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miércoles, 19 de marzo de 2014

Huelga y conciencia

Gracias a la huelga universitaria nos enteramos de cuánto ha cambiado la idea de los estudiantes acerca de la realidad. En otros tiempos, no tan lejanos, los jóvenes procuraban enterarse de las incidencias de la huelga, los motivos, el derecho que asistía a los trabajadores, lo que se podía hacer para apoyar el movimiento sin interferir en él; ahora algunos se manifiestan con argumentos más propios de la parte patronal, recurren a recursos de carácter legal para frustrar la lucha laboral y promueven amparos, con lo que objetivamente están contra el ejercicio de un derecho consagrado por la legislación y, por ende, en apoyo a la administración universitaria que endurece su postura y ataca en distintos frentes periodísticos a los huelguistas tratando de desacreditar su lucha.

Las declaraciones del rector de la Universidad de Sonora revelan una insidiosa voluntad destructiva al trivializar los frustrados intentos de negociación de los trabajadores ya que la institución “no cederá a presiones”. En el discurso de la administración muchas veces repetido por los medios de comunicación reluce el desprecio, la irritación y una terquedad inusual en quienes han ocupado el cargo de rector universitario. Se construye una imagen caprichosa e irresponsable del sindicalismo, de individuos que no tienen llene ni conciencia institucional, de prácticamente salteadores que tienen “secuestrada” a la institución y que sólo la mano firme del que dice categóricamente que “no va a negociar” en esas condiciones la puede salvar.

El rector transmite hartazgo, indignación y una determinación que pudiera resultar convincente si no fuera porque en la universidad las cosas funcionan de manera distinta de como las plantea. Dice que los sindicatos tiene como primera opción de negociación la huelga, para rematar con la afirmación de que no existen elementos que justifiquen su estallamiento y su sostenimiento. Ignora de cabo a rabo las veces que la administración ha dejado plantado a los trabajadores en la mesa de negociaciones, los pretextos para cancelar reuniones y la injustificada ausencia de interlocución para con el sindicato. No menciona que la administración se ha negado a siquiera recibir documentos que venga del sindicato y que la política ha sido de puertas cerradas y oídos sordos a los llamados a sentarse a la mesa a discutir las posibles salidas al conflicto.

En cambio, la administración se esfuerza por trivializar la huelga, sus motivos y su dinámica. Niega la razón que asiste a los huelguistas y trata de aparentar que es producto del capricho y la falta de compromiso con la institución. Pone por enfrente de la opinión pública a los miles de estudiantes que se encuentran sin asistir a clases, en calidad de víctimas a quienes se les afecta casi intencionalmente, por el simple hecho de que los trabajadores ejercen su derecho a suspender temporalmente las actividades de la institución en la que prestan sus servicios. Alientan las autoridades la falsa y peligrosa idea de que los jóvenes deben oponerse a los trabajadores porque con ello están defendiendo su universidad, su derecho a estudiar, su deber de futuros profesionistas, sin aclararles que nadie les coarta ese derecho, que la suspensión es temporal y que nada tiene que ver con el derecho al estudio, ya que lo conservan y permanece mientras que el alumno cumpla con las disposiciones establecidas en el reglamento escolar.

La apariencia firme del rector suena a broma pesada si pensamos en la extrema debilidad que la administración ha manifestado al no ser capaz de reclamar categóricamente el monto del subsidio que legalmente le corresponde y que el gobierno del Estado no ha sido capaz de otorgarle. La administración universitaria no ha abierto la boca para reclamar la parte que le corresponde a los servidores universitarios de los más de mil millones de pesos que faltan en el fondo de pensiones del Isssteson; nada ha dicho ni hecho para intervenir en favor de los trabajadores universitarios que se han quejado por el pésimo servicio de salud que reciben, por la ausencia de medicamentos y materiales necesarios para su atención hospitalaria. No se ha movido un solo dedo para señalar las carencias y fallas en el servicio de Isssteson ni mucho menos para exigir que se investigue el desfondo y se deslinden responsabilidades.

El silencio de rectoría ha sido un silencio cómplice, omiso de responsabilidades institucionales, débil y medroso a la hora de exigir el estricto cumplimiento de las obligaciones del Gobierno de Sonora para con la Universidad. En cambio, se lanza contra los trabajadores, despotrica contra el derecho a huelga, se niega al diálogo, se refugia en la imagen institucional para blandirla contra sus trabajadores. En estas circunstancias vale preguntar quién secuestra a quién.

Llama la atención que siendo un universitario, el rector olvide cómo es la vida cotidiana fuera de las refrigeradas y cómodas oficinas del edificio principal, qué se siente recibir el sueldo de un simple maestro, sin firma en restaurantes ni secretarias, guarura o chofer y trasladarse en un vehículo compacto en vez de navegar en una burbuja refrigerada con espacio y comodidades como para trasportar a una familia de seis miembros, subrayando la diferencia entre un Nissan o un bocho y una Suburban.

Para el rector la huelga no tiene justificación, la Secretaria Administrativa está bien y los trabajadores están mal. Desde la comodidad de una posición que le fue concedida por la Junta Universitaria bien puede ignorar a los simples mortales que trabajan en la institución que representa legalmente, por eso puede decir en una expresión radical de autismo administrativo: “no cederemos a presiones”. La comunidad es lo de menos, los estudiantes pueden caer víctimas de la tensión nerviosa, acelerarse y servir de carne de cañón contra los trabajadores y a favor de la administración que parece imposibilitada a “ceder” y sentarse  a la mesa de las negociaciones. Los que sufren las consecuencias son otros, la administración vive en su propio planeta y bajo sus propias determinaciones.


El drama universitario se define por la desarticulación de sus partes, por la distancia que se incrementa entre administración y comunidad académica, trabajadores manuales y administrativos y estudiantes. Pero, como el rector afirma con energía fotogénica, “no cederemos a presiones”. Mientras esto ocurre, 30 mil estudiantes empiezan a entender que el diálogo y la negociación sólo se dan cuando una de las partes es puesta de rodillas y alguien demuestra quien es el jefe. El garrote de la ley aplicado al gusto del patrón siempre ha sido un recurso apreciado por las dictaduras. ¿Un neoporfiriato universitario, o simplemente un paso más hacia la instauración del modelo neoliberal en la universidad? La coincidencia es mucha como para no llamar la atención.

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