Conspiración en Pémex

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domingo, 15 de enero de 2017

Este país...

                      “Ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya” (Séneca).

En lo que va del año, el venturoso 2017, la ciudadanía de a pie ha visto con ojos de asombro cómo es posible hacer la diferencia entre un país poblado de seres que pastan y otro que da señales de vida inteligente y activa. La proverbial pasividad de una sociedad “madura” y razonable, de repente se transforma en una que abandona esa calma comodona y se deschonga en las calles con marchas y manifestaciones con consignas a grito en cuello de “¡fuera Peña!” y otras que aluden de manera directa el horror político y administrativo de esos esperpentos llamados “reformas estructurales”, que ni son reformas ni son estructurales, sino simples contrarreformas y viles manoseos desestructuralizantes, que quiebran, rasgan y tronchan la delicada trama del tejido social. La república, según esto, es víctima de una patada en el trasero y un vapuleo inmisericorde en sus partes nobles, si las hubiera, pero no de una sola vez, sino de manera viciosa y reiterada que, más que diversión ociosa de quien gobierna (sic), parece una tarea demoledora de lo que queda de integridad e identidad nacionales.


Un país que sufre las andanadas de la furia reformadora neoliberal termina siendo material de desecho histórico, pasando por la vergüenza de rendir su plaza al imperio del dólar, mediante en oscuro expediente de la claudicación y la entrega de cuerpo y conciencia a los mercaderes internacionales de prostitución e ignominia. México hace de carne traficada por el FMI, la OCDE y el Banco Mundial, con el agravante de ser el propio gobierno el que hace de alcahuete, conseguidor, colocador, intermediario, facilitador, o simple mercachifle de corruptelas y traiciones.

Es claro que la república ha sido tomada por asalto y que el golpe se ha dado desde el centro del poder federal, manchando de una substancia pastosa, marrón y pestilente la banda presidencial y los atributos del Ejecutivo nacional. La orfandad política y económica se traduce en una ciudadanía cada vez más lastimada que finalmente expresa su molestia por el abuso y los excesos del poder. El pegar de gritos y salir a expresar ese dolor ofensivo y gratuito, tanto como abusivo y cobarde, nutre las marchas, mítines y plantones. Entonces, que a nadie le extrañe que las cosas ya no sean como antes, que la ciudadanía entienda que el gobierno es corrupto, prostibulario y entreguista¸ que ahora prive un ánimo reivindicatorio de la dignidad, el respeto y el poder del ciudadano, y el papel de mandatario y no mandante del poder ejecutivo federal, estatal y municipal. Antes, los patos gubernamentales les tiraban a las escopetas ciudadanas, ahora las marchas de protesta abren la posibilidad de poner cada cosa en su lugar y que la escopeta esté en manos de un pueblo que exija y decida políticamente el rumbo de la nación.

Sabedor de que usted, lector, tiene la información suficiente y necesaria acerca del bodrio recaudatorio del “gasolinazo”, y de la paliza que el gobierno ha infligido a la seguridad social pasando por el empleo y el ingreso personal, no lo aburriré con detalles que son del dominio público y que incluso han sido plasmados en las páginas de la prensa nacional, usualmente acomodaticia al estilo sexenal de gobernar, aunque solamente rescataré unos cuantos detalles: ¿usted sabe que México fue un país petrolero con una de las empresas estatales mejor posicionadas internacionalmente, que desarrolló investigación en materia de hidrocarburos?, ¿que el país logró avances en materia de investigación químico-farmacéutica, y de mejoramiento de semillas, entre otros aspectos? ¿Es por azares del destino que ahora debe importar no sólo gasolinas sino petróleo, medicamentos, semillas y otros insumos agrícolas, así como alimentos?

¿Debemos ignorar el enorme legado de instituciones como el Instituto Politécnico Nacional y la Universidad Nacional Autónoma de México, entre otras, al desarrollo científico y tecnológico nacional? ¿Tenemos que pasar por alto el hecho de que México fue un gran proveedor de técnicos de alto nivel en materia petrolera para el mundo?, ¿Qué fuimos productores y exportadores de substancias como la progesterona, hasta que el gobierno decidió vender los laboratorios a los gringos?, ¿qué fuimos productores de alimentos y poseedores de un buen modelo de apoyo al campo, a la comercialización de sus productos y al abasto popular?

Cabe resaltar el enorme saqueo que ha sido perpetrado en las empresas estatales que, como Pemex, han tenido un gran papel en la economía y el desarrollo científico y tecnológico nuestro, y que ha sido el gobierno quien ha entregado nuestros recursos al capital extranjero, sin realmente tener una justificación o una compensación que hiciera aparecer dicha entrega como algo más que una traición. En este sentido, la protesta popular, con todos sus defectos, contradicciones internas y eventuales dosis de visceralidad, es hoy legítima, necesaria y altamente esperanzadora.

La incorporación de las organizaciones sindicales a las manifestaciones ciudadanas da consistencia y unidad a un movimiento que debe ir encaminado a la restauración de los derechos ciudadanos, al respeto por los trabajadores y la autonomía de sus organizaciones, a las demandas de empleo e ingreso dignos, al rescate de la seguridad social, a la reasunción del papel del Estado en el desarrollo integral del país, y a la conformación de una ciudadanía capaz de cumplir y hacer cumplir los propósitos de justicia, equidad, solidaridad y respeto que nos hacen ser una sociedad democrática e incluyente.


Resulta claro e inobjetable que las llamadas reformas estructurales son y serán una grave afrenta a la soberanía nacional y un serio peligro para México. Por fortuna, el pueblo se ha decidido y empieza su marcha hacia mejores derroteros.

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