La
comunidad universitaria rompe en bostezos al conocer el resultado del proceso
electoral de rector: que fue reelecto Heriberto Grijalva Monteverde, ya que
–dice el presidente de la junta, Ángel Rangel Guerra- los otros tres candidatos
estuvieron de acuerdo con el programa de trabajo de éste, según entrevista a
Dossier político, 4/03/2013: “Fue una reunión en la que escuchamos a todos los aspirantes a rector y
a todos los integrantes de la junta. Y en todos se mantuvo la idea de que el
proyecto de trabajo de Grijalva Monteverde es un documento con la virtud de
comprender la nueva realidad de la universidad y proyectarla a los años
futuros”.
. De la anterior declaración surgen las
preguntas: ¿Si los candidatos concuerdan con los planteamientos de Grijalva, coinciden
en cuál debe ser el destino de la institución? ¿Aplauden la excesiva
burocratización en la que está inmersa? ¿No
hay plan ni programas alternativos al de Grijalva? ¿No hay nada que les mueva a
proponer cambios de forma y fondo en la vida universitaria? ¿Cuál fue el
verdadero propósito de su registro como aspirantes a rectoría?
Como el agudo lector puede suponer,
existen mil y una preguntas más que se pueden formular pero (siempre hay un
pero) estarían condenadas a fluir por el caño de la indiferencia de la Junta
Universitaria (sic), ya que: “Nuestra
obligación, como Junta Universitaria, es respetar la ley. La ley se ha cumplido
cabalmente en todos y cada uno de sus artículos. Son justificables y entendibles
las inquietudes en torno a la democracia, pero no está contemplado en la línea
académica de la Universidad de Sonora, que se proceda de manera democrática” (Rangel
dixit).
El
proceso articulado mediante la publicación de la convocatoria, registro,
auscultación, presentación de programas, entrevistas y elección, protagonizado
estelarmente por la Junta Universitaria y teniendo como actores secundarios a
tres de los cuatro “candidatos” a rector, más una pequeña multitud de extras y
empleados de reparto, culminó con una repetición, pleonasmo electoral o
invitación al bostezo institucional: el nuevo rector es el viejo rector, para
tranquilidad de la inercia y la inamovilidad de un grupo que, con ánimo de
propietario, decide los cuatro próximos años el rumbo unidimensional de la
institución. La cucaracha en el frasco podrá seguir avanzando sin
interrupciones hacia su meta circular.
Por el
lado positivo, la aclaración clara y contundente de Rangel Guerra sobre el
status universitario despeja dudas, ya que tiene la virtud de exorcizar los
demonios de la democracia en la realidad intrauterina institucional: la ley
orgánica protege a la institución de distracciones inútiles y perniciosas como
pueden ser los juegos electorales y sus posiblemente imprevisibles resultados,
porque sus objetivos son académicos (docencia, investigación, extensión y
difusión) no políticos.
La
verticalidad y el burocratismo resulta ser la más natural y propia de las
conductas administrativas y académicas, porque la ley universitaria no prevé la
participación activa y decisiva de los profesores, investigadores, estudiantes
y personal manual y administrativo en las decisiones que afectan la vida
universitaria. Los varios miles de universitarios son un cero a la izquierda, y
no deben ser tomados en cuenta salvo para exigirles el cumplimiento de las
normas, el llenado de formatos, la rendición de informes y la observancia de
los rituales administrativos en uso.
Sin
embargo, la creencia en el monopolio de
la inteligencia burocrática inducida por la ley, establece una tendencia, una
conducta que se generaliza entre los estratos universitarios como subproducto
de la verticalidad imperante: el cinismo se convierte en una defensa de la
acción o de la inacción, basada en la todopoderosa observancia de la norma. La
iniciativa personal, la creatividad, la imaginación al servicio de la academia
no son necesariamente funcionales en el llenado de los formatos, porque la
inexistencia de rubros que los capturen exactamente supone la necesidad de dejar
fuera del programa y del informe lo que pudo haber sido y no fue, por causa de
respetar los ítems, márgenes y formas.
La
reelección del rector por parte de la Junta Universitaria significa exactamente
eso, por lo que suponer que es la comunidad la que reelige, ratifica y avala la
gestión y el rumbo institucional es una idea falsa de lo que es la vida
universitaria. No es lo mismo el taller del inventor que la línea de producción
en una maquiladora, y queda claro que la institución universidad en Sonora no
puede aspirar a generar conocimiento sino a reproducirlo, a maquilar
“productos” y no formar seres pensantes, ciudadanos críticos y democráticos,
porque la norma o “línea académica” no lo propicia aunque en el discurso se diga
lo contrario. En ese sentido, los derechos universitarios excluyen la capacidad
de decisión y participación de los universitarios sobre los asuntos que los
afectan, salvo en la pueril y limitada esfera de las relaciones
profesor-estudiante en el marco de lo establecido en el Reglamento Escolar.
La idea
de universidad autónoma riñe con la realidad de organismo educativo dependiente
de los órganos certificadores y evaluadores que pululan y prestan sus servicios
mediante el pago de cuotas y compensaciones, ya que la institución ahora ha dado
en pagar dinero por ello para que se le “certifique”, y la búsqueda del ISO y
la constancia de buen comportamiento institucional son el objetivo claro de la
administración que declara buscar la “mejora de productos”.
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Educación neoliberal |
La
responsabilidad académica y moral para con el estudiante deja de ser un
imperativo que se sustituye fácilmente por la búsqueda de la “satisfacción del
cliente”, así, los hilos envenenados de la privatización de la conciencia
universitaria se ciñen en la cintura normativa de la institución y tejen la
camisa de fuerza del neoliberalismo educativo. Por ello, buscar la
democratización de la vida universitaria suena a anarquía, a conducta
pecaminosa que distrae y aleja del ideal aséptico de la universidad
administrativa que el sistema necesita.
La
elección cerrada y excluyente del rector es una expresión autoritaria que el
sistema permite. Su eliminación supone un cambio hacia propósitos antagónicos a
la lógica burocrática pero afines a las necesidades de crecimiento académico y
desarrollo social. Quizá el cambio esté en manos de los propios universitarios
en la medida en que su organización permita el diseño de estrategias y acciones
hacia un cambio de normas con sentido social, que realmente enfoquen el
esfuerzo académico hacia el progreso de lo local y regional, a partir del
fortalecimiento de la identidad
institucional y la corresponsabilidad en el mantenimiento de la calidad
académica.
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