Conspiración en Pémex

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martes, 2 de agosto de 2011

El verdadero Estado fallido

Todo mundo está entretenido con el estira y afloja que los republicanos y los demócratas hacen de esa cuerda económica que se enrolla en el cuello del señor Obama. La decapitación es inminente porque, aunque el cuello de los negros ha demostrado ser lo suficientemente resistente como para entretener a los gringos durante buena parte de su historia independiente, no hay cuello que resista tantas inclinaciones a la voluntad conservadora y los estirones correspondientes, en cuotas de poder que ya calan en el ánimo de los cada vez menos tranquilos ciudadanos.



¡Uppps!
 Declaratorias van y vienen en el palenque de la democracia que se empeña en ver colores más alegres en donde hay negrura, dolor y ninguneo santificado por las buenas costumbres protestantes. La cabeza del presidente de la negritud anglosajona parece resistir también, a despecho del interés republicano de verla caer como pera madura, el juego del equilibrio parlamentario que se convierte con facilidad gringa en lucha en el lodo. Se trata del presupuesto de un país que gasta más de lo que produce.

Los gringos viven una ficción basada en el optimismo de ser ellos, el país soñado que se autoproclama “hogar de los valientes y tierra de los libres”, que ahora visto de cerca parece más el cubil de los depredadores más grandes de la historia, de los onanistas crónicos que resuelven sus problemas estirando la mano y apropiándose de los recursos de los vecinos. De los matones de barrio que azotan con su viciosa inhumanidad a los que están a su alcance.


Declaración de principios
 Esa pústula militar-industrial-financiera se revuelve en sus propias excrecencias y en sus estertores cimbra al mundo, sobre todo las economías más ligadas a la estridente farsa de relacionar la libertad política y los valores de la democracia con los del mercado, siendo que son categorías sociales mientras que el otro responde al interés privado. El Estado gringo como representante de Occidente ha subvertido los valores mundiales, los ha uniformado, destruyendo las variantes culturales de la humanidad, las ha convertido en objetos intercambiables según el capricho de un idiota con pujos de divinidad. Sobre este desastre está el dólar como máxima expresión de la cultura gringoide: según esto, el ambiente, los valores, la idiosincrasia, la cultura y la identidad nacional entre otros aspectos, son mercancías que en el gran mercado internacional se cotizan en dólares.

Todavía en la actualidad, los gringos dan en restregar a los europeos aquello de que “nosotros los liberamos”, en morboso recordatorio de la Segunda Guerra Mundial, donde cosecharon éxitos y aplausos gracias a la que fue una inversión multimillonaria a cambio de los derechos a perpetuidad sobre el destino de Europa y parte de Asia. Cada dólar invertido por ellos en armamento, logística y tecnología ha sido devuelto en forma de bases militares, control político y económico de los países aliados y los que no lo fueron, como se puede colegir del ingreso a la OTAN de países que, como España, formaron ideológicamente del lado de los perdedores.

Buena voluntad...
La guerra, ayer y hoy ha sido el negocio redondo de Estados Unidos. Si no hay conflicto en curso, las agencias de inteligencia como la CIA se encargan de que los haya. Un levantamiento “popular” aquí, otra insurrección allá, una protesta contra el gobierno acullá tienen como origen la capacidad corruptora del dólar en las mentalidades colonizadas de los apátridas, de los convenencieros que trabajan para el extranjero a costa de su identidad nacional y de sus compromisos trascendentes como nacionales de tal o cual país.

El sistema económico se toma por perfectible, por algo sujeto a reformas que no toquen su carácter esencial, siendo que la historia ha demostrado que los sistemas económicos se agotan y son sustituidos por otros que resuelvan sus contradicciones al menos transitoriamente. Es decir, los sistemas económicos no son eternos, y la historia del capitalismo ha demostrado, sobre todo desde los últimos 20 años del siglo pasado, ser víctima de una enfermedad irreversible y mortal. La lucha de los demócratas y los republicanos y sus adjuntos del Tea Party es una que se escenifica en el lodo de un sistema moribundo al cual se le quiere dar vida artificial a costa de la humanidad entera.


Alianza para la prosperidad...
 Como usted sabrá, Obama se ha tragado sus discursos y ahora justifica con patética inconsistencia su falta de liderazgo político y su primogenitura perdida por un plato de lentejas. Triste papel del que sedujo con sus promesas a un electorado harto de la grosera política de exclusión de Bush. Ahora siguen siendo marginados los mismos, sólo que la amenaza de los recortes a rubros importantes de la seguridad social se va a cumplir por “causas de fuerza mayor”. El sistema se alimenta de la sangre y las expectativas de los electores y mueve sus engranajes con el lubricante de la estupidez internacional de tolerar imposiciones genocidas en forma de recortes a la seguridad social, bajos niveles impositivos a los ricos y super-ricos, mayor carga para los asalariados y concesiones sin freno a la voracidad de las trasnacionales.

Con Obama se demuestra que los gringos lo siguen siendo independientemente del color de su piel, de su filiación política en el bipartidismo que en los asuntos fundamentales termina siendo unitario; también resuelve la duda sobre el significado preciso del premio Nobel de la Paz, ahora en manos del presidente de una nación dedicada a agredir a las demás y que no ha cesado la política militarista del republicano Bush, sino que la ha profundizado.


Sí, es cosa de no aflojar el paso.
 Estados Unidos escenifica el réquiem del sistema, la falacia del American Way of Life, el fin de la credibilidad de un sistema que vive de prestado e insiste en no pagar con sus propios recursos, sino con los de los pueblos uncidos al carro del sistema que regentean con, hasta ahora, absoluta impunidad. Es un país que bien caracteriza al Estado fallido, víctima de una mentira histórica donde los valores cívicos se convirtieron en mercancía y la libertad y la democracia terminaron cotizando en la bolsa de valores y generando burbujas especulativas que, más temprano que tarde, han estallado en la cara presidencial.

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