Notas Sueltas es un espacio de opinión sobre diversos problemas de carácter social, económico y político de interés general. Los comentarios pueden enviarse a: jdarredondo@gmail.com

martes, 4 de mayo de 2010

Una cheve, plis

Seguramente usted sabrá que los adultos sonorenses tienen una cierta predisposición socio-genética a la reunión de parla y charla amistosa, en torno a una parrilla y un cartón o barril de cerveza. Las bondades de la convivencia van acompañadas del intercambio noticioso, ilustrando páginas de la chismografía local, nacional e internacional que ponen muy en alto nuestras capacidades interactivas que se despliegan con lúdica brillantez en los escenarios de la cantina, el patio familiar o la anchurosa playa.

Los sonorenses son gentes de tarro en mano, que no se arriesgan a pasar el río de la abstención a lomos de una mula legal que, hechiza como lo es, perturba nuestro sentido de la justicia y, lo más grave, del sentido común. Tengo noticias de que ahora, con los gobiernos emanados del panismo organizado, se ha impuesto la ridícula disposición de la Dirección de Alcoholes de pedir la credencial de elector a cualquiera que solicite cerveza o alguna otra bebida con alto o bajo contenido alcohólico, sea en restaurantes, tiendas de conveniencia y demás. La evidente mala factura de dicha postura legaloide no tiene parangón, salvo como una tímida aproximación a la prohibición de los años 20.

Si usted en uso de sus facultades ciudadanas y del poder del consumidor depositado en su billetera, sabedor de que es mayor de edad va a un comercio y pretende comprar cerveza, seguramente le va a parecer raro y hasta estúpido que el muchas veces imberbe empleado que lo atienda le pida la credencial de elector a pesar de que usted ostente canas, arrugas y el mapa de todas las peleas libradas en la familia, el trabajo y la relación social que trae a cuestas. La autoridad que da la edad de repente queda suprimida de un solo lenguazo y usted, señor o señora, queda declarado menor de edad hasta que se demuestre lo contrario.

El gerente de un restaurante, según se me reporta, dio en declarar que era disposición de la Dirección de Alcoholes la vacilada de pedir credencial que demuestre la adultez del hasta ahora tranquilo consumidor. Lo curioso del caso es que en ninguna parte dice que los comercios están autorizados u obligados a solicitar este documento personal e intransferible, toda vez que el cliente puede consumir lo que legalmente expenda el comercio dentro del horario establecido. Si no existe base legal para exigir este documento como requisito para el expendio de bebidas alcohólicas, entonces, ¿en qué se fundamenta la medida?

Una hipótesis provisional pudiera ser la siguiente: el gobierno panista, ilustrado en la televisión gringa, pensó en moralizar la sociedad sonorense mediante la revisión exhaustiva de series televisivas policiacas, de manera que la costumbre de solicitar credencial que demuestre la edad del aspirante a borracho se fijó en la mente moralista de los neo-inquisidores panistas y dijeron: “aquí está una medida que podemos implementar basados en la legalidad gringa y, como somos vecinos y amantes de Arizona, nadie notará que está fuera de lugar, de marco legal, de país y hasta de razón”. Así que contentos y jubilosos emprendieron una cruzada por las buenas costumbres y, a falta de prohibir las minifaldas y los escotes en lugares públicos, como en Jalisco, optaron por reprimir al ciudadano en curso de festejos y celebraciones o, simplemente, como una forma de estar en amena convivencia con familiares y amigos.

La mano de la moralina panista se cierne sobre las gargantas de los sonorenses con rencorosa porfía, desde luego dejando de lado que las buenas conciencias empresariales albiazules no ponen reparos en dedicarse con ahínco a los llamados giros negros, los hoteles de paso y algunas otras fuentes de ingreso parecidas, evidenciando una especie de disonancia cognitiva que se traduce en cuadros de asombrosa hipocresía. La ridícula medida es ilegal, insostenible y bastante ñoña.

