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viernes, 26 de noviembre de 2010

Recuerdo de Artidoro Lagarda a dos años de su muerte

Dos años pasan rápidamente en el tráfago de una cotidianeidad signada por los apuros de cumplir con el trabajo, bajo normas burocráticas que cambian en la medida en que la presión por ahorrar se convierte en norma de conducta eficiente. Los académicos sufren la pena de sujetar su creatividad e iniciativa a los imperativos del formato, la indiferencia de la administración y el acoso de cubrir cuotas de productividad cada vez más ajenas al objeto de su contratación y más próximas a los pujos de excelencia y acreditación de los burócratas, acosados a su vez por las directrices que pasan por la SEP pero cuyo origen se pierde en las alcantarillas del neoliberalismo internacional bajo los supuestos del FMI, la OMCE y el Banco Mundial. La educación, hoy, es parte de la cadena de transmisión de un sistema económico que entiende las bondades de proyectar sus expectativas a la superestructura, de la que forma parte importante la educación.


Dos años en los que los trabajos y los días del profesor universitario consisten en el cumplimiento de necedades debidamente oficializadas en los programas de actividades, de estímulos, de superación académica, de organización semestral, de trabajo de alguna administración y otros cuya finalidad se perdió en los vericuetos del formato y la obligación cíclica de cubrir las apariencias ante instancias externas evaluadoras.

En esos dos años, que se cumplen hoy 26 de noviembre de 2010, la presencia de Artidoro Lagarda Núñez sigue siendo una invitación a tomar con sentido del humor el rigor mortis institucional y hacer lo que todo académico debe hacer: cumplir con la alta función de enseñar, a pesar y aun en contra de las burocracias en turno.

Artidoro Lagarda Núñez fue integrante de la generación 1973-1978 de la Licenciatura en Economía de la Universidad de Sonora, donde tuve el gusto de conocerlo y compartir las angustias e ilusiones de estudiante. Al tiempo estudió la Maestría en Administración de la propia UNISON y durante su vida profesional ocupó diversos cargos públicos en educación, así como otros relacionados con la vida municipal. Ciudadano ejemplar oriundo de Navojoa, Sonora, fue un inquieto lector y ameno conversador, con un amplio repertorio de temas, matices e intenciones lúdicas sin dejar de lado la generosidad y sencillez que lo caracterizó.

Un día como hoy, hace dos años, recibí la noticia de que mi amigo y compañero de estudios había muerto en la flor de la edad productiva. La pena sólo se matiza por el recuerdo de su buen humor e ingeniosa disposición, reveladoras de una clara inteligencia y gusto por el buen vivir. Hoy como ayer, lo recordaremos con respetuosa consideración y fraternal afecto.

Personas como Artidoro Lagarda hacen que la vida sea más leve, porque contagian entusiasmo y nos acercan a comprender el sentido filosófico de la vida. Descanse en paz el buen amigo.

Mientras tanto, seguimos librando la batalla contra el formato, el informe, las fechas de entrega y la infinita vacuidad de una burocracia cada vez más risible e inútil. Pero la institución universitaria de Sonora sobrevivirá, con el ejemplo de egresados que saben poner cara a la adversidad y reír con desparpajo, sin complejos, como medida terapéutica contra la imbecilidad ambiente. Gracias Artidoro, por el regalo de tu bonhomía que trasciende el tiempo y que es ejemplo esclarecedor.

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