Conspiración en Pémex

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martes, 6 de septiembre de 2016

De "Trumpezones" y otros desaires

                               “El que ha perdido el honor, ya no puede perder más” (Publilio Siro)

El presidente Peña ha resultado ser una fuente inagotable de anécdotas penosas y chistes crudos que huelen a realidad mortificada por su duración y por su lesiva constitucionalidad. Sucede que podrá ser una mentada de madre a la dignidad del cargo y, por ende, a las instituciones de la república que partiendo del sistema político, llegan a las puertas de la administración federal, cruzan los vericuetos del Legislativo e irrumpen, cuando el viaje es redondo, en el escenario del Poder Judicial; sin embargo, su fatal ocurrencia tiene el sello del ejercicio legal del poder contra el cual la ciudadanía debe organizarse siguiendo las pautas de la civilidad que sancionan las leyes vigentes.

Si bien es cierto que las decisiones presidenciales han sido orientadas por directrices y presiones que claro interés trasnacional, el aún licenciado Peña las exhibe como medidas y logros que pondrán a México en el lugar que le corresponde internacionalmente. Viendo el desastre nacional profundizado en el tiempo de su ejercicio gubernamental, cabe pensar que el presente ha logrado un mayor deterioro institucional que el alcanzado por sus predecesores panistas; sin embargo, el coro legislativo priista eleva cantos y alabanzas en favor del ungido sexenal, así como insultos y amenazas a quienes osen poner en duda la pertinencia y firmeza del que pilotea la nave nacional.

¿Que en el circo patrio les crecieron los enanos? ¡No hay problema! Estamos rompiendo moldes e inercias del pasado y reinventando el quehacer circense nacional. ¿Que las muertes violentas alcanzan cifras inéditas? ¡Poca cosa! El país experimenta un sano y conveniente control demográfico que seguramente incidirá en la dinámica del empleo. ¿Que hay desapariciones forzadas? ¡Nimiedades! En el país hay una fuerte vocación turística y gran movilidad poblacional.

¿Que se violan los derechos humanos? ¡Pamplinas! México cuenta con modernos sistemas de capacitación policiaca y ya está funcionando no sólo el C4 sino el C5i, demás de oficinas de Derechos Humanos. ¿Que la justicia es lenta cuando no inexistente? ¡Infundios! Ahora tenemos el novedoso y fotogénico sistema penal acusatorio y los juicios orales. ¿Que los funcionarios públicos y sus parientes saquean el erario, el patrimonio inmobiliario del estado y hacen negocios a la sombra del poder? ¡Exageraciones! Ahora tenemos la declaración 3x3 y oficinas dedicadas a la trasparencia y publicidad del quehacer gubernamental.

Si el sapientísimo gobierno decide acabar con la renta petrolera y nombrar beneficiarios vía concesión a empresas privadas extranjeras, no hay problema. Se trata de ser competitivos y estar al día con la OCDE, el FMI y la banca mundial. ¿Para qué queremos tanto petróleo para nosotros solos y vivir con la enfadosa seguridad del control exclusivo de esas riquezas? ¿Qué no nos da pena tanto egoísmo? Cabe recordar los felices tiempos del siglo XIX, cuando las compañías extranjeras eran las dueñas del petróleo y los metales preciosos, y los mexicanos servían como peones a manos de capataces que les enseñaban a trabajar a latigazos. ¡Qué magnifica escuela de productividad! ¡Que sobradamente competitivos éramos como proveedores de materias primas y fuerza de trabajo barata!

Aunque aún somos víctimas de sus resabios, conservamos el boato y la rancia prosapia de las familias que brillaron en el porfiriato; seguimos padeciendo los sofocos de la revolución, aunque bastante menguados por los aires vivificantes del neoliberalismo que nos pone de nuevo en marcha por la ruta de la dependencia y el aprendizaje de los nuevos usos y costumbres que dicta el sistema económico mundial. Después de todo, ¿qué haríamos con los recursos terrestres y marinos de la nación?

Los gobiernos de los últimos 30 años han enderezado el rumbo y desandado la peligrosa ruta de la independencia y la soberanía nacional de un pueblo que prosperó bajo la égida de los conquistadores, de las clases sociales privilegiadas por la riqueza y la alcurnia, por el arrojo de sus integrantes y por la ausencia de escrúpulos al asaltar recursos ajenos, públicos o privados; el neoliberalismo de inspiración anglosajona fluye por las venas de la nueva clase política y empresarial, y el objetivo es claro: si no lo puedes vender, acaba con él.

En efecto, el país está en venta por la vía de las desincorporaciones, por el cambio de carácter del sector paraestatal, por las concesiones y subastas, por las inversiones público-privadas, por los cambios en las legislaciones de la federación, los estados y municipios; por la ausencia de respeto al patrimonio público, por las facilidades de las empresas constructoras de apoderarse de terrenos para fraccionar y levantar desarrollos habitacionales y comerciales de lujo; por la nula capacidad del gobierno de defender al propietario frente al antojo de la empresa inmobiliaria que planea usar suelo y agua de otros, pero que generará algunos empleos temporales y hará socios a tales o cuales funcionarios de moda.

Pero, más allá de los aspectos de la vida cotidiana, debemos hacer espacio para maravillarnos de la vena diplomática de quienes gobiernan: somos un país famoso por servir de pasarela a uno de los candidatos a la presidencia del país vecino del norte. Abrimos puertas y oídos para que nos insulten en casa, sin tener que ir más lejos. Invitamos nada menos que al señor Trump para que nos dijera cuánto nos desprecia en vivo y a todo color, con lo que la diplomacia mexicana ha alcanzado una altura nunca antes lograda. Somos tan modernos que aceptamos un piquete de culo a ojos vistos. Sin duda, somos ejemplo de pluralidad y respeto a la diversidad.  


En la escuela de la ignominia nos hemos graduado con honores, pues después del plagio de una tesis de licenciatura, ahora reeditamos nuestra historia y replantearnos la ruta de la dependencia, al darnos un golpe de estado desde la más alta investidura. Parece que, a estas alturas, cualquier vejación carece de importancia.

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