Notas Sueltas es un espacio de opinión sobre diversos problemas de carácter social, económico y político de interés general. Los comentarios pueden enviarse a: jdarredondo@gmail.com

lunes, 23 de enero de 2017

La larga marcha

           “Hay que unirse no para estar juntos, sino para hacer algo juntos” (Donoso Cortés).

La república se conmueve tras años de cómoda apatía, de absoluta pereza en manifestarse por cuestiones ligadas al modelo económico, a la crítica al neoliberalismo imperante y que sigue tan campante horadando los bolsillos del proletario y socavando la familia, las costumbres y hasta el modito de andar. La clase media, gracias a la modernización peñista, va en franca retirada hacia las procelosas aguas de una insolvencia que rasca sin mucha fortuna la línea de pobreza que marcan los cánones internacionales. Así las cosas, se puede decir que en México existimos nosotros en mayoría asalariada, subempleada, desempleada o precarizada, frente a los que administran los recursos nacionales, sacan para negocios privados a la sombra del poder público y del soborno de las trasnacionales y hacen fortunas millonarias a costa del bienestar de las mayorías.

País de penurias y desaires, de ciudadanías acotadas por la desconfianza y el miedo, de derechos sociales menguados, recortados y condicionados a los imperativos del capital extranjero y las recetas y presiones que se sirve ejercer la OCDE, EL FMI y El Banco Mundial, según sea el caso, a un gobierno cada vez menos nacional y más subordinado a intereses ajenos y distintos a los nuestros. Nación de parias de la tierra con un pie en la frontera persiguiendo un sueño que deviene insomnio, pesadilla siniestra de desarraigo y violencia, al servicio de una economía que quita antes que poner comida en su mesa, trabajo e ingreso, educación y salud, seguridad pública y cobertura social. Sí, las remesas son un logro del gobierno neoliberal que le pone precio a la pobreza, festeja el desarraigo y documenta la voracidad de los explotadores.

Vivimos en una tierra de promesas incumplidas y de burlas constantes a la dignidad ciudadana, a la calidad de seres humanos, a las expectativas de quienes viven de su trabajo, de quienes tienen responsabilidades familiares, de todos aquellos proveedores de hogares cada vez más vulnerables, cada vez más cercanos a la tragedia por la violencia del entorno, por la creciente inseguridad pública, por los ataques recurrentes a la seguridad social, a las escasas garantías de trabajo, a los mecanismos del outsourcing, de la nueva economía basada en la carestía de muchos y la holgura de pocos.

Somos el escenario de múltiples luchas que se libran todos los días, calladamente, porque el gobierno quiere sólo buenas noticias; vivimos en una escenografía compuesta de retazos de progreso sectorializado y prometido de acuerdo a la mercadotecnia electoral de la coyuntura, a la desmemoria, al olvido por cansancio, a la pasividad por desencanto, a la carga de demagogia y desconfianza que paraliza y excluye.

Así como el propio gobierno provee las causas de la depresión anímica, también lo hace con los motivos y estímulos para la respuesta del ciudadano agraviado: en enero ha iniciado una nueva etapa de desencanto que se ha convertido en catalizador de la respuesta ciudadana a las agresiones del sistema. El pueblo marcha, se planta, protesta, levanta firmas, lanza consignas y exhibe pancartas; una mujer que participa en la marcha del domingo 22 en Hermosillo abandona lo “políticamente correcto” y se anima a gritar a micrófono abierto “¡chinguen a su madre… putos!”, la gente corea “¡fuera Peña!”, entre otras expresiones del cansancio convertido en coraje, que hace camino al andar.

Son decenas de miles que dicen basta, que están hartos, que juntan firmas para documentar la urgencia de un cambio, de un golpe de timón que abandone la ruta de la pesadilla neoliberal. La marcha sigue, la columna crece abonada por el fracaso de las reformas neoliberales, por la patraña del ahorro público, la austeridad y el combate a la corrupción que no pasa de ser tópico declarativo, cuando no un intento más de engaño y burla al ciudadano. Curiosamente, los salarios en términos reales bajan mientras que todo lo demás sube: nuestra economía está anclada en la apariencia, en la fiesta del saqueo, el maquillaje y la más obscena entrega de lo nuestro al capital internacional. El país produce menos, pero compra más. Se hostiga al causante menor, pero hay devoluciones de impuestos a las grandes empresas. Se persigue a los pequeños causantes, en tanto que gozan de impunidad los deudores multimillonarios.

