Conspiración en Pémex

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lunes, 23 de febrero de 2015

México y el Oscar

Magis esse quam videri oportet
(Importa más ser que parecer) 


Supongo que la mayoría de los lectores estarán enterados de que Alejandro González Iñárritu, cineasta mexicano, ha logrado llevarse el premio mayor de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood (mejor película, mejor director, mejor guion original), por el que suspiran muchos y muy notables personajes dedicados al séptimo arte. Lo ha ganado con base en su esfuerzo, creatividad y recursos, hoy reconocidos internacionalmente. Sin duda, el realizador de Amores perros, 21 gramos, Babel y Biutiful, logra dar en Birdman un nuevo impulso a su filmografía.

Lo mismo, en otro género de actividades, pudiera decirse de los muchos y excelentes técnicos mexicanos que día con día enfrentan en el país y el mundo los problemas de la producción petrolera y eléctrica, de la industria automotriz, de la electrónica y las ciencias biológicas y de la salud, en las ingenierías, las humanidades y ciencias sociales y los resuelven con profesionalismo ejemplar. Sin embargo, parece que se necesita transitar por la famosa alfombra roja, subir al podio y posar frente a las decenas de cámaras y hablar ante los micrófonos en el espacio y el tiempo consagrado para reconocer la excelencia artística y comercial para saber del logro y reconocer y aplaudir el mérito.

Al parecer, somos un pueblo que se autoflagela, presa de la convicción de que las cosas las hacemos mal porque así somos, como si la incompetencia tuviera una razón genética y el fracaso fuera la única opción independiente. Para triunfar debemos apegarnos a los usos y costumbres del extranjero, evitar la originalidad y dejar de lado la identidad nacional. Generalmente, la idea de éxito se concibe en inglés, y el mejor escenario para el logro se encuentra fuera de las fronteras patrias. Muchos se pueden adherir a la idea de que lo nuestro es gris, mediocre y vulgar, sin glamour, y que para brillar al menos como parte del paisaje debemos ir al extranjero, tomar figura y conciencia prestadas y reformatear nuestros valores y principios: ¿qué vas a hacer en ese hoyo llamado Hermosillo, o Puebla, o Tampico? El arraigo es soso y carece del mérito de la extranjerización.

Actualmente, algunos son estimulados por los llamados programas de movilidad y se van a estudiar al extranjero, cuando no es turismo puro se descubren en una especie de búsqueda afanosa de ser otros, como pateando la identidad que les pesa como piedra de molino, suponiendo que estando fuera son mejores o, de plano, no son ellos. El problema de ser así, de pensar de esa manera, es que prácticamente se está declarando la vergüenza de ser mexicano, como si ser europeo o gringo fuera mejor. Los feos desgarres emocionales producto, a veces, de la infravaloración de la propia capacidad, no se resuelven con viajes o cambios de ropaje, sino con la firme voluntad de ser en el conjunto de los que también son. En otras palabras, reconciliándose con la propia identidad y respetando y valorando a sus semejantes. No hay duda que el reconocimiento de la identidad y del contexto permite la superación del atraso y el cambio personal y social.

En la actualidad, México cuenta con universidades que se encuentran entre las mejores del continente y el mundo, a la par que en Europa y Estados Unidos se tienen instituciones que alguna vez tuvieron prestigio por su calidad y objetivos y que ahora se dedican a atraer turismo académico con el fin de obtener recursos. La llamada globalización al poner el acento en el comercio, reformula las prioridades de las instituciones y termina por trastocar la misión y la visión institucional que, en el caso de la educación, repercute en cuadros patéticos de simulación y autocomplacencia.

Vemos hacia afuera con el fin paradójico de encontrar nuestra propia imagen, no reflejada en ese espejo sino convertida en la identidad deseada. Como si por el hecho de estar en otro espacio nuestra realidad cambiara. El ejemplo de González Iñárritu debe seguirse en sus términos correctos: antes de ser una estrella en el extranjero su trabajo le había colocado como una figura significativa en nuestro propio espacio.

El hoy laureado director primero fue conductor de un programa musical en radio, llega a ser director de la radio WFM, al tiempo compone música para seis películas mexicanas y funda Z Films, donde se dedica a la elaboración de guiones, a la dirección y producción de cortometrajes, películas y anuncios. Produce también programas de televisión y a fines de los 90 dirige su primer largometraje, Amores perros. Posteriormente va a Hollywood ya con nombre y carácter propio como director cinematográfico. Lo demás, como se dice, es historia.

 El premio recibido está dedicado a sus compatriotas mexicanos, y es significativo no sólo por el reconocimiento que recibe de la industria sino por el que del artista hace de su identidad nacional y su compromiso con México, y de su preocupación por la situación que atraviesa el país y la esperanza de que “podamos construir un mejor país”, y que haya un trato digno para los inmigrantes en EE.UU.

Desde luego que no se puede decir que la obra de este director, de Cuarón, de Del Toro o de Arriaga sea “cine mexicano”, porque su temática, contexto y recursos son extranjeros. Una cosa es el cine mexicano y otra el cine hecho por mexicanos. Aquí subrayo el hecho de reconocerse como nacional mexicano, de expresar su preocupación por el acontecer nacional, su deseo de que la cosa vaya mejor. Es el caso de un ciudadano que emigra sabiendo quién es y lo que quiere lograr, sin dejar de reconocerse como extranjero en el país que actualmente trabaja. No es posible restar méritos a una declaración que por su poder mediático adquiere una gran relevancia internacional.

Así como celebramos la reciente entrega de los Oscar, bien pudiéramos hacerlo por las modestas contribuciones de los ciudadanos que se van y envían remesas, por los estudiantes que se quedan en México y logran una formación que no es mala y en muchos casos es más que buena; por los trabajadores de la educación de cualquier nivel que hacen más con lo que tienen, con el cumplido servidor público que hace su trabajo a veces contra el sistema y a pesar del sistema. Bien podemos celebrar la esperanza de otras propuestas políticas, de las campañas modestas y a contracorriente de los grandes partidos políticos que acaparan los recursos y forman verdaderas agencias de empleo altamente remunerado.


Los mexicanos necesitamos saber que podemos lograr un Oscar, o su equivalente nacional, en nuestro aquí y ahora, en cada jornada dedicada al cambio, a la construcción de un país mejor, más justo y más digno. Para ello es necesario dejar de ser dependientes de los espejismos de un gobierno corrupto y sin posibilidades de redención, y caminar por nuevas sendas electorales, por otros caminos de acción ciudadana y política, por nuevas rutas para la creatividad de quienes buscan el logro y el progreso en la tierra que los vio nacer. Nadie tiene por qué declararse paria en su tierra. Nadie está de más.

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