente sindical del gordillismo que formaba al lado del risueño titular panista de la SEC, profesor Ochoa Patrón, en el acto de entrega oficial de papelitos conmemorativos.

Quizá lo que más llamó la atención y obligó a la clase política a opinar fue la vuelta a escena de Diego Fernández de Ceballos, que reingresa por la puerta grande a las páginas periodísticas tras la noticia de su desaparición, que se supone forzada, es decir, involuntaria, según se ha especulado hasta la náusea. Que encontraron su lujosa camioneta cerca del no menos lujoso rancho, que encontraron rastros de sangre que corresponden al tipo del desaparecido, que la familia llama a negociar, que el abogado Fernández de Ceballos en una ocasión declaró no temer a la muerte, que el santo inquisidor F de C llamó a quemar en la hoguera las pruebas del fraude electoral del 88, que defendía clientes dudosos, que litigaba valido del tráfico de influencias contra el propio gobierno nacional siendo representante de uno de los poderes de la Unión, que… En fin, que el gobernador panista del estado de Sonora, Guillermo Padrés Elías se declara preocupado por el asunto del ex-senador que no aparece ni por veredas ni rincones.

Desde luego que la presunta desaparición de un personaje político ligado a algunos de los acontecimientos más vergonzosos de la historia contemporánea nacional, no puede ignorarse. Pero la preocupación que expresan algunos actores políticos da para pergeñar algunas suposiciones.

Al revisar algunas páginas electrónicas con espacios donde se recogen opiniones de los lectores, se encuentran muestras de una opinión pública bastante adversa a los políticos del panismo que navega con la bandera neoliberal. Así, por ejemplo, alguien sentencia que eso pasa por meterse con la esposa del Chapo Guzmán; otros sugieren que la búsqueda contemple la cama del político desaparecido, recordando el extraño giro que dio el caso de la niña Paulette. Algunos otros señalan que eso pasa por ser defensor de narcos, otros simplemente dicen que “algo haría”, sin faltar los que afirman que el que la hace, la paga. Por otro lado, menudean los chistoretes que afirman que los secuestradores han enviado una nota pidiendo que ya se junte el rescate porque no lo aguantan; otros ironizan cuando ven el presunto secuestro como una muestra del nerviosismo del crimen organizado ante los avances de la justicia calderoniana, mientras que, opinantes más convencionales, se unen al coro que reclama mayor seguridad para los políticos, sin que falten otros que afirman la ausencia de necesidad de medidas extraordinarias.

Pero, “haiga sido como haiga sido”, Calderón recibe muestras de solidaridad en su gira por España, en la que nuevamente pintó un México color de rosa, pivote de la recuperación internacional y esperanza de las trasnacionales que actúan como actuaban los viejos corsarios ingleses al servicio de su graciosa majestad Isabel I: asaltando a quienes se atraviesan y afincando el poderío de Europa, en la actualidad con el fuerte impulso de Estados Unidos, en una nueva conquista de los espacios económicos de América, pidiendo como lo hicieron, más flexibilidad en materia de infraestructura, energía y telecomunicaciones, las tres razones poderosas del acercamiento del primer mundo con América Latina y el Caribe.

Así las cosas, mientras que el gobernador de Sonora se preocupa por la desaparición del político queretano, el mundo es escenario de una nueva oleada neoliberal, México se prepara a ser un nuevo escenario de depredación trasnacional y Sonora lo hace al aportar su cuota de depredación al tronar empresas pequeñas y medianas so pretexto de concesionar la hechura de los nuevos uniformes escolares, que bien pudieran haber sido elaborados con la concurrencia de todos los negocios tradicionalmente participantes y tan solo con la emisión de vales canjeables, a disposición de los padres de familia. Y claro, también es preocupante la declaratoria de que el agua del Yaqui puede desperdiciarse sin problemas, así como dedicarse a segundos cultivos aunque sean económicamente inviables.

