Conspiración en Pémex

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lunes, 16 de marzo de 2015

¿En realidad se debate?

                                                                       Decipti non censetur qui scit se decipi 
                                                      (No se considera engañado quien sabe que es engañado)

En temporada electoral se estila montar espectáculos circenses o, si se prefiere, reality shows que atraen las miradas y los oídos de un público animado por la expectativa de presenciar luchas de máscara contra cabellera verbales, traducidas como el ataque verbal esgrimiendo los trapitos sucios y raídos de los adversarios, de suerte que los fanáticos de la nefasta señorita Laura (o en su momento Cristina Saralegui), reciban su dosis de cotilleo, vulgaridad y estridencia comunicativa envuelta en revelaciones y ataques varios. Los caminos de la vulgaridad son infinitos y el público babeante de emoción se pone al borde del orgasmo cuando algún contendiente asesta una puñalada al contrario, que chorrea cinismo cuando no una bien cuidada hipocresía que se pone al alcance de todos mediante las maravillas de la televisión.

El llamado debate concita la entusiasta participación del ciudadano que se mete en el papel de actor principal del carnaval de comparsas subdesarrolladas que, sin recato ni capacidad autocrítica, pueden colmar los espacios dedicados a la exhibición político-electoral. Tal situación permite suponer que la política en México no pasa de ser un remedo trasnacionalizado que no acaba de anclar en la conciencia de los electores con mentalidad de peones de hacienda porfiriana, de acarreados con actitud vacuna que pastan en las siniestras praderas de la manipulación mediática. Aquí se ve una pálida parodia de lucha ideológica, conceptual, argumental, de inteligencia y manejo de las cifras y demás datos que revelen el estado de cosas que guarda el estado, el municipio y el sector de interés, sólo que reducida al absurdo, a la expresión más pedestre que sea posible encontrar. Y se encuentra cada vez que a alguien se le ocurre posar ante cámaras y micrófonos para hacer alarde de su capacidad de ridículo, de su desparpajo en ofender y agredir fingiendo que ese espectáculo es un debate.

El problema más grave es que la gente que los promueve y asiste no tienen idea de lo que es debatir, es decir, la confrontación de proyectos políticos, de visiones del deber ser nacional o local analizados en forma temática, donde se presenta el problema y su solución, de acuerdo a la óptica particular de cada contendiente. En cambio, los participantes se limitan a reaccionar y responder ataques y recriminaciones con otros ataques y recriminaciones, en un juego donde el que “gana” lo hace por el manejo de imagen que logra embarrar en las neuronas de los espectadores. Aquí no importa la solidez de los argumentos sino la actitud, la gestualidad, el tono de la voz, los elementos de un espectáculo siempre más emocional que racional. La idea pavloviana del estímulo y respuesta en plena acción.

En el caso concreto de un “debate” entre Claudia Pavlovich (PRI) y Javier Gándara (PAN), es fácil suponer que el plato principal estaría compuesto por la misma bazofia triunfalista que ambos partidos nos han endilgado a través de los años, con las mismas promesas del cambio y con los infaltables ataques a la gestión del contrario, los evidentes hechos de corrupción y la hipócrita transferencia de culpas al contrario. Ambos pueden echar mano del apoyo de sus partidos y los recursos económicos y logísticos de que pueden disponer, pero también ambos comparten el inconveniente de ser señalados como producto de negociaciones, tráfico de influencias y manejo de recursos cuyo origen y disposición carece de transparencia.

El repaso sereno de nuestra historia política, sobre todo de Salinas en adelante,  demuestra que PRI y el PAN son los causantes de la debacle nacional y local en materia de seguridad pública, de una mala política económica y una verdadera crisis de credibilidad basada en el pésimo desempeño de sus gobiernos que se profundizó a partir de la década de los 90. La corrupción, violación de la soberanía nacional y enriquecimiento privado a la sombra del poder público son puntos de coincidencia en la trayectoria de dos partidos que en lo nacional y lo local han hablado de cambios, de combate a la corrupción y de progreso, sin cumplir ninguna de sus promesas y, en cambio, han profundizado el saqueo de recursos, la inseguridad y la transgresión de la ley.

En buena lógica, ninguno de los dos candidatos puede hablar honestamente de cambios cuando quienes los impulsan y apoyan son precisamente los mismos que han ocasionado el daño. No pueden negar la cruz de su parroquia. No se puede poner a un adicto al frente de una clínica de rehabilitación sin que sea una farsa y una incongruencia monumental.

Los debates para ser ciertos dependen de la madurez política de los espectadores y la capacidad y conocimiento de los problemas y las posibles soluciones de los contendientes, animados por el firme deseo de resolver problemas y encontrar soluciones que sean viables, realistas y efectivas. La demagogia, los desplantes teatrales, la mentira y la manipulación no tienen cabida. Sin embargo, el instituto electoral, los partidos y una jauría de apoyadores facciosos siempre estarán dispuestos a tomar escenarios y atraer a los medios de comunicación a costa de la credulidad ciudadana y la dignificación de la política. De ahí que el formato y la mecánica del debate obedezcan a fines simplemente publicitarios, a intereses donde la simulación de la democracia es una prioridad porque oculta, disimula y enmascara la verdadera intención manipuladora. 

La actual clase política-empresarial no aporta al desarrollo de una mayor conciencia cívica, una mejor actitud ante los graves problemas que aquejan a la comunidad, un mayor compromiso con la sociedad y su progreso y bienestar, sino al contrario. Se reproducen los mismos vicios amplificados por el tamaño de la crisis que han causado los mismos que ahora nos prometen el cambio. Es claro que no habrá “otro Sonora” si los actores políticos son los mismo. El PRI y el PAN han demostrado lo que son: las caras de una misma moneda cuya ideología y práctica política y gubernamental rebasa los límites de lo legal y pasa a los cenagosos dominios del crimen organizado. 


Sonora y Hermosillo merecen un futuro mejor, pero esto no será posible si los ciudadanos no están dispuestos a abandonar las inercias electorales y siguen votando por los mismos. Es demencial suponer que se solucionará un problema sin cambiar nuestra forma de abordarlo y encontrar soluciones. Se debe tener disposición y valor para el cambio. ¿La tenemos? 

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