Conspiración en Pémex

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martes, 2 de enero de 2018

El compañero jubilado

                            “Lo llamamos justicia... pero su nombre es amor” (León Felipe). 

Mientras el tiempo pasa, se cultivan amistades, afectos y distanciamientos que pueden ser temporales o definitivos. En esta categorización, ¿cuál es el lugar del compañero que se jubila? Tras una larga carrera en una profesión y en un lugar compartido con muchos, ¿dónde quedan las vivencias comunes, los espacios logrados, los obstáculos vencidos, las fronteras traspasadas y el lazo que une, o puede unir, a varias generaciones de quienes cultivan la misma profesión, arte u oficio? ¿Son sólo de los que se quedan y descontados de la vida de quienes se van?

Quienes se retiran jubilados por antigüedad o por circunstancias personales que aplican para pensión, ¿siguen siendo lo que son, en los términos de una trayectoria vital que siempre es paralela a la de otros, en el mismo tiempo y espacio?, ¿o son, por ese sólo hecho, excluidos de toda consideración y memoria?

Lo anterior viene al caso porque es frecuente que a quienes se jubilan se les vea como seres de segunda, que ya llegaron a su fecha de caducidad humana, social y política, e incluso se les prive del beneficio de reconocer su trayectoria, talento, experiencias que pueden ser de tanta utilidad como lo eran un día antes de su retiro laboral. ¿Cómo de un día para otro cambia la percepción de quienes fueron compañeros de trabajo, o alumnos? Pareciera ser un proceso acelerado de devaluación de la persona y, por tanto, una descalificación súbita que retira capacidades profesionales y potencialidades de logro.

¿Acaso ocurre una especie de muerte cívica? ¿Se dan cambios cualitativos y cuantitativos que muchas veces sólo son percibidos por los demás? ¿La exclusión que resulta es una forma de defensa del territorio antes compartido? ¿La jubilación ya no es una conquista laboral y social sino una condena por el crimen de ejercer un derecho esencial de quienes trabajan?

En la medida en que el sistema económico, con la trivialización de la vida que lo caracteriza, avanza y se revela como una ideología de lo desechable que se materializa en la política económica y social, las prioridades del discurso político cambian como cambia también la idea del otro; nuestra concepción de la vida y el aceleramiento de la muerte social de quienes “ya cumplieron” con su cuota de plusvalor en beneficio de la empresa pública o privada que contribuyeron a hacer funcionar, se convierte en una especie de imperativo categórico que apenas disimula su vertiente genocida. La aniquilación generacional complementa y define la del trabajador precarizado, la insolvencia crónica y las expectativas de bienestar canceladas o, simplemente, disminuidas o ignoradas. El sueldo o el salario no es un derecho, contraprestación o pago, pues en esta lógica es un favor, una dádiva generosa que no acaba de ser merecida y que, por tanto, puede ser regateada, condicionada o disminuida.

El pragmatismo del mercado y su ética excluyente convierten a la persona en cosa y sus capacidades en mercancía, por la misma razón que las remuneraciones al trabajo se ven como costos que hay que disminuir. Tenemos, entonces, sociedades donde los productos esenciales de consumo personal aumentan sus precios mientras que los sueldos permanecen por debajo de la línea de pobreza, con incrementos que resultan una simulación. El trabajo tiene remuneraciones de infra subsistencia y sus productos quedan fuera del alcance del trabajador, por lo que no debe resultar sorprendente que aumenten las tasas de disfuncionalidad familiar, divorcios, delincuencia e inseguridad.

Si los salarios son bajos y las empresas procuran gastar menos en ellos, la seguridad social termina siendo una cuestión meramente simbólica o una forma más de aprovechar la debilidad de la clase trabajadora en beneficio de las empresas tanto de salud, vivienda, educación como de pensiones. Así pues, se tiene por un lado empleo precario y mal remunerado y, por el otro, agentes privados en pos de los ahorros de los trabajadores.

Pero, si la situación es complicada para los trabajadores en activo, los jubilados suelen tener un doble problema: por un lado, los costos de la vida aumentan en la medida en que se llegan a requerir mayores atenciones en salud, pero independientemente de lo económico, se suma la devaluación de la persona por parte de sus antiguos compañeros. Así pues, el jubilado padece la crisis del sistema y el deterioro de la consideración social por la influencia de una ideología individualista y pragmática que deshumaniza las relaciones y afecta seriamente el tejido social.

Cabe señalar que el jubilado, por razones naturales, deja de ser competencia para los activos, pero al mismo tiempo supone un apoyo en términos de experiencia que bien puede ser aprovechado en el plano personal o en el organizacional. Esta posibilidad es tan real que, por ejemplo, en el Sindicato de Trabajadores Académicos de la Universidad de Sonora (STAUS) se tuvo la visión de incorporar a los jubilados en una delegación dentro de su estructura, con lo que se suma a otras organizaciones de alcance local y nacional que valoran la trayectoria de sus miembros y tienen clara la importancia del aporte intergeneracional en su fortaleza y consolidación.

En las urgentes tareas de reparación del tejido social y de rehumanización de las relaciones entre pares, la solidaridad es un concepto clave en la identidad y los propósitos sindicales, de cara a las complejidades de los retos que presenta el sistema anclado en la ideología neoliberal contra los trabajadores.


En consecuencia, los trabajadores activos y retirados deben replantear sus luchas considerando que la temporalidad de la vida laboral debe situarse en el marco de los derechos colectivos adquiridos mediante la lucha de generaciones sucesivas de trabajadores, razón y esencia de la organización sindical. En tal sentido, el sindicalismo no sólo ve hacia el presente, sino que debe considerar el pasado y el futuro como una construcción colectiva intergeneracional, guiada por el propósito de defender los intereses de clase de los trabajadores, y el mejoramiento de sus condiciones de trabajo y de vida, lo cual pone en el centro de la atención la seguridad social como un derecho irrenunciable.

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