Ante la evidente falta de sentido común de la disposición, cabe esperar una aclaración pública que nos ilustre sobre si en efecto es oficial, pertinente y sustentada en el derecho mexicano. En todo caso, usted, ciudadano consumidor, bien puede mandarlos por un tubo mediante algún procedimiento que proteja su calidad ciudadana, y el derecho que le asiste como consumidor capaz de demostrar en el mercado sus gustos y preferencias.

Mientras tanto, cabría recordar que, aun en la Arizona fascista de la señora Brewer, a ningún adulto se le pide la credencial de identificación para el expendio de bebidas alcohólicas, sino solamente a personas que evidencian por su aspecto minoría de edad y como un medio de comprobación de ese supuesto. Aquí en Sonora parece que las apariencias pueden ser tan engañosas que primero es el documento legal y luego la realidad de la persona. ¿Habremos enloquecido? ¿La santa inquisición panista de veras creerá que con disposiciones ilegales va a abatir la inseguridad de las calles y el índice de accidentes? Señores panistas que juegan a gobernar: más seriedad.

domingo, 2 de mayo de 2010

Convocatoria


Al otro lado

El gobernador de Sonora aparenta ser el moderador que nadie necesita en estos tiempos de repunte fascista que vivimos, porque el estado requiere de un representante de los intereses nacionales y no un amable componedor que sustituya el trabajo diplomático hecho, por otro que aparente anodinez políticamente correcta, según los parámetros de la dependencia. Dicho de otra manera, si Padrés hace como que la virgen le habla y se pone la gorra del “dejar hacer, dejar pasar” en las manifestaciones de repudio que hubiera, sin una posición enérgica y definida, se puede pensar que al señor le tiemblan las piernas al poner cara ante la obscena insolencia de Arizona. Por el contrario, Felipe Calderón saca la cabeza para endilgarnos una recomendación que, traducida al español de la calle, dice que no se debe viajar al país donde lo mandan a uno al carajo.

Si bien es cierto que Calderón es repudiado hasta en Alemania, por las atrocidades cometidas contra civiles inocentes, repentinamente criminalizados por la lengua rapidísima del ejército y demás cuerpos policiales, lleva algo de razón en eso de pintar raya con los arizonenses, metidos en el uniforme de las SS nazis y adornados con los gorros puntiagudos del KKK. Nada tenemos que hacer en Arizona y la costumbre tan patéticamente sonorense de ir a la primera provocación al “otro lado”, debe revisarse detenidamente: nos debe quedar claro que no somos arizoneneses honorarios, sino simples mexicanos de un estado fronterizo que hasta la primera mitad del siglo XIX fue parte de México, y nos fue robado, tranzado, quitado, con las artes tradicionales de nuestros güeros vecinos: el viejo truco de aparentar un conflicto o profundizar alguno previo y sacar provecho de la fuerza militar y del dinero que ablanda conciencias y borra memorias.

En este sentido, las visitas de compras a Arizona deben ser sustituidas por paseos comerciales domésticos o, en su defecto, al centro y sur del país. Claro que la idea de comprar en el país puede resultar sorprendente para ciertos estratos económicos sonorenses, pero los costos de ser mexicanos son, o deben ser, pagados por todos los que se ostenten legalmente nacionales, más si su aspecto revela clara o vagamente matices cobrizos, nariz gorda y chata, pelambre lacia e hirsuta, vientre abultado y estatura más bien chaparra.

La propensión al maquillaje extremo que da el dinero o la apariencia de tenerlo, afecta la percepción de la propia identidad, convierte a un sapo cervecero en un adonis anglosajón; transforma el color cucaracha en bronceado adquirido en Malibu, Hawaii, o cualquier playa gringa constituida escaparate de las gentes bonitas, portadoras de T-Shirts y shorts floreados, lentes para el sol Ray-Ban y accesorios de ajotolonada novedad. La crema bronceadora encubre los horrores de la genética y la ficción queda completada con un chapurreado spanglish como medio para expresar la pedantería tercermundista de acomplejados viajeros de fin de semana. Pero, al final los rigores de la historia personal terminan por imponerse y la racista gobernadora republicana Jan Brewer nos vuelve a la realidad: el color de la piel y los rasgos faciales son la primera causa de sospecha de extranjería, la palanca de impulso a la represión racista, la justificación del odio que se le tiene al extranjero tercermundista, aunque se encuentre apachurrado en el fondo, el aprecio con que cuenta el dinero que derrama Sonora sobre el comercio arizonense gracias a la ilusión momentánea de no ser lo que somos.

