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domingo, 11 de diciembre de 2011

Muerte en la calle

Le confieso que estoy impresionado por la muerte de una chica de 16 años recién empleada en una franquicia de comida rápida. Tras ser atropellada, dos carros más pasaron por encima de ella y la remataron. Los conductores pisaron el acelerador y pusieron llanta en polvorosa.


Un niño pequeño acabó muerto en la calle, sin que se sepa quién fue el que lo privó de su existencia cuando esta apenas empezaba. La graciosa huida de los choferes revela que la sociedad actúa con cierto autismo y que la cobardía es parte de la conducción punible y los homicidios culposos.

De cara a la fatalidad de tener conductores sin pizca de civilidad, el ciudadano se encuentra en estado de indefensión, más si le agregamos el hecho de que las autoridades de tránsito no consideran necesaria la construcción de puentes peatonales bajo el supuesto de que terminarán siendo “elefantes blancos”. Al respecto, tendría que considerarse el detalle de que los puentes peatonales que existen en Hermosillo fueron construidos antes de que el caos vial se apoderara de nuestra vida cotidiana y que el parque vehicular no fuera tan grande, en una época en que todavía los agentes de tránsito podían responder a las demandas ciudadanas y que nos encontrábamos en una etapa transitoria entre un rancho pavimentado y la ciudad compleja y peligrosa que tenemos hoy.

En cualquier ciudad administrada racionalmente encontramos puentes peatonales y pasajes subterráneos que sirven para evitar que el peatón termine embarrado en el pavimento, así por ejemplo, en Guadalajara y otras ciudades mexicanas así como en muchas del sur del continente, se ha tenido el tino de comunicar aceras distantes con un pasaje que sirve para el tránsito peatonal y al mismo tiempo como centro comercial porque permite la instalación de puestos de venta de artesanías, golosinas y varias chucherías más que generan ingresos a los comerciantes y algo de confort a los viandantes.

La actitud de las autoridades resulta de una mezquindad cómplice de los delincuentes al volante, ya que la respuesta esperada era de que se tomaran las medidas de seguridad peatonal necesarias y no solamente echar la bronca al peatón que no cruza por las esquinas o sobre los llamados pasos de cebra. El problema fundamental es la conducta del automovilista y de las propias autoridades municipales que dan en construir obras viales sin tomar en cuenta la existencia de los habitantes de a pié. Hermosillo es en la actualidad una ciudad pensada en beneficio de las constructoras y de los vendedores de autos. En una sociedad civilizada, el peatón tiene la preferencia.

Si el cruce de bulevares como el Morelos está en chino, no se puede decir menos de un área densamente transitada como en los alrededores de la Universidad de Sonora. Cruzar el tramo del Museo a la Plaza Zubeldía es como jugar a la ruleta rusa.

El paso hacia la Universidad resulta ser una aventura peligrosa porque nunca se sabe cuándo será la última vez. En ningún momento el peatón tiene la seguridad de cruzar sin riesgo y lo que hace es, prácticamente, torear los carros y ganarles la carrera hacia la meta que, en su caso, es la acera de enfrente. Si bien es cierto que resulta con frecuencia una actividad deportiva extrema, el riesgo que se corre no está contemplado en ninguno de los programas de protección ciudadana y prevención de accidentes. De estarlo, ya tendríamos puentes peatonales y pasajes subterráneos debidamente vigilados e iluminados.

Las evidencias revelan que las autoridades municipales no están a la altura de la ciudad y sus complejidades. Así las cosas, habrá más muertes evitables y más hogares destrozados, a ciencia y paciencia de los funcionarios privados encaramados en la función pública. Urge poner orden en la casa de todos.

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