“Nada va bien en un sistema político en el que las palabras contradicen a los hechos” (Napoleón Bonaparte).
México, como tantos otros países-reservorio de potencias primermundistas con licencia para depredar, presenta en su geografía zonas donde la naturaleza (tierras, aguas, aire) están “impactadas” (afectadas, deterioradas, contaminadas) por la marcha del progreso de acuerdo a como lo entienden los traspatios más adelantados en la materia.
Pretender justificar la instalación de una planta para licuar gas o una planta productora de amoniaco con el argumento de que el área “ya está impactada” equivale a decir a un alcohólico que, como ya lo es, no tiene caso que busque rehabilitación. En otras palabras, si algo ya se ensució, ¿para qué limpiarlo?
Tratar de restar importancia al valor de una región o área natural y ver con buenos ojos la instalación de plantas extranjeras con el pretexto de “estar impactada” resulta una manifestación triste y lamentable del entreguismo que pudre la conciencia nacional en la lógica del neoliberalismo periférico.
Lo anterior documenta con claridad meridiana que cualquier medida que pretenda preservar la salud ambiental o, en otro terreno, la soberanía de la nación y la integridad del territorio ante los avances de las empresas extranjeras, predominantemente gringas, merece un “ya para qué”, si ya somos el traspatio del imperio del dólar, las drogas y la pornografía.
No es un acto de romanticismo sino realismo puro actuar en defensa de la historia y patrimonio nacional frente a los intereses del norte global; no es inútil pensar y actual en favor del rescate del espacio económico, de nuestra capacidad productiva, del crecimiento y desarrollo de acuerdo a los recursos y necesidades nacionales.
Ahora, si México es un país “impactado” por el imperialismo gringo, ¿hay que tener siempre a la mano un tarro de Vaselina para cualquier efecto y dejar de resistirse porque “ya para qué”? Creo que es un criterio inadmisible y contrario al interés nacional.
Si en la bahía de Ohuira o sus alrededores hay focos de contaminación lo lógico es buscar su remediación de la manera más completa posible. Si en Puerto Peñasco, Puerto Libertad o Guaymas hay deterioro ambiental por el manoseo político y el libertinaje comercial a que se han visto expuestos en aras del “progreso”, (que equivale a la afición de ciertos gobiernos a abrir las piernas en vez de cerrarlas ante los reclamos, chantajes, amenazas y sobornos extranjeros), pues hay que resolverlo.
A los gringos (texanos y arizonenses) se les ocurre echar mano de una costa mexicana porque apunta al Océano Pacífico, y no hay problema o reclamo por dejar contaminado el ambiente (agua, tierra, aire), de Sonora y Sinaloa, con gobiernos locales deseosos de quedar bien en sus relaciones con “el otro lado” y que no le hacen el fuchi a los impactos ambientales de importación.
En estos asuntos la cosa se reduce a consideraciones técnicas, a manifiestos de impacto ambiental, a especificaciones sobre el monto de inversión y, desde luego los posibles empleos y algunos otros espejitos y cuentas de colores que intercambiarán por el territorio concedido, apropiado o comprado. Aquí el gobierno (nacional o local) actúa como el gestor de la inversión y tapadera de la contaminación.
En ninguna parte aparecen consideraciones sobre el impacto en la soberanía y el peligro de comprometer el dominio de la nación sobre su territorio y recursos naturales superficiales o subterráneos, sus aguas (patrimoniales e interiores) o espacio aéreo, y menos consideraciones geopolíticas sobre la posición complementaria, subordinada o dependiente del gobierno nacional ante los avances económicos o estratégicos de extranjeros en pugna económica o política con otras potencias. Está ausente el sentido de lo nacional. Sólo cuenta el criterio de tecnócratas y especuladores.
El discurso en buena medida frío, impersonal y “científico” del gobierno, recuerda en cierta medida (dije “en cierta medida”) la actitud pragmática pero comprometedora del porfiriato, donde el horizonte del progreso estaba puesto principalmente en el norte anglosajón, ahora anglosionista, igualmente expansionista, gandalla, depredador y traicionero.
México es desde el siglo XIX un país “impactado” por los intereses expansionistas del extranjero, pero no por eso debemos aceptar la invasión y las derrotas sufridas en los siglos previos como fatalidad insuperable, ni como destino manifiesto nacional estar permanentemente “flojito y cooperando”.
En la actual negociación del T-MEC (como en materia de moneda al aprobarse la Ley de Economía Digital que reduce y condiciona irresponsablemente el uso del dinero en efectivo) se sigue asumiendo una actitud subordinada a intereses que no son nuestros, se siguen prefigurando compromisos que “impactan” la soberanía nacional en el diseño formalmente trilateral del tratado que se reafirma como una ventaja comercial, territorial, política y hasta cultural del norte expansionista.
Es deseable que los negociadores nacionales (y en su esfera de competencia los integrantes del Poder Legislativo) sufran un ataque de dignidad que les permita retomar la obligación histórica de la defensa real, firme y sin mamadas de lo nuestro. Ojalá que la conciencia nacional “impactada” por el neoliberalismo y secuelas opte por remediar y corregir los renglones torcidos de nuestra economía y relaciones exteriores, en vez de profundizar la dependencia, porque no es válido hablar de soberanía cuando no se actúa soberanamente. Seamos serios y congruentes.
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