Sin que diga que el plan Sonora SI es lo último ni lo único, resulta más que clara la necesidad de una mejor distribución de los recursos, un uso más racional de los mismos y la desaparición de cotos de poder regional sobre los recursos naturales de que el estado dispone.

viernes, 7 de mayo de 2010

Día de las madres

El día de las madres aparece en la memoria de cualquiera como un día especial, fecha en la que se sacan las monedas guardadas en el calcetín, monedero, bote de café, tarro de mermelada o de mayonesa y el sinfín de recipientes, escondrijos, oquedades continentes de lo que se pudo haber gastado y no lo fue. El santoral familiar contempla a la santa madre de cada cual como el centro de las veneraciones familiares y el refugio de unidad cuando todo lo demás falla y se desvanece.

Como madre solo hay una, su recuerdo estruja el alma y las lágrimas bien pueden encontrar algún cauce libre de embovedamientos, canalizaciones y obras de infraestructura hidráulica, para dar rienda suelta a una discreta propensión edípica o, simplemente, al sentimiento de orfandad que sufrimos cuando no tenemos madre a quien endilgar nuestras frustraciones. Cuando la tenemos, estamos en condiciones de ignorarla salvo para la preparación del manjar cotidiano y el destape de los etílicos a su salud, en la rueda de la fortuna familiar que gira en la medida en que tenemos el pivote materno que la sustente.

El 10 de mayo es la fecha en que las diferencias se concilian y se viven los instantes de la concordia que escatimamos el resto de los meses, salvo diciembre por el fervor navideño. Pero, también es la fecha de la fetichización de la maternidad como símbolo del dispendio en su honor y a la salud estacional del comercio organizado, el que paga anuncios espectaculares y planas de publicidad en los medios impresos, el que lo acatarra en internet y le convoca a hacer uso de sus prerrogativas como cliente consentido.

Pero el día de las madres también tiene otras connotaciones. En el caso de los mexicanos, sabedores de que somos una sociedad donde el 30 por ciento sufre de insomnio, la madre es consuelo, refugio y añoranza, de cara al despiporre nacional y en medio de las amenazas externas que se vuelven internas merced a la capacidad transformadora de la globalización. A ella ─a la madre─, acudimos contritos a lamer heridas y raspones menores, matizando los verdaderamente graves y dando una cara sonriente a quien ve con ojos amorosos al posible espantajo económico, político y social en que devienen los hijos en tiempos de la exclusión que propician y dirigen nuestros gobiernos trasnacionales.

Así las cosas, cuando vemos al gobernante declarar ufano que la parte dura de la crisis ya pasó, el recuerdo de la progenitora ─la suya─ flota en el aire y se materializa en una estentórea mentada de madre cargada de alusiones escatológicas que recupera y lubrica nuestro sentido de la crítica, la autoestima golpeada, la beligerancia propia del ciudadano que exige, conmina y actúa en defensa de lo que a su derecho conviene.

La madre (o su concepto) contribuye así al equilibrio emocional, a la descarga de adrenalina que fortalece y vivifica una dignidad ciudadana ofendida. En este sentido, no sólo representa la paz y la armonía familiar idealizada sino la realización de la misma por vías de hecho, o más bien de dicho. La expresión contundente en forma de exabrupto, no sólo es reivindicación profunda de la integridad sino que alcanza niveles de expresión social, de coincidencia de alcance universal en el conjunto de los ciudadanos que comparten una situación y son parte de los muchos seres victimizados por la injusticia de un sistema económico y político degradante. La madre es así catarsis y consigna política.


La escasez o la carencia de ella, en forma figurativa, revela la entraña cuestionable del sujeto en referencia, su maldad, su naturaleza inhumana o injusta, sus escasas dotes morales, su baja estofa. La poca madre de algunos y la carencia de otros, describe la naturaleza criticable de gobernantes, de autoridades en general, de ciudadanos réprobos, de todos aquellos individuos que no quisiéramos tener que tratar. Sin embargo, tal carencia o ausencia encuentra hoy más que nunca en el espacio público su lugar natural, su referente espacial obligado, de ahí que las mentadas y las alusiones cuantitativas a la madre tengan un domicilio sobradamente conocido.
Lo anterior se fortalece cuando la madre y su día se convienen en argumento de venta político: así, nos encontramos con las noticias de que tal o cual partido va a celebrar a las madres. Como si el reparto de chucherías y la organización de comidas pudiera sustituir la generación y la calidad en el empleo, la equidad en el ingreso, la seguridad social para las familias, la seguridad pública que garantice el patrimonio y la integridad física de los ciudadanos. La visita a hospicios, asilos, dispensarios, barrios y colonias no sustituye la labor diaria que debe el gobierno realizar en beneficio de las madres y sus familias. El gobierno no debe hacer caridad onomástica, sino trabajar todos los días por el mejoramiento de la calidad de vida.

