Notas Sueltas es un espacio de opinión sobre diversos problemas de carácter social, económico y político de interés general. Los comentarios pueden enviarse a: jdarredondo@gmail.com

domingo, 24 de enero de 2021

Hacia las pizcas del 2021

 

 “Cuando las circunstancias cambian, yo cambio de opinión. ¿Usted qué hace?” (John Maynard Keynes).

 

Como se sabe, muchos calientan motores ante la proximidad de las elecciones de mitad del sexenio. Algunos dan por sentado que sus colores partidistas, sea solos o mezclados, tienen las de ganar en las apuestas por alguna jugosa posición, reconocimiento social y oportunidades de negocios que, bajo la cobertura electoral, les permitirán pasar de simples ciudadanos de a pie a becarios del sistema.

Ya se ven los precoces esfuerzos que hacen algunos, en impúdica labor de autopromoción acompañada de las afanosas porras de amigos, parientes o seguidores entusiastas que agitan las matracas sin fijarse mucho en cualidades.

La experiencia, trayectoria, méritos, honestidad y congruencia política son asunto menor porque lo importante es hacer surfing en la ola de Morena o en la de la oposición pedorra y moralmente derrotada, que puede ir “por México” o “por Sonora” montada en el dinero y apellido, aunque el intenso olor a caca siempre la descubre a pesar de los perfumes y baños de pueblo que aparecen en los medios de comunicación.

Año de pizcas y de celebraciones, año de descaradas pretensiones reeleccionistas que levanta la bandera del “rescate” y la defensa de la posición lograda en la ola de 2018, como si fuera obligado repetir, mantenerse en el puesto, por el hecho de sentirse administradores y profetas locales “del cambio”.

Pero cualquier recato deja de tener vigencia ante la imperiosa voluntad de cambiar para no cambiar, de hacer honor al señor de Lampedusa y su gatopardismo renovado y renovable cada tres años, en estricto apego a la bien cimentada cultura de simulación y agandalle que dejaron el PRI y el PAN.

La reelección de legisladores y presidentes municipales huele a flatulencia legal, producto de la mierda acumulada durante los años de no saber qué hacer con el puesto logrado salvo un exhibicionismo torpe y ridículo, lo que no resulta del todo extraño si se tiene como premisa el oportunismo y la simulación que permite estar hoy en un partido y en otro mañana, o aparentar actividad al cuarto para las 12.

En estas pizcas electorales podemos tener a priistas, panistas, emecistas, perredistas o verdes disfrazados de Morena; chapulines y travestis políticos, trepadores electorales viejos o nuevos encaramados en la ola impulsada por López Obrador, o aspirantes cuya única carta de presentación es tener ganas de protagonizar “el cambio”, dando un toque de voluntarismo pueril al proceso.

Así tenemos a diputados, alcaldes y fauna periférica con ánimos transformadores pero de su propia economía e imagen pública, enfrascados en vistosos esfuerzos para escalar a un puesto o aferrarse al mismo, con el añadido de las conexiones para futuras y prometedoras aventuras, siempre dispuestos a cambiar de camiseta dependiendo de la ocasión. Trapecistas electorales, pues.

Al ver los brotes de grandes o pequeños espantajos coyunturales, pienso en las palabras y la obra de AMLO. ¿Sabrán qué anima su discurso? ¿Habrán entendido el contenido de su obra, a lo largo de muchos años de lucha? ¿Tendrán idea de su concepto de política, de sociedad, de coexistencia, de respeto, de solidaridad, de soberanía, de rectitud en el ejercicio público? ¿Serán las bases, la militancia la que decida las candidaturas o tendremos una nueva edición del triste y flatulento espectáculo de los dedazos y acuerdos cupulares o familiares?

¿Terminará el proceso como una mala y presuntuosa exhibición de asadores y carne clasificada, de improvisaciones y redundancias, de aventurerismo electoral, de las mismas prostitutas hablando de castidad y gustosas del cambio de disfraz y logotipos? ¿Tendremos nuevas ediciones del discurso pedante de los que se perciben como los únicos experimentados e imprescindibles para el avance social?

Con el respeto que merecen los aspirantes a tal o cual posición política-electoral, pienso que la perspectiva de un proyecto socialmente útil no se va a alimentar de ambiciones ratoneras, de aventurerismo, de pequeñas mezquindades de ocasión y que, en materia de candidaturas, no necesariamente están todos los que son ni son todos los que están.

