Conspiración en Pémex

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sábado, 6 de noviembre de 2010

Día de muertos 2010

Con la nostalgia pegada al espinazo, Hermosillo se encontró frente a la cita de cada año en donde sin disimulos y tapujos se llora al hueso, rememora a la calaca, conmemora la pequeña hazaña familiar donde el papel principal lo encarna alguien que ya se fue, que está ausente, que ya no existe más que en los recuerdos de lo que fue y ya no es. El anecdotario abre sus páginas para una lectura sin faltas de ortografía, corregida y aumentada, para ilustrar el acontecer acumulado en la cuenta corriente de los afectos y solazarse nuevamente en la trascendencia de lo cotidiano.


La ciudad ha cambiado porque los aniversarios suponen transacciones anímicas que terminan por afectarnos a todos, pero que se pueden anclar a hechos concretos como el cambio de gobierno, la ampliación de una calle, el accidente vial, la balacera y el asesinato del momento, la declaración triunfalista del funcionario, las cifras de desempleo que luchan por rebasar a la realidad que, con terquedad, se niega a ser minimizada por razones políticas, la inauguración de algún centro de asistencia privada y la pobreza presupuestal de alguno público; la modernización de los espacios viales a cambio de la destrucción de áreas verdes, lo que incluye distribuidores viales que arrasan árboles adultos y que gozan de cabal salud, lo que demuestra la ignorancia supina de las autoridades competentes sobre el papel esencial de los árboles en materia de descontaminación ambiental. Los aniversarios son, como todo lo cíclico, tiempos de recuentos y comparaciones.


Como si el tiempo fuera solamente un recurso retórico, gozamos de la abundancia de logros en el papel, de cifras de empleo históricas, de una recuperación milagrosa que nadie, absolutamente nadie alcanza a sentir, salvo los economistas aficionados a las pasiones del fútbol en las canchas alfombradas de las antesalas mayestáticas de los nuevos mecenas venidos a funcionarios con presupuesto a la disposición. Llega un nuevo gobierno y con él las pequeñas hordas de profesionales que acercan proyectos, estudios de impacto regional y municipal, descubrimiento de “vocaciones económicas”, aspirinas de atole que se prodigan con el dedo de una ciencia invocada de manera espuria, demostrando más allá de toda duda que el doctorado no quita lo tarado y que el puesto sexenal no combina con el traje de los empresarios farisaicos que hablan de lo público según el catecismo del mercado.

En el gobierno actual se escenifica una comedia de enredo, sainete y pedorreta a la lógica del sector público que se perpetra en los despachos donde se cuecen las habas de la depredación del erario, nuevo coto de caza para los logreros de la academia sin mancha gubernamental y sin rubor alguno, porque el que nada sabe, nada teme. Si hablamos de planeación del desarrollo, los maestros en el cortar y pegar le pueden hacer un plan que no considere la política sectorial como resultado de un diagnóstico, sino de la imaginación y de la agregación de variables que permita el oscurecimiento de las cifras, del análisis y de los pronósticos con características verificables, evaluables y rectificables. La maravilla de la planeación sin contacto con la realidad es equiparable a la resucitación de un muerto sin la necesidad de un cadáver a la mano. Como usted sabe, actualmente el Tecnológico de Monterrey mete las manos en el diseño de política pública y da línea en materia de planeación, en el orden federal y local, aparte de los aficionados al dinero fácil que menudean en la localidad, vendiendo espejitos y cuentas de colores a los consumidores de proyectos y paparruchas académicas de fácil comercialización entre los funcionarios ignorantes o de plano incapacitados para conectar una neurona con otra. La muerte del sector público es una de tantas que lamentamos. En el plano personal, Francisco Dávila Bernal, el caballero del micrófono cuya voz añadió finura al arte de la locución, nos dejó justamente el día 2 de noviembre, día de muertos.



Víctima de la Guardería ABC
La muerte y su celebración popular no nos convierte en necrófilos, sino en optimistas documentados que entienden lo que nos espera a todos y convencidos de que hay que asumirlo de la manera más objetiva posible, porque el problema no es la muerte sino la vida y su ausencia de calidad, que se ve disminuida en aras de equilibrar las finanzas de las empresas privadas y las oficinas públicas. Generar desempleo, congelar salarios y alarmarse por el estado de las finanzas del IMSS, por ejemplo, ilustran el contrasentido de un gobierno en avanzado estado de descomposición que no reconoce que está muerto, aunque el cuerpo social enferme de los innumerables males de la pobreza y las variadas formas de marginación que surgen en un Estado excluyente.


El 2 de noviembre recordamos a los que se nos adelantaron, mientras que el resto del año podemos lamentar nuestra pasiva desesperanza, el dar por sentado que la crisis llegó para quedarse, tratar de ignorar que el neoliberalismo no es sólo una doctrina socialmente degenerada, sino una forma de acercarse a la muerte por exclusión, marginación, pobreza y degradación moral. Pero la ignorancia no nos salva ni nos hace más felices, sino todo lo contrario.

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