Notas Sueltas es un espacio de opinión sobre diversos problemas de carácter social, económico y político de interés general. Los comentarios pueden enviarse a: jdarredondo@gmail.com
sábado, 17 de septiembre de 2011
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Lágrimas y gruñidos
La parafernalia conmemorativa del 10º aniversario de la demolición programada de las torres gemelas en el Trade World Center (TWC) de Nueva York, incluye las lamentaciones de un Jeremías sui generis angloparlante, protestante y viciosamente capitalista. Sus lágrimas son aderezadas con gruñidos dedicados a demostrar al enemigo que están de pié, que no se retiran y que su destino es triunfar contra los fantasmas de la realidad deforme de la vigencia del modelo económico y de relaciones políticas que ha puesto en vilo la seguridad mundial.
Desde la visión patriotera estadounidense, el mundo es el escenario de guerra en donde se debaten las fuerzas del mal contra el bien. Las primeras son cada una de las particularidades que hacen distinguible la pertenencia a las diferentes razas, ideologías, culturas y cualidades distintivas de los pueblos de la Tierra, real o potencialmente hostiles a las invasiones o intervenciones militares o políticas de Estados Unidos. Lo segundo queda representado única y exclusivamente como los valores y principios, las acciones y los planes de EEUU declarados por su gobierno.
Lo anterior denota que las políticas establecidas por el gobierno se constituyen sustitutas de la historia y los compromisos civiles y políticos que tradicionalmente han sido considerados como patrimonio político del pueblo estadounidense. El discurso de la defensa de la libertad y la democracia, adquiere matices que le dan calidad instrumental cuando se agrede a otros pueblos por la simple y sencilla razón de que poseen recursos petroleros en abundancia que son “estratégicos” para EEUU. La voluntad del grupo gobernante suple la del pueblo que manipula, desinforma y confunde, lanzándolo a una guerra sin justificación moral.
Los militares estadounidenses son, en última instancia, víctimas de la barbarie institucional que defienden con sus vidas. Son marionetas dirigidas a distancia que trabajan para engordar las finanzas de los empresarios petroleros y los contratistas de la industria militar, de seguridad, transporte, telecomunicaciones, logística. Abren las rutas por donde habrán de circular los productos especializados que solamente en caso de guerra son demandados, imponen la hegemonía del mercado sobre los principios de la política y la institución militar como defensora de la patria se transforma en el brazo armado de los grandes consorcios industriales y comerciales.
Por otra parte, la guerra permite la destrucción de activos, de fuerzas productivas que serán sustituidas por el país invasor. Los edificios destruidos, las fábricas paralizadas e inutilizadas, las vías de comunicación pulverizadas, la población mermada y aterrorizada, permiten la reconstrucción del país agredido con la resultante bonanza del país agresor, ahora proveedor de bienes y servicios y administrador de la economía y la política locales. La guerra “preventiva” y la invasión no reportan beneficios a la democracia y las libertades, sino a la imposición de dinámicas económicas y culturales que destruyen la identidad del pueblo invadido y lo reducen a simple apéndice económico del neocolonialismo occidental.
Nadie puede hablar en serio cuando se argumenta que la invasión y los ataques a las posiciones estratégicas “enemigas” han sido para evitar “baños de sangre inocente”; no existe razón alguna para suponer que los “rebeldes”, se alzan contra un gobierno sin que medie el apoyo económico y político y la labor de prensa internacional que patrocina el agresor. La manipulación mediática y el engaño forman parte del arsenal de las guerras contemporáneas, con su cauda de confusión, desencanto e ilegitimidad de las instituciones.
Estados Unidos, a pesar del extraño premio Nobel otorgado a su presidente, ha dejado de ser un referente válido de democracia y libertades, para pasar a ser un Estado agresor, terrorista y un depredador internacional de alta peligrosidad.
El pasado día 11, se conmemora una década de derramamiento de sangre en la defensa del modelo económico, que ha llegado al extremo de la locura genocida, a la agresión de sus propios ciudadanos, a la cancelación de libertades, a la fiscalización extrema de ciudadanos y extranjeros, al enrarecimiento asfixiante del clima económico y político internacional y a la certidumbre de que el modelo que se impone al mundo es insostenible.
Las lágrimas derramadas por las víctimas son, en cierto modo, una confesión de parte, pero también el aviso de que la tragedia va a continuar azotando a los países con recursos naturales deseables para Estados Unidos. Para eso están los gruñidos amenazantes del discurso patriotero y bravucón que rubricó el aniversario.
Desde la visión patriotera estadounidense, el mundo es el escenario de guerra en donde se debaten las fuerzas del mal contra el bien. Las primeras son cada una de las particularidades que hacen distinguible la pertenencia a las diferentes razas, ideologías, culturas y cualidades distintivas de los pueblos de la Tierra, real o potencialmente hostiles a las invasiones o intervenciones militares o políticas de Estados Unidos. Lo segundo queda representado única y exclusivamente como los valores y principios, las acciones y los planes de EEUU declarados por su gobierno.
Lo anterior denota que las políticas establecidas por el gobierno se constituyen sustitutas de la historia y los compromisos civiles y políticos que tradicionalmente han sido considerados como patrimonio político del pueblo estadounidense. El discurso de la defensa de la libertad y la democracia, adquiere matices que le dan calidad instrumental cuando se agrede a otros pueblos por la simple y sencilla razón de que poseen recursos petroleros en abundancia que son “estratégicos” para EEUU. La voluntad del grupo gobernante suple la del pueblo que manipula, desinforma y confunde, lanzándolo a una guerra sin justificación moral.