AMLO postula una visión humanista e incluyente que llama a construir un mejor país donde los pobres sean los primeros, donde la generosidad y la solidaridad no pasen facturas, donde el viejo y el pobre, la mujer y el joven no sean objeto de marginación pero tampoco de privilegios ajenos a la moral republicana.

Querer encaramarse o repetir en un puesto en el que hubo un desempeño errático, mediocre o simplemente malo no abona al proyecto de AMLO, sino todo lo contrario (y aquí es inevitable pensar en el caso de Hermosillo y de no pocos diputados), como tampoco aporta al cambio el participar por mera sobrevaloración personal, o por querer “comer con manteca” varios años o por las simples ganas de ser y de figurar.

Hasta el momento de redactar, hay ausencia de propuestas integrales, sólo pedacitos que hablan de la mentalidad parcializada de los suspirantes, seguramente ajenos a la idea de un Sonora municipalista o un Hermosillo sano, seguro y solidario. Así estamos.

En fin, usted dirá y decidirá si ve de nuevo la película o si está dispuesto a apoyar en serio el proyecto de cambio que ofrece López Obrador, sin dejar de lado que es mejor equivocarse antes que votar por los mismos de siempre. En lo personal le digo que ni un solo voto al prian-rd-mc, o sus alianzas neoliberales pedorras. Ni uno solo.

 


sábado, 16 de enero de 2021

Hermosillo y el código rojo sanitario

 

“Hay una circulación común, una respiración común. Todas las cosas están relacionadas” (Hipócrates).

 


En reciente conferencia de prensa se dio a conocer un programa que se aplicará en Hermosillo, Nogales y SLRC durante dos semanas, del 11 al 23 de enero, con el propósito de mitigar los contagios y, consecuentemente, reducir la demanda de camas Covid-19 en los hospitales.

Aquí se retoman algunas de las medidas ya conocidas en el caso de estar en el nivel de riesgo máximo dentro del semáforo naranja, aunque hay algunas que llaman la atención por ser parte de la experiencia reciente en el caso de Hermosillo.

La decisión de “cerrar la ciudad” de 8 de la noche a 6 de la mañana suena a toque de queda que se desdibuja por razones semánticas: se dice que no es toque de queda sino una forma de disminuir la movilidad, cuestión claramente necesaria si tenemos en cuenta que el virus contagia gracias al contacto personal y al intercambio de secreciones en condiciones de proximidad, aunque si hablamos de horarios, resulta poco comprensible que este bicho funcione mejor en horario nocturno y que por eso haya que cerrar más temprano.

Las autoridades han comunicado que el transporte seguirá funcionando después de la hora de cierre y que los trabajadores que salen de sus labores a las 8 PM podrán aprovechar la última vuelta de los camiones que será a las 21:30 horas. Cabe esperar que en efecto se cumpla con este horario, considerando que el transporte es una actividad esencial y que se debe contar con las unidades necesarias para cubrir la demanda ciudadana (Expreso, 14.01.21).

Se advierte que no habrá sanciones pero sí vigilancia en las calles, y que buena parte de la responsabilidad del alza de contagios se debe a la movilidad de los jóvenes de entre 20 y 40 años que al acudir a fiestas y reuniones llevan el virus a casa de sus mayores, dando por resultado que una persona que respeta el “quédate en casa” se contagie de Covid-19. Servicio a domicilio, pues.

Nos informan que el problema no está en los negocios porque observan las disposiciones sanitarias, aunque algunos están siendo cerrados por causas que los propietarios ignoran.

En este contexto, Canirac se pronuncia contra los negocios, sobre todo informales, que no cierran a la hora establecida, mientras Coparmex llama a la responsabilidad de los ciudadanos (El Imparcial, 14.01.21).

En cualquier caso, no estaría mal que en vez de derrochar recursos logísticos en despliegues y demás exhibiciones oficiales, se emprendiera una intensa campaña dirigida tanto a los comerciantes como a los jóvenes llamando a su conciencia y sentido cívico.  

A pesar del oscuro panorama que se nos presenta, vemos que la presión de los dueños de gimnasios dio resultados y que ahora estos negocios resultan ser “esenciales”, lo que demuestra cuán endeble es la voluntad de las autoridades ante los empujones del dinero, y más en temporada de caza de simpatías y posibles apoyos electorales.

