“El agua es vida” (frase de sospechosa actualidad).
Se sabe que en una ciudad el buen servicio de agua potable es de una importancia vital, y que debe tener cobertura completa y continua, además de surtir un producto sujeto a las normas de higiene e inocuidad, es decir, debe ser inodoro, incoloro e insípido, además de libre de patógenos.
El agua cataliza las filias y las fobias cuando se politiza, es decir, cuando surge como reclamo ciudadano a contracorriente del “no pasa nada” de las autoridades legalmente facultadas para recibir reclamos, mentadas de madre y periodicazos a propósito de su incompetencia.
Se que lo anterior no es posible gracias al grado de domesticación adquirido por quienes votamos por los administradores municipales, estatales o federales, y ejercemos nuestro derecho a la muy civilizada pasividad fortalecida por la idea de la resiliencia y la mediación. Los gritos y somberazos más bien encajan mediáticamente en el perfil de la oposición, siempre a la caza de fallos y corruptelas de ocasión.
Nosotros, los civilizados y cumplidos ciudadanos de esta noble ciudad quedamos, como siempre, a la espera de que el servicio que primero se interrumpió por “la corriente de agua turbia que ingresaba a la planta potabilizadora y el riesgo de daños en el equipo”; y que después supimos que fue por una “falla eléctrica que afectó el funcionamiento” de la (misma) planta potabilizadora. El caso es que tras varios días sin agua tenemos dos versiones distintas y un solo problema verdadero.
En cualquier caso, las labores domésticas como barrer, trapear, lavar los platos y demás enseres y artículos domésticos, el lavado de ropa, así como el aseo corporal, quedan formalmente suspendidos por razones de ausencia de un líquido administrado por un sistema público municipal que no ha cumplido con su obligación, aunque queda el recurso de comprar agua embotellada en la medida en que el presupuesto lo permita.
Las razones de la suspensión del servicio pueden ser varias, lo que genera un fuerte sentimiento de molestia e indefensión. Algo así como valorar a la baja al ciudadano y la fiabilidad del gobierno que libre y democráticamente elegimos (aunque muchas veces por no haber alguna otra opción más o menos votable).
La ausencia de agua potable en la red, por razones de turbiedad o por falla eléctrica tiene el mismo resultado: incumplimiento de una obligación constitucional en los términos del artículo 115 constitucional, con la consecuente molestia ciudadana.
Por otra parte, no falta quién especule acerca de la suspensión del servicio, relacionándola con la perversidad de cierta minera que pudiera haber aprovechado la lluvia para desahogar algo del contenido tóxico que tiene en sus represos, o quizá algunas posibles filtraciones de la sustancia derramada por un ferrocarril de Grupo México por el rumbo de Naco. Desde luego que no suscribimos ninguno de estos supuestos, pero entre turbiedades operativas cualquiera trata de encontrar explicaciones, medianamente creíbles o como simple desahogo emocional. Mientras tanto… deshidratémonos.