Conspiración en Pémex

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lunes, 19 de diciembre de 2011

Un día, una palabra.

Las pifias de los políticos y sus aprovechamientos por otros, como es el caso Peña Nieto-Creel-Vázquez Mota, favorecen la idea de que la clase política está constituida por una variedad humana aparte, algo así como una sección especializada en el beneficio de los desperdicios de los demás, como si fueran coprófagos de dos patas. La extraña variedad parece estar dotada de una particular propensión a los reflectores y en pronunciar discursos donde usa los deshechos ajenos para construir su imagen pública, armar su estrategia y enderezar campañas en su beneficio con el fin de logar el poder político.


Esos extraños seres bípedos pseudopensantes son como mariposillas de temporada, que vuelan en forma errática hasta que ven en el horizonte una flama que los atrae justo en los días en que el calendario electoral llega a sus fechas clave: los tiempos de las pre-campañas y la campaña propiamente dicha.

Su comportamiento denota fuerte inclinación por la opinión ajena y en vez de actuar, simplemente reaccionan bajo el supuesto de emitir respuestas agudas e inteligentes, lo que es un simple autoengaño que catapulta la imaginación popular en una hilarante parodia donde la democracia sufre de anorexia por causas que no le son imputables, sino que obedece a las limitaciones de sus actores.

El ciudadano que lee y el que oye decir y lo repite, magnifican y condimentan los dichos y los escasos hechos de los adversarios, generando una bola que rueda por la pendiente de nuestra ignorancia y se agranda en la medida en que el cerebro deja de discriminar entre lo absurdo y lo posible. Resulta más frecuente el chacoteo facilón que razonar críticamente sobre los eventos políticos, que portan un mensaje que puede gustarnos o no, ser correcto o no, pero que debemos desentrañar y sopesar de cara al proceso electoral del 2012.

Es innegable que la clase política padece de verborrea y que sus dichos muchas veces suenan a actos de oportunismo ramplón, a tristes expresiones de invalidez cultural, a ridículas purulencias intelectualoides de una mente ignorante aunque animada de pedantería inescrupulosa, que restriega con desenfado sus excresencias en los oídos de los demás, y que son reproducidas por la prensa que está siempre a la caza de basura vendible, objetos de morbo, vergüenzas públicas y privadas que embrutecen más y más a los eventuales lectores de porquerías. Resulta que la coprofagia es una forma alternativa de alimentación en tiempos de crisis cultural y en nuestro país se padecen muchas carencias, incluida ésta.

Por otra parte, la exhibición pública de las miserias culturales hecha con insistencia por los políticos, nos lleva a confundir la noticia con el pitorreo ocioso de los mirones políticos que no pintan pero sí manchan. Juan Pueblo se lanza al ruedo de las gracejadas, chascarrillos y retruécanos, orales, escritos y mímicos, logrando recrear los incidentes, pifias, tropezones y caídas de hocico políticos que adquieren calidad literaria merced a la creatividad, ingenio, agudeza y oportunidad con que son escritos y dichos. La obra del pueblo resta digna de antología y de ello se encargan los demás ciudadanos que no crean pero sí reproducen, haciendo circular la mercancía del ingenio mexicano por las cantinas, cafés, hogares, oficinas, comercios y, por último, urnas electorales.

Quizá el error de información y la falta de formación de los aspirantes a cargos públicos, se pudieran aprovechar para ilustrar campañas de alfabetización, de apreciación literaria, de cultura política, haciendo un bien a la nación y a las futuras generaciones de candidatos, los que seguramente actuarían con mayor fortuna que los actuales. En el futuro la profesionalización de la política pasaría por el filtro de la formación académica, de las luchas parlamentarias, del ascenso por méritos, de la transparencia en el uso de los recursos públicos… Pero estamos en el aquí y el ahora, en la tierra convulsa y lamentable que aun respira los aires viciados del neoliberalismo de guarache.

Si evitamos la pestilencia y nos movemos de prisa, lograremos atravesar esta región tenebrosa y llegar a la nación que queremos, donde podamos respirar con tranquilidad los nuevos aires de la democracia, de la participación responsable y solidaria de todos en la construcción del país que merecemos.

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