“Porque el cine se ve mejor en el cine” (vieja consigna comercial).
Acabo
de ver una película gringa donde un monstruo extraterrestre se dedica a la caza
de desprevenidos ciudadanos para tragarlos con todo y zapatos, hasta que las
fuerzas de la ley y el orden terminan con la amenaza con una buena dosis de
explosivos.
No hace mucho vi otras donde lo mismo daba evitar que la luna se dividiera en pedazos afectando la Tierra, que el núcleo de nuestro planeta presentara una peligrosa inestabilidad que podría terminar en tragedia global, o que una falla geológica amenazaba con devorar países enteros si se la dejaba avanzar. La solución fue la misma: gruesa andanada de misiles, cargas de profundidad o la colocación estratégica de explosivos que lo mismo sirven para despanzurrar que para unir.
En el anchuroso panorama fílmico, no puede faltar una buena explosión con incendio en cada accidente automovilístico, de aviación, marino o aéreo; o en redes subterráneas que desembocan en alcantarillas cuyas tapaderas se convierten en proyectil urbano. Así, los incendios, las explosiones y la destrucción de edificios, aviones, barcos y automóviles son materia recurrente en la filmografía del tío Sam.
Tampoco falta (y aparece con total puntualidad) el vómito irrefrenable cuando alguien se topa con un cadáver, sufre una amenaza, revive un recuerdo, una frustración, un disgusto… El vómito escénico es parte obligada en el drama, la aventura y la comedia.
En las series de televisión o en la producción cinematográfica, la industria gringa se empeña en transmitir valores, actitudes y propósitos con carácter de norma universal de comportamiento. Las emociones, las expresiones verbales, las ideas del mundo y la vida fluyen y se plasman en celuloide, en gigabits, en forma verbal, escrita o mímica, en dos o tres dimensiones para consumo y atención de la periferia.
El problema surge cuando ese mundo fantasioso que imita sesgadamente la vida se convierte en norma de relación con el vecino: décadas de llenar las salas de cine con apologías del heroísmo gringo y señalamientos acusatorios contra el horror del comunismo, el terrorismo de ocasión, el islam, la negritud, los latinos, la amenaza china, norcoreana, rusa, iraní, entre muchos otros “monstruos” ansiosos por socavar los cimientos de la civilización occidental y los valores de libertad y democracia (lo que esto quiera significar).
Es fácil imaginar que, ante el avance comercial de China o Rusia, los democráticos y progresistas empresarios y funcionarios gringos corrieron a sus respectivos cuartos de baño para descargar unas buenas vomitonas, y que en reuniones del más alto nivel se entregaron a la tarea de implementar bombazos selectivos tendientes a restablecer el orden “basado en reglas”, a costa de romper el orden establecido y el equilibrio de un mundo que parece reacio a su control.
En un contexto donde la puerilidad armada se cree con el derecho a decidir el destino de los demás en función de su deseo, es obligatorio que las amenazas, las agresiones y las más crudas expresiones de la patanería se conviertan en política exterior, en norma de relación con los otros, con los extraños y peligrosos que rosan sospechosamente las fronteras físicas o virtuales del Imperio… por eso es asunto de “seguridad nacional” lo que ocurra o pueda ocurrir incluso a más de 10 mil kilómetros de su frontera.
También es asunto suyo arruinar su economía para echar mano de los recursos de otros pueblos. Por eso es una compulsión fatal el sembrar de bases militares el planeta, mantener embajadas y consulados como nidos de espías y saboteadores, fomentar la inestabilidad internacional, los golpes de estado, los cambios de régimen, los tratados comerciales con alcances políticos y administrativos, los ejercicios militares conjuntos y las inversiones que permitan poner los pies en la tierra y los recursos extranjeros.
Décadas de estupidez e insolencia empaquetadas como producto de exportación requieren de cadenas logísticas tan eficientes como serviles, así que se crean patios traseros a nombre de la cooperación y la coordinación, normalizando los impulsos coloniales y las estructuras de dominación-subordinación que los gobiernos de la periferia acatan, pero niegan a nombre de la “soberanía” y los “intereses comunes”.
En este patético caso, los gobiernos subordinados sufren de gastritis, diarreas o reflujo gastroesofágico cuando tratan de explicar que el insulto, la ninguneada y el piquete obsceno a su intimidad es parte de la “tradicional buena relación” que tienen con el matón del barrio. La etapa del vómito llega cuando se ponen frente al espejo y aún conservan restos de dignidad y vergüenza.
Los casos de Venezuela, Cuba o México, en diverso grado registran las inmensas posibilidades de la náusea. Los de Gaza e Irán (como antes Irak, Afganistán, Libia, y los mecanismos de subordinación mercenaria de las monarquías petroleras árabes), bien merecen un grito de indignación y advertencia, como finalmente se manifiesta multitudinariamente en el seno mismo del Imperio.
En el caos global, la presencia e influencia de Estados Unidos e Israel es toda una invitación al desmadre civilizatorio, donde parecen salir del pasado mitológico Moloch, Baal y su corte de demonios.
El absurdo cinematográfico apocalíptico tiene como escenario real el Medio Oriente, Latinoamérica, África, la moral pública y privada, la familia y los gobiernos que o son cómplices o figuran como actores secundarios en el elenco del fin de los tiempos.
Y si, parece que el mundo gira a Trumpadas, a espasmos musculares, a movimientos del intestino de un monstruo extraterrestre que devora pueblos por inercia, por una gula viciosa y mortal. Pero no falta mucho para la vomitona y la explosión.
