Conspiración en Pémex

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jueves, 21 de mayo de 2015

Democracia comprometida

Desde luego que la idea de un gobierno democrático es acariciada, aplaudida, deseada e instalada en la conciencia de los ciudadanos de todos los estratos sociales y niveles de ingreso. El concepto es uno de esos que se dan por sentados como parte integrante de la realidad política, económica y social que vivimos. Nadie lo cuestiona. Todo mundo, en especial quienes ejercen funciones políticas, pregona los milagros y virtudes democráticas como algo propio, como conducta adquirida por la convicción. Con igual  fervor ahora se habla de la transparencia y la honestidad, del afán de servicio, de lo mucho que se puede hacer y la certeza de que el (o ella) es el ejemplo vivo de lo políticamente deseable.

Los medios de comunicación nos ofrecen un menú inquietante por su uniformidad en el formato, donde la suficiencia del candidato queda demostrada mediante la repetición de las cualidades que el mismo dice que tiene, en un ejercicio demencial de autoelogio, de autocomplacencia facilona que convoca al auditorio ocasional a entregar su voto el día de las elecciones. Cheque en blanco de cuya responsabilidad pocos pueden hablar si se analiza la libertad con que se otorga, como una aceptación festiva de una condena por tres o seis años, consistente en llevar a cuestas el fardo de la demagogia y la simulación preñada de vanidad y de insulsa pedantería del elegido.

Como ahora se estila, las campañas electorales representan un pingue negocio para una variedad de prestadores de servicios, donde destacan los diseñadores de imagen, de historias familiares y de éxito para consumo público, de materiales  propagandísticos donde destacan las laboriosas creaciones de expertos en fotografía, vídeo, imprenta, entre otros que inciden en las decisiones de los votantes, ahora puestos en plan de consumidores de mensajes.

Lo anterior viene al caso porque no estaría mal distinguir entre lo que es una campaña política y otra de carácter comercial donde la mercadotecnia tiene más que ver que las ideas y proyectos de desarrollo social. En las actuales campañas electorales, ¿dónde termina la acción social y política y dónde inicia la promoción de productos comerciales de temporada? Es difícil saberlo, pero es posible apuntar algunas ideas.

Es evidente que la presencia de los candidatos y la exposición de sus ideas se basan en un aparato de difusión y promoción que más se asemeja a la venta de suscripciones para la televisión de paga o para los teléfonos celulares. La sustancia del debate ideológico y de proyectos políticos se ve disminuida por los reclamos publicitarios que marcan tiempos, espacios, estructura y contenido, de donde la campaña resulta una copia de los comerciales por televisión.

El asunto se complica cuando las propias empresas de medios fabrican, promueven e imponen la voz e imagen del candidato, convertido en un producto ajeno y distante, aunque en cierto modo superior al sujeto que sirve de referente, por obra de las virtudes y cualidades que se le añaden. Aquí es el envase y no el contenido lo que cuenta para las ventas, subrayando su temporalidad, ya que es inútil su consumo después de la fecha de caducidad.

Algunos candidatos aluden a los valores familiares, a la honestidad genética, al parentesco, al lugar de nacimiento, a las ideas que guían sus aspiraciones juveniles, de edad madura o en el ocaso de sus vidas. Resulta curiosa la forma en que se aprenden el guion, las inflexiones de la voz, el tono resuelto y sentencioso; cómo se ponen dignos, cubiertos de una blancura de detergente biológico, relucientes al instante como si de Maestro Limpio se tratara.

¿No es sospechoso que las grandes ideas y proyectos de mejora provengan de personas que han formado en las filas de los partidos que han jodido a la cuidad, al municipio y al estado? ¿No llama la atención que se muestren tan conocedores de la realidad que se han empeñado en negar, ocultar, disimular, en cuantas ocasiones han podido? ¿Ahora sí tienen solución los problemas que sus institutos políticos han ayudado a crear? ¿Ya no apoyan el enriquecimiento ilícito que en grado de complicidad ha sido tolerado por sus respectivos partidos? ¿Pueden las administraciones del PRI y el PAN (Prian) hablar de honestidad sin provocarse una hemorragia?

Los gobiernos del Prian han impulsado reformas legales que tienen por resultado el empobrecimiento y la falta de oportunidades para jóvenes y adultos; han disminuido al máximo la seguridad social, acabado con las expectativas de muchos ciudadanos que desean una vida digna, han acabado con la seguridad pública y el propio gobierno es quien agrede, desaparece o mata a la población, mediante operaciones ilegales; se ha criminalizado la protesta, coartado la libertad de expresión, agredido sistemáticamente a los estudiantes, maestros, campesinos y demás trabajadores. Las reformas constitucionales desde Salinas de Gortari hasta la actualidad han sido funestas para el país, y sus consecuencias las leemos cada día en las secciones de policía o seguridad pública de los medios informativos.

¿Es creíble el baño de honestidad y valores familiares que se dan públicamente los candidatos? ¿Es digno de confianza quien políticamente forma parte de la canalla que ha arruinado al país y al estado? ¿Somos una democracia o una cleptocracia?

No podemos hablar de democracia en un estado dominado por las trasnacionales y los negocios mediáticos, por las grandes empresas de televisión y de medios impresos que manipulan y pervierten la opinión pública. No es democrática una sociedad teledirigida, dominada por fuerzas ajenas a los intereses de la sociedad, porque manipula la decisión de los ciudadanos, esteriliza los impulsos de cambio y nulifica el poder transformador del voto. En este caso, el desaliento y frustración ciudadanos obra en favor del mantenimiento del sistema de opresión existente y provocan que la gente decida no votar o anular, siendo que lo realmente necesario es que vote en contra del sistema y apoye opciones distintas al Prian y satélites legislativos. En legítima defensa, votemos por la verdadera oposición al sistema. Ya es tiempo. 


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