Sin embargo, independientemente de la forma en que se haga valer la recomendación oficial de la necesaria restricción de la movilidad y la toma de precauciones personales, la respuesta social debe ser responsable y solidaria, ya que la obligación de las autoridades es proteger a la población dentro de las competencias que expresamente establece la ley.

Hasta la fecha resulta un misterio cómo por un lado se aplican medidas restrictivas y por otro se abren espacios claramente no esenciales, salvo para los intereses de los particulares dedicados a estos giros. La holgura de criterio ha sido una característica de la acción de la autoridad local, y ya va siendo tiempo de que se actúe sin ocurrencias y con respeto a los derechos ciudadanos.

Es importante que la restricción de la movilidad sea por un acto de conciencia ciudadana, que se eviten las fiestas y reuniones y que, de manera oportuna, la autoridad acuda al lugar donde se pone en riesgo la salud de las personas concurrentes y haga las advertencias del caso, de otra manera tendremos la desafortunada repetición de un ilegal toque de queda que se disfraza de medida preventiva “no coactiva”.

A estas alturas nos debe quedar claro que con o sin medidas restrictivas la epidemia seguirá presente y que seguirá habiendo personas contagiadas, pero también queda claro que la reducción voluntaria de la movilidad es esencial. Lo importante es seguir las recomendaciones que desde el inicio de la epidemia anunció la autoridad sanitaria federal. No tiene caso buscarle mangas al chaleco.

 

 

viernes, 1 de enero de 2021

Bienvenido 2021

 

"Las actitudes negativas nunca resultan en una vida positiva” (Emma White).

 

Cayó la última hoja del calendario 2020 y cabe recogerla con las precauciones del caso y depositarla en un recipiente de seguridad sanitaria, de acuerdo con las normas para la disposición de desechos tóxicos, contaminantes y potencialmente mortales.

Quizá haya consenso al decir que 2020 fue el año terrible en el que descubrimos que lo invisible tiene una existencia poderosa, invasiva, letal; que lo pequeño no quita lo terrible y que la sabiduría popular necesita reeditarse en el marco de un nuevo concepto de sociabilidad, de trato familiar y de gobierno.

Lo primero porque el trato común y corriente entre compañeros, cuates y conocidos dejará de recurrir al apapacho, evitará el intercambio de fluidos cuyo origen sea alguna parte del aparato respiratorio ajeno; el aseo de manos y la sana distancia se acompañará de serias y sesudas consideraciones acerca del cubrebocas, que llegará a sentar plaza en los temas cotidianos de la casa, la oficina y las eventuales reuniones que se celebren preferentemente por medios electrónicos.

El trato familiar buscará el rencuentro físico y la pequeña o grande tropa de parientes espera que la tertulia se normalice de acuerdo con los usos y costumbres, sin cubrebocas, con los apapachos y estrujones afectuosos que permiten amasar relaciones y cocinar futuros bautismos, bodas o cumpleaños, pero el número de muertes registrado hará reflexionar a los amigos y parientes sobre el contacto directo y personal, con lo que el significado de la sana distancia seguramente se verá fortalecido.

Por otra parte, la idea de gobierno se escribirá preferentemente en las páginas electrónicas y quedarán en espera de mejores tiempos los mítines, reuniones masivas y actos protocolarios en los que el principal ornato es la multitud expectante y aplaudidora que hemos visto por décadas y siglos, pero por lo pronto la sana distancia será la norma que salvaguarde la integridad física de todos.

En el ámbito cultural y educativo, seguramente se publicarán ensayos e investigaciones sobre la forma correcta y segura de lavarse las manos, aplicarse el gel-alcohol y desechar toallitas sanitarias, envases, cubrebocas, abrir puertas y usar el termómetro digital, el oxímetro y el tensiómetro.

Quizá se organicen seminarios y cursos de especialización en algunas universidades sobre el importante tema de la mediación en tiempos de sana distancia, sin dejar de lado nuevas ofertas de posgrado para formar expertos en el análisis socio-pandémico de la nueva economía del coronavirus y las nuevas formas de convivir en el espacio urbano.

También, una oleada de tutoriales sobre cómo mantener relaciones afectivas sin morir en el intento y surgirán opinólogos y epidemiólogos graduados en las redes sociales que cubrirán protectoramente los huecos informativos de muchos, como una respuesta masiva de la sabiduría contenida en el año 2020.