Mientras que Arizona toma medidas contra la inmigración ilegal, aquí en Sonora, como en el resto del país, se manifestaron el 1º de mayo algunas de las contradicciones esenciales del discurso calderoniano, porque las miles de gentes que desfilaron llevaban en su morral una cantidad enorme de resentimiento, de frustración, de desencanto por haber sido engañados con la cháchara oportunista de la presidencia del empleo. En Sonora y el resto del país el desempleo, la falta de oportunidades y la carestía son la realidad que golpea con fuerza la puerta de la desobediencia civil, de la rabia apenas controlada por la prudencia, por el respeto a las instituciones, por temor a las represalias, pero que sin embargo se mueve, articula palabras y dibuja puentes de unión entre las demás víctimas de la depredación nacional.

México y Sonora se convierten en zonas de ilegalidad y de expulsión de la población por motivos de pobreza, mientras que Arizona hace ejercicios de contención sin considerar la relación bilateral, e ignorar pragmáticamente la profundidad de los impactos del problema económico y de seguridad pública que genera la dependencia económica y política entre dos estados de dos países con lógicas distintas, y que inútilmente se ha tratado, desde hace más de 50 años, de disimular con la absurda cobertura de una comisión bilateral que simplemente no se justifica, dadas las asimetrías que existen entre nosotros.

Hablar de integración económica y de sociedad comercial equitativa es una broma pesada que solamente maquilla las verdaderas dimensiones de la dependencia, de la anexión silenciosa que sufrimos, de la ridícula pretensión de hacer convivir tiburones con sardinas.

En suma, la relación Sonora-Arizona alcanza ahora su verdadera cara. Reconozcámoslo de una vez: más nos vale dedicarnos a defender lo nuestro, impulsar nuestra economía, generar y defender el empleo y, sobre todo, entender de una vez que somos mexicanos y que, además, debemos serlo de pleno derecho, actores políticos y económicos que, una vez descubierto que la luna no es de queso, la responsabilidad de nuestro estado depende solamente de nosotros. ¡A la porra Arizona, viva Sonora!

viernes, 30 de abril de 2010

Cosas de los gringos

Pues la ya famosa ley SB1070 del estado gringo de Arizona ha levantado un revuelo que ya lo quisiera la supresión de Luz y Fuerza del Centro, sus 43 mil empleos perdidos y la herida mortal que significa para el Sindicato Mexicano de Electricistas la política laboral del calderonato, además de la huelga de Cananea, las otras que han muerto por inanición a lo largo y ancho del territorio nacional y la amenaza que significa la reforma a la ley del trabajo para los logros sindicales y la estabilidad económica de millones de familias. La ley antiinmigrante del vecino Arizona ha conmovido las fibras del patriotismo en lo profundo y los actores políticos y políglotos se lanzan en cruzada quijotesca contra la decisión soberana de un estado de allende el Bravo.

Los gringos de Arizona son, según se colige, furibundos racistas y fanáticos xenófobos, sobre todo los que lo aparentan por sus rasgos faciales, de suerte que la apariencia lo será todo, una vez que pase el período de 90 días que la ley necesita para entrar en vigor. Las maldiciones y azoro de muchos lloverán sobre las güeras cabezas de nuestros vecinos y ahí se oirá el crujir de huesos y el rechinar de dientes, porque queda claro que los arizonenses nos acaban de mandar por un soberano tubo por razones de una simple interpretación de la ley: el estado podrá detener y consignar a los ilegales que agarre en calles, parques y jardines; en establecimientos civiles y religiosos, en oficinas y en comercios, que estén en territorio de Arizona, sin que puedan demostrar la legalidad de su estado migratorio.

