“Recordar no necesariamente es vivir” (frase popular modificada).
México es un país memorioso, con la mano presta a sacudir el incensario patrio en cada fecha donde la muerte, la tragedia o la entrega marcaron hitos y pautas de acción futura.
Nos regodeamos con la muerte cada vez que recordamos las antiguas sangrías en el proceso de revictimización onomástica que establecen la costumbre y el ritual nacional de solemnidades, festejos y lamentos colectivos.
Los logros y fracasos, las tragedias y las entregas de soberanía a causa de la intervención extranjera silenciosa o estridente se funden en una caldera que emana memoria a la vez que olvido.
De los hechos convertidos en discurso pasamos a los dichos trasmutados en acción que alimenta la necrofilia política de la coyuntura: hacemos procesión a la tumba, al monumento, al nicho consagrado en el panteón nacional de la memoria, sin que la ceremonia logre promover la acción colectiva, sin que el peso de los hechos pasados altere la apariencia serena del presente.
Podemos marchar y gritar “2 de octubre, no se olvida”, recordar el jueves de Corpus, hablar con tono exigente y gritar que nos siguen faltando 43, plantarnos frente a tal o cual oficina pública con pancartas y consignas, podemos llenar la plancha del zócalo capitalino o las plazas de los estados entre gritos y exigencias, entre memoria y olvido, para volver el año entrante quizá con nueva gente, aunque con las mismas viejas banderas de combate.
Cada año en las mismas fechas, cada fecha con las mismas consignas, cada consigna con la misma vieja esperanza reivindicatoria, cada reivindicación con la misma carga de memoria, cada memoria con el mismo cansancio y desatino.
Marchamos con el brazo en alto, con la voz que truena en busca de justicia, pero la ciudad y el gobierno absorben los mensajes, evaporan las exigencias, trivializan el clamor popular que resuena y lo convierten en discurso democrático, en consigna de gobierno, en argumento de inclusión y respeto a la disidencia, en prueba de que aquí no se reprime a nadie.
Marchamos, nos reunimos, dialogamos, conversamos y publicamos, en el juego de decir y hacer notar nuestra existencia mediática. Como contrapartida, tenemos una suerte de inexistencia política que da constancia de que hacemos ruido, pero somos incapaces de mover el rumbo de las cosas. Los desahogos anuales no proveen justicia, aunque sirven para la memoria… y el olvido.
Vivimos de fecha en fecha, en un calendario cuya función es justificar la calcificación de la inconformidad, la formalización de la injusticia, la institucionalidad de la oposición y su sujeción a reglas, tiempos e instancias.
Hemos
convertido el grito de protesta y las consignas de lucha en un evento que pasa
de la sección política a la página de sociales. La marcha, las consignas, las
pancartas, el ambiente que sugiere vida y acción política llega a su clímax en
el zócalo o en las plazas para diluirse en sudor, sed y promesas de cantina.
Tras la marcha, las consignas y pancartas llegan la memoria y el cansancio, el clímax y el anticlímax de una nueva vuelta a la tersa calma de la rutina porque, después de todo, nuestro desahogo se traduce en reto y consigna: “no que no, sí que sí, ya volvimos a salir”. Al final del día todo pasa, y nosotros también.

