Conspiración en Pémex

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jueves, 16 de septiembre de 2010

Las fiestas patrias

Para las generaciones que nos tocó vivir en un país que aun sabía pensar y hablar en español, los festejos de septiembre significaban el reencuentro con el pasado considerado heroico y venerable; significaban la oportunidad de darle vuelo a la hilacha patriótica degustando artesanías gastronómicas regionales y nacionales, generosamente rociadas con bebidas de bajo y alto contenido alcohólico sin la monserga de prohibiciones y sin los complejos de castigos anticipados por la abstinencia políticamente correcta que invade el ambiente festivo y trauma irreversiblemente al ciudadano de a pie.

Los jóvenes hermosillenses de la década de los 60 gozaban de la visita a los puestos de fritangas instalados en la antigua pera del ferrocarril, a las cantinas ambulantes que pululaban sin complejos y a la musicalidad del ambiente que cantaba a la patria, a los héroes, a la bravura de los hombres y a la belleza de las mujeres de México; a la entrega apasionada y a la venganza sanguinolenta del cornudo, del despechado, del hombre ofendido por su rival. No era usual escuchar letras conteniendo mensajes blandengues y cobardones, y la melancolía barata de los incapacitados emocionales estaba relativamente fuera del alcance de los recios oídos de los ciudadanos de estas épocas. Los amores correspondidos y no correspondidos ponían en sintonía a las futuras generaciones de amantes sonorenses, introducidos así en las artes amatorias en el nivel de etapas pre operativas.

Los hombres y mujeres de ayer celebraban la mexicana alegría luciendo sus mejores galas emocionales que estallaban en bravíos “¡viva México!”, entre el trajinar de las cocinas familiares y el jolgorio de las cantinas populares. Los llamados a la unidad nacional hubieran sido una excentricidad cuando no una voz de alerta contra el enemigo externo, contra el potencial invasor, contra los gringos que acechaban en pos de la mitad restante de nuestro territorio, así como un vivo recordatorio de que “… un soldado en cada hijo te dio”.

En esos tiempos no tan lejanos de los años 60 y 70, cada ciudadano joven o viejo, participaba con gusto en las celebraciones de la independencia y la revolución, e independientemente de convicciones políticas se sabía parte de esta nación y heredero de sus luchas por la libertad e independencia nacionales. No había necesidad de que hubiera en las escuelas cursos de “valores”, porque desde la infancia los padres dotaban a sus hijos del bagaje moral y los valores éticos necesarios para respetar a las autoridades legítimas, acatar las leyes, respetar a las mujeres, a los viejos y a los niños. Los pleitos eran entre hombres y a mano limpia, por una mujer, por limpiar una ofensa, como exigencia de respeto y en defensa de la dignidad. Era impensable decir “malas palabras” delante de una dama, de un adulto o ante la presencia de infantes.

La propiedad privada se respetaba y no había necesidad de cercas elevadas y con puntas de hierro. Un cerco bajo y ornamental bastaba para detener el paso de cualquiera. Los robos y los pleitos de marihuanos eran notas marginales, así como los asesinatos y violaciones. La policía gozaba de autoridad y despertaba una rara mezcla de respeto y temor, de suerte que la sola presencia de un uniformado bastaba para calmar los ánimos y moderar impulsos. Pero, además de una sólida estructura familiar había empleo e ingreso, se podía ahorrar y quizá invertir en la compra de un terreno, una casa, que constituyera el sólido cimiento del patrimonio familiar. Si en la política se observaba una apertura, en la esfera del trabajo y la seguridad social se respiraban aires tranquilos.

El Seguro Social era garantía de salud y un retiro digno, basado en los principios de la solidaridad y subsidiaridad. La educación técnica prosperaba y el empleo en el campo y las ciudades presentaba saludables avances; se crean y amplían los centros de educación tecnológica agropecuaria, marina, tecnológica y de servicios, ofreciendo posibilidades de arraigo en sus localidades para los jóvenes que de otra manera hubieran emigrado para seguir estudios de bachillerato.

Con la década de los 80 el discurso oficial incorpora el concepto de descentralización y cobra importancia estratégica el municipio, como base de la distribución territorial y de la organización política de las entidades federativas, hasta ser reconocido plenamente como orden de gobierno en la reforma constitucional de 1999.

Pero, a la descentralización administrativa acompaña la centralización política, ahora mediada por los recursos obtenidos por los impuestos que dejan de cobrar los estados y los municipios y que quedan en manos del gobierno federal. Se inventa el impuesto al valor agregado (IVA) a la par que estados y municipios se ven desprovistos de sus facultades tributarias.

Mientras que la economía se estanca y arrecia el embate de los intereses empresariales nacionales y extranjeros, surgen de manera natural los llamados a la solidaridad nacional, las promesas de vivir mejor, de equidad y justicia. La ideología de mercado va viento en popa y los aspectos sociales y económicos de la convivencia ciudadana y familiar sufren de inanición. También la sufren los valores cívicos y familiares que se relajan cuando no transforman en caricaturas de lo que fueron, en nombre de una modernidad que sustituye el empleo, respeto y autoestima con vaguedades holográficas de fácil acceso popular en los nuevos medios de comunicación e información. El bienestar real es sustituido por el virtual.

En este contexto, la soberanía nacional y las libertades consagradas en la constitución se negocian como cualquier producto puesto en el mercado, las leyes son a la medida, su aplicación gracioso capricho en vez de obligación cumplida.

Las fiestas patrias eran la conjunción espontánea de alegría y orgullo de ser mexicanos, ahora son simple ejercicio de mercadotecnia y oportunidad de negocios para empresas extranjeras que cobran en dólares. La patria es nicho de mercado y la historia argumento de venta. Así las cosas, ¿nos debe extrañar que asistan como invitados oficiales contingentes de potencias invasoras a nuestro país?

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