El rigor de la medida ha llamado a los actores políticos que no simpatizan necesariamente con las maneras de los republicanos, a pronunciarse en contra y a pugnar por una reforma integral en materia de inmigración, arguyendo su impacto económico, los efectos diplomáticos que tendrá y una imagen comprometedora respecto a la buena vecindad que tanto se proclama y tan útil que ha sido para colar en forma de cooperación o colaboración otras medidas que, con la suavidad del caso, afectan hasta la médula nuestra soberanía, como es el caso de la lucha antidrogas, antiterrorismo, anti-lavado de dinero, anti-etcétera, que han permitido la intrusión de corporaciones gringas en nuestros asuntos.

Para Sonora resulta particularmente traumática la ley de marras, ya que es tradicional en nuestro estado la propensión o compulsión por las compras en “el otro lado”, los paseos de fin de semana o vacaciones allende las fronteras y el baño de modernidad y progreso que representa Arizona para los sonorenses ansiosos de status, y la idea fija de que lo de allá es mejor que lo de acá, que ha animado a muchos desde la educación primaria hasta la universidad.

Los sonorenses de familias acomodadas sienten a Arizona como una prolongación de su espacio onírico, como la tierra prometida a la que acceden gracias al poder de la visa y al poseer una cuenta en dólares, que abre ante sus ojos el maravilloso mundo de los grandes almacenes, las tiendas departamentales, la goma de mascar y la ropa con diseños y colores que son el uniforme del progreso y la diferencia entre ellos, felices tránsfugas de lo nacional, y los demás que tenemos que conformarnos con lo hecho en México o para México. La distinción, desde una óptica tercermundista, se encarna en lo extranjero, en lo distante que es tan próximo gracias a las bondades del pasaporte y el ingreso personal disponible.

En una comunidad de protogringos, dueños de un nacionalismo debidamente balaceado por el grueso calibre de los mensajes comerciales, de los intelectuales de la integración económica como fatalidad sin contrapeso, de los bobalicones imitadores de cuanto lanzamiento publicitario navega en los medios, de los despistados que ignoran la historia de perversión y agandalle que es característica de la nación de hampones internacionales que es vecina nuestra, seguramente causó extrañeza y sopor la amenaza fascista que se cierne sobre las cabezas de los mexicanos aficionados al week-end transfronterizo. Algunos opinaron que hay que esperar a que venza la cordura, otros a que el presidente Obama ponga orden, aunque hubo quienes opinaron que un boicot al comercio gringo pudiera ser una buena respuesta. Me parece que con o sin ley antiinmigrante, la soberbia de Arizona sólo se pagará con un ejercicio permanente de dignidad por parte de los sonorenses.

Usted recordará que, no hace mucho, un funcionario de gobierno sonorense dio en declarar que Guaymas sería el puerto comercial de Arizona, con lo que se revela la falta de nacionalismo y respeto por las leyes nacionales de que pueden ser culpables personas ignorantes y cretinas que llegan al gobierno por razones de apellidos o compadrazgos. Mejor hubiera sido si el destino de Guaymas se ligara al del noroeste del país o, simplemente, al de nuestro propio estado. Lo anterior viene al caso por tratarse de la expresión de una mentalidad colonizada, víctima del furor por lo extranjero, heredera de los Miramones y los Mejías, parientes ideológicos de los Santa Anna, vende patrias cacahuateros de ayer y de hoy.

Pues bien, considerando la existencia de personas con esta mentalidad vacuna, ¿podemos suponer que un boicot de compras a Arizona podrá prosperar? Diría que sí, siempre y cuando nos pongamos las pilas todos a favor de nuestro estado. Desde luego que me uno a la propuesta de no ir ni comprar en Arizona, de mandarlos por un tubo por fascistas, de suspender definitivamente ese lazo de dependencia consensuada que significa la Comisión Sonora-Arizona, de fortalecer en cambio la economía sonorense, fomentar proyectos productivos con capital nacional y alentar el empleo y el ingreso con justicia social, impulsar procesos productivos que impliquen la utilización de fuerza de trabajo calificada, tecnología moderna y que nos permitan acercarnos a la industrialización del estado libre y soberano de Sonora. Así sea.

