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viernes, 3 de julio de 2026

LOS ASEGUNES DEL TRATADO

 “Cierto que quiso querer, pero no pudo poder” (Alfredo Zitarrosa, Doña Soledad).

 

Cierto que no cualquier plazo es fatal cuando de elasticidades se trata. La liga puede estirarse hasta que la resistencia diga basta, o que el sentido común y la sabiduría del agente estirador recomiende suspender la operación.

Al mismo tiempo que la tierra de Trump estira las condiciones del aguante nacional (e internacional) por vía del matoneo mascachicle económico, político y militar, México se adecua, adapta y estira con el fin de que la cosa siga como está, considerando que los jalones a la soberanía nacional pasaron de ser retóricos a esquemas de depredación global y regional cuya suficiencia se sustenta en el poder real o virtual del agresor y la debilidad real o virtual del agredido.

La grosería se toma como una característica singular del pedófilo del norte a la que hay que soportar con silencio obsequioso y no exento de lameculismo diplomático. A las exigencias de bajarse los calzones y aceptar resignadamente la obscena disposición imperial al robo y el agandalle como un acto de buena voluntad entre vecinos porque, finalmente, ¿qué haríamos sin ellos?

Salinas y Bush-TLC
El tratado de libre comercio (sic) de América del Norte, primero como TLCAN y ahora como T-MEC resulta ser una imposición derivada de un modelo de relación vertical-descendente que privilegia la asimetría productiva, la evidente subordinación política y la ausencia de iniciativas propias, nacionalistas y transformadoras en aras de la paz y la integración de México a “Norteamérica”, bloque comercial (y político) contra Oriente.

Los saldos, décadas después, no coinciden con los argumentos de venta de la primera época, aquella que elevó la expectativa de crecimiento por encima de las posibilidades reales de desarrollo nacional, pero que nos convirtió en “socios” de la potencia imperial del hemisferio. Aquí la palabra “socio” recuerda un poco al tratamiento que se da a los choferes de aplicación, a los vendedores de pasillo en las grandes cadenas comerciales trasnacionales y a los vendedores casa por casa de artículos sujetos a comisión.

Las sociedades con asimetrías productivas, tecnológicas y financieras no crean socios sino empleados encandilados por el prestigio de la marca, acojonados por el temor a la reacción del patrón ante fallas del sistema, una clase política cipaya y un gobierno local achaparrado por el discurso de la resiliencia soberanista como fatalidad geopolítica estructural.

En todo caso, configuran un sistema de complementariedad parecido al del feudalismo, donde los siervos engordaban al señor, pero recibían eventualmente el beneficio de su protección, o al de las haciendas porfirianas donde los peones acasillados trabajaban a cambio del abasto de subsistencias vía tienda de raya, pero sujetos al arbitrio del amo que bien podía ejercer, entre otros, el derecho de pernada.

México (se entiende que la referencia es al gobierno) se resiste, niega y reniega de un posible acuerdo con China, en el supuesto de que pegados a la carreta del T-MEC, hoy conducida por Mr. Trump, estaremos en puerto seguro como parte de un bloque comercial, político y militar poderoso e imbatible, dejando de lado el atraso relativo de EUA en materia tecnológica, financiera e incluso militar.

La tan elogiada y protegida integración económica con el norte, en estas condiciones, suena más a un caso de síndrome de Estocolmo que a una decisión motivada por el interés nacional. Más si implícitamente estamos renunciando a una vía de desarrollo que partiría de fortalecer al aparato productivo nacional, la búsqueda de mercados y asociaciones más promisorios y un adecuado mecanismo de distribución y redistribución del ingreso nacional. Lo anterior supone poner el esfuerzo gubernamental y privado en la recuperación del espacio económico y político nacional de acuerdo al interés del pueblo, lo que recuerda las promesas y expectativas de Morena en el plano electoral.

A estas alturas del partido de Latinoamérica contra el ogro trumpiano, la definición de México debe ser de diversificación de mercados en materia de importaciones y exportaciones, romper la inercia neoliberal de pegarse y depender de la ubre estadounidense, destetarse y emprender un camino independiente, sabedores de que el rompimiento es tan necesario y esperanzador como una nueva edición de la independencia nacional, pero sin fantasías ni disculpas. La nación merece un nuevo nacimiento, y dar sentido a las palabras “independencia”, “libertad” y “soberanía”.   

 Me parece que debemos reconocer que existen cadenas neoliberales que romper, y que el gobierno de la república sigue pateando el bote de las reivindicaciones nacionales en beneficio del sistema que decimos combatir (ahí tiene usted, entre otras, la permanencia en el tratado comercial, la vigencia del pago en UMA, la privatización de la seguridad social en el rubro pensionario, las subrogaciones, las concesiones), así que, como dijo el clásico: “los muertos que vos matáis gozan de cabal salud”.

La experiencia del modelo de sustitución de importaciones y los procesos de industrialización y modernización del campo deben retomarse con mirada crítica, y tomar lo mejor de nuestra historia económica reciente. Hay mucho por hacer y no tenemos mucho tiempo como para perderlo, en el marco de la reconfiguración geoeconómica y geopolítica mundial. Al mal paso darle prisa.