Conspiración en Pémex

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domingo, 20 de marzo de 2011

Exceso de corriente

Las declaraciones el triunfalismo oficial revelan que la cosa pública va que va. Los significados comunes quedan relevados de toda responsabilidad con la realidad dado que, entre otras cosas, la idea de lo que son ha cambiado radicalmente. El recurso de la ambigüedad resuelve las más complejas situaciones y la verdad puede quedarse a dormir en su casa una siesta interminable o, cuando breve, alcanzar proporciones similares a un coma inducido por lo políticamente correcto en la conducta del que posee información que merece saberse.

Las lecciones de una crisis que aparenta ser ventana de oportunidades, marcan la pauta a seguir en materia de engaño masivo, como anunciando la futilidad de la verdad y la cercanía del logro por medios fraudulentos. La mentira establecida como columna vertebral del discurso permite la creatividad, pero también exhibe su carencia y la escasez de recursos intelectuales de quien la practica. Ser mentiroso no es cosa fácil, porque requiere memoria, creatividad, consistencia y sangre fría, además de dotes histriónicos de cierto calibre. Sin ello, el mentiroso no pasa de ser una muestra de la vileza humana en un mundo donde el asesinato, el asalto, el secuestro y la mutilación compiten por lograr el sitio de honor.

La irreductible oquedad mental del ocupante de Los Pinos suele festejarse por los corrillos de la izquierda petista, mientras las modosidades de los perredistas ponen algo de distancia con esa especie de izquierda respondona que enarbola banderas que descomponen el cuadro de la civilidad que dibuja con trazos gruesos el chuchismo y, desde luego, el panismo organizado. La valiente y claridosa toma de tribuna protagonizada por los señores Noroña, Cárdenas y Di Constanzo, y sus secuelas en la opinión ciudadana, ponen la nota independiente en los avatares de la Cámara de Diputados, recuperando el carácter popular de esa representación y una no muy común congruencia con sus ideales políticos.

Mientras tanto, los amantes de la cortesía versallesca tiemblan de indignación ante el espectáculo de la verdad, chillan con atoramientos porcinos y gimotean amenazas reglamentarias en un mundo donde el estado de derecho se ha convertido en un cacharro para descargar esfínteres y ocultar defecciones y chapuzas legislativas. El rebaño azul babea la furiosa exigencia del respeto al Presidente aunque los bebedores ocasionales de cerveza especulen acerca de las bondades de la moderación etílica, sabedores de que el alcohol y la política deben ir por separado.


Una gracejada más
 Mientras en México se debate la conveniencia de renunciar a la soberanía en aras de la seguridad imperial, en mundo conoce una más de las exhibiciones de poder y corrupción manipulativa de Estados Unidos, ahora encabezando la invasión a Libia por pretextos humanitarios. Desde luego que no escapa a la atención internacional el vasallaje francés como operativo en la apertura de fuego contra los objetivos militares y las tropas de Gadafi, en un afán que no puede negar su esencia intervencionista cuando no de claro atraco en pos del petróleo libio. Si bien es cierto que la permanencia de Gadafi ha generado distorsiones patrimoniales en los asuntos del gobierno libio, no se puede negar que esos asuntos corresponden a la soberana decisión de ese país y no a los gustos y disgustos del gobierno de Washington. Sin embargo, la diplomacia guerrera gringa ha decretado la urgencia de la salida de Gadafi, para dejar el espacio libre que permita la imposición de un gobierno subordinado a los intereses de Estados Unidos. El papel de las Naciones Unidas no puede ser más triste por su obediencia lacayuna a los apetitos del cáncer mundial actualmente representado por Obama.

La idea de democracia como práctica exclusivamente moderada y sancionada por los Estados Unidos suena a tiranía mundial sostenida por la fuerza de las armas y la presión económica, como lo demuestra el caso de Egipto, que permitió que los gringos prácticamente manejaran su ejército, lo armaran, entrenaran y supervisaran su funcionamiento, gracias a los préstamos para comprar armas, asesoría y entrenamiento a los propios Estados Unidos. Este caso patético bastante recuerda cómo se perdió la soberanía de Colombia a través del apoyo económico y la venta de armas por parte de Estados Unidos, asunto que ahora se maneja en México como una forma de cooperación entre vecinos que comparten una frontera y una problemática. El sobrevuelo de naves estadounidenses desde 2009, es una clara violación del espacio aéreo mexicano, aunque el gobierno de Calderón asegure que no es así.


Cooperación
  La ridícula actitud de Patricia Espinoza, Secretaria de Relaciones Exteriores, manifiesta una especie de autismo político que sólo demuestra cuán alejados están los gobiernos neoliberales de las obligaciones constitucionales y el cumplimiento de las leyes que nos rigen. Dar por buena la intervención extranjera y matizar la violación del espacio aéreo mexicano como una forma benéfica para ambas naciones por la “inteligencia” que genera, es una actitud entreguista que no merece una pena menor a la aplicada por los patriotas mexicanos del siglo XIX a los traidores Miramón y Mejía.

Pero en el México del ridículo hecho gobierno, la dignidad nacional y el espíritu nacionalista pasan por ser expresiones de atraso pre−moderno, aunque sean justamente las manifestaciones que la nación requiere con urgencia. Así las cosas, no estaría sobredimensionado el calificativo de traidor a Calderón, quien actúa como simple gerente de Washington. La nación requiere de un gobierno que sea nacionalista, patriótico, inteligente como para saber a diferencia entre “cooperación” y subordinación.

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