El ritmo de moda



La prensa nos toma por asalto y el pasmo y temblorinas hacen de nuestro esqueleto una sonaja ciudadana que reproduce el son de la ametralladora, del AK47, del R15, de las armas cortas y largas que se apoderan de nuestra conciencia y traducen en estampidos el ritmo del declive nacional. La vida en México es asunto de seguridad personal y el gobierno se complace en informarnos que las acciones que emprende contra el crimen organizado pone nervioso a éste y lo hace percutir 2 mil cartuchos cada vez que entra en estado de shock ante los avances del panismo organizado.

Las heridas producidas por esquirlas y la eventualidad de encontrar granadas sin estallar en carros blindados que no lo fueron tanto, son el panem nostrum cotidianum, la carga que hay que llevar por ser un pueblo tan favorecido por el exitoso trabajo de autoridades civiles y militares, frente al horroroso carácter y la hipersensibilidad intolerante del hampa, nomás por quítame estas declaraciones triunfalistas. Lo de todos los días son los atentados contra el sentido del humor ciudadano y la escasa responsabilidad declarativa de los más altos funcionarios del fuero federal. El hampa, mientras tanto, anota los muertos mediante pizarras electrónicas proporcionadas por los medios de comunicación, ya que para ellos es imposible recordar cuántos muertos llevan en su haber.

Mientras nos estremecemos al ritmo del R15 o el AK47, trabaja a contrapunto William Clinton, con una letra que resulta conocida en las serenatas que el imperialismo yanqui le lleva a América Latina cada vez que quiere gozar de sus favores: “que no se piense que intervenimos, pero lo que México tiene que hacer es un Plan Colombia.” Con esto, el astuto libidinoso afecto a las becarias y a los habanos, subraya la labor de la Secretaria de Estado Hillary como labor de amor, de apoyo y colaboración con los esfuerzos de Calderón contra el cáncer terminal del narcotráfico. Seguramente conviene ignorar el sentido y consecuencias de la “Iniciativa Mérida”, entre las que destacan la intromisión de las agencias de policía gringas en asuntos que debieran ser de nuestra exclusiva competencia.

El curioso y repulsivo erotómano disfrazado de conferencista estelar nos endilga frases edulcoradas que huelen a tomadura de pelo y picada de cola, considerando que su país está metido hasta la cocina de la seguridad nacional mexicana, pues ha incrementado la presencia de agentes policiales y su influencia alcanza al ejército y demás fuerzas armadas, gracias a la colaboración del gobierno y el crimen organizado que ha provisto el escenario, el terror y la justificación para un intervencionismo cada vez más definido como invasión silenciosa, toma del poder por coacción, golpe de estado y conversión del estado mexicano en protectorado gringo. Sin duda el panismo neoliberal resultó más eficiente que el priista-salinista en eso de entregar la patria al extranjero.

El despiporre nacional logra que vivamos en una realidad diseñada por el amarillismo de nota roja, trascendiéndolo en todos sus detalles. La morbosidad con que se manejan las noticias y el espacio que se les concede, son inopinados mecanismos de impulso a la criminalidad como la carrera del futuro, hoy. Con esto no quiero decir que se deben ocultar las cosas, sino que debemos saber también qué es lo que hacen los ciudadanos para revertir los efectos perniciosos de tener un gobierno acéfalo que funciona como oficina de enlace extranjero y acompañamiento empresarial.

