Conspiración en Pémex

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lunes, 12 de octubre de 2015

De ver dan ganas

A pesar de que el sistema ha funcionado propinando a los incautos ciudadanos fuertes descargas de terror y náusea un día sí y otro también, aún quedan reservas de asombro e indignación. La política de shock se ha instalado desde los días inaugurales de nuestro siglo XXI y seguida escrupulosamente tanto por los gobiernos del PAN como por los del PRI.

A la par que avanza la inseguridad pública y decrece la social, la delincuencia organizada vive sus mejores tiempos y hace ejercicios de cinismo ante los ojos y oídos de todo mundo, a partir de la cada vez más cuestionada probidad de quienes ocupan cargos de autoridad y representación. Cada vez más ciudadanos se declaran al margen de los beneficios de la educación, la cultura, la vivienda, la salud y el empleo, mientras con triunfalismo demente el gobierno se apresura a firmar acuerdos internacionales que, en todo caso, garantizan redoblar el saqueo del patrimonio nacional y la pérdida de la soberanía, como es el caso del Acuerdo Trans-Pacífico (ATP).

En Alemania, Inglaterra e incluso en EE.UU., se han realizado manifestaciones contra este acuerdo que compromete la seguridad de millones de trabajadores, el acceso a los medicamentos, la libertad de Internet, la seguridad alimentaria, entre otros importantes renglones, en la medida en que subordina los intereses de los Estados a los imperativos de las empresas trasnacionales.

Si países del llamado primer mundo ven con desconfianza o franco temor este nuevo acuerdo internacional, ¿por qué en México se le ve con docilidad vacuna? ¿Qué extraña compulsión anima al gobierno a firmar este instrumento de subordinación extranjera, siendo que nuestra economía dista mucho de ser fuerte y “competitiva”?

¿Por qué nuestro país insiste, en el plano internacional en suscribir acuerdos, pactos, convenios y tratados, siendo que no los aprovecha o lo hace escasamente, frente a las ventajas reales que representan para sus “socios” comerciales extranjeros? A dos décadas de la firma del TLCAN, no hemos mejorado. Nuestra agricultura ha sufrido dramáticos retrocesos y es claro el empobrecimiento del productor rural; la industria y el comercio no han prosperado, salvo como partes operativas de algún monopolio extranjero; en el mismo sentido, la banca mexicana, las aseguradoras y los servicios financieros prácticamente han desaparecido en beneficio del capital internacional, al ser adquiridas por conglomerados cuyos intereses configuran nuevas formas de explotación colonial.

¿Qué lógica tiene el imitar empecinadamente al mundo anglosajón hasta en la forma de impartir justicia, pasando por los esquemas de registro contable en los bancos? ¿Acaso no es un modelo importado y financiado por EE.UU. el reciente “sistema penal acusatorio”? ¿Por qué tenemos que imitar las prácticas judiciales del vecino? ¿No tenemos tradiciones jurídicas propias, en todo caso, susceptibles de mejorar a través del uso de las actuales tecnologías informáticas y de comunicación?

Al parecer, seguimos teniendo a la cabeza de las instituciones a personas con fuerte vocación lacayuna. Como que no son, o por lo menos no se sienten, capaces de actuar de acuerdo a los objetivos y prioridades nacionales y simplemente se dejan llevar por consignas, presiones o insinuaciones del exterior, de suerte que los cambios, reformas o adecuaciones que ha sufrido nuestro marco normativo y las formas de interpretarlo exhiben un evidente divorcio con los usos, valores, principios, cultura y tradiciones nacionales. De un tiempo acá, las decisiones de la Suprema Corte de Justicia de la Nación son un buen ejemplo. Mientras el Poder Ejecutivo, el Legislativo, la Corte y el aparato legal juegan a “modernizarse”, el país sufre las consecuencias.

Resulta inevitable pensar en Porfirio Díaz, quien acomplejado por su color moreno daba en talquearse para aparentar blancura, ligando la imagen anglosajona al conocimiento y al progreso ya que ellos “saben cómo hacer las cosas”. Esa minusvalía emocional se tradujo en abrir las puertas al capital extranjero y, no sólo tolerar sus abusos sino defenderlos con la fuerza de las armas (Recuerde Río Blanco y Cananea). El actual gobierno ha defendido sus reformas con represión, en las variadas formas en que ésta se puede dar.


Si extendemos la mirada al sur de nuestro continente, vemos en Bolivia, Ecuador, Uruguay y Venezuela, gobiernos defensores de la identidad nacional, que avanzan en lo político, económico y social por su propia ruta, no por la que les quieren imponer las transnacionales y los gobiernos que las apoyan. De ver dan ganas. ¿Por qué no dejamos atrás, de una buena vez, los complejos porfirianos y celebramos ser como somos?

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