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sábado, 24 de agosto de 2019

Ahí está la diferencia



“El capitalismo es el genocida más respetado del mundo” (Ernesto “Che” Guevara).

Han sido semanas agitadas en Hermosillo y, pudiera decirse que Sonora es un estado donde la hemoglobina fluye por calles, casas particulares y centros comerciales, a juzgar por la alta incidencia de crímenes donde una, dos o más personas resultan ultimadas en cuestión de horas. De aquél “Hermosillo, pueblito sencillo” a la ciudad extensa y conflictiva que es actualmente hay mucha diferencia.

Hace menos de cinco décadas las familias podían descansar del calor durmiendo con las puertas de sus casas abiertas y, en algunos barrios, era costumbre tender catres en la banqueta con la confianza de un sueño tranquilo. Supongo que el lector joven verá con sospecha la anterior afirmación, pero en otros tiempos los vecinos se veían si no como familia sí como amigos o conocidos en los cuales se podía depositar la confianza: el patrimonio y la familia estaban seguros porque contaban con el apoyo vecinal. Un encuentro nocturno entre extraños sólo tenía la consecuencia de un saludo: “buenas noches”.

Al policía no se le veía como un enemigo potencial sino como alguien a quien se trataba con familiaridad y que podría en un momento dado servir de paño de lágrimas y apoyo a las víctimas de alguna eventual ratería. Los asesinatos y los robos violentos, así como los secuestros y levantones sólo se daban en muy raras ocasiones y, por lo general, respondían a una situación del centro del país o a la trama de alguna serie televisiva gringa.

Estando así las cosas, el abuso y la violencia como elementos de la cotidianeidad ciudadana era tema de novelas policiacas o de espectáculos cinematográficos, propios de pueblos tan civilizados y respetuosos de la ley como son los gringos.  Nuestra historia y vida diaria era otra.

Desde luego que no nos vamos a encaramar en la ola de que “todo tiempo pasado fue mejor”, pero no cabe duda de que las aguas que corren en la actualidad son no sólo agitadas sino altamente contaminadas por obra y gracia de una pésima visión de lo que es el progreso. Se hicieron bolas en el engrudo económico local debido a que se careció de una visión integral de las cosas, de no tener claro que México es un país con historia e intereses geopolíticos distintos a los de nuestros vecinos del norte y, sobre todo, de desdeñar un enfoque nacionalista en el quehacer público y empresarial.

Estamos ante el curioso caso de una iniciativa privada carente de iniciativa, que busca ahorrarse sueldos e impuestos a la par que exige al gobierno más prerrogativas. Cabe recordar que hemos tenido en el país dos rescates bancarios de los que se arrastra una deuda que sigue siendo enorme. Se convirtió en pública la deuda privada, además de que, en los últimos sexenios, se premia al parasitismo empresarial con el perverso sistema de consolidación de pasivos y la condonación de impuestos milmillonarios.

Asimismo, se instauró al final de los años noventa el sistema de cuentas individuales en materia de pensiones y jubilaciones, dando al traste la política social del país a imitación de otros, como Chile, bajo la influencia del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, mismos que ahora sugieren que se aumenten las cuotas y la edad de retiro de los trabajadores para acceder a los beneficios de una pensión.

A pesar de que el trabajador mexicano tiene jornadas de trabajo más extensas que sus homólogos internacionales, recibe un ingreso mucho menor que el promedio. A partir de los años 90 las expectativas de recibir una pensión digna disminuyeron dramáticamente, a la par que la expectativa de ganancia de las empresas administradores de fondos para el retiro (Afores) aumentó significativamente. Las trasnacionales financieras y algunas empresas nacionales hacen su gran negocio gracias al ahorro de los trabajadores mientras dejan los riesgos y las “minusvalías” al ahorrador que, si le va bien, alcanzará una pensión de cerca del 30 por ciento de su sueldo, de ahí que ahora las Afores recomienden que el trabajador ahorre más.

Como complemento de este esquema de desprotección al ciudadano trabajador, se sufre de precariedad en el sector salud. No hay medicamentos ni equipos ni materiales de curación suficientes, las instalaciones terminan siendo obsoletas y el mantenimiento brilla por su ausencia, pero se subrogan los servicios de limpieza, cocina, ambulancias, diálisis, hemodiálisis, laboratorio, farmacia y atención de tercer nivel. El absurdo mayor es tener que pagar un Seguro de Gastos Médicos Mayores a una empresa privada, a pesar de tener pagadas las cuotas correspondientes en las instituciones públicas a las que está adscrito el trabajador.

Visto en perspectiva, el modelo privatizador conocido como “neoliberal” instaurado a partir de los años ochenta nos ha convertido en un país de pobres con una minoría opulenta y parasitaria, altamente dependiente del extranjero y, en consecuencia, permeables a la influencia de intereses políticos que obedecen a la lógica expansionista de las empresas trasnacionales, particularmente gringas. La dependencia económica fácilmente se transforma en política.

En consecuencia, ¿qué importan los trabajadores y sus familias cuando la prioridad es favorecer la inversión extranjera directa, aún a costa de los recursos naturales, la salud ambiental y la tranquilidad social?

El modelo privatizador es opuesto a lo social, que supone una mejor y más justa distribución y redistribución del ingreso, así como generar y mantener las condiciones que hagan posible la inclusión social. En este contexto, ¿nos debe extrañar la violencia e inseguridad en nuestras ciudades, en el seno de nuestras familias, y el cambio de mentalidad de los jóvenes?

El sistema económico y sus consecuencias políticas y sociales han convertido al país en un campo de batalla donde, ante el individualismo y la exclusión social se busca la satisfacción inmediatista de las necesidades a como dé lugar. Nuestra sociedad se agrede a sí misma y, por consecuencia, la legalidad estorba, como estorban los valores morales y éticos y como estorba la familia.

No está de más seguir insistiendo en que la diferencia está en una importante decisión colectiva: rescatar a la ciudad, el estado y el país mediante un ejercicio cotidiano de respeto, honestidad y trabajo, lo cual supone ejercer una constante vigilancia y exigencia sobre quienes tienen responsabilidades públicas: nada ni nadie por encima de la ley, ningún negocio privado a la sombra del poder público.


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