Un buen tópico sería el de la lucha del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) por revertir el despido injustificado de que son víctimas, de la forma ilegal en que se decretó la desaparición del Luz y Fuerza del Centro, del avance o retroceso que tienen casos como el de las víctimas del incendio en la guardería ABC de Hermosillo, de la huelga que murió por silencio y vacío, que es la de UTH; la complicidad del gobierno con el grupo Larrea, que tranquilamente pueden dar por corridos a los mineros de Cananea y suprimir de un solo plumazo toda una historia de derechos y conquistas laborales; de la desaparición y asesinato de periodistas y de la impunidad obscena con la que medran las empresas trasnacionales en su labor de contaminar el suelo y aire mexicanos.

martes, 20 de abril de 2010

La UNISON en medio de la nada


Pues los trabajadores académicos, así como los administrativos y manuales, decidieron por mayoría no irse a la huelga, aunque hay asuntos pendientes diferidos hasta otra oportunidad. Las mejoras en las condiciones laborales y el acento en las reivindicaciones salariales y contractuales bien pueden esperar a que las aguas políticas alcancen un nivel tal que permita que la derrama de beneficios llegue, por gravedad, a las bases dispuestas a hacer postgrados en faquirismo, en salto de mata, en evasión de acreedores y en insuficiencia alimentaria.

En la vida loca neoliberal, las condiciones laborales pueden ser negociadas hasta que los excesos patronales se traduzcan en conmiseración y complicidades cupulares. Las burocracias bien pueden estar tranquilas recostadas en el mullido edredón de la política de austeridad que se traduce en topes salariales y en ninguneos legislativos a la demanda de mayor presupuesto a la educación superior. Sucede que en el país y, por ende en la entidad federativa, el gasto corriente que corresponde a sueldos es anatemizado por su esencia demoniaca, por la evidente manirrotez de los patrones que corren el riesgo de explotar menos de lo debido a sus empleados; por la absurda pretensión de dar menos a quienes hacen posible que la institución exista y funcione, que justifican el prestigio de la universidad y que hacen el trabajo que le da sentido al lema de: “el saber de mis hijos hará mi grandeza”.

Sí, los universitarios decidieron no irse a la huelga y las buenas conciencias legislativas pueden respirar con alivio; la tranquilidad que proporciona el poder hacer declaraciones pedestres aunque con visión de largo plazo (PAN), se complementa con el apoyo a la autoridad universitaria (PRI), en una cuatachez fascinerosa y ñoña, productora de pena ajena y lejana, a su vez, de las funciones de representatividad popular que sugiere el poder legislativo local (PRD). Con ello, el fantasma de la huelga no recorre la universidad, porque fue excluido de acceder a la educación superior por insuficiencia de méritos.

El seguir soportando una masa burocrática obesa y acomodaticia, emanada de las cloacas del neoliberalismo en educación, hace de este país uno que reporta rendimientos decrecientes, que depende de las importaciones científicas y tecnológicas por incapacidad para producir conocimiento aplicable al desarrollo económico independiente. En México no se avanza tecnológicamente y las posibilidades de desarrollar ciencia parecen limitadas por una política acomplejada que privilegia la maquila antes que la industrialización nacional; acoge amorosamente al capital extranjero y deja al margen al nacional; fomenta la dependencia no sólo tecnológica sino política y cultural, despreciando lo propio en aras de adoptar lo ajeno como una muestra de modernidad y progreso, aunque se tenga que sacrificar el talento y la creatividad nacionales.

La Universidad de Sonora padece del trauma de ser demasiado grande para lo pequeño de las entendederas de sus administradores, simples continuadores de una política diseñada desde fuera y acatada e implementada mecánicamente por burócratas dueños de un esquematismo palurdo, reduccionista y bastante ignorante de las causas y consecuencias educativas y políticas de sus acciones. Perdida la dimensión social de la educación superior, lo que queda es el discurso de la “competitividad” y la “innovación”, la cultura del formato y la preeminencia de la administración sobre la academia. El modelo no incluye, desde luego, la creatividad de los universitarios bajo premisas de libertad de iniciativa, ya que el formato y la reacción pavloviana a los estímulos económicos hace las veces de camisa de fuerza voluntaria para la inteligencia. La libertad es un bien escaso y sólo se accede a él mediante la rebelión hacia cualquier forma de subordinación al modelo vigente, cuestión que deja fuera las posibilidades de acceder a las bolsas de dinero que se otorgan a los convenencieros y sumisos, de acuerdo al código de ética institucional que inhibe el pensamiento independiente y la libertad de hacer trabajo académico al margen del modelo impuesto.

