Conspiración en Pémex

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domingo, 9 de octubre de 2011

Los éxitos inversos

Cuando las cosas que se pronostican obtienen resultados que apuntan en sentido contrario a lo esperado, tenemos el caso de los éxitos inversos. En la actualidad, si alguien propusiera cambiar el nombre de México pudiera funcionar “Alreveslandia”, la tierra de los contrasentidos y la pérdida de brújula.

En el siglo XXI, seguimos cooperando.
Desde los años ochenta, nos asumimos como país que apuntaba a la modernidad, siguiendo los ejemplos luminosos de Inglaterra y Estados Unidos, colosos del discurso desempolvado del liberalismo económico, donde la mano invisible de Adam Smith se podía describir con rimbombantes ropajes de novedad merced a los logros en materia tecnológica y científica que la humanidad occidental había alcanzado.

A la crisis de fines de los setenta se responde con singular osadía, con renovada actitud futurista que reta la lógica y la cambia por el buen deseo de actualizar las estructuras administrativas y los engorros de las responsabilidades del gobierno venido a menos. Es el mercado el que modera el devenir económico y el quehacer político solamente debe servir para justificar la disminución del estado frente al mercado. Los ochenta son el punto de quiebre de una nación que renuncia a sus dimensiones de soberanía y dominio sobre sus bienes, dándole un porrazo en la nuca al artículo 27 constitucional y abriendo la caja de Pandora de los intereses extranjeros, que se crecen ante la debilidad nacional en la década siguiente.


¡Ah, sí, la globalización!
 Los años noventa son los del paseo por el tobogán de la dependencia, de la unión comercial entre tiburones y sardinas, de la falacia de una asociación trilateral como palanca del progreso y el bienestar en condiciones de desigualdad absoluta. La disminución de los activos estatales, el desmantelamiento del aparato productivo nacional, los niveles de escándalo en materia de descenso del empleo e ingreso acompañados de una disminución real del bienestar y estabilidad de las familias, crea el caldo de cultivo que estalla en los años del neoliberalismo panista, con repuntes insólitos de criminalidad e inseguridad pública.

La acción política del neoliberalismo panista sigue la huella del priismo claudicante, de la demagogia sin sentido, de los balbuceos que expresan una enfermedad económica y política terminal; así, mientras la economía y la credibilidad política se desploman, la labor legislativa apunta hacia el estado gendarme, hacia la elaboración de camisas de fuerza que contengan la inconformidad e indignación ciudadana.


Seguiremos cooperando.
 A la ausencia del discurso político que exprese compromiso y respeto a la ley, se opone el argumento de venta, el placeo prostibulario, la exhibición impúdica de la ignorancia, de la trivialidad de proyectos y propósitos que se nos muestra como programa de gobierno, como respuesta a las demandas del ciudadano. Los gobernantes sonríen a la cámara, declaran intrascendencias, acuerdan negocios con sus allegados, cobran cuotas por otorgar concesiones y contratar servicios, ordeñan alegremente la vaca pública porque para ellos, ese es el uso que se debe dar al erario. Lo público les es extraño, lo privado les llena el ojo y la cuenta corriente.

La inseguridad provocada por la ausencia de política económica que contenga propósitos distributivos, se responde con acciones que crispan a la sociedad, que criminalizan la pobreza, la inconformidad, el pensamiento que disiente. Los resultados están a la vista: decenas de miles de muertes que abonan el terreno de la militarización del país, de la intervención extranjera, de la supresión de la soberanía nacional cedida a asesores y contratistas extranjeros, mientras que la economía es una simple extensión de la que se diseña fuera, en las estructuras de dominación imperialista. La ola que barre nuestra economía, política, cultura, educación y vida familiar, viene de los vertederos fondomonetaristas, de las trapacerías de las agencias de seguridad gringas, invocadas por nuestro propio gobierno, protegidas por la prensa, encubiertas por la política exterior del entreguismo gobernante.


Gobernando...
 Nuestro país funciona al revés gracias al gobierno que confundió el interés público con el privado, que incorporó el pensamiento y el discurso del empresario en el quehacer político y que dejó de hacer política económica para adoptar modelos, intereses y procedimientos del exterior. Dejamos de ser estado soberano para ser “cooperador” en acciones e intereses que nos son extraños.

El fenómeno de la pérdida de rumbo e identidad no es sólo de México sino de todos los países que vendieron su primogenitura por un plato de lentejas. Estamos en un mundo al revés donde se persigue el interés imperial en vez del propio. La modernidad quedó en su dimensión técnica y el producto de la relación obtusa entre el hombre y la máquina es el de la depreciación del trabajo, la sobreproducción y el subconsumo, las crisis recurrentes y la violencia como mecanismo compensatorio de la debilidad distributiva.

La puesta en orden del mundo requiere centrar la atención del gobierno en las necesidades del pueblo, donde el estado recupere su sentido histórico y el mercado se subordine al bien común.

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