El día de las madres 2010, en forma figurativa, tiene dedicatorias relevantes: el gobierno neoliberal de Calderón, la política exterior de Estados Unidos, el gobierno de Arizona, y los mexicanos apátridas que insisten en no darse por aludidos con la política racista de Arizona y siguen comprando en ese estado. Por lo pronto, le propongo no ir a Arizona al menos durante el 14 y 15 de mayo. Ellos al parecer no, pero ¿nosotros sí tenemos madre?

martes, 4 de mayo de 2010

Una cheve, plis

Seguramente usted sabrá que los adultos sonorenses tienen una cierta predisposición socio-genética a la reunión de parla y charla amistosa, en torno a una parrilla y un cartón o barril de cerveza. Las bondades de la convivencia van acompañadas del intercambio noticioso, ilustrando páginas de la chismografía local, nacional e internacional que ponen muy en alto nuestras capacidades interactivas que se despliegan con lúdica brillantez en los escenarios de la cantina, el patio familiar o la anchurosa playa.

Los sonorenses son gentes de tarro en mano, que no se arriesgan a pasar el río de la abstención a lomos de una mula legal que, hechiza como lo es, perturba nuestro sentido de la justicia y, lo más grave, del sentido común. Tengo noticias de que ahora, con los gobiernos emanados del panismo organizado, se ha impuesto la ridícula disposición de la Dirección de Alcoholes de pedir la credencial de elector a cualquiera que solicite cerveza o alguna otra bebida con alto o bajo contenido alcohólico, sea en restaurantes, tiendas de conveniencia y demás. La evidente mala factura de dicha postura legaloide no tiene parangón, salvo como una tímida aproximación a la prohibición de los años 20.

Si usted en uso de sus facultades ciudadanas y del poder del consumidor depositado en su billetera, sabedor de que es mayor de edad va a un comercio y pretende comprar cerveza, seguramente le va a parecer raro y hasta estúpido que el muchas veces imberbe empleado que lo atienda le pida la credencial de elector a pesar de que usted ostente canas, arrugas y el mapa de todas las peleas libradas en la familia, el trabajo y la relación social que trae a cuestas. La autoridad que da la edad de repente queda suprimida de un solo lenguazo y usted, señor o señora, queda declarado menor de edad hasta que se demuestre lo contrario.

El gerente de un restaurante, según se me reporta, dio en declarar que era disposición de la Dirección de Alcoholes la vacilada de pedir credencial que demuestre la adultez del hasta ahora tranquilo consumidor. Lo curioso del caso es que en ninguna parte dice que los comercios están autorizados u obligados a solicitar este documento personal e intransferible, toda vez que el cliente puede consumir lo que legalmente expenda el comercio dentro del horario establecido. Si no existe base legal para exigir este documento como requisito para el expendio de bebidas alcohólicas, entonces, ¿en qué se fundamenta la medida?

Una hipótesis provisional pudiera ser la siguiente: el gobierno panista, ilustrado en la televisión gringa, pensó en moralizar la sociedad sonorense mediante la revisión exhaustiva de series televisivas policiacas, de manera que la costumbre de solicitar credencial que demuestre la edad del aspirante a borracho se fijó en la mente moralista de los neo-inquisidores panistas y dijeron: “aquí está una medida que podemos implementar basados en la legalidad gringa y, como somos vecinos y amantes de Arizona, nadie notará que está fuera de lugar, de marco legal, de país y hasta de razón”. Así que contentos y jubilosos emprendieron una cruzada por las buenas costumbres y, a falta de prohibir las minifaldas y los escotes en lugares públicos, como en Jalisco, optaron por reprimir al ciudadano en curso de festejos y celebraciones o, simplemente, como una forma de estar en amena convivencia con familiares y amigos.