Tendremos el reporte y los saldos de los festejos del cierre del año, de las reuniones de diciembre, de las alegres libaciones y las no pocas evasiones a las normas de López-Gatell y, al grito de sólo se vive una vez, apuraremos el paso apoyados en que ya no tan lejos se ve la vacuna salvadora, que exorciza al coronavirus y que nos acerca a la añorada normalidad.

Pero, mientras celebramos la buena nueva, nos daremos cuenta de que muchas de las muertes fueron justamente por gozar de la mexicana alegría, de ser libres sin la conciencia de la necesidad precautoria, de la limitante real y efectiva de un bichejo microscópico capaz de inflamar los pulmones y hacer de nuestra voluntad arrogante y retadora una vía directa al salón funerario y acabar representando la solemne seriedad del difunto.

Llamamos héroes a los miembros del personal de salud porque lo son; celebramos su solidaridad, responsabilidad, entrega a los demás, pero culpamos al gobierno de no proveer lo necesario para evitar los contagios en el seno de las clínicas y hospitales.

Pero nos enteramos de que muchos de los contagios y decesos fueron porque algo les falló en las medidas que rutinariamente se deben observar al quitarse el equipo de seguridad después de estar en contacto con los enfermos de Covid-19, porque un descuido por la prisa o por exceso de confianza da por resultado que un médico o enfermero caiga víctima del coronavirus.

Nos comentan que muchos de los pacientes que fueron intubados mueren debido a una reacción alérgica al anestésico que se utiliza, y que la confusión propia de estos días termina disfrazando las señales previas y la verdadera causa de la muerte, dando a Covid-19 una capacidad letal que en realidad no tiene.

Las cifras van y vienen lo que queda es el conjunto de normas que la autoridad ha dictado desde el principio de la epidemia, pero animados por la idea de ver solamente el presente y desear el futuro mientras barremos con la escoba el pasado reciente, nos encontramos con el año 2021 emergiendo del vientre lustroso del tiempo, y toda la carne emocional la echamos en el asador de nuestra realidad esperada.

Con estas consideraciones damos la bienvenida al 2021, y a la necesidad de una nueva sociabilidad personal y profesional, de ciudadano que se protege y de gobierno que dicta normas de conducta social que nos escudan y defienden de virus y bacterias, entre otros organismos patógenos que no vemos pero que existen, que ignoramos pero que actúan, que no sentimos o identificamos pero que conspiran contra la integridad del cuerpo social que formamos; y a pesar de que nuevamente iniciamos con disparos al aire, lanzamiento de cohetes y música estridente, hagamos del 2021 el año de la esperanza.

 

  

lunes, 28 de diciembre de 2020

El último y nos vamos

 "No hay que romper el encanto de los desconocido” (Enrique Jardiel Poncela).

 

Estamos al final del año, año terrible, traumático, de despellejamiento de una sociedad acostumbrada a las inercias, a la protesta comodona a dos nalgas frente a la pantalla que palpita con ritmo cibernético y acuna sueños heroicos sin ensuciarse las manos. Todo sea por la sana distancia.

Las heridas sufridas por el desgarramiento de la piel indolente y valemadrista calan hondo, se mantienen abiertas pero resilientes. Nada resiste a la inercia, porque seguimos haciendo lo mismo que en épocas normales, nos seguimos lanzando a la calle porque la casa es aburrida y el trabajo termina a determinadas horas. Nos asumimos como una raza inmune a los virus, a las bacterias, a la carcoma de las responsabilidades sociales.

No acatamos las reglas de prevención porque cualquier rato algo pondrá el punto final de una vida que se pierde pero se recuerda y se convierte en referencia, en tema de conversación, en dato estadístico que describe una trayectoria y marca un hito en la curva de los contagios que terminaron en muerte, convirtiendo al difunto en víctima, en argumento de crítica ratonera a las autoridades de salud que, por definición, toman decisiones tarde y en forma equivocada, como un ejercicio siniestro de la incompetencia con autoridad ejecutiva.

Aquí no importa si el muerto fue irresponsable, confiado, negacionista, despistado, manipulado informativamente, ignorante o necio. Lo que importa es que tenemos un muerto más que restregar en la cara del funcionario de salud, a la autoridad que a veces sabe lo que hace y en otras lo intenta averiguar.

El ensayo y el error son las dos partes de una ecuación que vemos reducida al absurdo todos los días cuando exigimos exactitud, precisión milimétrica en la descripción, tratamiento y resultados de un fenómeno que azota al mundo y que es nuevo, desde el punto de vista clínico.

