notas sueltas

Notas Sueltas es un espacio de opinión sobre diversos problemas de carácter social, económico y político de interés general. Los comentarios pueden enviarse a: jdarredondo@gmail.com

miércoles, 14 de octubre de 2026

HAY DE COMUNIDADES A COMUNIDADES

 “Sin un sentimiento de solidaridad no puede haber sentido de comunidad” (Anthony J. DÁngelo).

 

Las comunidades indígenas (18.6 % de la población nacional, más de 24 millones de personas) ven como una imposición más la reciente iniciativa de los pueblos indígenas y afrodescendientes que aspira a convertirse en ley y engrosar la serie de parches normativos que preñan el derecho mexicano.

El rechazo suena como un aborto cívico ante la intención de corregir la plana de la vida comunitaria indígena y una especie de segregación de los afrodescendientes (2.57 millones, 2% de la población nacional actual) que, desde la Independencia se han asimilado a la vida cívica nacional sin más pena ni gloria que cualquier ciudadano en posibilidad de ser discriminado, sea por la blanquitud, el dinero y los prejuicios locales y regionales.

En nuestro caso, el proceso de asimilación y participación cívica de los afrodescendientes o afromexicanos data del siglo XIX, en cambio en EUA pasaron por el proceso abolicionista oficializado el 6 de diciembre de1865, pero tuvieron que esperar hasta 1965 para que se reconociera su derecho al voto.

 En México, cabe destacar que la abolición de la esclavitud se da en 1829 con Vicente Guerrero que reconoce e impulsa su ciudadanía plena, situación que permitió a los afrodescendientes gozar o sufrir de las ventajas y desventajas de ser mexicanos en un contexto histórico complejo y cambiante.

La cosa sigue con la normalidad propia de cualquier proceso histórico-social hasta 2019 cuando el ojo vigilante del gobierno federal los redescubre y reforma la Constitución para “reconocer” a los pueblos y comunidades afromexicanas como parte de la composición pluricultural de la nación, cuestión que parece ociosa toda vez que desde la abolición de la esclavitud eran reconocidos como parte de la población mexicana, sin más límites que la capacidad de integración productiva de sus individuos y sortear los eventuales prejuicios sociales de su contexto.

Por si fuera poco, en septiembre de 2024 se publica la reforma al artículo 2º constitucional donde se “reconoce” a estos ciudadanos (“comunidades”) como “sujetos de derecho público, con personalidad jurídica, patrimonio propio, libre determinación y autonomía”. En lo particular me parece que la medida antes que integrar segrega y particulariza a un segmento de la población mexicana que ya estaba reconocida e integrada a la vida nacional. Entonces, la disposición no une sino separa.

Muy otra cosa son las comunidades originales de México, los pueblos indígenas que ya estaban aquí cuando llegaron los españoles, y que conservan cultura, lengua y tradiciones a pesar de los intentos de la voracidad colonial y capitalista para apropiarse de su territorio y recursos.

Parece una expresión neocolonial y casi balcanizante que imita la lógica de las reservaciones en EUA, que separa comunidades a partir de su origen, color, cultura y, sobre todo la carga emocional de lo diferente. Aquí, entre nosotros y a partir de la lucha por la independencia de México los llamados afrodescendientes son ciudadanos de pleno derecho, sin pegotes legales que suenan, una vez más a redundancia.

Da la impresión que las leyes, empezando con la Constitución, obran como resumidero ideológico y político coyuntural que sólo habla de la incomprensión de sus alcances, de la falta de conocimiento de nuestra historia nacional y regional, que se pasa por el forro los procesos de integración étnica y cultural y la conformación cívica y política de la identidad nacional.

Separar una parte de la población que ya está integrada es negar la propia historia nacional y, lo más lamentable, despertar la sospecha de que estamos ante un bache neocolonial y extractivista de naturaleza ociosa en el proyecto de la Transformación.

El reconocer derechos no necesariamente requiere de crear artificialmente “comunidades” que ya estaban dentro de la consideración constitucional desde el momento mismo en que se declara abolida la esclavitud y se establecen prohibiciones explícitas a cualquier tipo de discriminación.

Para resaltar el absurdo, ¿se imagina que el Congreso de EUA reconociera a las comunidades afroestadounidenses como “sujetos de derecho público, con personalidad jurídica, patrimonio propio, libre determinación y autonomía”? Se reconoce a los afrodescendientes como ciudadanos y punto.

