Conspiración en Pémex

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lunes, 4 de abril de 2016

Después del asueto primaveral, la realidad.

                         “Daño no hace quien su derecho usa” (máxima del derecho romano).

Regresan los chicos a la escuela en medio de rugosas expectativas y premoniciones ligadas a la posible ausencia del maestro que se opuso a la reforma punitiva laboral que pasó por el poder legislativo como “educativa”; vuelven los paseantes adictos al reventón que obra como anexo y que pinta de colores nuestra inveterada propensión a imitar los usos y costumbres de los jóvenes gringos, que hacen del asueto tiempo y espacio para mostrar la verdadera cara de su decadencia como sociedad.

Por estos rumbos, se contabiliza la derrama económica que cae por gravedad en las costas mexicanas, con abundancia de dólares y vomitonas anglosajonas que se mezclan con las flatulentas y supurantes parodias de diversión que escenifican nuestros autóctonos muchachos debidamente colonizados culturalmente. Sexo, alcohol y drogas bajo la estricta vigilancia de la autoridad competente que cuida y protege los intereses mercantiles asentados en el paisaje turístico local. Somos una economía abierta y dependiente, como las prostitutas trotonas, las de punto y los lenones que fungen como autoridad que administra y dispone del cuerpo y las aspiraciones de la carne en venta.


Pero, como toda justificación que no lo es, “nuestra economía ya no depende del petróleo” (Videgaray dixit), lo que debemos celebrar con la embriaguez social que mejor acomode. La apertura comercial parece suponer que nosotros y ellos tenemos las mismas condiciones, que los aparatos productivos son similares, que la superioridad tecnológica, financiera y comercial no es tanta y que los niveles de educación y especialización son, al igual que las oportunidades de trabajo e ingreso, competitivas. Si ya no dependemos del petróleo, ¿de qué es ahora, si no de los intereses depredadores de las trasnacionales y los organismos financieros internacionales?  Si no dependemos de nuestros recursos y capacidad productiva, de nuestra organización agrícola, industrial y comercial, de nuestro sistema educativo y desarrollo científico y tecnológico, ¿de qué de más podemos hacerlo fuera de la ridícula situación de ser una colonia de explotación trasnacional? Será por eso que el gobierno decreta recortes al gasto público que afectan al campo, la salud y la educación.

¿Para qué se van a canalizar recursos a los sectores productivos si la política económica está diseñada para hacer de México un país cliente en materia de alimentos, medicinas, seguridad pública y justicia, seguridad social y normas legales de observancia general? Es claro que una colonia no requiere ni política económica, ni normas legales, ni formas de organización social, ni productivas propias. Simplemente adopta los modelos que provee la metrópolis de la cual depende. En ese sentido, las “reformas estructurales”, las legales, las prácticas, procedimientos y “protocolos” que se imponen en la nación y la entidad, “al estilo americano”, simplemente viene a confirmar la calidad gerencial del gobierno y sus esfuerzos por hacer encajar las piezas que caen del exterior (EE.UU., FMI, BM, OCDE) en el sitio correcto de nuestro Tetrix nacional.

Los recortes programados y las recetas de la OCDE también abarcan la seguridad social en un punto altamente sensible: las pensiones de los trabajadores son el blanco tanto de depredadores bancarios como del gobierno que juega a la ruleta con el ahorro generado. Las Afore han demostrado que sus pérdidas carecen de justificación económica y social, que se trata de un negocio irresponsable avalado por el gobierno y bendecido por la Suprema Corte. Para los ministros no hay problema con el anatocismo (cobro de intereses sobre intereses), las pérdidas en el ahorro pensionario, como tampoco en reducir la pensión de los trabajadores a niveles de infra subsistencia. El máximo tribunal no garantiza la legalidad de las medidas sino su aceptación cómplice. Se aprueban leyes por el simple expediente de su interpretación mecánica, literal, sin contexto histórico, social, ético. Se parte de una idea abstracta de sociedad y de convivencia, que termina prostituyendo la vida cotidiana y destruyendo valores y principios. La irresponsabilidad del poder judicial es correspondiente a la del legislativo y el ejecutivo. Cosas de la vida dependiente de una colonia que formalmente aparece como estado libre y soberano. La moral pública sale sobrando cuando la corrupción es manifestación de logro.

Si esta es la mentalidad dominante, ¿a quién le puede extrañar que haya desprecio de las autoridades hacia los trabajadores, sus organizaciones y los contratos colectivos de trabajo? ¿Acaso no es funcional al sistema que, por ejemplo, un rector universitario firme un contrato colectivo, para después violar sus cláusulas? La moral no está en las relaciones de los sujetos, en la conducta personal y profesional, sino en las constancias de acreditación, los ISO, la vigencia del formato y la acumulación de puntajes para recibir lo que el doctor Manuel Gil Antón llama aportaciones monetarias condicionadas.

La institución universitaria, gracias a un marco normativo cargado hacia la forma con desprecio al contenido, a las aportaciones condicionadas a la implementación de programas y criterios federales y locales, a la precarización de los títulos y los planes y programas de estudios, al empobrecimiento del discurso académico y la vida universitaria,  junto al deterioro del poder de compra y las condiciones de vida de los académicos, termina encajando cada vez más en el Tétrix de la dependencia nacional. Las piezas de nuestra negación van cayendo por gravedad. Pero, si el sistema económico agobia las múltiples expresiones de nuestra nacionalidad, aún resulta un hueso duro de roer la conciencia de los trabajadores y sus organizaciones sindicales.

El sindicalismo independiente representa un bastión de resistencia de la inteligencia, por la integridad y el decoro de las instituciones, donde cabe destacar la importancia de los sindicatos universitarios STAUS y STEUS en las luchas por el mejoramiento de las condiciones de trabajo y vida de sus agremiados.

En este escenario, la reacción de las mentalidades colonizadas por el sistema podrá atacar y tratar de descalificar la lucha de los trabajadores, actualmente en período de pre-huelga; podrán decir frívola e irresponsablemente que son flojos y que ya se pongan a trabajar, que viven muy bien y quieren más, que ya basta de huelgas, que vale más correr a los que protestan y reclaman lo que legalmente les corresponde.

Cabe esperar mayor conciencia de parte de los ciudadanos comunes que sufren, como los universitarios, los abusos del sistema, así como mayor apoyo y solidaridad de los estudiantes y de sus familias. La moneda está en el aire y el tiempo avanza…


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