“El hombre es el lobo del hombre” (Thomas Hobbes, El Leviatán).
Los países que ya usan pantalones largos y saben que los coscorrones tienen una calidad disuasoria, seguramente ven la andanada sistemática y masiva de golpes como un exceso en la conservación de la paz y la sana distancia entre individuos o grupos con intereses contrapuestos, con rencillas irreconciliables sin la cesión de territorio, mercados o influencia.
La guerra es, dijo el clásico de las barras y las estrellas, un medio para la paz, y el destripadero resultante la prueba de que la población sigue teniendo el saldo que disminuye en cada embate pacificador.
Así las cosas, Corea, Vietnam, luego Irak, Afganistán, Libia, Siria, y últimamente Palestina y Gaza, son las bolsas poblacionales que, para el Occidente colectivo, deben disminuir hasta quedar en limites aceptables para Israel y sus patrocinadores americanos y europeos.
La población cercada en fronteras disputadas a modo de corral de matadero es, casi siempre, la imagen que las buenas conciencias occidentales alimentadas espiritualmente por Hollywood tienden a evadir y, en todo caso, matizar cuando no ignorar.
Las muertes palestinas o africanas de cada día son la nota discordante que arruina el desayuno o el paseo dominical de la burguesía industrial del ramo armamentista, la innovación tecnológica al servicio de la muerte y el control demográfico de un mundo neomathusiano. La fea estridencia de los que señalan y acusan, condenan y luchan contra el genocidio, arruinan el ánimo empresarial y la imagen del negocio que, como se sabe, genera empleos, sueldos, intereses y posibilidades de ahorro e inversión.
Las consignas del populacho enemigo de la libre empresa, seguramente animados por ideas de la extrema izquierda radical, molesta pero no amilana a las huestes patrióticas del empresariado armamentista, que sabe bien que el mundo requiere de más volumen de producción para poner el alto a los terroristas enemigos de la expansión sionista y “americana” que ve por la paz en Asia Occidental, África, Latinoamérica y el mundo.
La sinuosa lucha por la democracia y el libre comercio exige sacrificios, pero también da satisfacciones. Después de todo, ¿qué sería del mundo sin los Estados Unidos e Israel?
Resulta difícil imaginar un mundo sin bases militares “americanas” en cada continente, embajadas y consulados injerencistas y manipuladores en cada país, redes de espías y agentes de seguridad e “inteligencia” cubriendo el mapa de las naciones vecinas y lejanas en aras de la democracia y las libertades, gestionando la paz condicionada a la parálisis política y social de la vida de pueblos libres y soberanos que exigen respeto a su ser y existir.
Resulta azaroso imaginar un mundo ajeno a los apetitos coloniales de países que babean por el oro, la plata, el litio, el petróleo, la biodiversidad del resto del mundo, y que respetan el derecho internacional, la libre decisión de los pueblos, sus sistemas de vida y creencias, su identidad y proyecto de desarrollo.
Cierto que cuando Estados Unidos ve el peligro de un exceso de soberanía, de independencia económica o política, de disposición soberana de recursos naturales, inmediatamente acude a sus recursos estratégicos de manipulación narrativa donde se revela una conspiración de izquierda radical, una operación narcoterrorista, una amenaza inusual y extraordinaria contra la seguridad nacional… y viene el coscorrón hipersónico, la andanada de misiles, el bloqueo marítimo, aéreo, financiero y energético.
El cerco militar, político y mediático se acompaña de amenazas y sanciones que paralizan la solidaridad de los vecinos, apabullan la lógica, el sentido común, la idea de justicia y los límites de la diplomacia. Las buenas maneras y la cortesía quedan reducidas a aceptación cobarde de condiciones injustas y denigrantes. La humillación queda al descubierto y crece cada día.
La guerra da dinero y prestigio, medallas al heroísmo del invasor, sea atracador naval, fronterizo, aéreo, o capitalista que al amparo de la democracia y las libertades coarta lo que dice defender, destruye pertenencias, costumbres, añoranzas identitarias, sueños y vidas. La guerra es el coscorrón macrosocial del gran negocio de la muerte.
En la Patagonia la presencia de soldados israelíes “de vacaciones” es cada vez más ominosa. Lo mismo pasa en el sureste mexicano. Genocidas tomándose un tiempo de relajación… y prospección. El gobierno, mientras da la bienvenida a inversiones de empresas contaminantes y ecocidas (Puerto Libertad, Guaymas, Ohuira, la Huasteca potosina, entre otras), acusa desconocimiento del hecho “turístico”, que, en todo caso, sería bronca de la secretaría del ramo y nada que ver con la soberanía nacional. La amenaza sionista es cosa de conspiranoicos… hasta que sucede lo que en otras partes es evidente.
Estados Unidos e Israel han convertido a regiones enteras en verdaderas picadoras de carne humana, ante la mirada entre horrorizada y evasiva del resto del mundo, sin que sus declaraciones públicas pasen de ser bien intencionadas, aunque inútiles y en ocasiones panfletarias, con una tolerancia abrumadoramente cómplice, indiferente, cobarde y ajena a lo más elemental del ser humano. La sociedad muere cuando muere su conciencia.
Estados Unidos crea sociedades genocidas por coacción o por convicción, y la humanidad padece de náuseas frente al espejo. Algo se está muriendo y debe terminar, ya.