La mano de la moralina panista se cierne sobre las gargantas de los sonorenses con rencorosa porfía, desde luego dejando de lado que las buenas conciencias empresariales albiazules no ponen reparos en dedicarse con ahínco a los llamados giros negros, los hoteles de paso y algunas otras fuentes de ingreso parecidas, evidenciando una especie de disonancia cognitiva que se traduce en cuadros de asombrosa hipocresía. La ridícula medida es ilegal, insostenible y bastante ñoña.

Ante la evidente falta de sentido común de la disposición, cabe esperar una aclaración pública que nos ilustre sobre si en efecto es oficial, pertinente y sustentada en el derecho mexicano. En todo caso, usted, ciudadano consumidor, bien puede mandarlos por un tubo mediante algún procedimiento que proteja su calidad ciudadana, y el derecho que le asiste como consumidor capaz de demostrar en el mercado sus gustos y preferencias.

Mientras tanto, cabría recordar que, aun en la Arizona fascista de la señora Brewer, a ningún adulto se le pide la credencial de identificación para el expendio de bebidas alcohólicas, sino solamente a personas que evidencian por su aspecto minoría de edad y como un medio de comprobación de ese supuesto. Aquí en Sonora parece que las apariencias pueden ser tan engañosas que primero es el documento legal y luego la realidad de la persona. ¿Habremos enloquecido? ¿La santa inquisición panista de veras creerá que con disposiciones ilegales va a abatir la inseguridad de las calles y el índice de accidentes? Señores panistas que juegan a gobernar: más seriedad.

domingo, 2 de mayo de 2010

Convocatoria


Al otro lado

El gobernador de Sonora aparenta ser el moderador que nadie necesita en estos tiempos de repunte fascista que vivimos, porque el estado requiere de un representante de los intereses nacionales y no un amable componedor que sustituya el trabajo diplomático hecho, por otro que aparente anodinez políticamente correcta, según los parámetros de la dependencia. Dicho de otra manera, si Padrés hace como que la virgen le habla y se pone la gorra del “dejar hacer, dejar pasar” en las manifestaciones de repudio que hubiera, sin una posición enérgica y definida, se puede pensar que al señor le tiemblan las piernas al poner cara ante la obscena insolencia de Arizona. Por el contrario, Felipe Calderón saca la cabeza para endilgarnos una recomendación que, traducida al español de la calle, dice que no se debe viajar al país donde lo mandan a uno al carajo.

Si bien es cierto que Calderón es repudiado hasta en Alemania, por las atrocidades cometidas contra civiles inocentes, repentinamente criminalizados por la lengua rapidísima del ejército y demás cuerpos policiales, lleva algo de razón en eso de pintar raya con los arizonenses, metidos en el uniforme de las SS nazis y adornados con los gorros puntiagudos del KKK. Nada tenemos que hacer en Arizona y la costumbre tan patéticamente sonorense de ir a la primera provocación al “otro lado”, debe revisarse detenidamente: nos debe quedar claro que no somos arizoneneses honorarios, sino simples mexicanos de un estado fronterizo que hasta la primera mitad del siglo XIX fue parte de México, y nos fue robado, tranzado, quitado, con las artes tradicionales de nuestros güeros vecinos: el viejo truco de aparentar un conflicto o profundizar alguno previo y sacar provecho de la fuerza militar y del dinero que ablanda conciencias y borra memorias.

En este sentido, las visitas de compras a Arizona deben ser sustituidas por paseos comerciales domésticos o, en su defecto, al centro y sur del país. Claro que la idea de comprar en el país puede resultar sorprendente para ciertos estratos económicos sonorenses, pero los costos de ser mexicanos son, o deben ser, pagados por todos los que se ostenten legalmente nacionales, más si su aspecto revela clara o vagamente matices cobrizos, nariz gorda y chata, pelambre lacia e hirsuta, vientre abultado y estatura más bien chaparra.

