“Cambiar para no cambiar” (el gatopardo).
Formalmente
existe un orden internacional donde cada país tiene derecho a su existencia
jurídica, geográfica, demográfica, política y cultural. Lo anterior parece
perogrullada, pero la obviedad cobra sentido y pertinencia si comparamos los
aspectos firmales con la realidad pura y dura de los tiempos que corren.
Estamos en un mundo donde los supuestos políticos consagrados por la historia de las relaciones internacionales saltan por los aires soplados por el viento huracanado del expansionismo neocolonial de Estados Unidos, país sin nombre que considera que llamarse como un continente lo faculta para dar otro sentido al hemisferio, cambiar la realidad continental al nivel de parcelas de recursos que funcionan como mercadillo dominical para satisfacer antojos de un gobierno embarazado de soberbia y patanería.
Incluso hay injerencia en la cultura, el cine y la forma de hablar sobre la realidad circundante, producto de la influencia de la economía dominante. Con esto también se comprueba que bajo cualquier capa ideológica y política se oculta un sistema económico, una base estructural que determina el todo social donde se retuercen las tripas del poder y se evacuan las miserias de lo local frente a lo global.
Sabemos que las partes continentales constituyen un todo interactuante, aunque, en vivo y a todo color, la parte dominante puede determinar el carácter del todo, habida cuenta su mayor capacidad financiera, mediática, política, militar y corruptora.
Dictadura o democracia, libertad o sumisión, respeto o abuso, civilización o barbarie, son algunas de las opciones de la existencia política de las partes, en una primera y muy gruesa aproximación, bastante lineal pero descriptiva de sus sistemas de vida.
En la realidad planetaria, la dimensión biológica, social, cultural, económica y política habla de heterogeneidad, no de homogeneidad y, sin embargo, el polo dominante en turno promueve y exige la uniformidad antes que el reconocimiento de la diferencia.
El aceptar la uniformidad impuesta distorsiona el rumbo del crecimiento y desarrollo de los países, los convierte en variables dependientes de factores ajenos a la naturaleza, idiosincrasia, recursos y expectativas de la nación afectada en beneficio del polo hegemónico. En estas condiciones no se puede hablar de libertad, democracia o soberanía salvo que sea como burla, broma pesada, recurso demagógico o farsa mediática.
Aquí vale recordar que cada crisis estructural genera una respuesta de carácter psicosocial, porque la base económica sustenta y determina la superestructura ideológica y política de la sociedad. Si tenemos una economía dependiente no podemos esperar que nuestra educación, cultura, política e interpretación de la realidad histórica y social sea distinta e independiente al carácter e interés estructural.
En este contexto, si el país carece de una estructura económica propia que garantice el crecimiento y desarrollo, es absurdo pretender que se puede tener una política económica, administrativa, educativa y cultural propia, por lo que el carácter de “traspatio” no es una expresión despectiva sino una descripción precisa de lo que se es.
Será por eso que México acepta participar como fauna de acompañamiento en los ejercicios del ejército del vecino, recibe instructores militares gringos, acata instrucciones sobre el manejo de la frontera; captura y envía connacionales “al otro lado” y se somete a su política de “seguridad nacional”, ostensiblemente extraterritorial, así como imponer aranceles a quienes compiten con el norte y aceptar las instrucciones de con quién México puede asociarse y comerciar.
Es interesante observar la relación del jaloneo sobre agua, minerales, tierras raras, concesiones, inversiones, disposición del territorio y el mar patrimonial nacional y las expectativas expansionistas del vecino. También lo es el carácter de las amenazas, chantajes y aparentes exabruptos, así como el uso cada vez más frecuente de la palabra “soberanía” en el discurso gubernamental que acompaña a cada entrega o concesión.
Suena a chiste cuando se hace referencia el mercado internacional. Se habla de las exportaciones, sin mencionar que la marca, la tecnología y la inversión son extranjeras y que simplemente se aprovechan de las ventajas de la cercanía mexicana con el mercado gringo. Por ejemplo, presumimos de exportar autos y demás, sin que haya la honesta confesión de que básicamente solamente aportamos la fuerza de trabajo y el espacio logístico para la producción en el nivel de maquila.
El país no parece tener interés real de caminar por su cuenta, sobre todo a partir del TLC salinista y neoliberal, y así seguirá siendo mientras solo estemos poniendo parches declarativos a los huecos estructurales de nuestra economía. Quizá por eso el ejercicio recurrente de nuestros políticos es el de bajarse patriótica y soberanamente los pantalones ante cualquier reclamo del exterior, en aras de la colaboración y la buena vecindad.
En conclusión, seguiremos gastando saliva en explicaciones ridículas mientras no fortalezcamos la estructura productiva nacional, base esencial de nuestra independencia política, ideológica, educativa, cultural e identitaria, porque, si la base económica está jodida, necesariamente también lo está la superestructura ideológica y política nacional. ¿Seguimos así, o le cambiamos?






