“Agua que no has de beber, déjala correr” (Conseja popular).
No
deja de ser llamativo el sentido que tienen los nuevos y no tan nuevos
proyectos del neoliberalismo extractivista, enfocado a la soberanía, el empleo
y el ingreso de tal o cual comunidad o región.
Se fracciona el territorio en forma de parcelas productivas donde el elemento que le da sabor al caldo es el agua. Se sazona, además, con promesas laborales temporales y definitivas, ingreso seguro e infraestructura que hace habitable el espacio ganado por la trasnacional “que cree en México” e invierte en el territorio.
Ya sea mediante una concesión minera, industrial o de servicios, el capital se hace presente y, gracias a los medios oficiales y oficiosos, empieza su labor de convencimiento, amedrentamiento, condicionamiento y disuasión y, como quien dice, coloniza culturalmente a los habitantes en un encandilamiento que dura hasta que topa con la disposición de recursos vitales que la población nativa no extraña hasta que hacen falta.
Los recientes proyectos de licuefacción de gas, de amoniaco, de obras de infraestructura hidráulica en ríos de curso temporal, chocan con la realidad del entorno, donde la obra que habrá de garantizar “la soberanía” en materia de fertilizantes, de gas, de agua almacenada para consumo urbano, de petróleo gas por fractura hidráulica, chocan contra la evidencia de los estudios y la experiencia ecológica y productiva, las tradiciones y cultura regional y, en última instancia, el interés nacional.
Resulta que no puede ni debe haber una iniciativa “soberana” que afecte el interés nacional, aunque se enfatice la solución de tal o cual carencia pasada o presente; aunque el verdadero interés tras el problema que se dice va a resolver se oculte bajo muchas capas de maquillaje declarativo; y aunque las presiones del norte global sean tan insistentes y poderosas que la visión patriótica se matice y recomponga a la luz de la conveniencia, el temor y el pragmatismo.
Últimamente vemos iniciativas soberanas que afectan o amenazan directamente el ambiente, los lugares reservados por su calidad de ser únicos en su dimensión ecológica, por ser lugares donde prospera la biodiversidad marina, como es el Golfo de California, que sostiene actividades productivas (pesqueras, turísticas y de investigación) en Sonora y Sinaloa.
El llamado acuario del mundo, famoso por su gran biodiversidad, se encuentra en la mira de la inversión extranjera directa privada, como si no tuviera cesiones y concesiones por parte de los gobiernos locales y el federal en favor del capital extranjero.
En la lógica depredadora y extractivista desfilan Puerto Peñasco, Puerto Libertad, Guaymas, Topolobampo, Ohuira, cada uno con su significado propio, con sus recursos turísticos, pesqueros, ambientales y estratégicos; con su carga cultural y sus valores tradicionales, que a nombre de la soberanía se ceden al extranjero para hacer lo que mejor sabe hacer: extraer todo beneficio posible a cambio de unos cuantos empleos y un y cúmulo enorme de contaminación y degradación ambiental.
México y su costa del Pacífico, sus lugares Ramsar, sus reservas de vida y prosperidad parecen ser monedas de cambio de la llamada soberanía, siendo que son áreas de sacrificio para la vida y futuro.
Tan rara y extravagante acepción de soberanía llama la atención como una forma paradójica de expresar la sumisión a los impulsos expansionistas de la clase capitalista transnacional, fanática de la novedad tecnológica que sustituye lo natural por lo sintético, lo tecnológicamente viable en manos extranjeras a cambio de sofocar el desarrollo nacional basado en nuestras propias capacidades.
Si tenemos una economía dependiente de factores externos, no resulta una buena solución profundizar la dependencia a cambio de una palmada en el hombro del hegemón del norte, y sacrificar recursos naturales que implicarían pérdidas incalculables en territorio y capacidad de decisión.
Queda claro que la soberanía no se defiende con asambleas, afiches, memes y pronunciamientos de retórica patriotera, sino con acciones cotidianas que apunten hacia el fortalecimiento del aparato productivo y el mercado interno nacional, emprender la compleja tarea de generar las condiciones para la sustitución de importaciones, impulsar en lo posible la inversión y producción interna en lugar de atraer inversión extranjera directa privada y fortalecer la presencia del capital financiero, en beneficio del sector bancario trasnacional.
Queda claro que una mayor inversión productiva vale más que reducir el gasto público y contraer la demanda de bienes, servicios y empleo. También queda claro que la soberanía nacional no puede fortalecerse si aumenta la dependencia de factores externos, sea capital, tecnología o modelos productivos y administrativos que al final se traducen en relaciones políticas de dominación-subordinación que definen el colonialismo de nuestros días.
Me parece que el esfuerzo nacional debe enfocarse a revertir la lógica de la dependencia so pretexto de la complementariedad en un contexto de relaciones vertical-descendente, o dicho de otra manera, recordar que las gallinas de arriba pringan a las de abajo. De nosotros depende decidir en qué lugar debemos estar.
También creo que la mejor forma de apoyar un proyecto nacional es ejerciendo libre y responsablemente la crítica y la autocrítica respecto a las decisiones de un gobierno que, en este caso, elegimos de manera libre e informada. Sigo pensando que Morena es la opción, sólo que de nosotros el pueblo depende que funcione según las expectativas del proyecto de cambio y regeneración nacional por el que votamos.







