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sábado, 11 de enero de 2020

Bang, bang... estás muerto.



“Un hogar será fuerte cuando esté sostenido por estas cuatro columnas: padre valiente, madre prudente, hijo obediente, hermano complaciente” (Confucio).

El viernes 10 amanecimos con la noticia de que un chico de 12 años (algunos dicen que de ocho, otros que 11) y alumno de sexto año de primaria asesinó a su maestra, hirió a varios (cinco compañeros y un maestro) y se suicidó. Uno pudiera pensar que los gringos son proclives al asesinato truculento y escandaloso, que en las tierras del Tío Sam la sangre fluye con tanta facilidad como lo hace el vómito que se sienten obligados culturalmente a emitir cada vez que se asustan, se enojan o se impactan ante la visión de algo extraño o, simplemente, de otro igual que ellos. Las emociones anglosajonas tienen relación directa con el contenido estomacal, sin duda.

Al seguir leyendo la nota por razones de estricta morbosidad, nos enteramos de que el asesinato y suicidio fue en una escuela privada de Torreón, Coahuila, en mero territorio nacional. Aquí fue cuando exclamamos “OMG!”, para seguir leyendo sobre el horror escolar que padecieron los alumnos y personal del Colegio Cervantes. 

Las fuerzas de la ley y el orden desde luego llegaron y acordonaron el área, en medio de la parafernalia propia del caso. Ha trascendido que el menor era atendido por su abuela dado que los padres no lo hacían; sin embargo, en la escuela nunca se detectó algún comportamiento anormal previo.  

Antes de que las autoridades tengan el cuadro completo de este inusual suceso ya hay una organización que señala con dedo flamígero que el culpable de la tragedia es… AMLO. Representantes de la “Red por los Derechos de la Infancia en México” (Redim), declaran que en este gobierno los menores están “más desprotegidos que en los dos sexenios anteriores”, así que, según ellos, los homicidios y suicidios son debidos al ninguneo presidencial (Uniradio Noticias, 10.01.2020).

Para Redim el abandono familiar, el ambiente social en el que interactuaba el menor, la influencia de las series de televisión gringas, la exposición a influencias e ideas potencialmente peligrosas y todo aquello que favorezca el “libre desarrollo de la personalidad” son lo de menos. Lo importante y definitivo es el factor AMLO; sin embargo, este es el segundo tiroteo que se registra en una institución educativa del país.
El primero ocurrió en Monterrey en enero del 2017 en el Colegio Americano del Noreste y  “en aquella ocasión, un jovencito de secundaria llevó un arma oculta en su mochila y ya en el salón de clases disparó en contra de la maestra, varios de sus compañeros y se suicidó” (Excelsior 10.01.2020).
 Para algunos llevados por ese infaltable sentido de las comparaciones históricas, resulta evidente que la causa de los males que azotaron a la familia del menor agresor que llevó dos armas a la escuela, no fue que nos estemos “convirtiendo en Venezuela” sino en los Estados Unidos, famoso por sus masacres en centros comerciales y educativos.

Lo anterior viene al caso dado que la vestimenta del chico suicida del Colegio Cervantes “recuerda completamente a Eric Harris, quien junto a Dylan Klebold asesinaron a 12 estudiantes y a un profesor antes de dispararse a ellos mismos el 20 de abril de 1999 en la escuela de Columbine, en Colorado, Estados Unidos” (pantalones negros, tirantes y una camiseta color blanco con la leyenda “Natural Selection” al parecer escrita por él mismo), según reporta El Sol de La Laguna (10.01.2020).

Al parecer, el guion es sencillo: chico abandonado en forma real o virtual, probablemente acompañado de videojuegos violentos, celular, computadora, monitor de televisión y abuela permisiva, con acceso a armamento y cargado de frustraciones ligadas a la autoestima, es regañado por la maestra que representa la autoridad institucional. El chico no lo resiste y echando mano a la pistola, así como lo vio en la tele, jala el gatillo una, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces, para quedar suspendido en una fría realidad que lo apabulla: “chin, me van a regañar…” y se suicida.

La tragedia familiar cuyo sustrato pudiera ser el de las emociones encontradas en una mente preadolescente, no se busca esclarecer mediante la revisión puntual de las capacidades de la escuela para detectar y prevenir tragedias como ésta, como tampoco mediante el análisis de la situación familiar del menor y sus potenciales o reales peligros para él y los demás, o el estado mental del sujeto víctima y victimario en este drama. Aquí se trata de culpabilizar al actual gobierno que, según esto, ha abandonado a los menores al declararlos “invisibles”: la tragedia se convierte en arma política que dispara balas de insidia y desinformación.

Quizá la tragedia sirva para poner en la consideración de todos la importancia de la familia, los valores como el respeto, la responsabilidad de los padres hacia los hijos y los deberes de éstos respecto a aquéllos, así como el seboso oportunismo de la derecha borolista.

No puede ser posible que la desarticulación y el desapego que se ve en la cultura anglosajona, preñada de pragmático individualismo, siga siendo alentada por las familias mexicanas en las que no es rara la coexistencia, no de una sino dos o más generaciones, en un mismo entorno doméstico. No estaría de más revitalizar nuestros valores y tradiciones de cara a un futuro en el que cabemos todos. Tampoco lo estaría el fortalecer nuestras convicciones nacionalistas frente a la influencia cultural del extranjero y celebrar la voluntad democrática de los mexicanos por el cambio político. Creo que la familia mexicana, nacionalista y unida por el cariño y el respeto a nuestras tradiciones y valores, jamás será vencida.

     

   

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