¿En serio, vamos bien? Sí, pero ¿adónde? (pregunta existencial).
En la conferencia de prensa de miércoles 12 de agosto de 2026 llamada “mañanera”, hubo expresiones de beneplácito por el desempeño de la economía y en particular del peso mexicano, divisa nacional que representa algo más que un signo monetario en los afectos y sentimientos patrios de los mexicanos.
La doctora Sheinbaum, titular del Poder Ejecutivo, lo tomó como una buena noticia que, desde luego, debemos celebrar, y en el resumen de la conferencia de prensa se publicó lo siguiente: “Increíble: el peso mexicano se mantiene fuerte. Sheinbaum celebró la fortaleza del peso frente al dólar en 17.3 pesos. Una buena noticia para la economía mexicana, que refleja la estabilidad y confianza que mantiene el peso frente al dólar”.
Si nos quedamos en la paridad sin llegar a analizar el hecho, pudiéramos aplaudir lo bien que va la economía nacional en medio de las turbulentas aguas internacionales plagadas de malas noticias y amenazas por obra y gracia de míster Trump, las declaraciones de Peter Hegseth y la acción genocida de Netanyahu, al timón de la máquina de destrucción llamada Israel.
Sin faltar los riesgos de una subida de precios en el petróleo por el conflicto en Asia Occidental, el cierre del estrecho de Ormuz, la veleidosa actitud del mundo árabe gozando de relaciones convenencieras con Estados Unidos e Israel, la cada vez más evidente inutilidad de la ONU y el cada vez más ominoso avance del sionismo en América Latina, que convierten el planeta en que vivimos en una especie de trampa mortal para el ciudadano que actúa como carne de cañón o como el jamón del sándwich.
También hay que agregar el viraje de muchos países de nuestro hemisferio hacia las posiciones de EUA merced a su subordinación con olor a dólares, coacción militar y una ideología groseramente pragmática que permiten aceptar que los males continentales obligan al combate a las drogas y a las ideas de izquierda, ambas cosas envueltas por la parafernalia mediática del terrorismo.
México se encuentra nadando en el líquido amniótico de la dependencia con fines de sobrevivencia en forma cada vez más acotada.
En la “mañanera” se informa y forma opinión en favor del rumbo que sigue el país en relación básicamente con EUA, nuestro eje de referencia económico y político según se documenta en los dichos y los hechos nacionales.
El júbilo por la estabilidad cambiaria peso-dólar tiene sentido si nos quedamos en el cómodo umbral de la autocomplacencia, la fascinación del número y la necesidad de sentir que recuperamos algo de lo perdido en la etapa neoliberal; sin embargo, son pertinentes algunas consideraciones.
Me parece que la calidad de “increíble” es inexacta en el marco de relaciones económicas en que se da. La verdad es que es absolutamente creíble si vemos las vicisitudes del dólar frente a los conflictos internacionales en los que EUA está inmerso, más los importantes avances de la economía china, por ejemplo, y el gasto y los resultados de sus aventuras militares de ultramar. Es decir, el dólar acusa una debilidad relativa.
Tampoco resulta increíble si consideramos las altas tasas de interés que actúan como un imán para la inversión extranjera, lo que aumenta sus flujos y permiten que la economía pueda funcionar sin que la industria mexicana se fortalezca, dejando espacio para los emprendimientos extranjeros que generan empleo precario y, en no pocos casos, un bajo aporte fiscal.
Menos increíble resulta si consideramos el monto de las remesas que envían los connacionales al otro lado de la frontera, trabajadores fuera del país por falta de empleo y oportunidades. Los montos de las remesas dan cuenta de la expulsión de población en beneficio de otra economía distinta a la nuestra.
Los flujos de inversión más las remesas sustituyen o compensan la ausencia de un esfuerzo productivo nacional, sin embargo, se presume de la fortaleza de “nuestras” exportaciones sin subrayar el hecho de que se trata de empresas de capital extranjero que producen para mercados externos con las ventajas arancelarias y de costos que proporciona hacerlo desde México.
Como se ve, no resulta para nada “increíble” que la paridad cambiaria del peso frente al dólar sea estable, considerando, además, que refleja el grado de dependencia de una economía respecto a otra. La calidad de traspatio salta a la vista mientras nos regocíjanos por la paridad sin mencionar que tenemos altas tasas de interés, flujos crecientes de inversión extranjera privada, dólar barato y remesas por causa de expulsión de población económicamente activa, además de una política de austeridad que inhibe el gasto productivo, el empleo y el ingreso.
Tener estabilidad peso-dólar en medio de las convulsiones internacionales debiera, al menos, despertar la sospecha del estado real de nuestra soberanía y el dominio de la nación sobre sus recursos naturales.
Por otra parte, me parece que debemos hacer un serio cuestionamiento sobre la necesidad de estar atados a un acuerdo comercial que obra como un mecanismo de control no sólo económico sino político donde la parte más perjudicada somos nosotros, en términos de crecimiento y desarrollo. Queda claro que es peligroso para las sardinas nadar con tiburones. Las asimetrías económicas y productivas saltan a la vista y es un error tratar de normalizarlas.
En este contexto, la paridad peso-dólar nos deja con una sensación amarga y encabronante donde lo único “increíble” es que a nadie le preocupe. Pero, claro, no somos piñata de nadie.
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