Si una lectura de las leyes fundamentales del país no basta, entonces es recomendable una segunda lectura e incluso un consejo experto, porque la ignorancia o falta de comprensión de su significado puede dar lugar a redundancias, a parches o pegotes no sólo ociosos sino redundantes. En esto, también vale el recurso de la historia y el sentido común frente a la carga ideológica y los prejuicios personales y profesionales de quien pudiera estar de acuerdo con el manoseo reformista de las normas y el desbarajuste resultante.

Hoy las comunidades indígenas se pronuncian en contra de lo que consideran una imposición grosera e innecesaria, y exigen respeto (https://shre.ink/hwN1). 

 Por el bien de la nación y del proyecto transformador, hay que hacerles caso porque saben de lo que hablan, y lo han sabido desde antes de que existiera México.



domingo, 11 de octubre de 2026

VIOLENCIA EN LAS ESCUELAS

 “Educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto” (Aristóteles).

 

Ya ve usted que ocurren asaltos armados en escuelas de nuestro nivel básico, que generan justificada preocupación a familias y trabajadores de la educación, y que apuntan hacia un asunto muy serio: la ruptura del tejido social a partir de la del tejido familiar.

El problema es que se reacciona y analizan las consecuencias y no las causas del desmadre social que estamos viendo y padeciendo. El desempleo y la insolvencia económica genera frustraciones, malestar emocional y conduce a la violencia verbal y física en el seno familiar y llega al entorno social. Los fenómenos de transculturación (sobre todo la que viene del norte) confunden y debilitan la identidad y las costumbres, alterando principios y valores.

La disfuncionalidad resultante aparece pintada de los colores de ocasión y se desata la búsqueda y señalamiento de culpables donde con frecuencia el candidato designado es el hombre de la casa. La violencia termina siendo atribuida a esa nociva compulsión que hace de la pareja y su entorno una cárcel dominada por relaciones de dominación-subordinación donde la víctima por defecto es la mujer… y los hijos.

La tan obvia simplificación produce actitudes que también se interpretan de manera simplista, con un determinismo digno de un terraplanista metido a científico de la conducta. En este juego interpretativo y punitivo por lo general queda fuera el contexto socio-económico y cultural de la familia. Se hacen generalizaciones antes que aproximarse a la particularidad.

No se toman en cuenta detalles como la depauperación sistémica que sufre la clase trabajadora en un contexto en el que la abundancia de unos cuantos afortunados obra como recriminación clasista a la vez que como señuelo que fija los parámetros de una posición envidiable y perseguible, a costa de sacrificar la propia humanidad.

Así, mientras que el gobierno compra vacunas contra el Covid-19 a laboratorios extranjeros un hombre roba pañales en una farmacia (https://shre.ink/hJ6P). Lo primero habla muy bien de la salud preventiva que protege los negocios trasnacionales y el fraude biológico, mientras que lo segundo pasa por alto el nivel de abandono que sufren muchos ciudadanos frente a una economía que privilegia al capital sobre el trabajo. En el mismo sentido, se procura desarrollar la inteligencia artificial dejando de lado la inteligencia natural, el costo energético, ecológico y la soberanía nacional.

Se dice que los pobretones sufren porque quieren, porque son flojos, dejados, feos y antihigiénicos, incultos y codos prietos. Los ricos son blancos, simpáticos, exitosos y seductores, sudan perfume gringo o europeo, mean agua bendita y merecen un crédito que no necesitan pedir porque está concedido de antemano.

Se considera que la familia proletaria es promiscua, conflictiva y machista, mientras que la rica es decente, armoniosa y ejemplar. Entre ambas discurre un río cuyo caudal está lleno de lugares comunes, sabiduría de manual, de sótano sociológico de universidad anglosajona que lo explica todo sin profundizar nada, porque su función más que académica es ideológica y propagandística.

Las ideas progresistas y reivindicatorias de derechos humanos se esparcen a través del embudo sistémico que impone y reproduce una narrativa acorde a las necesidades del imperialismo anglosajón y sionista, para aborregamiento de la periferia ansiosa de pautas con que alimentar y justificar su subordinación.

