"En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira" (Ramón de Campoamor).
Nos enteramos que Francia dejó pasar al carnicero de Gaza, prófugo de la Corte Penal Internacional, rumbo a su lucimiento en el pleno de las Naciones Unidas, demostrando que la validez de las leyes depende del interés y ojo de quien las interprete.
Sin duda cabe muy bien la conseja popular de que “las leyes son fuelles” y que “poderoso caballero es don dinero”, entre otras útiles expresiones que evidencian el fracaso de la moral frente al vicio, las ambiciones y la poca progenitora de quienes juzgan y gobiernan.
Asia occidental chorrea sangre y despojos humanos desde hace décadas y es motivo de santas cruzadas en favor de sus victimarios, con argumentos tan dudosos como decir que Estados Unidos y fauna de acompañamiento atacan a tal o cual país musulmán o “comunista” porque están protegiendo la cultura occidental, los valores democráticos, incluso el cristianismo.
La ola civilizatoria se manifiesta en bombazos, injerencia e intriga en gobiernos, organizaciones humanitarias que reciben tremendas remesas en dólares, instigación a revueltas populares, desestabilización, actos terroristas, baños de sangre y sorpresivas intervenciones armadas para proteger a los inocentes pobladores de las amenazas de la tiranía y el despotismo, privilegiando el petróleo y otros bienes terrenales.
Cae un dictador (según el criterio occidental) para impulsar el arribo de otro, incoloro e insípido con calidad de plastilina política que pueda ser moldeado al gusto del vencedor que se queda, desde luego, con los despojos del país colonizado.
La democracia y el libre comercio en manos de los EUA devienen en amenaza mortal para la soberanía de aquellos países que cuentan con petróleo, tierras raras, metales estratégicos, posición geográfica o económicamente deseable, y una capacidad de respuesta deficiente, a causa de una economía que no ha logrado fortalecer el aparato productivo nacional y menos garantizar una presencia tecnológicamente favorable en el mercado internacional.
El subdesarrollo es una cadena atada a un ancla que lastra la acción política y los reclamos soberanistas de cualquier nación teóricamente libre e independiente. Así, la política está subordinada a la economía, aunque ello propicie mil y un discursos nacionalistas cuya base es la defensa discreta de la dependencia y del status quo, sin que el gobierno cipayo parezca mentiroso o traidor a los principios que incumple.
El gobierno de EUA presume de sus logros económicos sobre la base de la piratería y la generación de conflictos, cuestión que quedó más que clara con la pieza oratoria-confesión de Donald Trump, encaramado en el podio de las Naciones Unidas.
Muerte, extorción, robo, secuestro, amenazas y una idea de sí mismo por encima de cualquier capacidad humana razonable y creíble. Todo un espectáculo esquizofrénico de bajísima estofa restregado en la propia organización mundial, en las leyes internacionales, en la idea misma de justicia, democracia y libertad que cualquiera tiene en el mundo. Y aún así… hubo quienes aplaudieron, sonrieron y se tragaron entera la bazofia desparramada con total desparpajo. Si el mundo está para tragar el contenido del pañal de Trump pues eso tendrá.
En este contexto, donde la debilidad estructural deriva de ciertas circunstancias ideológicas y políticas “del pasado”, en nuestro caso aparentemente superadas tras la derrota electoral del prianismo en 2018, vale la pena prestar atención en lo que hay debajo de las decisiones políticas como son la serie de factores que alinean nuestra economía con el modelo que supuestamente derrotamos.
Aquí debemos reconocer que cambiamos para no cambiar, ya que tenemos y sostenemos relaciones comerciales y de “cooperación” bilaterales y trilaterales que siguen siendo neoliberales, que nuestra economía es totalmente asimétrica respecto a nuestros “socios”, que la parálisis del aparato productivo nacional, la dependencia financiera y tecnológica y la falta de voluntad política para el cambio sólo amplía la dependencia hacia el norte, lo cual se agrava al admitir proyectos extractivistas en territorio nacional, particularmente energéticos de clara calidad invasiva.
Un país con capacidad productiva independiente no va a presumir del monto de las remesas ni del monto de la inversión extranjera que recibe. Lo primero porque nadie debe presumir de ser un país expulsor de fuerza de trabajo que emigra por no encontrar oportunidades de trabajo.
Tampoco va a presumir que necesita de la importación de capitales, porque eso sería confesar la debilidad de sus instituciones financieras, la ausencia de inversión nacional, la carencia de un programa nacional de desarrollo industrial basado en sus capacidades tecnológicas y en los recursos naturales de que disponga.
Un país que ignora cuando no disimula las ofensas, agresiones y ninguneos de otro cae por gravedad en la misma categoría de los que aplauden a Trump, de los que callan ante el genocidio anglosionista, de los que en los foros internacionales se agachan para que se los piquen. Debemos plantar cara al imbécil naranja en la medida y proporción en que podamos y debamos, con hechos productivos en el campo y la fábrica, en el comercio internacional, en nuestras costas y valles, en nuestras escuelas y universidades, en cada rincón físico o virtual de nuestra patria. Ya basta.