La autoridad sanitaria federal ha emitido desde el inicio ciertas recomendaciones, restricciones, medidas precautorias asociadas a determinados momento de la epidemia, pero nosotros somos mucho más que una epidemia ocasionada por la dispersión de un bicho microscópico, una cosita de nada.

¿Nos vamos a paniquear por algo que no vemos, no tocamos, no olemos y que ni ruidos hace? Las calles del centro comercial, los grandes almacenes, los pequeños y grandes negocios no paran de funcionar, “con las precauciones del caso”, con el seguimiento de protocolos que formalmente sirven para contener lo invisible, sin embargo seguimos registrando enfermos, muertes y recuperados.


Nos enteramos que llega la vacuna, pero ni ese chile nos embona. Se nos hacen pocas las dosis, impreciso el programa, opaco el calendario, difuso el resultado, y sin embargo vemos que se mueve a contrapelo de nuestra incredulidad, con la sana distancia que la oposición guarda respecto al gobierno y la tremenda cercanía de partidos antagónicos que se unen en amasiato electoral.

Los virus cuentan y cuentan mucho, no así las razones que abalan la estrategia del gobierno federal a pesar de las evidencias en contra; por eso la oposición se nutre de muertos, del número de contagiados, y calla por obviedad la cuantía de los recuperados, la ampliación de los espacios hospitalarios, la capacitación del personal de salud, los acuerdos y apoyos entre instituciones… la oposición se nutre de la enfermedad y la muerte.

Ya mero se nos acaba el año, pero algunos quisieran que se acabara el país, que fracasara el gobierno y que volvieran los felices días del chayote, el tráfico de influencias, los negocios a la sombra del poder, la impunidad con “charola”, y el poder del dinero contra las aspiraciones legítimas del pueblo trabajador.

Para algunos es terrible que cerremos el año con un porcentaje menor de inflación, con un incremento en las reservas en dólares, con avances significativos en la recuperación de nuestro espacio económico, con un gobierno sustentado en el apoyo y la voluntad popular.

Tenemos un balance favorable en la cuenta entre los errores y los aciertos, y nadie duda que el país se mueve, a pesar de la intensa labor de sabotaje que los empresarios de Coparmex y otros interesados en la carroña (como los comunicadores de la infodemia), trabajen con gran dedicación.

El espíritu navideño y la nostalgia por el año que casi termina nos invade, la estrella de Belén pudo verse como augurio afortunado o cuando menos esperanzador y, como ya se dijo, los aviones cargueros de DHL con la vacuna ya empezaron a aterrizar en el aeropuerto internacional de la CDMX.

Pronto estrenaremos año, quizá una nueva cepa del virus… pero aquí estaremos de observadores acuciosos de los amasiatos electorales entre partidos antagónicos pero dispuestos a “rescatar a México” de las garras del cambio, de ese horrible golpe de timón que nos aleja de las aguas tranquilas de la corrupción y las complicidades, fuente de riqueza y palanca de la discrecionalidad a que llegamos a acostumbrarnos.

Pero la vida es corta, y la Nochebuena y Nochevieja sólo se dan cada año. Celebremos el principio y el fin de algo… lo que esto sea, guardando la sana distancia y con aislamiento precautorio y voluntario; mientras tanto, con este último artículo del 2020, nos vamos.   

 

 

 

sábado, 12 de diciembre de 2020

Un virus antisocial

 

“No hay que temer nada en la vida, sólo hay que entenderlo. Ahora es el momento de entender más, para que podamos temer menos” (Marie Curie).

 

Bueno, ya ve usted que la epidemia de Covid-19 amenaza con rebrotes y una renovada vigencia en Europa a pesar de las medidas restrictivas, así como en Estados Unidos con el aislamiento de poblaciones completas, como es el caso reciente de California, y las previsiones que se están tomando en el condado de Santa Cruz en Arizona.

 Lo cierto es que se ha buscado torcerle el brazo a la realidad y pretender soslayar que las oleadas epidémicas han estado asociadas a la movilidad social, producto de necesidades tanto económicas como culturales: la economía tiene que seguir su marcha con la reapertura de los negocios y el mantenimiento de los empleos porque está históricamente comprobado que nadie vive solamente de aire.