Las ideas sobre sexo, familia y sociedad alinean y homogeneizan creencias, actitudes y conductas que, del grupo, pasan a formar parte del capital doctrinario de la masa y, por ende, socialmente exigibles, so pena de excomunión cívica. No es de extrañar que el proceso de adoctrinamiento y transculturización termine formalizándose en política de gobierno y precepto legal de observancia obligatoria.

La violencia escolar refleja la ruptura de un modelo de relación y la expresión de otro que convierte la relación social-escolar en una aventura de videojuego, en un espectáculo onírico cuya ejecución es fuente de desahogo personal instantáneo y efímero, e imitación de un sistema que aún sin saberlo admiramos y deseamos. La violencia resulta en una forma de validación personal frente a un sistema basado en la exclusión y carente de valores.

La escuela sigue funcionando con sus virtudes y defectos, pero la administración educativa queda enlazada a los órganos de vigilancia policial, a la promoción de leyes particulares alineadas al discurso de la protección y prevención, de la vigilancia y el control. Se restringe la libertad, a cambio de la promesa de seguridad.

En una sociedad distorsionada por la sustitución de los valores propios por ajenos, la violencia surge por necesidad, y la demagogia explicativa también.

No estaría mal que el gobierno asumiera su papel de acuerdo a nuestras leyes y costumbres, corrigiendo los errores y revalorando lo que es esencialmente propio de nuestra identidad nacional. Para empezar, recuperemos nuestro idioma y el significado preciso de los conceptos. Aún es tiempo.



 

jueves, 1 de octubre de 2026

NO ES TIEMPO DE CONCEDER

 “Ojo al parche” (advertencia popular).

 

Cerramos el mes de septiembre con una noticia digna de una historia de terror. La Secretaría de Marina concede 36 hectáreas a una empresa gringa para que se instale una planta de licuefacción de gas texano que saldría rumbo al mercado asiático. Es decir, de Texas mandan gas a puerto sonorense (Guaymas), ahí se licua y se exporta a Asia, para romper las pelotas de otros productores con mercado en esa parte del mundo (https://shre.ink/GnkF).

El trágico deporte de hacer de palero, sparring, mandadero, chícharo y valet parking de los gringos es jugar a ser un patio trasero donde se exigen facilidades para realizar emprendimientos productivos que ignoran un hecho no tan claro: que Guaymas es puerto sonorense y que Sonora es territorio mexicano, es decir, sujeto a una soberanía muy distinta a la texana.

Sin embargo, el gobierno a través de las dependencias competentes decide limpiarse con cualquier clase de regulación ambiental y, sobre todo, hacer valer un cacahuate la soberanía nacional y el dominio sobre su territorio.

Los alegatos en contra de este absurdo han provenido de organizaciones ambientalistas que señalan el peligro para los habitantes y la biodiversidad marina, no de alguna instancia estatal o municipal. El gobierno del Estado y el Congreso de Sonora no han dicho ni “mu”, ante esta tremenda tocada de bolas y la idea de tener un Estado Libre y Soberano en el aquí y ahora sólo inspira una serie de sonoras trompetillas.

Se sabe que desde los tiempos del gobernador Beltrones y su contraparte arizonense, el republicano Fife Symington, los gringos soñaban con Guaymas como “el puerto de salida de Arizona”, como si pudieran disponer de territorio mexicano así de fácil. Ahora sabemos que sí pueden, de la mano del muy soberano y humanista gobierno que nos representa.

Es claro que la oposición prianista puede apoyar desfiguros como la doble nacionalidad para ciertos puestos de elección popular por ser esencialmente apátridas y traidores, y que las concesiones a una potencia extranjera ni les pican ni les duelen. Pero, lo que no queda claro es por qué las fuerzas progresistas de este país dejan pasar sin reclamo tamaña sarta de concesiones territoriales sin considerar que la soberanía y el dominio de la nación sobre su territorio y recursos debe ser total, o no lo es.

El gobierno ha abierto la puerta a proyectos extractivistas extranjeros en zonas de alto riesgo ambiental, relacionadas con la competencia energética internacional, lo que nos pone el ojo del huracán geopolítico al formar parte de los recursos logísticos de EUA.

En el caso de los proyectos gaseros de exportación queda comprometida seriamente la integridad ambiental y política del Mar de Cortés con toda su biodiversidad, sus recursos pesqueros y turísticos.

