Conspiración en Pémex

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lunes, 23 de diciembre de 2013

¿Feliz Navidad?

Después del “guadalupanazo” en forma de “reforma energética” propinado a los mexicanos por el gobierno a nombre de las trasnacionales, difícilmente la idea de una Navidad feliz puede pasar por la mente de las mayorías nacionales. Quizá el pequeño sector extranjerizante con anclaje en la política oficial pueda sentir algo así como un logro, una cierta satisfacción por lo realizado y tener la expectativa de progreso que, bien visto, quedaría reducido al ámbito personal y familiar. Los aires decembrinos no son menos fríos que en años anteriores, pero ahora el olor que los distingue es un feo toque de chamusquina que invade el ambiente, y las temibles emanaciones del azufre neoliberal barren con el aroma del pino, los empaques de regalo y los dulces  a granel.

Los villancicos que templan el entorno citadino y le añaden toques de nostalgia internacional suenan como a broma pesada, como a farsa piadosa y pitorreo en los oídos del ciudadano de a pie. La sensación de invalidez política de una mayoría de votantes cruza por los vericuetos del lema “sufragio efectivo, no reelección”, para llegar casi de narices a la convicción de que ni la democracia ni el patriotismo son como antes. Como se sabe, los señores legisladores ven con buenos ojos eliminar el principio electoral anti-reeleccionista consagrado por la experiencia histórica nacional para saltar a la piscina de la modernidad mediante el expediente de la reelección.

Al mismo tiempo que se derriban los fundamentos de la transición electoral, lo hacen con los antes sólidos e impenetrables cimientos del dominio de la nación sobre sus recursos: el petróleo y las variadas formas de energía que se asocian a él quedan sujetas a las leyes del mercado, donde el drama de los tiburones y las sardinas se podrá ver con los colores nacionales diluyéndose en proporciones homeopáticas bajo el lente de los organismos financieros internacionales.

La risa del presidente y el jolgorio de sus correligionarios nos transmiten la ufanía del estudiante recién graduado, oloroso a diploma que, aunque enfundado en el traje ceremonial del cargo supremo de la administración pública federal, mantiene en alto la ignorancia supina del primerizo en materia de cesión de soberanía al extranjero. ¿Qué horrores nos deparará el destino? ¿Qué nuevas sonrisas veremos en los maquillados rostros de nuestros próceres cuasi-holográficos?  ¿Qué nuevas concesiones recibirán los gringos y cuáles serán las condiciones que deberán acatarse?

Como se ve, la vida cotidiana del mexicano medio no puede ser rutinaria ni exenta de la emoción del descubrimiento. Cada tanto el gobierno nos proporciona temas de conversación que de lo extraordinario e inédito pasan a ser piezas que se acomodan sin entusiasmo en el tablero de la rutina y la costumbre; las coordenadas de la vida cotidiana en un país con tendencia a ser recolonizado pueden ser la apatía y el conformismo, cuando no la cínica complicidad y el menosprecio a la identidad nacional. ¿Sería comparable la emoción sacralizante del fútbol con la prosaica defensa de la memoria histórica del país ante la desnacionlización pactada con el extranjero? ¿La idea de traición a la patria es una figura únicamente válida en la literatura decimonónica? ¿Qué tanta vigencia tiene el sentimiento patrio frente a las bondades de la comida rápida y las ideas cortas; el lenguaje abreviado y la vulgarización de lo políticamente correcto en una sociedad cada vez menos informada, culta y politizada? Como se ve, los cambios que mueven a México oscilan y trepidan con fuerza similar a la del terremoto del 85, pero sin brigadas y perros de rescate que palien y reparen lo inevitable en un país petrolero sin proyecto nacionalista que evite o aminore las ambiciones  extranjeras.

La navidad de 2013, promete ser una fecha simbólica esencial transformada por el consumismo en argumento de venta; tanto como lo es el dominio y la soberanía nacional frente a la obsolescencia programada del sector energético que dudosamente justifica la apertura al capital privado extranjero, ahora sin candados que aminoren sus impulsos depredadores.


A pesar de lo que se ha perdido, vale celebrar el rescate de la memoria, del significado de la expropiación petrolera, de la nacionalización eléctrica, de los esfuerzos por industrializar al país, de los programas para garantizar la soberanía alimentaria, de la educación pública gratuita, de la salud, de la defensa de los derechos laborales, de la lucha campesina por la tierra, de los derechos de los pueblos indígenas, de la patria que nos une e inspira para seguir luchando, ahora a contracorriente de las fuerzas dominantes del mercado, pero en el sentido en que lo han hecho los pueblos desde el principio de los tiempos históricos. Hoy pensar en una revolución pacífica, en una democracia revolucionaria, es un asidero a la razón y a la esencia nacional. Celebremos la posibilidad, la utopía transformadora que nos hará libres y dueños de un país soberano, frente a los apátridas trasnochados que trabajan por el neoliberalismo en México. Con esas ideas en mente, ¡feliz Navidad! ¡El petróleo, el gas y la electricidad son y deben ser nuestros! ¡Venceremos!

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