Estamos ante una institución que se ha plegado en exceso al absurdo de la política educativa federal, que a su vez refleja el dogma que imponen los organismos financieros internacionales, sin que la asista algún tipo de justificación, más allá de invocar la necesidad de acceder a recursos económicos extraordinarios por vía de los programas que para tal fin ha diseñado la SEP y que se establecen en el Programa Nacional de Educación.

En los hechos, esta política interna de ser simplemente una universidad-reflejo de la política federal, no permite que la institución reivindique su autonomía, se incorpore al trabajo de contribuir al mejoramiento de las condiciones materiales y culturales de la región, ni mucho menos que represente una alternativa real para el abatimiento de la marginación y el mejoramiento de las condiciones sociales y nivel de vida de la población. Asimismo, se genera un sentimiento de minusvalía entre los miembros de la comunidad universitaria que deviene apatía por las luchas sindicales y la exigencia del mayor respeto que merece el trabajo académico respecto al burocrático; pero, como consecuencia de esta claudicación solapada a principios y valores, el lenguaje cambia el contenido de la acción o inacción de los actores y el sacrificio del bienestar personal se ofrece por el sindicato en el altar de la contención salarial, pasando por ejercicio de madurez y lealtad institucional.

Si se tiene personal bien portado, se tendrán organizaciones gremiales bien portadas también, dispuestas a servir de peldaño político a quienes encabezan la administración. Esto repercute en el buen desempeño percibido de los funcionarios de gobierno, de suerte que no estallar una huelga no es necesariamente mérito de los sindicalistas, sino del funcionario que “la evitó”. Lo anterior explica el protagonismo de ciertos actores políticos en el período de pre-huelga, en ejercicios de oportunismo de bastante mala factura. Las explicaciones de lo que pudo haber sido y no fue, forman parte del anecdotario siniestro de un sindicalismo secuestrado en los chucatosos márgenes de lo políticamente correcto.

¿Qué queda por hacer? Prepararse psicológicamente para futuras revisiones salariales y contractuales, donde la administración, como ya es costumbre, llevará la agenda y la línea de solución a conflictos que ella misma ha contribuido a generar. Desde luego que siempre existe la posibilidad de que se reconstituya el sindicalismo universitario y estén dispuestos sus actores a afrontar los riesgos de una lucha que es, hoy por hoy, desigual aunque justificada y liberadora, por cuanto rescata el valor y la importancia de la academia y el derecho de los académicos de incidir en el destino de su institución, actualmente secuestrada por una burocracia caricaturesca.

martes, 13 de abril de 2010

José Pedro

José Pedro Sierra Leyva falleció de cáncer de colon, a las 8 de la mañana del día lunes 12 de abril de 2010, dejando atrás una trayectoria de más de 35 años de servicios como profesor universitario en el departamento de Contabilidad de la Universidad de Sonora.
Se puede decir que José Pedro, Contador Público y Maestro en Educación, fue un profesional muy especial, por su diversidad de intereses en campos ajenos a su perfil profesional, como la política, la administración municipal y la historia regional. Su alegría de vivir y su sentido lúdico de las cosas, los hechos y los personajes de nuestra vida cotidiana, constituyen uno de los rasgos más significativos de su personalidad. En su momento, ocupó el cargo de Jefe de Departamento de Contabilidad así como el de Presidente de la Sociedad Sonorense de Historia.
Hoy sus restos mortales hicieron un último recorrido por la Universidad de Sonora y recibió el homenaje de sus pares en las instalaciones del Departamento de Contabilidad, para reposar eternamente entre los buenos universitarios que se nos han adelantado.

Descanse en paz el maestro José Pedro Sierra Leyva, un buen hombre, formador de muchas generaciones de profesionales de la contaduría pública. Un buen amigo.