“La
tierra no pertenece al hombre, el hombre pertenece a la tierra” (Jefe Seattle).
Todo apunta a que el proyecto de una planta productora de amoniaco en la Bahía de Ohuira va que va. Se alega que va muy avanzado el proyecto y que contribuirá a nuestra soberanía en materia de fertilizantes (que las empresas trasnacionales necesitan). Suena muy bien pero el lugar es un sitio Ramsar, es decir, protegido por acuerdos internacionales en favor de humedales, manglares y demás áreas donde se genera vida marina, la salud costera y ambiental.
Otro asunto relacionado con la expectativa de garantizar la soberanía nacional es el del fracking, ahora maquillado con el concepto de “explotación no convencional” que es lo mismo pero más barato, considerando los costos que sólo son menores cuando se dejan de lado factores como la población nativa, la contaminación ambiental y, muy importante, los huecos que se hacen al territorio y la soberanía nacional, ya que de un tipo de dependencia se pasa a otro, o más bien se alcanza un horizonte de dependencia “completo y copeteado” (Fox dixit).
Tal situación ha despertado agrias y dilatadas discusiones, matices conceptuales, llamados al análisis con fuerte olor a claudicación de principios y promesas, en aras de no pisar callos trasnacionales de obligada confrontación. Resulta que es más fácil dar golpes de mesa, imponer criterios y llevar adelante proyectos en casa que enfrentar intereses empresariales extranjeros.
La idea de extraer gas por medios “no convencionales” en beneficio de la soberanía, o pedazos de ella, difícilmente se sostiene considerando el origen de la inversión, la tecnología y el destino de la producción, ligada a espacios llamados polos de desarrollo que, quitando capas de maquillaje, simplemente significan nuevos espacios de instalación de maquiladoras al servicio del capital extranjero, a cambio de una vaga idea de progreso y empleo.
Es decir, se abaratan costos en energía para empresas que exportarán sus productos bajo condiciones más ventajosas que si lo hicieran en su propio territorio, ya que no contaminan ni deterioran sus tierras, aire o agua, y muchos menos afectan a sus poblaciones nativas.
Por otra parte, mientras se favorece el interés extractivista extranjero, el gobierno federal lanza este domingo 9 de agosto una campaña nacional de reforestación con la que “reafirma su compromiso con la restauración de los ecosistemas, la conservación de los suelos y el combate al cambio climático en todo el país”, honrando el compromiso contraído por Claudia Sheinbaum en la Cumbre del G20 celebrada en Brasil en noviembre de 2024 (https://shre.ink/GP5d).
Seguramente nadie estará en contra de reforestar y trabajar por la salud ambiental para revertir la muchas veces disfrazada tarea de acabar con recursos naturales como selvas, bosques, rocas, arenas y playas, pero si se trata de revertir la depredación neoliberal es necesario dejar las ambigüedades y contradicciones: o se protege el ambiente o no se protege, con o sin inversión extranjera privada en forma de espejitos y cuentas de colores, promesas y paneles de expertos.
La soberanía nacional empieza por conocer, valorar y proteger los recursos propios y explotarlos en la medida en que la seguridad nacional, los recursos financieros, tecnológicos y ambientales lo permitan, poniendo en primer lugar la salud, la cultura y costumbres de los pueblos nativos y el desarrollo armónico de las comunidades.
Ahora la necesidad apremiante es aumentar nuestras propias capacidades para generar las condiciones de un desarrollo independiente integral e incluyente, asunto en el que deberían estar empeñadas las comunidades científicas y académicas, en vez de orbitar como polillas con doctorado en torno a la llama del poder sexenal de ocasión. Hemos perdido mucho tiempo, pero hay que empezar este largo y tortuoso camino.
El modelo extractivista y las expectativas del capitalismo fósil deben dejar de ser la guía del gobierno de la transformación. Si el estado mexicano no aumenta el gasto productivo, fortalece el mercado interno, impulsa una política industrial enfocada a la sustitución de importaciones, nunca va a generar empleo, ingreso y ahorro, y estará atado a una política que nulifica el esfuerzo productivo nacional en favor de las estructuras bancarias dominadas por el extranjero. Aquí tenemos que romper amarras y cambiar la retórica de la soberanía por la acción soberanista. Los hechos impactan más en la economía que las palabras.
En consecuencia, decimos no al fracking en el Noreste de México, no a la planta en Ohuira, a los proyectos extractivistas en la Huasteca Potosina y los proyectos gaseros en las costas de la península y el golfo de California, y estamos a favor de la búsqueda de alternativas propias en beneficio del pueblo. No podemos seguir creando zonas de castigo ni ser el traspatio del imperio.
El respeto a la naturaleza y a las comunidades es un imperativo categórico no sujeto a la manipulación retórica ni a la simulación. Por lo pronto, que se pudra en imperialismo gringo y buitres que lo acompañan… y como en una ocasión dijo la doctora Sheinbaum: “México no es piñata de nadie”.
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