Proyectos como los gaseros de Puerto Libertad y Guaymas, más el de Amoniaco en Ohuira, Topolobampo, y otro de carácter turístico en la Isla Tiburón, abren la puerta al capital gringo y a los reclamos económicos y geopolíticos sobre esa zona altamente codiciada por EUA, lo que revela un indeseable rumbo económico neoliberal extractivista.

Y qué decir de los planes petroleros y gaseros de la Huasteca Potosina y el Noreste de México. Se arguye que el fracking puede ser sustentable y que lo que está en juego es nuestra inexistente soberanía energética, siendo que se importa alrededor del 80 por ciento del gas que se emplea para producir electricidad. Queda claro que ampliar la penetración extranjera no aporta a la soberanía o al fortalecimiento del aparato productivo nacional, sino al contrario.

Si la Secretaría de Marina entrega concesiones territoriales en las costas nacionales para efecto de explotación extranjera privada, debiera haber un enérgico reclamo nacional, porque tal acción huele a traición y escasez de madre.

Algunos dirán que tales desviaciones son producto del chapulineo de prianistas que saltaron al carro de la 4T, pero “no tiene la culpa el indio sino el que lo hace compadre”. En consecuencia, Morena debe sanear su padrón de militantes, replantear sus prioridades en función del interés nacional y, sobre todo, recordar que la soberanía no sólo se defiende en las asambleas de barrio sino en el debate parlamentario, la defensa permanente del patrimonio nacional y la total vigilancia de la naturaleza de los acuerdos y compromisos suscritos o por suscribir con el extranjero en el marco de nuestras leyes, intereses y tradiciones.

Considerar que la salud económica depende del flujo de inversiones extranjeras es negar la posibilidad de que el aparato productivo nacional tenga la capacidad de generar empleo e ingreso para las familias y la hacienda pública, eliminando de la ecuación el efecto multiplicador de la inversión pública para el fortalecimiento no sólo económico sino político de la nación. Esta ausencia lo único que hace es reforzar la dependencia nacional de factores externos. Es ampliar la vulnerabilidad nacional y, por tanto, pérdida de soberanía.

Quizá por eso se cede territorio a cambio de un posible mejor trato en la relación de poder con el norte, pero la falacia del modelo económico empieza a evidenciar sus costos políticos y sociales de manera dramática cuando compromete el patrimonio y futuro de nuestros hijos. Se han cometido errores y es tiempo de empezar a remediarlos.

Ya no es tiempo de ceder y conceder, sino de recuperar lo perdido.

 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

CONMEMORACIONES

“Recordar no necesariamente es vivir” (frase popular modificada).

 

México es un país memorioso, con la mano presta a sacudir el incensario patrio en cada fecha donde la muerte, la tragedia o la entrega marcaron hitos y pautas de acción futura.

Nos regodeamos con la muerte cada vez que recordamos las antiguas sangrías en el proceso de revictimización onomástica que establecen la costumbre y el ritual nacional de solemnidades, festejos y lamentos colectivos.

Los logros y fracasos, las tragedias y las entregas de soberanía a causa de la intervención extranjera silenciosa o estridente se funden en una caldera que emana memoria a la vez que olvido.

De los hechos convertidos en discurso pasamos a los dichos trasmutados en acción que alimenta la necrofilia política de la coyuntura: hacemos procesión a la tumba, al monumento, al nicho consagrado en el panteón nacional de la memoria, sin que la ceremonia logre promover la acción colectiva, sin que el peso de los hechos pasados altere la apariencia serena del presente.

Podemos marchar y gritar “2 de octubre, no se olvida”, recordar el jueves de Corpus, hablar con tono exigente y gritar que nos siguen faltando 43, plantarnos frente a tal o cual oficina pública con pancartas y consignas, podemos llenar la plancha del zócalo capitalino o las plazas de los estados entre gritos y exigencias, entre memoria y olvido, para volver el año entrante quizá con nueva gente, aunque con las mismas viejas banderas de combate.

Cada año en las mismas fechas, cada fecha con las mismas consignas, cada consigna con la misma vieja esperanza reivindicatoria, cada reivindicación con la misma carga de memoria, cada memoria con el mismo cansancio y desatino.