Mientras que el gobierno se complace en anunciar alzas como medidas “amargas pero necesarias”, el salario se aleja cada vez más de ser remunerador, suficiente y digno. La brecha económica creada por las deficiencias del sistema rompe las inercias mentales de muchos, la comodidad del “apechugue”, la prudencia del que simplemente refunfuña sin actuar. El domingo 22 marcharon 30 o 40 mil ciudadanos, hombres y mujeres, familias enteras, trabajadores de distintas esferas de la actividad económica, activos y retirados, locales y foráneos, con afiliación sindical o sin ella, pueblo finalmente que coincide y crece en conciencia y determinación mientras avanza.


La magnitud del problema y la respuesta social necesaria exige una toma de conciencia de los riesgos que esto implica, de tener en cuenta que las acciones del pueblo organizado en defensa de sus derechos son siempre actos políticos, porque tienen alcance social, persiguen el bien común y la vigencia del estado de derecho. Por todo ello es imperativo evitar los sectarismos, las mil y una formas de exclusión, la propensión al protagonismo individual y las inclinaciones de hacer del movimiento social una especie de empresa personal que administrar. Falta mucho por hacer y la única posibilidad de triunfo es presentar un frente sólido, sin divisionismos ni mezquindades. El tamaño de la tarea hace necesarios los acuerdos y las alianzas, la coordinación y el consenso. En lo social y lo político, la tarea es el líder, el objetivo manda, pues la misión transformadora lo exige. Tal es el reto.

domingo, 15 de enero de 2017

Este país...

                      “Ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya” (Séneca).

En lo que va del año, el venturoso 2017, la ciudadanía de a pie ha visto con ojos de asombro cómo es posible hacer la diferencia entre un país poblado de seres que pastan y otro que da señales de vida inteligente y activa. La proverbial pasividad de una sociedad “madura” y razonable, de repente se transforma en una que abandona esa calma comodona y se deschonga en las calles con marchas y manifestaciones con consignas a grito en cuello de “¡fuera Peña!” y otras que aluden de manera directa el horror político y administrativo de esos esperpentos llamados “reformas estructurales”, que ni son reformas ni son estructurales, sino simples contrarreformas y viles manoseos desestructuralizantes, que quiebran, rasgan y tronchan la delicada trama del tejido social. La república, según esto, es víctima de una patada en el trasero y un vapuleo inmisericorde en sus partes nobles, si las hubiera, pero no de una sola vez, sino de manera viciosa y reiterada que, más que diversión ociosa de quien gobierna (sic), parece una tarea demoledora de lo que queda de integridad e identidad nacionales.


Un país que sufre las andanadas de la furia reformadora neoliberal termina siendo material de desecho histórico, pasando por la vergüenza de rendir su plaza al imperio del dólar, mediante en oscuro expediente de la claudicación y la entrega de cuerpo y conciencia a los mercaderes internacionales de prostitución e ignominia. México hace de carne traficada por el FMI, la OCDE y el Banco Mundial, con el agravante de ser el propio gobierno el que hace de alcahuete, conseguidor, colocador, intermediario, facilitador, o simple mercachifle de corruptelas y traiciones.

Es claro que la república ha sido tomada por asalto y que el golpe se ha dado desde el centro del poder federal, manchando de una substancia pastosa, marrón y pestilente la banda presidencial y los atributos del Ejecutivo nacional. La orfandad política y económica se traduce en una ciudadanía cada vez más lastimada que finalmente expresa su molestia por el abuso y los excesos del poder. El pegar de gritos y salir a expresar ese dolor ofensivo y gratuito, tanto como abusivo y cobarde, nutre las marchas, mítines y plantones. Entonces, que a nadie le extrañe que las cosas ya no sean como antes, que la ciudadanía entienda que el gobierno es corrupto, prostibulario y entreguista¸ que ahora prive un ánimo reivindicatorio de la dignidad, el respeto y el poder del ciudadano, y el papel de mandatario y no mandante del poder ejecutivo federal, estatal y municipal. Antes, los patos gubernamentales les tiraban a las escopetas ciudadanas, ahora las marchas de protesta abren la posibilidad de poner cada cosa en su lugar y que la escopeta esté en manos de un pueblo que exija y decida políticamente el rumbo de la nación.

Sabedor de que usted, lector, tiene la información suficiente y necesaria acerca del bodrio recaudatorio del “gasolinazo”, y de la paliza que el gobierno ha infligido a la seguridad social pasando por el empleo y el ingreso personal, no lo aburriré con detalles que son del dominio público y que incluso han sido plasmados en las páginas de la prensa nacional, usualmente acomodaticia al estilo sexenal de gobernar, aunque solamente rescataré unos cuantos detalles: ¿usted sabe que México fue un país petrolero con una de las empresas estatales mejor posicionadas internacionalmente, que desarrolló investigación en materia de hidrocarburos?, ¿que el país logró avances en materia de investigación químico-farmacéutica, y de mejoramiento de semillas, entre otros aspectos? ¿Es por azares del destino que ahora debe importar no sólo gasolinas sino petróleo, medicamentos, semillas y otros insumos agrícolas, así como alimentos?

