“Somos o no somos” (pregunta existencial).
Bueno, como se supone que estamos en guerra (contra el narcotráfico, contra el terrorismo, contra el cambio climático, contra la influencia de Cuba, contra la desinformación y a favor de las audiencias, contra la discriminación y el abuso, contra la naturaleza ociosa y a favor de proyectos productivos trasnacionales, contra el auge económico de China y a favor del monopolio “americano” del comercio, la democracia y el control de la economía del hemisferio, pero siempre con la cobertura de la seguridad “nacional” y la democracia), hay que añadir la lucha por la “narrativa” plana, acrítica, sin matices y con olor a la santidad del American Way of Life, el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe.
En este marco pavloviano se desarrolla el proyecto nacional de dependencia y complementariedad que auspicia, defiende y aplaude la propia Secretaría de Economía, SEMARNAT y demás dependencias (ahora se les puede llamar agencias) que impulsan física, mediática y legalmente los mecanismos burocráticos necesarios para que las empresas menos acreditadas desde el punto de vista ambiental, tomen como patio de recreo el territorio mexicano.
¿Pruebas? Pues ahí tiene el caso de las gaseras que pujan por instalarse en costas y aguas del golfo de California, pegadas como rémoras a Sonora, Sinaloa y la propia Baja california. Aquí habría que agregar los campos de fracking en el Noreste, proyecto acariciado por los texanos y sus cipayos del sur de la frontera.
Por si faltara algo a la desnacionalización del espacio económico nacional, se añade el proyecto ya aprobado y celebrado por Marcelo Ebrard consistente en instalar una planta manufacturera de un biofungicida basado en ARN de interferencia, a cargo de la empresa BioLight Biosciences de capital gringo, con inversión de $100 MDD pero que podrá contar con apoyos financieros de nuestro gobierno.
Otro caso donde los mexicanos les decimos a los inversionistas extranjeros (gringos) productores de agroquímicos y mamotretos genéticamente modificados que le pasen a lo barrido, independientemente que lo nocivo de las acciones de Bayer-Monsanto en perjuicio del ambiente y la vida (https://shre.ink/GKyX). Recibimos veneno y las ganancias van hacia el norte.
Se reporta que la aprobación fue casi inmediata y que los riesgos de este tipo de materiales son incalculables, además del peligro real de futuros reclamos económicos por parte de los gringos, tal como ocurre con otros productos transgénicos de Monsanto, que contaminan cultivos vecinos porque el aire se encarga de dispersarlos y luego pueden reclamar regalías o pagos por su uso.
Así las cosas, llama la atención la entusiasta permisibilidad de nuestro gobierno para que México sea el asiento de la primera planta productora de porquerías genéticas en Latinoamérica y el mundo. ¿Seremos los primeros en celebrar una mayor dependencia agrícola nacional, la destrucción de especies útiles y el aumento de la contaminación ambiental? ¿La sana intención de prohibir la entrada de productos genéticamente modificados y generadores de dependencia agrícola quedó en declaraciones heroicas, aplausos ingenuos nacionales y risas sofocadas del inversionista extranjero? ¿El temor de “decepcionar” a Mr. Trump pesa más que cualquier norma de precaución y seguridad sanitaria? ¿El ejercicio de la soberanía depende de factores externos y claramente adversos?
Al discurso de la soberanía nacional se contraponen consideraciones irrefutables desde la óptica de la dependencia, la conveniencia política y la realidad nacional. La narrativa construida sobre los despojos de los valores nacionales, el derecho internacional y la diplomacia resulta ser una cómoda pista de baile para el interés comercial, la codicia y la piratería más descarada. América, después de todo puede ser un continente geopolíticamente reducido a traspatio de un país con armas, dinero y carencia de escrúpulos.
A cambio de la destrucción del patrimonio y las identidades nacionales, tenemos la lucha contra China, Rusia, Cuba y el eje del mal al completo, narrada por Washington y reproducida por sus satélites. Según el guion dominante, el comunismo y las ideas de izquierda representan el mal que debemos combatir, unidos, coordinados por quienes saben cómo hacerlo, los Estados Unidos.
La narrativa que orienta a Occidente aparenta reivindicar los valores de la libertad, la democracia y, por supuesto, el libre comercio, mientras opera los elementos de contradicción que hacen de “América grande de nuevo” y miserable al resto del continente. El parasitismo del norte es claro.
Estamos en una batalla cultural que supura mezquindad y falsedad a partes iguales, pero que tenemos que tragar en aras de la buena vecindad, la colaboración internacional y lo “políticamente correcto”.
El día en que llamemos por su nombre al genocidio, pongamos al descubierto los intentos de desestabilidad política y el agandalle económico y señalemos colectivamente a los culpables, entonces empezaremos a ganar la batalla entre la razón y el absurdo.
Por lo pronto, debemos dejar de ser el basurero del norte y dejar de autorizar proyectos extractivistas y destructores del ambiente, físico y social. No necesitamos plantas productoras de veneno, inversiones foráneas que son como manzanas envenenadas para la nación. Ya basta de neoliberalismo encubierto, porque sólo la verdad nos hará libres.
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