Marchamos con el brazo en alto, con la voz que truena en busca de justicia, pero la ciudad y el gobierno absorben los mensajes, evaporan las exigencias, trivializan el clamor popular que resuena y lo convierten en discurso democrático, en consigna de gobierno, en argumento de inclusión y respeto a la disidencia, en prueba de que aquí no se reprime a nadie.

Marchamos, nos reunimos, dialogamos, conversamos y publicamos, en el juego de decir y hacer notar nuestra existencia mediática. Como contrapartida, tenemos una suerte de inexistencia política que da constancia de que hacemos ruido, pero somos incapaces de mover el rumbo de las cosas. Los desahogos anuales no proveen justicia, aunque sirven para la memoria… y el olvido.

Vivimos de fecha en fecha, en un calendario cuya función es justificar la calcificación de la inconformidad, la formalización de la injusticia, la institucionalidad de la oposición y su sujeción a reglas, tiempos e instancias.


Hemos convertido el grito de protesta y las consignas de lucha en un evento que pasa de la sección política a la página de sociales. La marcha, las consignas, las pancartas, el ambiente que sugiere vida y acción política llega a su clímax en el zócalo o en las plazas para diluirse en sudor, sed y promesas de cantina.

Tras la marcha, las consignas y pancartas llegan la memoria y el cansancio, el clímax y el anticlímax de una nueva vuelta a la tersa calma de la rutina porque, después de todo, nuestro desahogo se traduce en reto y consigna: “no que no, sí que sí, ya volvimos a salir”. Al final del día todo pasa, y nosotros también.



viernes, 25 de septiembre de 2026

¿TODO DEPENDE DE...?


"En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira" (Ramón de Campoamor).

Nos enteramos que Francia dejó pasar al carnicero de Gaza, prófugo de la Corte Penal Internacional, rumbo a su lucimiento en el pleno de las Naciones Unidas, demostrando que la validez de las leyes depende del interés y ojo de quien las interprete.

Sin duda cabe muy bien la conseja popular de que “las leyes son fuelles” y que “poderoso caballero es don dinero”, entre otras útiles expresiones que evidencian el fracaso de la moral frente al vicio, las ambiciones y la poca progenitora de quienes juzgan y gobiernan.

Asia occidental chorrea sangre y despojos humanos desde hace décadas y es motivo de santas cruzadas en favor de sus victimarios, con argumentos tan dudosos como decir que Estados Unidos y fauna de acompañamiento atacan a tal o cual país musulmán o “comunista” porque están protegiendo la cultura occidental, los valores democráticos, incluso el cristianismo. 

La ola civilizatoria se manifiesta en bombazos, injerencia e intriga en gobiernos, organizaciones humanitarias que reciben tremendas remesas en dólares, instigación a revueltas populares, desestabilización, actos terroristas, baños de sangre y sorpresivas intervenciones armadas para proteger a los inocentes pobladores de las amenazas de la tiranía y el despotismo, privilegiando el petróleo y otros bienes terrenales.

Cae un dictador (según el criterio occidental) para impulsar el arribo de otro, incoloro e insípido con calidad de plastilina política que pueda ser moldeado al gusto del vencedor que se queda, desde luego, con los despojos del país colonizado.

La democracia y el libre comercio en manos de los EUA devienen en amenaza mortal para la soberanía de aquellos países que cuentan con petróleo, tierras raras, metales estratégicos, posición geográfica o económicamente deseable, y una capacidad de respuesta deficiente, a causa de una economía que no ha logrado fortalecer el aparato productivo nacional y menos garantizar una presencia tecnológicamente favorable en el mercado internacional.

El subdesarrollo es una cadena atada a un ancla que lastra la acción política y los reclamos soberanistas de cualquier nación teóricamente libre e independiente. Así, la política está subordinada a la economía, aunque ello propicie mil y un discursos nacionalistas cuya base es la defensa discreta de la dependencia y del status quo, sin que el gobierno cipayo parezca mentiroso o traidor a los principios que incumple.

El gobierno de EUA presume de sus logros económicos sobre la base de la piratería y la generación de conflictos, cuestión que quedó más que clara con la pieza oratoria-confesión de Donald Trump, encaramado en el podio de las Naciones Unidas.