¿Debemos ignorar el enorme legado de instituciones como el Instituto Politécnico Nacional y la Universidad Nacional Autónoma de México, entre otras, al desarrollo científico y tecnológico nacional? ¿Tenemos que pasar por alto el hecho de que México fue un gran proveedor de técnicos de alto nivel en materia petrolera para el mundo?, ¿Qué fuimos productores y exportadores de substancias como la progesterona, hasta que el gobierno decidió vender los laboratorios a los gringos?, ¿qué fuimos productores de alimentos y poseedores de un buen modelo de apoyo al campo, a la comercialización de sus productos y al abasto popular?

Cabe resaltar el enorme saqueo que ha sido perpetrado en las empresas estatales que, como Pemex, han tenido un gran papel en la economía y el desarrollo científico y tecnológico nuestro, y que ha sido el gobierno quien ha entregado nuestros recursos al capital extranjero, sin realmente tener una justificación o una compensación que hiciera aparecer dicha entrega como algo más que una traición. En este sentido, la protesta popular, con todos sus defectos, contradicciones internas y eventuales dosis de visceralidad, es hoy legítima, necesaria y altamente esperanzadora.

La incorporación de las organizaciones sindicales a las manifestaciones ciudadanas da consistencia y unidad a un movimiento que debe ir encaminado a la restauración de los derechos ciudadanos, al respeto por los trabajadores y la autonomía de sus organizaciones, a las demandas de empleo e ingreso dignos, al rescate de la seguridad social, a la reasunción del papel del Estado en el desarrollo integral del país, y a la conformación de una ciudadanía capaz de cumplir y hacer cumplir los propósitos de justicia, equidad, solidaridad y respeto que nos hacen ser una sociedad democrática e incluyente.


Resulta claro e inobjetable que las llamadas reformas estructurales son y serán una grave afrenta a la soberanía nacional y un serio peligro para México. Por fortuna, el pueblo se ha decidido y empieza su marcha hacia mejores derroteros.

lunes, 9 de enero de 2017

Y usted, ¿ya protestó?

                                       “Gobernarás a muchos si la razón a ti te gobierna” (Séneca).

Semana llena de emociones y de buenos deseos de paz, progreso y bienestar; días de sacudidas sociales y de adrenalina que se acumula a la del año pasado, donde los pronósticos calentaban los motores de la inconformidad social y de las mentadas de madre al presidente reformista al modo de las trasnacionales; hoy muchas agruras fructifican como producto neto de las iniciativas hechas ley. El año empieza bien para los efectos de alguna trasformación siquiera cercana a las que el pueblo mexicano ha dejado pasar por flojera, indolencia y simple valerle gorro la situación nacional.

En estos días, queda demostrado que la torpeza puede resultar un buen estímulo para que la movilización social sea ejemplar, capaz de romper el molde de la comodidad anodina de muchos, y actuar como reclamo con visos de moral transformadora que termina siendo hecho tras las palabras. Después de esta primera semana, nosotros ya no podemos ser los mismos.

Las explicaciones pueden ser muchas, algunas ligadas al mundo académico, siempre interesante como fenómeno comunicativo que traspasa la campana de cristal donde se encuentran sus personajes, de cara a la realidad que transcurre sin rozar siquiera la armadura del título, las publicaciones indizadas y la petulancia adquirida por usos y costumbres; otras parten de la visión de quienes viven y actúan en el medio en que se producen los primeros impactos del error convertido en ley.

A veces la ciudadanía reacciona por no tener la capacidad y la voluntad para actuar cuando la oportunidad lo indica. No somos una sociedad promotora de cambios en defensa propia, sino que del tipo que pega de gritos después de una larga y prudente espera a que las cosas cambien por su propia cuenta. El caso es que las cosas ya no son sostenibles, que la gente está dispuesta a salir a la calle y pegar de gritos, a organizarse para actuar en el escenario de la indignación, del temor a que la cosa vaya peor y en la percepción de un derecho violado. Alguien se pasó de la raya y, ante la evidencia machacada y hasta presumida como logro, el ciudadano afectado dice basta.

Las calles y oficinas públicas son el paisaje por donde fluye el río de la indignación popular, y del desahogo cívico que llena el vaso resquebrajado de un modelo económico basado en el sacrificio del ciudadano común, del que paga impuestos, del que trabaja y produce la riqueza nacional. Ahora el problema es la perseverancia en el intento, la claridad de que el problema no es simplemente el “gasolinazo”, sino la serie de medidas impuestas por el neoliberalismo con una lógica depredadora que hay que romper. El paquete de reformas no se sostiene y una no viene sin las otras.

