Vale más solo que mal acompañado” (Refrán popular).
Como usted sabe, nuestros vecinos del norte poseen una gran capacidad de respuesta emocional ante el estímulo y los retos de la realidad, de suerte que su mejor empeño es ignorarla o deformarla.
La realidad, sea en el plano del derecho internacional, en materia de economía y finanzas, en el terreno de la ética y la moral, la memoria histórica o en sus relaciones con otros países, parece que les produce urticaria, ataques de ansiedad o una suerte de incredulidad que los hace refugiarse en los mitos, la simple y llana mentira o la agresión como forma de discurso y recurso.
La sola conciencia de ser un país canalla, en plan de matón y extorsionador choca con la idea puritana de ser “la casa en la colina”, “la nueva Jerusalén”, “el país indispensable”, “la tierra de los libres y el hogar de los valientes”. La diferencia entre ser un país terrorista que patrocina e impulsa golpes de Estado e inestabilidad internacional, y la de una nación defensora de la libertad y los derechos humanos que exporta ideas democráticas y progresistas, se resuelve mediante la contemplación onanista de una realidad que se ajusta al gusto y capricho de su cúpula dirigente y la intelectualidad que la sirve.
La verdad, la realidad como tal, son materia prima de la orfebrería conductual que se hace en las cloacas académicas al servicio del sistema. Aquí la sociología, la política y las ciencias y técnicas de información y comunicación se reinventan en la construcción de una realidad paralela que se sostiene con armas, drogas y dinero, de ahí que la violencia, el engaño y la corrupción sean esenciales para la preservación del sistema.
Mucha de la basura conductual que se vierte en los países de la periferia proviene de los recursos legales del imperio, como son las interpretaciones y reinterpretaciones de normas válidas en otro tiempo y contexto, la obligatoriedad de los tratados y acuerdos leoninos, la intervención y aplicación de normas extraterritoriales, la colocación de agentes desestabilizadores en países con recursos deseables y la exigencia de acatar normas, interpretaciones y conductas ajenas a la historia, derecho e intereses de los afectados.
Se parte de una visión del mundo no sólo pueril sino absurda, porque viola el derecho de los demás a ser y actuar según su naturaleza: al mundo musulmán, por ejemplo, se le mete al saco de la “civilización occidental”, sus valores y supuestos, amén de la recurrente costumbre de disponer de sus recursos materiales, culturales y estratégicos, y salir con la excusa del bien del pueblo, la colaboración internacional, la democracia y, por supuesto, las libertades. Ahí tiene, entre otros, a Panamá, Granada, Afganistán, Irak, Libia, Nigeria, Gaza, Cuba, Nicaragua, Venezuela y los que se le ocurra.
¿Usted cree que la doctrina Monroe justifica el asalto, hostigamiento, saqueo e invasión de un pueblo y pisotear su soberanía e integridad? ¿Está de acuerdo en que Mr. Trump se encarame en la silla presidencial de una nación ajena, o que disponga de sus recursos petroleros? ¿Cree razonable y permisible que recorra el mar Caribe en plan de pirata que reparte bombazos y metralla a discreción? ¿Piensa que el argumento de la “seguridad nacional” legitima el abuso, la intimidación y el saqueo?
¿Le parece bien que se ponga en plan de autoridad facultada para certificar y sancionar la política antidrogas del continente? Cabe recordar que la historia de las drogas en América y Asia está ligada a los intereses imperiales de EUA, que la producción, distribución y consumo de opiáceos tiene como referente la expansión militar de EUA y el sostenimiento emocional de sus soldados, tanto como la enajenación de sus ciudadanos.
Pero, lo verdaderamente desquiciante es la mansedumbre y aceptación de una condición subalterna que no tenemos. ¿Por qué darle explicaciones, informes y justificaciones al imbécil que mancilla nuestra patria con su piojosa petulancia? ¿Para qué mantener un discurso nacionalista mientras se concede y permite la subordinación nacional a otros intereses?
No estaría mal que el país abandonara la terca adhesión a un tratado comercial que significa una camisa de fuerza no sólo económica sino política, y que representa el mayor logro del neoliberalismo en México.
Tampoco estaría mal si decidiéramos centrar la atención en la recuperación del espacio económico nacional, la capacidad productiva y el fortalecimiento del mercado interno, lo que implicaría, entre otras cosas, fomentar la agricultura y un manejo eficiente del agua y los recursos de que disponemos.
Hora de dejar la absurda mentalidad de dependencia hacia el norte. Hora de rascarnos con nuestras propias uñas y emprender nuevas relaciones económicas y culturales menos tóxicas. Rompamos el yugo del neoliberalismo desde su raíz gringo-dependiente.
Agradezcamos a Mr. Trump por mostrarnos la cara verdadera de la relación con el norte, su sebosa mezquindad y el obsceno desparpajo de un imbécil forrado en dólares. Nos dice que no necesita ni de México ni de Canadá. Gracias por ser tan claro en su invitación a nuestra independencia comercial y por mostrarnos en los hechos en qué consiste en realidad el inmundo garrote de la “seguridad nacional”. Gracias.



No hay comentarios:
Publicar un comentario