Conspiración en Pémex

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martes, 20 de mayo de 2014

Las bolas del engrudo laboral

La temporada de huracanes sociales azota las costas políticas de Sonora y el pronóstico es reservado. Los enjuagues padresistas que trataron de contener lo que es, a todas luces, una verdadera ola de reclamos justicieros enraizados en la necesidad urgente de los ciudadanos trabajadores de ver satisfechas sus aspiraciones de una vida digna y un trato justo, han fracasado rotundamente. Nada podrá contener el avance del pueblo organizado en sindicatos, en la ruta por la mejora de sus condiciones de trabajo y salariales.

La risible triquiñuela de emitir un laudo sin que hubiera solicitud de arbitraje válida fue un tiro que le salió por la culata a los pillos que se ostentan como funcionarios de la actual administración y el gobernador no podrá evadir la responsabilidad política de un manejo desaseado, ilegal y arbitrario de la justicia laboral que hizo víctimas a los dos sindicatos de la Universidad de Sonora, STEUS y STAUS, de manuales y administrativos y de académicos, respectivamente.

El golpe de audacia se convirtió rápidamente en ataque de risa cuando la torpe medida del laudo que ordenaba el levantamiento de la huelga del STEUS y al mismo tiempo obligaba a la parte patronal a pagar una parte de los salarios caídos durante el tiempo de suspensión de actividades, se vio bajo la luz de la legalidad y la justicia. Al momento de redactar esta nota, todo indica que el amparo es procedente, de suerte que las banderas rojinegras podrán legalmente volver a ser instaladas.


Por el lado del sindicato de académicos STAUS, la justicia federal se ha concedido la suspensión provisional de los efectos de la absurda negativa de su derecho a prórroga. Es decir, que el sindicato con todo derecho puede prorrogar la fecha de estallamiento de huelga, quedando fechado para el día 17 de junio.

Como se ve, son dos reveses a sendas metidas de pata protagonizadas por el gobierno e instrumentadas por una cada vez más cuestionable autoridad laboral que parece estar anclada en los anchurosos tiempos de Porfirio Díaz. La realidad es muy distinta a la diseñada por el gobierno onírico de Padrés, adobada por el profundo cretinismo de una autoridad universitaria que cambió su primogenitura académica por un plato de lentejas burocráticas.

Tales desaciertos permiten suponer que tanto el gobierno del estado como la administración universitaria actuaron dolosamente, apoyándose mutuamente en la chucatosa demagogia y el berrinche caprichoso de una posición de autoridad que ya huele a chamusquina. Si tras estos acontecimientos no ruedan cabezas, será que a la sociedad le vale gorro la justicia y la ley, con tal de satisfacer el vaporoso costo de las apariencias, de los efectos mediáticos, la emponzoñada y patética farsa de la eficiencia maquillada, del logro espurio que se teje en los sótanos de las complicidades palaciegas y las cloacas financieras donde se recurre a las reconducciones presupuestales, las desincorporaciones inmobiliarias y los caprichos suntuarios a cargo del erario.

Por lo pronto, se tienen en el estado múltiples emplazamientos a huelga por parte de las huestes cetemistas de diversos ramos laborales, jaloneos en materia de transporte que huelen a distractor por aquello de los 600 millones que se evaporaron, broncas relativas al abasto de agua potable, una serie de obras fotogénicas frente a la realidad de las colecciones de baches y banquetas de alto riesgo, centenares de indigentes en las calles que documentan el progreso a costa de la realidad y un ambiente enrarecido por pestes de diverso origen que concurren en un solo concepto: suciedad urbana.

En este contexto, resulta una verdadera excentricidad hablar del progreso de Hermosillo y de Sonora y adornarse con obras que, siendo hechas con recursos federales, no pueden razonablemente ser atribuidas al impulso constructor del “Nuevo Sonora”.

Independientemente de la ridícula farsa del progreso con base en maquillajes publicitarios, Sonora y sus instituciones han llegado a un nivel de deterioro que en mucho se pude atribuir a la sórdida y comodina apatía de sus ciudadanos, usuarios pasivos de los servicios, pero sobre todo a la inopinada voracidad de sus actuales funcionarios. La corrupción no es una fuerza excepcional que mueve la maquinaria estatal, sino que es la normalidad que inunda la función pública. Lo anterior se puede ilustrar claramente con el caso del Isssteson. 


¿Por qué la diputación panista se niega a la comparecencia en el congreso del estado de Teresita Lizárraga, directora del Isssteson? ¿Quién es el responsable del desfondo de más de 2 mil millones de pesos correspondientes a pensiones y jubilaciones? ¿Dónde están las cuotas que los trabajadores han pagado puntualmente al Isssteson y que han desaparecido? ¿Por qué los servicios de salud a cargo del estado son cada vez menos eficientes, confiables y oportunos? ¿Por qué se pagan planas completas de publicidad anunciando logros que solamente existen en el papel? ¿Por qué en el gobierno no hay dinero ni para clips en las oficinas? ¿Por qué existe una “secretaría del trabajo del gobierno del estado” siendo que la materia laboral es de competencia federal? ¿Por qué se subordina la Junta de Conciliación y Arbitraje a los caprichos e ilegalidades del gobierno del estado? ¿Por qué el interés en afectar la imagen y prestigio de la Universidad de Sonora a través de manoseos y medidas absurdas y claramente nocivas para la vida institucional?

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