En estas circunstancias, la dimensión de la protesta, para ser efectiva, debe tener propósitos transformadores, de recuperación de una ciudadanía dejada de lado por el gobierno y los propios afectados. Si somos una república democrática y popular, entonces el papel del pueblo no sólo es letra congelada en el texto constitucional, sino una realidad viva que puede y debe influir en el destino colectivo y reconfigurar el perfil de la nación: de traspatio de una superpotencia grotescamente genocida a un Estado libre y soberano que es parte integrante y activa de la comunidad latinoamericana.

Las explicaciones siempre triunfalistas cuando no francamente provocativas del presidente en turno, dan la impresión de que el gobierno es como aquél borracho que permanecía de pie sostenido por su propio vaso. La reducción al absurdo del discurso oficial, que tiene por caja de resonancia los gobiernos estatales y municipales, ha pasado de ser una broma ridícula a un verdadero insulto a la inteligencia y la dignidad ciudadanas. Ahora parece que es posible que nadie compre esa “botella de refresco con un ratón adentro”, pero las elecciones venideras nos dirán si aún hay quienes siguen manteniendo sus preferencias por los partidos del Pacto por México.


El caso es que la obsesión por liquidar a la nación como su fuera una mercancía no toma en cuenta que ésta no es sólo territorio y recursos naturales, sino que implica a personas que tienen deberes y derechos y que forman el elemento genético-dinámico de la sociedad. Las reformas peñistas nos ignoran completamente. Es por eso que ahora la población actúa en ejercicio de la ciudadanía y alza la voz. Y usted, ¿ya protestó contra el abuso del gobierno neoliberal? Está a tiempo.

martes, 3 de enero de 2017

Año 2017. ¿Uno más?

Bueno, pues ya estamos iniciando el año 2017, con las mismas ropas, los mismos deseos y las mismas preocupaciones que la semana pasada, ya situada en la lejana perspectiva del “año que se fue”. Cargamos las deudas previamente contraídas, la misma indigesta predisposición a la tragedia, a la gordura, al infarto fulminante como consecuencia del estrés, de la caspa, de los vecinos ruidosos, del gobierno municipal, estatal y federal que se supera a sí mismo en cada vuelta de calendario. El pesimismo se recicla como lo hace nuestra certidumbre de que las gasolinas y el diésel demolerán el discurso de la reforma energética y los supuestos alegres de los actuales artífices de la política económica mexicana (lo que esto quiera significar) que insisten en que el alza de los precios es en realidad un beneficio para los sufridos trabajadores mexicanos.

La evidente paradoja que nos regala la secretaría de Hacienda y el gobierno en su conjunto, nos ponen en la situación de descartar el éxito de un país por el solo hecho de tener petróleo, de haberlo recuperado décadas atrás de manos de las trasnacionales y haber desarrollado conocimientos científicos y tecnológicos, así como trabajadores expertos en materia petrolera; igual puede decirse de los ferrocarrileros y los electricistas, entre otras especies laborales en proceso de extinción. Teníamos petróleo, quedó en manos de las trasnacionales, lo recuperó Cárdenas, para ser devuelto al extranjero por los gobiernos neoliberales. Se traiciona la revolución, pero, sobre todo, se traiciona al pueblo de México. Curiosamente, el secretario de Hacienda sostiene que una puñalada por la espalda es buena para la salud.

Seguramente el dogma del libre mercado pasa por alto que las condiciones indispensables para una apertura de esta magnitud parten de la certidumbre de tener una economía fuertemente fincada en la capacidad productiva de sus sectores productivos y del dinamismo y modernidad de sus servicios. Cuando importamos hasta los alimentos y la mayor realización de la industria es la maquila, pues estamos lucidos.

Los recientes augurios económicos en forma de decisiones cuya unilateralidad tiene cagando bolitas a los buenos ciudadanos sonorenses y, en particular a los habitantes de la capital del estado, han demostrado su capacidad de movilizar voluntades y agilizar piernas que toman la calle y marchan hacia los derroteros que la agitación señala: son las gasolineras, y es la abstención de comprar gasolinas hasta que el tanque aguante. La indignación siempre tiene su propia lógica y el movimiento se demuestra andando.