Las relaciones sociales de producción se explican por la forma y condiciones en que los seres humanos se ponen en contacto para producir bienes y servicios y es un hecho que sin interacción humana la sociedad no se construye ni desarrolla, pero debemos considerar, dadas las circunstancias, el potencial de reestructuración social que tenemos gracias a la base científica y tecnológica disponible.    

 

Por otra parte, cargamos con el peso de costumbres y tradiciones que nos obligan a interactuar en determinadas fechas y lugares con nuestros semejantes, sean parientes o amigos, compañeros de trabajo o vecinos y conocidos: asistimos a posadas, celebramos cumpleaños, festejamos la navidad, el año nuevo, acudimos a misas y otras actividades religiosas, políticas o sociales durante el año.

 La reunión para tomar el café o algunas bebidas de bajo o alto contenido alcohólico, el desayuno, la comida o cena de trabajo, o el convivio amistoso no planeado forman parte de las costumbres del mundo que hemos construido más allá de las paredes de la oficina, taller o recinto dedicado a la actividad laboral.

Nuestra capacidad para relacionarnos con los demás se ha considerado asunto de civilidad, de conducta política y socialmente correcta, hasta que nos enteramos de que la proximidad y el contacto personal nos pueden enfermar y, eventualmente, matar. Somos seres sociables, gregarios por naturaleza, pero una epidemia llevada a niveles de pandemia nos obliga a replantear nuestras necesidades, el espacio y las relaciones personales.

 

En estos tiempos, el contacto físico puede ser peligroso y se aconseja guardar la “sana distancia” y asumir que una distancia menor a 1.5 metros puede ser riesgosa para la salud, y nos enteramos que al hablar, toser o estornudar estamos mandando gotitas y aerosoles potencialmente portadores del virus Sars-CoV-2, causante de la temible Covid-19, la enfermedad que trae de cabeza a todo el planeta.

Así pues, los apretones de mano, los abrazos, besos y apapachos revisten la nueva calidad de arma potencial que puede ser usada para joder al más próximo. Si quiero bien a alguien lo mejor es guardar distancia, de lo contrario lo pongo en riesgo o me pone en riesgo.

 

Ahora se empieza a apreciar el valor del espacio personal, el cuidarse de recibir secreciones ajenas y defender la salud de cualquier amenaza invisible pero presente, real aunque microscópica, de suerte que el aprecio por la higiene y las previsiones de la ciencia son el reducto seguro para conservar el alma pegada al espinazo.

 Tras la carga emocional de encontrarse en riesgo de contagio, la sociedad da por buenas las medidas que nos alejan físicamente de los demás, y entendemos que el distanciamiento social es una barrera protectora de la salud, aunque algunos apuntan que las enfermedades mentales tienen una mayor incidencia gracias al aislamiento, como que no estamos tan acostumbrados a una mayor convivencia con nuestra memoria y nuestra conciencia.

La inercia, las costumbres, los hábitos cultivados por todos en aras de una mayor y mejor convivencia social se ponen frente a la prevención de enfermedades y la defensa de la salud en una disyuntiva clara: o dejas el contacto físico para después o cuidas tu salud ahora.

 

Estando así las cosas, el bicho microscopio causante de la epidemia que aún no tiene tratamiento comprobado nos ha cambiado la vida, las costumbres y la idea de convivencia social, y nos ha hecho reflexionar seriamente acerca de la fragilidad humana y de cuán fácil es romper el equilibrio entre la salud y la enfermedad.

 Lo anterior nos lleva a pensar que, a la luz de la cultura y la sociabilidad, el actual coronavirus es un bicho de naturaleza antagónica a las formas de relación humana convencional, y nos marca el tiempo de replantear nuestra vida cotidiana y la idea de convivencia social.

De acuerdo con lo anterior, queda claro que estas fiestas decembrinas deberán celebrarse con austera intimidad doméstica, que las visitas familiares y amistosas no son recomendables y que los destinatarios de nuestros afectos deberán conservarse a prudente y sana distancia. La cordialidad del contacto físico deberá ser suplido por la calidez e intencionalidad de la palabra.

 


domingo, 6 de diciembre de 2020

¿Y podremos decir salud?

 

“La mejor y más eficiente farmacia está dentro de tu propio sistema” (Robert C. Peale).

Curiosos tiempos que vivimos, llenos de esperanzadoras noticias y terribles advertencias por parte de la autoridad competente. En el nivel estatal se recomienda prudente lejanía con familiares y amigos, poniendo en la mente de todos la famosa “regla de tres” que el Secretario de Salud Clausen promueve como un mantra salvador de contagios y desenlaces fatales.

