Conspiración en Pémex

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domingo, 12 de junio de 2016

Infancia y sociedad disfuncional

                                         “Los hechos se califican y juzgan por su causa” (frase latina).

Parece que cada año, cuando se conmemora el “Día contra el trabajo infantil”, las buenas conciencias se sienten estrujadas, víctimas de remordimientos renovables, presas de temblores, sollozos y gemidos que el alma reserva para las efemérides que suponen rezagos y adeudos sociales insolutos y, nuevamente, las voces acusadoras se elevan en busca de alguna resonancia, de oídos dispuestos y atentos al mensaje: “no debieran estar trabajando sino estudiando”.

Como es de esperarse, los personajes con vigencia de derechos en el poder ejecutivo, el legislativo y el mundillo académico, hacen acto de presencia mediática y dicen lo que a su estatus conviene, proponiendo acciones, impulsando iniciativas y planteando proyectos que suponen acciones coordinadas y firma de convenios en aras de proteger el “interés superior del niño”. Una vez más, las fuerzas vivas sociales están en marcha y dispuestas a no permitir el abuso infantil dentro y fuera de los hogares, para lo que hay que diseñar instrumentos, aplicar encuestas, hacer entrevistas, integrar un equipo inter o multidisciplinario de analistas y llegar a conclusiones que permitan saber quiénes son y dónde están.

Asimismo, se busca analizar la reorientación del gasto social, poner bajo observación las políticas y aplicación de fondos destinados al desarrollo social, tan lucidores en los discursos y en los informes de gobierno, pero que han resultado ineficaces porque, en los hechos, “la pobreza antes de disminuir, se ha incrementado” (Expreso, 12.06.2016).

En Sonora, de 500 campos agrícolas existentes solamente 40 tienen certificación de estar libres de trabajo infantil, lo que nos da un triste panorama donde la palabra explotación surge de manera obligada. Asimismo, en las calles de Hermosillo y otras ciudades es común ver parvadas de menores asediando a los automovilistas para “limpiar el vidrio” de la unidad, hacer actos de malabarismo con pelotas, aros, o cualquier objeto adecuado; ofreciendo chicles u otras golosinas, despertando la lástima mediante historias lacrimógenas, solicitando cooperación para “el camión”, para un pariente enfermo, para “un taco”, entre los múltiples y variados argumentos de petición que esgrimen con soltura los cada vez más numerosos menores que pululan en las calles.

La preocupación de los legisladores y demás personajes oficiales por la infancia que trabaja también incluye entre los sospechosos de este mal social a las familias de los chicos, de donde no falta quien diga que es necesario prestar atención a esta variable en los estudios socioeconómicos que se hagan, ya que muchos “pueden ser obligados a participar en las labores domésticas, sobre todo las niñas”: ¿se imagina usted a una niña auxiliando a su madre o abuela en las tareas domésticas? El horror de cierta legisladora local seguramente no es compartido por muchas familias de distintos niveles de ingreso pero que incluyen a los más jóvenes en la dinámica y las responsabilidades de sus respectivos hogares como una forma de integración dentro de los valores que comparten.

Las buenas intenciones de los legisladores y otros actores sociales y políticos seguramente están fundamentadas en la realidad económica y social de nuestra entidad, pero curiosamente se apoyan en sus efectos, no en sus causas. Se ven los efectos más inmediatos y dramáticos de la migración, como el consecuente desarraigo de las familias, las dificultades que enfrentan los chicos de permanecer y culminar sus estudios básicos en forma oportuna y conveniente; la imposibilidad de mantener y fomentar entre ellos el sentido de pertenencia y la solidaridad con una comunidad de intereses afines y complementarios, dotada de valores y capaz de vertebrar moralmente a sus miembros; la siempre presente amenaza de la criminalidad que acecha al niño víctima de la marginación.

Las consideraciones sobre el trabajo y la explotación infantil no pasan se ser epidérmicas, superficiales, aparentes, extraviadas en la trivialidad y la intrascendencia y, por desgracia, más interesadas en la autocomplacencia, en el protagonismo coyuntural de una fecha consagrada al discurso que marca la corrección política.

La preocupación centrada en el menor que trabaja, que no estudia por carecer de tiempo y oportunidad es sospechosa de omisión, porque deja de considerar al menor como parte integrante de un conjunto de relaciones e interrelaciones entre personas unidas por lazos de consanguinidad o afinidad que integran una unidad familiar. La pobreza del menor es la pobreza de la familia; el destino de la familia determina en primera instancia el del menor. Lo desconcertante de este asunto es que los señores legisladores y otros opinantes privilegiados no han atinado a buscar analizar las causas de la pobreza familiar. Les ha parecido más cómodo centrarse en el menor, como si fuera un individuo independiente con una dinámica propia y distinta a la de sus padres y hermanos. ¿En qué universo paralelo la familia dejó de ser una unidad interactuante y sus elementos transitan por rutas distintas y separadas en las etapas formativas del sujeto? ¿Cuándo la familia dejó de ser la primera escuela de los hijos?

Si realmente se tratara de acabar con la explotación infantil, se emprenderían acciones para garantizar el empleo, ingreso y seguridad social de los trabajadores y sus familias; se protegería la estabilidad en el empleo y se cuidaría la cobertura y calidad de la educación, la salud, la vivienda y el acceso a los bienes de consumo familiar; se protegería la integridad y bienestar de las familias y salvaguardarían sus derechos; se trabajaría en la mejora de las condiciones de vida de la población y en una equitativa distribución del ingreso, garantizando a los ciudadanos y sus familias el acceso a los frutos del progreso económico y los avances tecnológicos y científicos, con respeto absoluto a los derechos humanos.

Lo anterior implicaría someter a crítica al sistema económico y político que padecemos con resignación masoquista. Hacer acopio de valor civil y con sentido humanista señalar las verdaderas causas del atraso y la dependencia, de la marginación y la exclusión.


Si realmente queremos acabar con la explotación del trabajo infantil, debiera entenderse que es consustancial al régimen de explotación propio del sistema capitalista que impulsa, defiende e impone la delincuencia financiera internacional organizada en el FMI, BM, OCDE y otras excrecencias de dominación mundiales, y que nuestro país y estado acatan con voluntad de zombi.  Como que es hora de dejar de simular y llamar a las cosas por su nombre.

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