Sucede que las malas noticias rondaron cual pirañas las celebraciones del fin de año: aumento en la tarifa del agua, privatización del servicio de alumbrado público, aumento en las multas de tránsito y otras, un peso débil y chaparro frente al dólar aparejado a un aumento del salario mínimo que no resiste ni una mentada de madre, rematando las expectativas de seguir comiendo con manteca de los buenos ciudadanos asalariados la infausta noticia de que las gasolinas van a subir porque “era insostenible mantener precios artificiales”, lo que se traduce en una confesión bastante tonta del secretario de Hacienda, que reta la inteligencia más silvestre y la memoria más débil: país petrolero que no invierte en refinerías y que tiene que importarlas, y que además baja su cuota de producción y abre el mercado petrolero a los capitales extranjeros privados, en una recolonización extractiva del país, con lo que el ideal panista se convierte en realidad: ya le dimos en la madre a la expropiación petrolera y quedamos muy bien con los tiburones que sabe apreciar a las sardinas bien portadas que se aflojan y cooperan.

Como nadie es profeta en su tierra, seguramente seremos muy bien vistos en las lejanas latitudes donde el petróleo es extraído contaminando otras tierras y otros mares, dejando a salvo el mar patrimonial y la impoluta belleza del paisaje nacional. México es la vaca que se ordeña a distancia, sin contaminar el agua, y que, sin embargo, es de uso extensivo e intensivo, dependiendo de la temporada. Volvimos a tener el estatus del porfiriato, campo nudista de las petroleras extranjeras donde cualquier exceso era protegido por el gobierno anfitrión.

En este caso, ¿cuál es la dimensión de la indignación nacional? ¿El desahogo facilón que dura poco tiempo y se apaga como se apagan las agruras después de un Alkaseltser? ¿Los protagonismos que visten de progresismo cualquier pronunciamiento de coyuntura? ¿La emoción del discurso y el espacio compartido? ¿O la certidumbre de que estamos en un grave problema y que el gobierno neoliberal es la causa de la ruina nacional? ¿La confianza en que la movilización popular puede y debe acabar con los abusos de un gobierno insensible y corrupto? ¿El deseo de cambiar las cosas y que nuestra nación sea recuperada de las garras de traidores y apátridas nachas prontas?

Por lo pronto, la fracción activa de la ciudadanía se ha puesto las pilas y ha empezado las movilizaciones, lo que quizá convoque a capas menos dinámicas a la acción. Un punto importante es la respuesta de organizaciones civiles y gremiales a la agresión del gobierno. No hay duda que los sindicatos, clubes de servicio, organismos colegiados, empresariales, entre otros, pueden hacer la diferencia entre una protesta efímera y una verdadera acción de resistencia permanente, general y masiva al atropello que es instrumentado por el sector público y político oficial, en obediencia a las pésimas exigencias de la OCDE, el FMI y otros esperpentos neoliberales. La unión de las fuerzas sociales es fundamental.

La simple toma simbólica de las gasolineras es una acción que denota hartazgo, pero debe ser complementada con otras acciones que no dejen duda de la voluntad del ciudadano: toma de instalaciones de Pémex, bloqueo de carreteras, huelga de transportistas, plantones y mítines frente a palacio de gobierno, frente a las delegaciones federales; paros generales en días determinados de la semana, en los que no se consuma, no se trabaje, no se asista a las escuelas, no haya movimiento en los centros de consumo o recreación. Es obvio que la coordinación del movimiento local debe ser fluida y precisa con otros movimientos que se encadenen y logren una movilización nacional. La unión hace la fuerza.


Nadie puede decir que el 2017 será un año aburrido, rutinario e intrascendente. Se puede tener un buen año sin más problema que el de decidirse a ser un ciudadano de pleno derecho. Empecemos.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Blanca Navidad

                  “He tenido la esperanza de algo mejor porque creí haberlo merecido” (Ovidio).

Los menores de familias de más de tres salarios mínimos y los comerciantes del Centro y lugares circunvecinos hicieron su agosto en el frio ambiente decembrino, ya que la consigna de regalar objetos como muestra de amor y buena voluntad pegó como chicle en pelo. Nada fue imposible para los señores padres de familia y menos para las afanosas y dedicadas madres de lo mismo. La casa fue el templo donde se rindieron tributos, presentaron ofrendas y se comió y bebió en aras de tocar, siquiera levemente, las voluptuosas estancias del paraíso digestivo.

Las artes culinarias regionales compitieron empoderadas contra las plastificadas muestras de dudoso contenido alimenticio que se cuelan en los hogares en forma de botanas industrializadas o golosinas que saben a algo parecido a fruta pero que no es. La magia de los saborizantes y colorantes artificiales provee los efectos especiales que entran por los ojos, engañan el olfato y acaban rematando de una estocada en todo lo alto a las papilas gustativas, en una faena redonda donde el estómago echa su resto y sale con vuelta al ruedo. El alcohol, desde luego, facilita cualquier trámite digestivo y permite el tránsito de sustancias prohibidas a plena luz del foco en las mesas familiares, contraviniendo las rigideces de las dietas, los hábitos, así como la prudencia y frugalidad que nuestro día a día recomienda por razones de salud y presupuesto.