Nada tienen de objetables las recomendaciones, desde luego, y el amor al pellejo propio sugiere su puntual acatamiento: guardar la sana distancia, lavarse las manos con frecuencia y usar el famoso cubrebocas (en espacios cerrados y con poca ventilación), a lo que se añade un consejo final: no salga a la calle nomás porque se le ocurre.


A lo anterior se puede sumar la expectativa de una vacuna, que actúa como un chorro de esperanza, una bocanada de ilusión, un levantón en la curva del ánimo que, finalmente, contribuye a elevar las defensas del organismo porque, frente a las comorbilidades que son endémicas gracias al progreso, la mala alimentación y la capacidad adquisitiva, un buen ánimo actúa como escudo protector y pone a trabajar al sistema inmunológico.

Las cifras de perjudicados por causa del Covid-19 ponen a pensar seriamente sobre la fragilidad de nuestras instituciones, y sobre cómo puede cambiar nuestra existencia un microbicho invisible a los ojos pero que puede tomar como transporte colectivo alguna gotita de saliva, o como Uber un minúsculo fragmento de secreción arrojada por estornudo o tos.

Ya son muchos los contagiados confirmados, pero la cifra se eleva si sumamos los sospechosos, las muertes sin diagnóstico médico y, desde luego, aquellos que nuestra imaginación agrega por la facilidad que se tiene en construir escenarios catastróficos donde la cifra de los recuperados de la enfermedad se barre debajo de la alfombra estadística que manejan los grandes medios informativos nacionales porque ¿qué clase de noticia epidémica sería si no tenemos un aumento “récord” en contagios y casos fatales?


Pero hablando de cosas que tenemos cerca de lo que entendemos por vida cotidiana, salta a la vista que seguimos empeñados en seguir las inercias que la cultura, la idiosincrasia, el mercado y el flujo de efectivo que viene en forma de aguinaldos en la temporada de fiestas decembrinas, nos esforzamos en tener como cada año posadas, cena navideña y reunión de fin de año, vaciar algunas bebidas de moderado o alto contenido alcohólico, entre otros eventos tradicionales donde la expresión recurrente es “salud”.

Mientras pensamos en las bondades de la temporada ignoramos de momento el escenario epidemiológico que un día sí y otro también nos pintan las autoridades locales y federales: dejemos las fiestas y reuniones para después, evitemos los contagios, seamos prudentes, seamos conscientes.

También evadimos cómodamente el hecho de que en nuestro país tenemos una población de alrededor de 127 millones de habitantes y solamente contamos con 700 mil personas (médicos o personal de enfermería) que se dedican a cuidar nuestra salud, gracias al abandono de este ahora visible sector durante cuatro décadas.

En estos tiempos de emergencia sanitaria nos damos cuenta de que la salud ha sido lo de menos en materia de política pública, que lejos de fortalecer al sector se optó por privatizar la atención médica, y se abandonó la producción de medicamentos, la formación de personal especializado, la construcción y equipamiento de clínicas y hospitales y, sobre todo, la cultura de prevención de enfermedades y se ignoró el conocimiento de la medicina tradicional y alternativa que se tiene en el país.


Cambiamos los alimentos de la cocina tradicional mexicana por la comida rápida anglosajona, con el consecuente resultado en sobrepeso, obesidad, diabetes, enfermedades coronarias y la obvia disminución de la capacidad de respuesta de nuestro organismo a la enfermedad, con lo que se entiende mejor el resultado del abandono de los fines del Estado en aras de fortalecer el Mercado.

Así pues, mientras muchos de nosotros nos empeñamos en seguir la tradición decembrina y decir ¡salud!, el personal de salud lucha por contener y revertir los efectos de la desidia, la desinformación, la inercia social que va de la mano con el virus Sars-CoV-2 en estos tiempos de epidemia. Son tiempos de informarse, de protegerse y de guardar la sana distancia, por el bien y la salud de todos.

 


 

 

    

domingo, 29 de noviembre de 2020

El semáforo de todos tan temido

 

“Que cada uno barra delante de su propia puerta, y todo el mundo estará limpio” (Johann Wolfgang von Goethe).