Muerte, extorción, robo, secuestro, amenazas y una idea de sí mismo por encima de cualquier capacidad humana razonable y creíble. Todo un espectáculo esquizofrénico de bajísima estofa restregado en la propia organización mundial, en las leyes internacionales, en la idea misma de justicia, democracia y libertad que cualquiera tiene en el mundo. Y aún así… hubo quienes aplaudieron, sonrieron y se tragaron entera la bazofia desparramada con total desparpajo. Si el mundo está para tragar el contenido del pañal de Trump pues eso tendrá.

En este contexto, donde la debilidad estructural deriva de ciertas circunstancias ideológicas y políticas “del pasado”, en nuestro caso aparentemente superadas tras la derrota electoral del prianismo en 2018, vale la pena prestar atención en lo que hay debajo de las decisiones políticas como son la serie de factores que alinean nuestra economía con el modelo que supuestamente derrotamos.

Aquí debemos reconocer que cambiamos para no cambiar, ya que tenemos y sostenemos relaciones comerciales y de “cooperación” bilaterales y trilaterales que siguen siendo neoliberales, que nuestra economía es totalmente asimétrica respecto a nuestros “socios”, que la parálisis del aparato productivo nacional, la dependencia financiera y tecnológica y la falta de voluntad política para el cambio sólo amplía la dependencia hacia el norte, lo cual se agrava al admitir proyectos extractivistas en territorio nacional, particularmente energéticos de clara calidad invasiva.

Un país con capacidad productiva independiente no va a presumir del monto de las remesas ni del monto de la inversión extranjera que recibe. Lo primero porque nadie debe presumir de ser un país expulsor de fuerza de trabajo que emigra por no encontrar oportunidades de trabajo.

Tampoco va a presumir que necesita de la importación de capitales, porque eso sería confesar la debilidad de sus instituciones financieras, la ausencia de inversión nacional, la carencia de un programa nacional de desarrollo industrial basado en sus capacidades tecnológicas y en los recursos naturales de que disponga.     

Un país que ignora cuando no disimula las ofensas, agresiones y ninguneos de otro cae por gravedad en la misma categoría de los que aplauden a Trump, de los que callan ante el genocidio anglosionista, de los que en los foros internacionales se agachan para que se los piquen. Debemos plantar cara al imbécil naranja en la medida y proporción en que podamos y debamos, con hechos productivos en el campo y la fábrica, en el comercio internacional, en nuestras costas y valles, en nuestras escuelas y universidades, en cada rincón físico o virtual de nuestra patria. Ya basta. 


 


domingo, 20 de septiembre de 2026

¿VAMOS O VENIMOS?

 “Las personas no son ridículas sino cuando quieren parecer o ser lo que no son” (Giacomo Leopardi).

 

La chica tenía una piel blanca, sana y acariciable. Se diría hermosa. Su anatomía atrapaba las miradas más esquivas y distraídas, como si fuera un enorme atrapasueños hecho por algún chamán con inclinaciones artísticas.

Una piel que por sí misma merecería mención honorífica… si no fuera por el pequeño detalle que cambia la valoración estética por decepción instantánea. ¿Hay necesidad de arruinar la belleza en aras de vulgarizar la imagen? ¿El tatuaje embellece la piel y mejora su apariencia? Digo que no, pero la moda presiona en sentido contrario y trata de dar la impresión de singularidad y carácter a algo que no lo tiene.

Así, vemos desfilar por la calle a chicas y otros bípedos andantes con letreros de comida china, amenazas de muerte, maldiciones terribles y chistes coloridos en forma de garabatos “orientales” en la piel, en busca de originalidad expresiva: da lo mismo que se imiten los lugares comunes de las galletas de la suerte, maldiciones antiguas inventadas, ofertas de zurcidos y pega de botones, gatos, perros, figuras mitológicas, simples caricaturas humanas, o garabatos quiméricos que pretenden dar significado a la nada.

La chica se alejó posando para la historia, esparciendo vacuidad y mal gusto, pero con la frente en alto, tal como lo hacen quienes creen en la apariencia como valor superior frente a la realidad del ser. El esnobismo sigue siendo una cobertura socorrida por la ignorancia, la ausencia de gusto y personalidad propia.

Sin darle más vueltas al asunto, me entero que Groenlandia acepta pasar a formar parte de los territorios oficialmente bajo la vigilancia de EUA, como quien dice el dueño extranjero de la llave que cierra la puerta de Groenlandia, a ciencia y paciencia del gobierno de Dinamarca y el propio territorio afectado. Nadie entra si no lo autoriza una potencia depredadora y militarista con ánimo de policía continental… aunque el anuncio no sea necesariamente de mucha novedad.