Entre mordiscos y libaciones transcurre la Noche Buena, apenas mancillada por la burlesca cháchara presidencial que desea a los mexicanos una feliz navidad y presenta un México “fuerte y unido”. El mal sabor de boca se lava con mentadas de madre y chupitos de aguardiente, tragos de cerveza o sorbos de café. La burla se perdona cuando el recurso del pitorreo entra al relevo de la indignación y la ofensa se convierte en anécdota de borrachos, chisme de vecinos o ejercicio de pirotecnia verbal. La noche sigue siendo buena y mañana… será otro día.  

Tras la amanecida reglamentaria, las familias recuperan su vida en una realidad que oscila entre la cruda y la modorra, entre el bostezo y la náusea, entre la insoportable levedad de los bolsillos y la desesperanzada vaciedad de la quincena. Liquidadas las ensoñaciones del aguinaldo, frente a las deudas y la estrechez del salario queda la certeza de que la cena de fin de año será a cuenta de futuros ingresos, o de actos de valor al decir adiós a los pesos y centavos que previsoramente quedaron reservados para la inminente despedida del año todavía en curso, pero que ya podemos sentirlo como otro en el que el cambio pudo haber sido y no fue. A una semana de distancia, podemos agarrar vuelo y colocarnos en la recta final del 2016, en un cierre donde la nostalgia actúa como telón de fondo en una obra donde el terror se avizora a la altura del tercer acto. Los mexicanos del 2016 podemos decir que lo malo se va a transformar en peor. Nuestra experiencia de los últimos 30 años lo confirma. Pero, después de todo, ¿qué sería de nosotros sin una generosa dosis de cinismo?

Para ilustrar lo anterior, vea usted lo siguiente: somos un país petrolero que puede poner a parir cuates a muchos otros por su riqueza en el subsuelo terrestre y marino y tenemos un alto potencial en producción de electricidad, sin embargo, el gobierno ha dejado morir Pémex, lo ha fraccionado, ha puesto en manos del capital internacional sus reservas de hidrocarburos, privatizando lo que fuera una fuerte salvaguarda económica nacional; ha golpeado a la industria eléctrica, disminuyendo su capacidad productiva y abierto el mercado eléctrico a las empresas privadas, de suerte que la liquidación del patrimonio energético nacional obliga a las ahora “empresas productivas del Estado”, a “competir” en suelo mexicano, por los recursos nacionales, frente a extranjeros avalados por el propio gobierno.

Ahora importamos petróleo y gasolinas, así como compramos electricidad a los empresarios trasnacionales. Una vez abierto el mercado por el gobierno, los precios suben, hay desabasto y la economía nacional reduce sus expectativas de crecimiento. El gobierno se bajó los pantalones ante el capital extranjero a instancias de los gringos, y se puso a esperar la entrada de inversiones productivas. En medio de este jolgorio extractivo, se hostiga a los sindicatos, se despide a los trabajadores, se reforman leyes laborales, de salud, de seguridad social, y se impulsa la legalización de la presencia militar en labores que corresponden a las corporaciones policiacas.  

El día de Navidad es inhábil, no hay periódicos con las noticias del día, la semiparálisis nacional informativa no obsta para que consten las evidencias de un golpe de estado en aras de defender los intereses gringos en el control de los espacios económicos nacionales que son, gracias a las reformas, sólo estratégicos para las trasnacionales que exigen seguridad y, ¿qué mejor que las fuerzas armadas para defenderlos?  


Pero tuvimos una noche de paz, noche de amor, salpicada de cohetes y aullidos de perros que no le ladran a la luna sino a la ridícula agresión de la pirotecnia. Se vivió la mexicana alegría en una pírrica victoria de la esperanza contra el neoliberalismo nopalero que nos jode, pero que nos felicita por estar en un país “fuerte y unido”. ¿Feliz Navidad?

lunes, 19 de diciembre de 2016

Hablemos de justicia y dignidad

En la mayor parte de los hombres, el amor a la justicia no es más que el dolor de la injusticia” (La Rochefoucauld).

El año cierra con las más claras evidencias de que la economía nacional simplemente no avanza. Los años transcurridos desde las esperanzadoras afirmaciones de una voluntad primermundista, que abrió la economía a las importaciones dejando de lado la producción nacional, ahora pasan a ser la confirmación de que la demagogia es como escupir para arriba, con el inconveniente de que lo arrojado se regresa con intereses. Ahora tenemos en la mera jeta tasas misérrimas de crecimiento y pronósticos que sólo pueden ir a la baja: cualquier cifra menor a 2 por ciento es segura. Asimismo, la dependencia de la economía del vecino se pone en evidencia a cada paso, ronda el 80 por ciento, con lo que dejamos de ser propiamente un país soberano en lo económico, financiero, y político.