 

Somos una sociedad de paradojas, colgada del hilo de nuestras necesidades y apremios que ponemos por arriba y delante de cualquier consideración ajena al interés personal: la epidemia les pega a otros. Puede ser un vecino, un pariente lejano, alguien de una ciudad distinta a la nuestra, algún país extranjero metido en las tripas de este mundo caótico pero deseable. 


Con esta convicción, muchos… bastantes de nuestros congéneres navegan por la vida negando la realidad, negociando su bienestar o la satisfacción de sus apetitos, compulsiones o deseos debidamente maquillados y vestidos de necesidad apremiante, que puede ser una fiesta, la pisteada del viernes, el cumpleaños, las posadas, entre otros. Aquí vale aquello de que la justificación somos todos.

Sabemos que la economía debe funcionar, que no estamos preparados para resistir tiempos prolongados de austeridad y frugalidad, que muchos dependen del trabajo en la calle y sin seguridad social para conservar el alma pegada al espinazo; vemos al vendedor ambulante, a la señora que busca trabajo en alguna casa, del que se ofrece para limpiar el patio, la banqueta del enfrente, el que atiene el carro de los hot-dogs y el “bolero”, como parias necesarios en estos tiempos de “quédate en casa”.

Nos enteramos de que muchos negocios pequeños o micronegocios están en plena agonía, mientras los grandes y medianos recortan personal y reprograman turnos y procedimientos, a la par que hacen presión ante las autoridades competentes para torcerle el brazo al semáforo de riesgo epidemiológico y darles “chance” de trabajar.

En este tiempo de desastre económico por fortuna también se promueven novedosas modalidades de venta acordes con las circunstancias, y así nos encontramos con el llame y recoja, la atención previa cita, los servicios a domicilio, y las medidas de contención al interior de los locales en forma de control del aforo, horarios, tapetes, gel-alcohol, uso de cubrebocas y toma de temperatura que dicta la autoridad como respuesta al nivel de contagios registrado. 

Sin embargo, la conciliación del interés por salvaguardar la salud de la población y la buena o razonable marcha de la economía se ve envuelta en mil y una interpretaciones conflictivas que, generalmente, privilegian más la apariencia que la respuesta a la necesidad real y cruda que nos impone la epidemia.

En este sentido tenemos supuestos como el que hace que los negocios cierren más temprano, mientras en el día se observan largas filas en espera de ingresar al banco, a la tienda de ropa, al super… como si el virus sólo tuviera horario nocturno para contagiar.


Desde luego que también se presentan situaciones ridículas, como las de señalar como necesario el cubrebocas en los espacios abiertos y suficientemente ventilados, o creer que con esta prenda en la cara podemos estar hechos bola en donde se nos ocurra.

Como dato consolador tenemos que las lecciones producto de la emergencia sanitaria dan algunos frutos, entre los que vale la pena considerar la negativa a penalizar legalmente a las personas que incumplan ciertas recomendaciones, como lo es el uso del cubrebocas, a cambio de dar mayor peso a la difusión de las medidas que se consideran útiles en la prevención de los contagios.

Asimismo se reconoce el acatamiento del semáforo de riesgo epidemiológico, según el acuerdo entre el gobierno federal y los estatales, basado en la misma Ley general de Salud, y se aprueba una iniciativa que busca diferenciar los impactos de la epidemia en los municipios de Sonora, considerando las características que tienen en cuanto densidad de población, dinámica social y actividad económica, así como la tasa de contagios, de letalidad, disponibilidad hospitalaria, entre otros que configuran el nivel de riesgo.


Así pues, la iniciativa “Por un Sonora en Semáforo Verde” anuncia el “Mapa Sonora Anticipa”, que habrá de alertar a la población de los diversos municipios acerca de las medidas particulares que se recomiendan para controlar el nivel de contagios y, eventualmente, situarnos en el color verde del semáforo de riesgo epidemiológico, lo que supone acciones concertadas entre gobierno y los diversos sectores económicos y sociales de la entidad (Expreso, 26.11.20).

Queda claro que la ley del garrote no funciona, como lo demuestra el ejemplo de países y regiones donde se han implementado medidas que pasan por encima de los derechos ciudadanos y que, sin embargo, siguen incrementando el número de contagios y de víctimas fatales.

Al parecer, la estrategia del gobierno federal está empezando a entenderse y es posible que si se trabaja de manera coordinada nos sea más fácil sortear el terrible azote viral que propicia el caos y la desesperación en todos los rincones del mundo. Podemos hacer la diferencia.