“Hechos, no palabras” (frase popular).
Alicia Bárcena, titular de Semarnat, habló del clima y sus retos en conferencia internacional donde subrayó la importancia internacional de las áreas protegidas. En un punto de su participación, saltó a lo eminentemente coyuntural y declaró que “las mujeres no aspiramos a mucho. Lo único que queremos es el poder” ( https://goo.su/P5T7wE).
Ésta última afirmación llama la atención por tener cierto tufo supremacista, discriminatorio y sexista, en un contexto donde la palabra igualdad se mantiene como propósito y objetivo democrático.
Querer el poder no pasa de ser un propósito pueril y egoísta si se trata de personas, además de absurdo si se trata de un sexo en un contexto donde la pluralidad es un valor democrático defendible, y que la señora secretaria no acredita la capacidad de hablar por todas las mujeres, si acaso por el gobierno al que pertenece y dentro de sus facultades legales.
Llama la atención porque en la elección que llevó a la titularidad del Poder Ejecutivo a Claudia Sheinbaum Pardo, la mayoría de sus votos fueron de hombres, el 62 por ciento. Y cabe decir que quienes la apoyamos lo hicimos en razón al proyecto político que representa, donde vale decir que la independencia y soberanía son valores centrales en el discurso del nuevo gobierno.
El proyecto de nación sostiene como eje fundamental la igualdad y el respeto a la diversidad, la recuperación del espacio económico y político que fue liquidado durante la etapa del PRI y el PAN bajo el modelo neoliberal periférico, que creaba economías complementarias e impedía la autosuficiencia productiva y el desarrollo nacional.
Los propósitos transformadores suponen la recuperación económica por vía del impulso a la industria nacional, el fortalecimiento del mercado interno y la expectativa de añadir valor a las exportaciones, incluyendo el factor científico y tecnológico nacional a la ecuación exportadora.
Sin embargo, hasta ahora lo que se ve es la ampliación de las posibilidades de inversión y establecimiento de empresas transnacionales, la adopción del discurso del progresismo incubado en organismos como Open Society, el Foro Económico Mundial y las calenturientas ideas demográficas que sostiene Bill Gates, entre otros multimillonarios en la línea del control de la natalidad neomathusiana.
En este contexto, apoyar fervorosamente la permanencia del T-MEC y la transnacionalización económica, incluyendo su respuesta social y conductual, no abona mucho al supuesto abandono de las ideas y prácticas neoliberales.
Insistir en el mantenimiento del T-MEC es hacerlo por el modelo que se instauró en la década de los 80 y se fortaleció en los 90, lo que, traducido en términos políticos, dio por resultado cambios constitucionales y en la legislación secundaria que remodelaron el sector público ampliando la influencia del Mercado a costa de la reducción y casi intrascendencia del Estado.
Sucede que el neoliberalismo no se combate solamente con frases lapidarias y poses de una beligerancia que no llega a las vías de hecho. Los actos masivos en el Zócalo de la Ciudad de México resultan balas de salva y fuegos de artificio cuando se combate al neoliberalismo sin cambiar un ápice su estructura productiva, su dinámica distributiva, su narrativa en el nivel del consumidor y los hogares.
Cuando en un sistema económico centrado en la utilidad o ganancia de plusvalía producto del trabajo, la lucha termina siendo de frases y no de clases, y se perpetra una farsa cuyos costos dan en el blanco de la soberanía nacional y la credibilidad del gobierno, no se transforman las condiciones objetivas de la realidad nacional, simplemente se maquillan y disimulan.
Ahora la transformación social se nos presenta como una lucha por los derechos humanos, por las reivindicaciones de género, por la igualdad sustantiva, por el empoderamiento femenino, mas no se habla de la emancipación de la clase trabajadora y con ella de la mujer. No es lo mismo empoderar que emancipar.
Si la clase trabajadora no reconoce el papel de trabajo y del salario en sus luchas, tampoco reconoce la naturaleza del sistema y la lógica de la explotación. En este sentido, los costos sociales sólo aumentan el beneficio de la clase dominante, y la demagogia, la simulación y el engaño son los recursos obligados de la permanencia del sistema.
Muchos votamos por un proyecto que fuera capaz de comprometerse por la nación, libre, independiente y soberana. Muchos pensamos que el T-MEC y el discurso de género, cada uno en su dimensión, preservan el sistema que supuestamente se combate y distraen los esfuerzos transformadores de la clase trabajadora frente a los avances del capital. ¿Cambiar para no cambiar? Sería trágico y francamente atemorizante.
Es necesario insistir en la igualdad legal ciudadana respetando las diferencias propias de la naturaleza humana, de ahí la importancia de atender por igual la igualdad legal y la equidad natural.
Es esencial impulsar el desarrollo tecnológico y científico nacional y el fortalecimiento del aparato productivo con un horizonte de proyecto nacionalista, y no un espacio de maniobras logísticas, extractivas, experimentales, sociales o políticas de Estados Unidos o cualquiera otro país. Mientras no ocurra, seguiremos siendo parte del traspatio imperial del norte.
Cabe la esperanza de que el actual no sea un sexenio de despropósitos democráticos y frases efectistas, de proclamas cada vez con menor sentido, de expectativas sin asidero en la realidad, y que la ideología del progresismo evacuada de los sótanos sociológicos de Estados Unidos sea sustituida por la reconsideración de nuestra historia y los valores nacionales, del orgullo de ser mexicanos, de la fe en el mañana colectivo que como nación debemos construir.
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