Algunos funcionarios apegados a la institucionalidad sexenal, piensan que la cercanía con EE.UU. nos hace fuertes y que es buena idea operar reformas e impulsar iniciativas que estrechen las relaciones e interacciones fronterizas, al punto de convertir nuestros intereses en una versión nopalera de lo que se proyecta en las oficinas ejecutivas de Arizona, Nuevo México u otra entidad gringa con pujos internacionales o, más bien, con ánimos de ampliar y remodelar su patio trasero. No cabe duda de que los hilos de la dependencia se tejen por manos nacionales, lo que garantiza que quienes luchen por los intereses domésticos pasen por necios y amargados que no hay que ni ver, ni oír ni mucho menos considerar como interlocutores válidos en lo que pudiera ser un más que urgente diálogo que replantee el destino de nuestra economía y las respuestas a las nuevas realidades.

En este contexto, la carrera por liquidar el patrimonio nacional por vía de las concesiones, licitaciones, desincorporaciones, cambios de estado jurídico, entre otras medidas tóxicas para el dominio y la soberanía, se ve un tanto aderezada gracias a las noticias que el gobierno genera y medios de comunicación transmiten. Al respecto, mientras el jolgorio declarativo oficial lanza cohetes y luces de bengala por los “éxitos” de la reforma energética, las gasolinas suben y hay la amenaza de desabasto, gracias a la insolvencia programada de Pémex y la necesidad de abrir espacios a las empresas extranjeras “que sí confían en México para invertir”. En el mismo sentido, se declara la voluntad de proteger la biodiversidad, pero se presiona por abrir la participación de la iniciativa privada, tan afecta en emprender proyectos turísticos e inmobiliarios en áreas ecológicamente sensibles; también se habla de la independencia alimentaria mientras se asfixia a los productores rurales que luchan por subsistir frente a las trasnacionales que cuentan con parientes, compadres, cuates e intereses compartidos tanto en el propio ejecutivo federal como en el congreso.

Por si no fuera poco, la élite burocrática y política nacional se regala con liquidaciones millonarias cada vez que cambian de chamba o dejan por razones de conveniencia el empleo. Lo mismo ocurre con los sueldos y pensiones. El dinero parece sobrar para un sector minoritario de la sociedad, mientras que se regatea el monto de los salarios profesionales y las prestaciones para el ciudadano de a pie.

Escuelas, universidades, hospitales, empleo y salarios sufren las consecuencias de los recortes presupuestales, sin respeto a lo que en cualquier país civilizado se considera prioritario. La seguridad pública hace de caja de resonancia de una política de ahorro que, para todos los efectos, es onerosa para la integridad y seguridad nacional. Es un absurdo pretender contener la delincuencia si se generan las condiciones para que esta prospere: la inseguridad pública es consecuencia directa de la falta de oportunidades laborales, la precariedad del empleo y los bajos salarios.

Se sabe que cada gobernador se las ingenia para acaparar terrenos y convertirse en propietario de áreas que eventualmente alcanzarán altos precios de mercado, propiciando un crecimiento deforme y problemático en las ciudades, a la par que provocando serias confrontaciones sociales que son sofocadas por cuerpos para-policiales o la misma fuerza pública, llegado el caso. En este asunto, es imposible no mencionar lo que ocurre en los terrenos del vaso de la presa A. L. Rodríguez, y el escandaloso desvío del cauce del Río San Miguel, así como su permanente despojo a plena luz del día.


Así las cosas, mientras los ciudadanos son víctimas del despojo, los altos impuestos y tarifas, el desempleo y los salarios precarios, la clase política de temporal cosecha aplausos y notas periodísticas al inaugurar algún cascarón simbólico, alguna obra inconclusa, visitar colonias populares llevando ofrendas de baratijas que son fotogénicas, pero que en nada cambian la indefensión y el abandono de una población que sólo necesita respeto, atención y soluciones dignas de quienes por mandato legal están obligados a proporcionarlas.

Seguramente ésta será una feliz navidad, ya que en términos relativos el año que se aproxima será de mayores estrecheces, multas y castigo al erario municipal y estatal. En este sentido, mañana tendremos menos que hoy. Disfrutemos el momento, mientras tengamos la capacidad de hacerlo. El aguante no es para siempre…


Un saludo a Rosa Delia Coronado, esforzada luchadora por la legalidad y el respeto; y a todos aquellos ciudadanos que, como ella, cada día se levantan a ejercitar, desde temprano, su dignidad y autoestima. Ánimo y adelante.

martes, 13 de diciembre de 2016

Gobierno de recortes y rezagos

Quien no sea capaz de luchar por otros, no será nunca suficientemente capaz de luchar por sí mismo” (Fidel Castro).