Pienso en la frase coloquial mexicana de que “al que se agacha se lo pican”, independientemente de que los deseos del agachado no hayan sido precisamente esos, pero de que pasa, pasa.

La cadena de agachadas gubernamentales para efectos de piquete en salva sea la parte, abarcan una gran gama de posibilidades dentro, fuera y en torno a las buenas prácticas diplomáticas. Tenemos, por ejemplo, los acuerdos de cooperación militar (entrenamiento de tropas, combate antidrogas) y, desde luego, los tratados leoninos que, so pretexto del comercio, influyen en las leyes que se tienen que ajustar a la apertura, la injerencia en asuntos internos en materia de minería, agua y moneda; las exigencias sobre comerciar o no con otros países considerados por la potencia hegemónica como malas influencias, enemigos y bestias peludas de ideas extrañas, peligrosas y despreciables que instigan a la libertad, la democracia, la soberanía y el multilateralismo, por decir algo.

Considerar que la cooperación y la colaboración en temas que pasan por ser comunes, aunque el espacio vital de México no sea el mismo que el del vecino del norte (por historia, cultura y derecho internacional, pero que el tratado o acuerdo trilateral o bilateral los incluye como si fuera lo mejor y más natural entre economías totalmente asimétricas y supuestamente soberanas), será absurdo y contra natura, pero el “acuerdo” borra la lógica, el sentido común y hasta el sentido de la vergüenza y la distancia.

Una piel llena de garabatos infames o dibujos fuera de lugar considerando que la piel no es un lienzo pictórico en una galería de arte, pasa por ser expresión natural de la personalidad ecléctica e influenciable del sujeto emborronado con trazos de carácter e intención hechos en serie que, para efectos de originalidad y escala comparativa, no tiene ni tendrá la misma calidad simbólica que la piel del país, del lienzo nacional bordado en historia, territorio y cultura, porque el individuo puede ser manipulable, porque la nación es (debe ser) una, pura, impoluta y diamantina.             

Si la apariencia es prerrogativa del individuo, sea hombre, mujer o quimera, la piel nacional está expuesta en el discurso que nos representa, en la estética forjada en la historia, la cultura y los valores, por lo que mancharla no resulta ser un problema de la coyuntura sino una afrenta a la nacionalidad, a la soberanía, a la credibilidad del discurso de la transformación en el sentido de rescatar nuestro espacio económico y político, malbaratado por la pesadilla neoliberal de la que aún no acabamos de despertar.

Somos colectivamente lo que somos, lo que representamos, los depositarios de la soberanía nacional portadores de los valores que colectiva e históricamente defendemos y practicamos como pueblo. En ese sentido, las manchas y trazos coloreados del imperialismo deben ser rechazados categóricamente, como lo hacen valientemente los habitantes de Ohuira y Topolobampo, Puerto Libertad, Puerto Peñasco, Guaymas, la isla Tiburón, la Huasteca Potosina y el Noreste del país; los defensores del Golfo de California, el mar territorial, el ambiente y los recursos naturales.

Cualquier acuerdo o tratado con la lógica del dólar o la bota militar debe ser analizado a la luz de nuestra historia, cultura y valores, no a través de la cordialidad prefabricada de las llamadas telefónicas o las visitas de emisarios que vienen para imponer y no para conceder y reconocer nuestra soberanía e independencia.

Si Dinamarca y Groenlandia se agacharon, que el piquete pactado con aroma de dólares y misiles sea sólo para ellos, no para el sur que representamos, defendemos y con el que nos identificamos. La defensa de la integridad no debe estar sólo en los discursos sino en las acciones afirmativas en favor de lo propio, de lo nunca negociable. La piel impoluta de la patria no admite tatuajes ni manchas transculturales extranjeras, así que, en el actual contexto, ¿vamos o venimos?



 

domingo, 13 de septiembre de 2026

EL DEBER ES LO PRIMERO

 “Es la economía, estúpido” (James Carville, estratega electoral de Bill Clinton).

