Conspiración en Pémex

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miércoles, 16 de marzo de 2011

Cuestiones improbables

La última salida de Calderón a las tierras de Obama fue con propósitos de shopping, aunque algunos sospechan que la descolgada del jefe de las instituciones nacionales obedeció al tronido de dedos del negrito cucurumbé angloparlante domiciliado en la Casa Blanca, lo que hizo que el viaje de placer fuera la versión albiceleste de aquella canción de entrañable esencia porfiriana: “Borrachita me voy hasta la capital, pa´ servir al patrón que me mandó llamar…” Los sufrimientos producto de la subida y bajada de colores ante el imperio, seguramente obraron como laxante en la humanidad calderoniana y el tema de la seguridad de los agentes gringos pudo abordarse con las dificultades propias del caso: la ilegalidad de la presencia de fuerzas extranjeras en territorio nacional puede magnificarse si el gobierno invadido accede al imperativo de permitir que jueguen a los policías y ladrones a contrapelo con el estado de derecho que, en teoría, subsiste en México. Al final, salió una declaración facilona y dudosa, del tipo de que Obama no pidió a Calderón que se permitiera el uso de armamento para sus agentes, lo que se traduce en un respiro para el señor presidente que de tan permisible parece otra cosa que la educación impide pronunciar.


De cualquier manera, los gringos apuraron las cosas y tenemos el anuncio de que van a duplicar el números de la agencia de inmigración (ICE) en territorio mexicano, lo que supone que los mecanismos de procuración de justicia nacionales no pasaron por la certificación gringa o simplemente fueron ignorados. Esto nos pone en el brete de lidiar con el estigma de ser, aparte de blanditos, incapaces para hacer prevalecer el estado de derecho. Por lo visto, las instituciones nacionales se pliegan al extranjero con una facilidad que puede ser propia de las damas y caballeros que, apostados en una esquina hacen su trabajo nocturno en el negocio de la compra-venta de favores corporales. La vida loca del México neoliberal carece del indispensable saca-borrachos y la entrada al congal nacional aparenta una apertura que no requiere de tapetes de bienvenida.

Actualmente, hablar de soberanía nacional resulta pasado de moda. Las maravillas de la integración económica, de la vigencia del TLC, de las ventajas y bondades del intercambio comercial y cultural, de formar parte de la modernidad galopante en lomos de la primera potencia mundial obra un efecto casi orgásmico en los funcionarios locales y federales, que integran el coro de panegiristas de la intervención extranjera en la intimidad nacional. Los pedidos de apoyo y cooperación internacional para resolver asunto estrictamente mexicanos anticipan la flojera de ser independientes, de donde la idea de soberanía puede ser contradictoria con la práctica corriente del gobierno federal. El tema del asesinato de un agente extranjero ha quedado reducido a la maldad del narco que atenta contra un gringo en funciones oficiales permitidas por el gobierno, pero que casi ningún ciudadano tiene la información que le permite establecer con claridad cuál es la finalidad y legalidad de su presencia y actividades.

Lo curioso del caso es que el arma que mató al gringo de ascendencia hispana fue traída a territorio nacional por mercaderes de armas gringos y en beneficio de la economía armamentista de Estados Unidos. Claro que la reacción fue inmediata y el rechazo, la indignación y la pena por el horripilante crimen subieron de tono para toparse con la novedad de que “rápida y furiosa” la propia agencia federal que vigila el asunto de las armas, coló a territorio nacional cientos de armas que fueron a parar, como se sabe, en manos de los narcos o miembros del crimen organizado. Los gringos escupieron para arriba y se declaran azorados por recibir su propio proyectil. Cosas de la superior inteligencia anglosajona.


Polvos de otros lodos
 Parece altamente improbable que los gringos dejen pasar la oportunidad de jeringar al país pasándole mil y una veces la factura del agente muerto, así como también lo parece la peregrina defensa del territorio nacional por el propio gobierno federal y la exigencia de respeto a la soberanía nacional y a las leyes que nos rigen. En este caso, quizá sea pertinente pensar en una estrategia que nos permita librarnos de los molestos depredadores extranjeros y fortalecer nuestra identidad nacional. Algunos piensan que la educación es una buena medida, pero otros ven con sospecha la calidad de la misma. Sectores más optimistas suponen que la enseñanza de las matemáticas resolverá nuestro atraso y dependencia, mientras que otros postulan que conviene impulsar un proyecto de nación independiente. Quizá la mayor coincidencia radique en la necesidad de recuperar no sólo autoestima sino identidad, y a partir de ahí construir un país donde todos nos sintamos incluidos; pero esto implicaría caminar por nuestro propio pié, correr el riesgo de nuestra propia capacidad y escribir nuestra propia historia. Quizá este capítulo se pueda empezar a escribir, por decir una fecha, en 2012. ¿Lo cree probable?

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