Parece que la moda económica es aportar recursos al crecimiento de una economía que no es nuestra, que capta inversiones haciendo cuenta de los recursos disponibles en Sonora, para beneficio de gringos deseosos de montarse en el carro de una “mega región” basada en la transnacionalización unilateral de las materias primas, la localización o ampliación de maquilas y el soporte oficial y oficioso de un gobierno apátrida, sin más proyecto que babear de emocionada sumisión a otra soberanía. ¿Debemos presumir de ser una entidad exportadora de importaciones?


Es claro que los acomplejados imitadores de Antonio López de Santa Anna tienen la memoria débil y la mirada puesta en el dólar que se gana fácil por vía de la entrega del espacio y los recursos del dominio nacional, sea mediante concesiones, desincorporaciones amañadas, figuras legales dedicadas al menoscabo de la soberanía, abandono y deterioro de instalaciones, equipo y altas cargas fiscales, ataque al sindicalismo, topes salariales y manga ancha a los incrementos en las tarifas de los servicios y encarecimiento de los bienes de consumo.

Así como se liquidan en baratas de banqueta los recursos nacionales, también se reduce el Estado, la sobriedad de las instituciones y la inviolabilidad constitucional; se hace porosa y endeble la seguridad nacional y se crean figuras fascistoides como la de “seguridad interior”, pretendidamente en manos de soldados y marinos, porque las policías “no son capaces de contener la criminalidad”. ¿Habrá policía capaz de actuar de acuerdo a sus funciones legales cuando la ley se convierte en una mercancía a disposición del mejor postor? ¿Podrá haber orden en una sociedad presa del saqueo y gobernada por una especie de “narcojotocracia”?

En todo caso, ¿por qué la capacitación de los policías tiene que estar a cargo de instituciones extranjeras? ¿Por qué los gringos tienen que “acreditar” la preparación y el funcionamiento de las fuerzas de la ley mexicanas? ¿Tenemos que imitar las prácticas gringas, así como su sistema de justicia penal? ¿Es un logro la desnacionalización del discurso jurídico y la caprichosa actuación de la Suprema Corte de Justicia de la Nación?
 
Si el objetivo es el de quebrar las empresas estatales y venderlas al extranjero, parece que hemos avanzado bastante. El modelo privatizador cala hasta la médula y la desarticulación de la producción nacional abre paso a procesos de integración de lo que se ha atomizado para que, debilitada, tenga que acoger inversión extranjera en áreas prioritarias para el funcionamiento presente y futuro del país. La clave de esta operación está a la vista: las empresas estatales se sometieron a un tratamiento sistemático de deterioro y obsolescencia, de corrupción que desquició su administración y que se agravó mediante un régimen fiscal que constituyó un saqueo sistemático e implacable por parte del gobierno. Tal situación tuvo como complemento ideal la ausencia de reinversión, de actualización tecnológica, para pasar a la reducción de las plantillas de personal y la agresión a las organizaciones sindicales. Las liquidaciones y ventas de garaje son la consecuencia obligada. Las llamadas reformas estructurales son el broche de oro de un largo proceso de liquidación nacional.

Como todo país que se suicida, al mismo tiempo que se deja la economía y las finanzas en manos ajenas, se ataca la educación, la salud y la seguridad social, como enemigos a vencer por ser bastiones de identidad y autoestima. El trabajo decente, la justa remuneración y la cobertura social, propias de un Estado funcional y solidario, se convierten en un reproche intolerable que debe eliminarse para el logro de los objetivos de dominación trasnacional. Ello trae consigo la disminución presupuestal en renglones claramente ligados a los derechos de los trabajadores y sus familias, porque la entrega de empresas y recursos al extranjero limita el gasto y la capacidad de cumplir con los objetivos del bien común. El país y sus regiones pasan a ser zonas de expulsión poblacional que, eventualmente, emigra al norte para, en su momento, servir de fuerza de trabajo barata y sin derechos plenos en suelo extranjero. México pierde población trabajadora, pero gana cifras billonarias en remesas. Es la victoria pírrica de un modelo que busca la derrota nacional.


En este marco, ¿a alguien le puede extrañar el incremento de la inseguridad pública?, ¿el aumento de los costos de los servicios, y su concesión a manos privadas?, ¿la corrupción generalizada y el consecuente rechazo popular a medidas innecesarias, burdas y lesivas a la tranquilidad y al presupuesto familiar? Hora de decir basta.