 

La expresión “el deber es lo primero” sugiere un compromiso moral, ético y legal (depende del contexto) que privilegia el compromiso, incluso sobre la necesidad de defender el interés propio. Este posicionamiento recuerda a los Kamikaze de la II Guerra Mundial, donde abnegados soldados japoneses hacían la magia de convertir un avión militar en proyectil que lo mismo despanzurraba al enemigo que al propio combatiente.

Para algunos el deber es un imperativo categórico, una exigencia que va más allá de la razón o conveniencia y que, de manera lineal, obliga su cumplimiento.

No sé si el asunto Fobaproa-Ipab vaya en esta misma dirección, o si el oscuro, retorcido y joditivo pacto de sangre con la banca (que hace rato dejó de ser mexicana) sea de ineludible y forzoso cumplimiento, aún a costa de hacer hoyos al presupuesto de egresos de la federación.

Hasta la fecha sólo se han rasgado las vestiduras las altas autoridades de Hacienda, pródigas en explicaciones numéricas de la debacle presupuestal nacional, sin plantear una salida para terminar con el escabroso asunto del suicidio financiero que se repite cada ejercicio fiscal.

El caso es que la carga sobre los lomos de la hacienda pública adquiere tintes dramáticos cuando se habla de solvencia económica de cara a los crecientes compromisos del sector público y la economía nacional.  

A veces uno se pregunta (chupándose el dedo imaginario que muchos tenemos) por qué no se incrementa el gasto público en favor del aparato productivo, el empleo y el ingreso, para toparnos con una especie de camisa de fuerza que pasa por el TLC, T-MEC, la política monetaria, las tasas de interés, el origen del ingreso y el destino del gasto, entre otros aspectos significativos de un modelo económico claramente depredador.

 Aquí llama la atención el origen del capital invertido en los nuevos proyectos nacionales, la distribución espacial de los mismos y el destino del producto generado, con fuerte olor a inversión extranjera privada directa y a expansionismo a costa del espacio económico nacional, lo que repercute en la soberanía y en la capacidad de tomar decisiones en los términos de la Constitución y leyes que de ella emanan.

 Tal camisa de fuerza económica-financiera estrangula o limita las iniciativas soberanas, afecta el dominio de la nación sobre sus recursos naturales, sobre sus tierras, aguas y espacio aéreo. Controla, en fin, su destino y propósito.

Actualmente hablar de desarrollo, progreso y bienestar está estrechamente ligado a los intereses expansionistas del extranjero, sean gringos o europeos, aunque con distinguibles rasgos sionistas. Como si el pastel de Iberoamérica sólo pudiera cortarse con el cuchillo de Washington, y comerse con la dentadura del sionismo internacional que lo mismo ingiere tierras raras, metales estratégicos, agua y paisaje, o voluntades políticas.

Da la impresión de estar frente a una especie de nudo gordiano, que requiere de una espada nacionalista para cortarlo y cruzar el río del destino nacional. Aquí cabe decir que no se espera una decisión pronta, firme y soberana por parte de quienes deciden la cosa pública, acojonados por la segura regañina de Mr. Trump y las acusaciones tronantes de Marco Rubio que ve comunistas y conspiraciones de izquierda radical en la sopa continental.


El asunto de la deuda del Fobaproa-Ipab (y se le apuramos, los acuerdos comerciales leoninos y asimétricos con Estados Unidos) escapa a las consideraciones bancarias e institucionales para caer en el campo del saqueo histórico más descarado e inadmisible;  pero, el deber de pagar seguramente nos hace un traspatio muy cumplidor y sin duda un lugar donde el saqueo se admite porque “genera empleos”, da buena imagen internacional, es ejemplo de cooperación y carta de recomendación para el inversionista internacional en pos de tierras, aguas y recursos estratégicos ajenos, además de basurero tóxico “de confianza” que se justifica con explicaciones técnicas del tipo “atole con el dedo”.

Así las cosas, el gobierno mexicano, de seguir apechugando este despropósito monumental, será como un kamikaze financiero que enfila su nave contra los supuestos de libertad, soberanía e independencia nacional. Estrellado, pero eso sí, muy cumplidor de su “deber” de pagar lo impagable y honrar el saqueo empresarial y bancario en aras de seguir siendo un ejemplo de cooperación y colaboración internacional y destino seguro para las inversiones… porque, además de prometer empleos, muestra lo buenísima onda que somos.