La propensión al maquillaje extremo que da el dinero o la apariencia de tenerlo, afecta la percepción de la propia identidad, convierte a un sapo cervecero en un adonis anglosajón; transforma el color cucaracha en bronceado adquirido en Malibu, Hawaii, o cualquier playa gringa constituida escaparate de las gentes bonitas, portadoras de T-Shirts y shorts floreados, lentes para el sol Ray-Ban y accesorios de ajotolonada novedad. La crema bronceadora encubre los horrores de la genética y la ficción queda completada con un chapurreado spanglish como medio para expresar la pedantería tercermundista de acomplejados viajeros de fin de semana. Pero, al final los rigores de la historia personal terminan por imponerse y la racista gobernadora republicana Jan Brewer nos vuelve a la realidad: el color de la piel y los rasgos faciales son la primera causa de sospecha de extranjería, la palanca de impulso a la represión racista, la justificación del odio que se le tiene al extranjero tercermundista, aunque se encuentre apachurrado en el fondo, el aprecio con que cuenta el dinero que derrama Sonora sobre el comercio arizonense gracias a la ilusión momentánea de no ser lo que somos.

Mientras que Arizona toma medidas contra la inmigración ilegal, aquí en Sonora, como en el resto del país, se manifestaron el 1º de mayo algunas de las contradicciones esenciales del discurso calderoniano, porque las miles de gentes que desfilaron llevaban en su morral una cantidad enorme de resentimiento, de frustración, de desencanto por haber sido engañados con la cháchara oportunista de la presidencia del empleo. En Sonora y el resto del país el desempleo, la falta de oportunidades y la carestía son la realidad que golpea con fuerza la puerta de la desobediencia civil, de la rabia apenas controlada por la prudencia, por el respeto a las instituciones, por temor a las represalias, pero que sin embargo se mueve, articula palabras y dibuja puentes de unión entre las demás víctimas de la depredación nacional.

México y Sonora se convierten en zonas de ilegalidad y de expulsión de la población por motivos de pobreza, mientras que Arizona hace ejercicios de contención sin considerar la relación bilateral, e ignorar pragmáticamente la profundidad de los impactos del problema económico y de seguridad pública que genera la dependencia económica y política entre dos estados de dos países con lógicas distintas, y que inútilmente se ha tratado, desde hace más de 50 años, de disimular con la absurda cobertura de una comisión bilateral que simplemente no se justifica, dadas las asimetrías que existen entre nosotros.

Hablar de integración económica y de sociedad comercial equitativa es una broma pesada que solamente maquilla las verdaderas dimensiones de la dependencia, de la anexión silenciosa que sufrimos, de la ridícula pretensión de hacer convivir tiburones con sardinas.

En suma, la relación Sonora-Arizona alcanza ahora su verdadera cara. Reconozcámoslo de una vez: más nos vale dedicarnos a defender lo nuestro, impulsar nuestra economía, generar y defender el empleo y, sobre todo, entender de una vez que somos mexicanos y que, además, debemos serlo de pleno derecho, actores políticos y económicos que, una vez descubierto que la luna no es de queso, la responsabilidad de nuestro estado depende solamente de nosotros. ¡A la porra Arizona, viva Sonora!

viernes, 30 de abril de 2010

Cosas de los gringos

Pues la ya famosa ley SB1070 del estado gringo de Arizona ha levantado un revuelo que ya lo quisiera la supresión de Luz y Fuerza del Centro, sus 43 mil empleos perdidos y la herida mortal que significa para el Sindicato Mexicano de Electricistas la política laboral del calderonato, además de la huelga de Cananea, las otras que han muerto por inanición a lo largo y ancho del territorio nacional y la amenaza que significa la reforma a la ley del trabajo para los logros sindicales y la estabilidad económica de millones de familias. La ley antiinmigrante del vecino Arizona ha conmovido las fibras del patriotismo en lo profundo y los actores políticos y políglotos se lanzan en cruzada quijotesca contra la decisión soberana de un estado de allende el Bravo.

Los gringos de Arizona son, según se colige, furibundos racistas y fanáticos xenófobos, sobre todo los que lo aparentan por sus rasgos faciales, de suerte que la apariencia lo será todo, una vez que pase el período de 90 días que la ley necesita para entrar en vigor. Las maldiciones y azoro de muchos lloverán sobre las güeras cabezas de nuestros vecinos y ahí se oirá el crujir de huesos y el rechinar de dientes, porque queda claro que los arizonenses nos acaban de mandar por un soberano tubo por razones de una simple interpretación de la ley: el estado podrá detener y consignar a los ilegales que agarre en calles, parques y jardines; en establecimientos civiles y religiosos, en oficinas y en comercios, que estén en territorio de Arizona, sin que puedan demostrar la legalidad de su estado migratorio.

