Conspiración en Pémex

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domingo, 1 de agosto de 2010

Cuestiones de equidad


No es justo que unos cuantos miles de millones de seres humanos se opongan al progreso. Si 2,600 millones de habitantes del mundo tienen problemas de tipo sanitario y 24,000 niños mueren cada día a causa de diarreas producidas por agua contaminada, eso no significa que se deba recriminar a los grandes acaparadores de agua por las posibles culpas que se les pudieran atribuir. A los acaparadores les asiste la posibilidad de crear empleos, en cambio a los miserables no. El gobierno, en consecuencia, procura no molestar a los posibles salvadores de la patria y deja caer el peso de la recaudación sobre los lomos de los causantes cautivos y de los trabajadores jubilados o pensionados, sabedor de que sí cuentan con numerario susceptible de ser disminuido a capricho para fines de sostener la economía y la estabilidad del sistema financiero nacional e internacional.

Volviendo al tema del agua, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha debatido en su sesión del 28 de julio de 2010 sobre el derecho al agua, declarándolo de pleno interés humano. Pero el derecho al agua de la humanidad parece estar en contradicción con el que tienen las empresas trasnacionales de acaparar las fuentes de ese recurso, y administrar el bienestar de millones de seres humanos en el planeta mediante la concesión de los gobiernos respectivos en materia de aplicaciones tecnológicas en fuentes de energía alternativa, de sistemas de ingeniería hidráulica, de explotación directa de recursos naturales y del control de millones de hectáreas agrícolas para fines privados.

La votación de la iniciativa boliviana arrojó 122 votos a favor, ninguno en contra y 41 abstenciones, entre las que se destacan las de Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido. El glamoroso mundo de los anglosajones, con la impoluta blancura que adorna sus trapacerías internacionales y encubre la oscuridad de una mente peligrosa, se resistió a reconocer ese derecho que afectaría el reconocimiento de otros que deben existir en una difusa interpretación de las prioridades del primer mundo sobre la periferia. Al parecer, el reconocer el acceso al agua como derecho esencial de la humanidad, rompería la lógica de los negocios y metería en aprietos a los diseñadores de imagen de los gobiernos y las empresas a la hora de hablar de “cooperación”, “equidad”, “derechos humanos”, “calidad de vida”, entre otros argumentos de venta.

Mientras en el seno de la ONU suena fuerte la voz humanitaria de Bolivia, en nuestro país parece fomentarse la discriminación y la pasión por los negocios. Por ejemplo, en la costa de Hermosillo, entre 12 y 18 familias detentan el mayor volumen de agua disponible para uso agrícola, que defienden como gato boca arriba, así como los buenos agricultores VIP del Yaqui, con el fin de que su agua no corra el peligro de ser entregada a la chusma sedienta que no tiene llene y que siempre va a estar reclamando su mala suerte a los ricos y poderosos.

De acuerdo con este criterio, la economía no va a funcionar si el gobierno se pone en plan de hermanita de la caridad y quita a unos pocos que ya demostraron ser exitosos, para dar a una multitud anónima lo que con tantos sacrificios se ha expoliado y desperdiciado durante décadas. Eso sería caer en las garras de la horrible y peligrosa bandera del populismo, o quizá nos estemos acercando a esa ideología terrible que Estados Unidos ha insistido en combatir y vacunar a los países de la periferia: el socialismo.

Imagínese usted, un gobierno que a nombre de la justicia limite las ganancias y el uso de los recursos naturales a los buenos empresarios; que insista y vigile una distribución equitativa y racional de la riqueza natural y de la generada por el trabajo; que cobre más impuestos al que más gane; que rescate el concepto de solidaridad inter-generacional en materia de pensiones y jubilaciones; que fomente el empleo de calidad con pago justo y que promueva la seguridad social; que exija responsabilidad social a las empresas; que cree fondos y mecanismos de apoyo a los discapacitados; que integre en vez de separar a las familias mediante la provisión generalizada de educación, la vivienda, los servicios públicos, el empleo y el ingreso. Es claro que la sola idea suena a demagogia, a propaganda comunista, a ruptura del orden social que debe basarse en la explotación privada de los recursos sociales y naturales. Recuerde usted la sabiduría de la conseja popular: “al que nace pa’ tamal, del cielo le caen las hojas”.

Por fortuna, Estados Unidos ha inspirado a gobiernos como el de Colombia, Chile, Honduras, entre otros, para resistir con vigor la idea de la igualdad entre los ciudadanos, la horrible perspectiva de la equidad, la insoportable e infamante disolución social que provocaría un gobierno popular, nacionalista y democrático.

La negativa de apoyar la decisión mayoritaria de los países integrantes de la ONU, de reconocer el acceso al agua como un derecho de la humanidad, va en la línea de las razones de no apoyar, en su momento, el Protocolo de Kioto sobre la contaminación ambiental, habida cuenta que el no contaminar perjudica los negocios, impide el progreso del desarrollo industrial del primer mundo y da al traste con las híper-ganancias, bajo el modelo de relaciones dominante centro-periferia.

Por las mismas razones se explica la oposición de Washington a dejar en paz a Afganistán, a Irak y a Irán, así como a Pakistán, Corea, África, y al variopinto escenario Latinoamericano y caribeño. ¿Se imagina usted lo que harían los países miserables y explotados si fueran libres? ¿Sin la tutela y administración de Washington y asociados? ¿La peligrosa posibilidad de la unión entre ellos? ¿Los horrores de la democracia al servicio del progreso independiente de sus pueblos? ¿Qué sería de los negocios neo-coloniales tan en boga? ¿Del negociazo de los transgénicos, de la energía eólica y solar? La naturaleza ¿nacionalizada? ¡Qué miedo!

Al parecer, Washington y socios primermundistas no están dispuestos a entender la equidad como algo practicable en la vida real, que sea posible y exigible en el terreno de la economía, de la política, de la cultura… Quizá su mejor ubicación esté en el terreno maravilloso de los discursos políticos, de los planes y programas de apoyo, de las declaraciones y promesas de “cooperación”, de “colaboración” internacional. En el papel está bien, pero en la vida cotidiana, ni hablar. La equidad es un concepto altamente subversivo, contaminante y altamente peligroso. Estados Unidos y socios buscan la armonía mundial, la que se da entre amo y siervo, entre tiburón y sardina, entre centro y periferia. La democracia, finalmente, sólo se da entre iguales… y la igualdad suena a promiscuidad, a la insondable perversión de la autoestima hecha gobierno.

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