“En cada farsa hay un farsante”.
Estamos
en un mundo donde la industria armamentística y su comercio elevan su capacidad
de penetración hasta en el ámbito de la diversión y el entretenimiento.
Los videojuegos, las películas y series de televisión, las plataformas digitales dedicadas a revelarnos de qué va el éxito en la vida no serían nada sin el ingrediente de la violencia que les da sabor y capacidad adictiva.
Nada más interesante que ver cómo se destripa a un enemigo, cómo es posible matarlo y rematarlo no una sino dos, tres o más veces gracias a repetir la escena a ritmo normal y en cámara lenta hasta que la sensación de aniquilamiento se vuelve clara, nítida y gratificante.
La sangre que chorrea, gotea y pringa los pisos, muebles y techos debe ser tan fiel y contundente que la sensación de náusea por hartazgo sea toda una justificación al vómito cinematográfico.
Nada más persuasivo que la reacción ante un cadáver, donde la vomitona se vuelve acto de cortesía ante el regalo de la muerte. Los gringos y satélites conductuales ilustran esa forma de correspondencia en cada una de sus películas y series. ¿Cómo resistirse a la imitación que consagra la adoración supurante a la estupidez?
¿Cómo hacer más caso a la realidad frente al atractivo mediático de Hollywood? ¿Cómo ignorar la razón y el heroísmo mediático de los gringos blancos, anglosajones y protestantes frente a los asiáticos, los latinos o los negros?
Es claro que la realidad corre por un carril paralelo en la carretera de las emociones y las acciones cuando se trata de los espectáculos. Nada mejor que una película para condicionar nuestra percepción de la realidad en la forma y ritmo que alguien ajeno decide, en el marco de los trabajos de ingeniería social.
Así, frases, acciones y reacciones van de la mano en el arsenal de recursos mediáticos para sembrar en la conciencia de la periferia cuál debe ser nuestra idea de mundo, de nación, de familia, de ser y existir.
La muerte se celebra como un acto de justicia cuando el enemigo es designado por Mr. Trump (o antecesores o sucesores). En esta lógica, tenemos enemigos antes desconocidos como tales, pero por las artes de la información escénica ahora alcanzamos a ver su fea naturaleza, como es el ya tradicional caso de los rusos, los chinos, los cubanos, los venezolanos, y cualquier otro que se atraviese en el camino de la justicia, la democracia y las libertades de Estados Unidos, en pos de las riquezas ajenas.
Tenemos que un país es el árbitro autoproclamado de la justicia, capaz de administrar la democracia como un negocio vital para el mundo, de acuerdo a la rentabilidad que proporciona una franquicia exclusiva dada por Dios mismo, según el argumento que comparten los EUA e Israel.
El excepcionalísimo gringo es fácilmente comparable con el de Israel. Comparten la idea de ser portadores exclusivos de una misión divina. Israel sostiene que su derecho parte del Génesis bíblico y su expansión genocida es sólo el cumplimiento de la supuesta voluntad de Yahvé comunicada a Abraham. Confunden la promesa con el cumplimiento de la misma.
Por parte de los gringos, sacan eso de la doctrina Monroe y confunden la voluntad de defensa contra el colonialismo europeo con la posesión del continente americano, porque una cosa es oponerse a la avanzada colonialista europea y otra es tomar su lugar en el dominio continental.
El sojuzgamiento militar y la coacción económica, más las labores mediáticas de manipular la voluntad política de los pueblos sólo habla de imperialismo. Nada que ver con el discurso de las libertades y la democracia sino justamente lo contrario.
Sin embargo, el mundo hace como que no ve y pasa de largo ante las sebosas amenazas de Mr. Trump, en un nuevo capítulo de sadomasoquismo convertido en modelo de relaciones internacionales.
Tanto Israel como EUA dicen que no atacan, se defienden. No masacran, liberan. No destruyen, redimen. Así, en un mundo dominado por la estupidez y la cobardía colectiva, el rebaño humano se alimenta de discursos, promesas, buenos propósitos de paz, mientras caga cadáveres, principios y valores. La cobardía se vuelve diarrea discursiva, y un gran negocio militar, económico y político premia la necrofilia del vencedor.
Los gringos de las películas pueden seguir vomitando al ver un cadáver, al sufrir un susto, al decepcionarse, y pueden seguir cultivando una realidad ajena y distante a los pueblos que dominan; los sionistas pueden seguir soñando con el “gran Israel” que reta la historia, que nada tiene que ver con “el regreso” a la supuesta tierra ancestral, que es producto de una farsa montada por el sionismo anglosajón y su enorme poder de manipulación política y mediática.
En ambos casos, el abuso expansionista y los avances imperiales carecen de justificación real, pero se alimentan de la industria masiva del engaño y la corrupción. Hora de despertar y llamar a las cosas por su nombre.