El rigor de la medida ha llamado a los actores políticos que no simpatizan necesariamente con las maneras de los republicanos, a pronunciarse en contra y a pugnar por una reforma integral en materia de inmigración, arguyendo su impacto económico, los efectos diplomáticos que tendrá y una imagen comprometedora respecto a la buena vecindad que tanto se proclama y tan útil que ha sido para colar en forma de cooperación o colaboración otras medidas que, con la suavidad del caso, afectan hasta la médula nuestra soberanía, como es el caso de la lucha antidrogas, antiterrorismo, anti-lavado de dinero, anti-etcétera, que han permitido la intrusión de corporaciones gringas en nuestros asuntos.

Para Sonora resulta particularmente traumática la ley de marras, ya que es tradicional en nuestro estado la propensión o compulsión por las compras en “el otro lado”, los paseos de fin de semana o vacaciones allende las fronteras y el baño de modernidad y progreso que representa Arizona para los sonorenses ansiosos de status, y la idea fija de que lo de allá es mejor que lo de acá, que ha animado a muchos desde la educación primaria hasta la universidad.

Los sonorenses de familias acomodadas sienten a Arizona como una prolongación de su espacio onírico, como la tierra prometida a la que acceden gracias al poder de la visa y al poseer una cuenta en dólares, que abre ante sus ojos el maravilloso mundo de los grandes almacenes, las tiendas departamentales, la goma de mascar y la ropa con diseños y colores que son el uniforme del progreso y la diferencia entre ellos, felices tránsfugas de lo nacional, y los demás que tenemos que conformarnos con lo hecho en México o para México. La distinción, desde una óptica tercermundista, se encarna en lo extranjero, en lo distante que es tan próximo gracias a las bondades del pasaporte y el ingreso personal disponible.

En una comunidad de protogringos, dueños de un nacionalismo debidamente balaceado por el grueso calibre de los mensajes comerciales, de los intelectuales de la integración económica como fatalidad sin contrapeso, de los bobalicones imitadores de cuanto lanzamiento publicitario navega en los medios, de los despistados que ignoran la historia de perversión y agandalle que es característica de la nación de hampones internacionales que es vecina nuestra, seguramente causó extrañeza y sopor la amenaza fascista que se cierne sobre las cabezas de los mexicanos aficionados al week-end transfronterizo. Algunos opinaron que hay que esperar a que venza la cordura, otros a que el presidente Obama ponga orden, aunque hubo quienes opinaron que un boicot al comercio gringo pudiera ser una buena respuesta. Me parece que con o sin ley antiinmigrante, la soberbia de Arizona sólo se pagará con un ejercicio permanente de dignidad por parte de los sonorenses.

Usted recordará que, no hace mucho, un funcionario de gobierno sonorense dio en declarar que Guaymas sería el puerto comercial de Arizona, con lo que se revela la falta de nacionalismo y respeto por las leyes nacionales de que pueden ser culpables personas ignorantes y cretinas que llegan al gobierno por razones de apellidos o compadrazgos. Mejor hubiera sido si el destino de Guaymas se ligara al del noroeste del país o, simplemente, al de nuestro propio estado. Lo anterior viene al caso por tratarse de la expresión de una mentalidad colonizada, víctima del furor por lo extranjero, heredera de los Miramones y los Mejías, parientes ideológicos de los Santa Anna, vende patrias cacahuateros de ayer y de hoy.

Pues bien, considerando la existencia de personas con esta mentalidad vacuna, ¿podemos suponer que un boicot de compras a Arizona podrá prosperar? Diría que sí, siempre y cuando nos pongamos las pilas todos a favor de nuestro estado. Desde luego que me uno a la propuesta de no ir ni comprar en Arizona, de mandarlos por un tubo por fascistas, de suspender definitivamente ese lazo de dependencia consensuada que significa la Comisión Sonora-Arizona, de fortalecer en cambio la economía sonorense, fomentar proyectos productivos con capital nacional y alentar el empleo y el ingreso con justicia social, impulsar procesos productivos que impliquen la utilización de fuerza de trabajo calificada, tecnología moderna y que nos permitan acercarnos a la industrialización del estado libre y soberano de Sonora. Así sea.