Los militares estadounidenses son, en última instancia, víctimas de la barbarie institucional que defienden con sus vidas. Son marionetas dirigidas a distancia que trabajan para engordar las finanzas de los empresarios petroleros y los contratistas de la industria militar, de seguridad, transporte, telecomunicaciones, logística. Abren las rutas por donde habrán de circular los productos especializados que solamente en caso de guerra son demandados, imponen la hegemonía del mercado sobre los principios de la política y la institución militar como defensora de la patria se transforma en el brazo armado de los grandes consorcios industriales y comerciales.
Por otra parte, la guerra permite la destrucción de activos, de fuerzas productivas que serán sustituidas por el país invasor. Los edificios destruidos, las fábricas paralizadas e inutilizadas, las vías de comunicación pulverizadas, la población mermada y aterrorizada, permiten la reconstrucción del país agredido con la resultante bonanza del país agresor, ahora proveedor de bienes y servicios y administrador de la economía y la política locales. La guerra “preventiva” y la invasión no reportan beneficios a la democracia y las libertades, sino a la imposición de dinámicas económicas y culturales que destruyen la identidad del pueblo invadido y lo reducen a simple apéndice económico del neocolonialismo occidental.
Nadie puede hablar en serio cuando se argumenta que la invasión y los ataques a las posiciones estratégicas “enemigas” han sido para evitar “baños de sangre inocente”; no existe razón alguna para suponer que los “rebeldes”, se alzan contra un gobierno sin que medie el apoyo económico y político y la labor de prensa internacional que patrocina el agresor. La manipulación mediática y el engaño forman parte del arsenal de las guerras contemporáneas, con su cauda de confusión, desencanto e ilegitimidad de las instituciones.
Estados Unidos, a pesar del extraño premio Nobel otorgado a su presidente, ha dejado de ser un referente válido de democracia y libertades, para pasar a ser un Estado agresor, terrorista y un depredador internacional de alta peligrosidad.
El pasado día 11, se conmemora una década de derramamiento de sangre en la defensa del modelo económico, que ha llegado al extremo de la locura genocida, a la agresión de sus propios ciudadanos, a la cancelación de libertades, a la fiscalización extrema de ciudadanos y extranjeros, al enrarecimiento asfixiante del clima económico y político internacional y a la certidumbre de que el modelo que se impone al mundo es insostenible.
Las lágrimas derramadas por las víctimas son, en cierto modo, una confesión de parte, pero también el aviso de que la tragedia va a continuar azotando a los países con recursos naturales deseables para Estados Unidos. Para eso están los gruñidos amenazantes del discurso patriotero y bravucón que rubricó el aniversario.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Mes de la patria
Cada año se cumplen ciertos rituales que revelan la vocación social de repetirse, de volver a hacer los mismos actos y seguir por las mismas rutas. Somos seres rutinarios, anclados en las situaciones conocidas, en el uso del lenguaje como reiteración de lo aprendido, como expresión de la conciencia en grado de calcificación conceptual.
La historia sirve como referente de trayectorias preñadas de fatalidad, así podemos oír y después decir que los culpables de la debacle nacional somos nosotros los ciudadanos y no el sistema económico y político que se nos ha impuesto; la economía y la política son así porque lo merecemos, porque no cambiamos, porque somos corruptos y acomodaticios, de suerte que el que llegue al poder también fracasará debido a que el logro nos es negado a partir de nuestro código genético, porque somos mexicanos.
Las malas nuevas o, más bien, las noticias de nuestra fatalidad genética son el elemento recurrente que nos define y da identidad. Las buenas noticias vienen, en consecuencia, de fuera. Lo exógeno es la salvación de la aburrida idiosincrasia nacional, que lucha entre bostezos por seguir siendo igual cada cambio de gobierno, y cada proceso electoral sirve para refrendar nuestra indisposición por arriesgar el voto en favor de opciones que no están consagradas por la costumbre. Por ejemplo, la idea del voto útil demostró en su momento la ausencia de una ideología progresista capaz de vencer el pragmatismo changarrero de ir con el posible ganador.
En este sentido, va la idea de nulificar el voto como la declaración de renuncia a toda acción contra la corriente dominante del sistema que decimos repudiar por hartazgo. La indignación no llega a ser palanca de acción y de defensa de la libertad y la democracia, del progreso y el bienestar de los pueblos. Los protestantes resultan ser, en el fondo, protectores del estado de cosas que proclaman rechazar, y la propuesta de llegar a los procesos electorales con la convicción de votar por sus convicciones y defender organizadamente el sufragio emitido, cae por tierra a cambio de un colaboracionismo disimulado, vergonzante, pero igualmente dañino para el avance del pueblo.
En el mes del informe presidencial, la nación no se muestra esperanzada ante el gran repliegue del Estado frente al mercado. La apatía permite que el gobierno deje de cumplir con los rituales de antaño: el informe presidencial es un simple gasto de papel impreso y empastado que se deja en la oficialía de partes del Congreso, o ñoñeces circuladas por las redes sociales. El Ejecutivo le manda cartas desde lejos al Legislativo y el Judicial trabaja en sacarle la vuelta al texto constitucional de acuerdo a las necesidades del mercado, declarando la constitucionalidad de ordenamientos que agreden y menoscaban la economía ciudadana y la soberanía nacional.
En el nivel federal, la celebración del Grito de Independencia cae en los linderos de la ironía, de la historia nacional como farsa septembrina que se representa con gran despliegue de recursos visuales en una escenografía y pirotecnia que, ahora, da de comer a empresas extranjeras. Vacía de contenido la representación navega en las aguas del espectáculo, del mega-comercial, del macro-anuncio publicitario, que reivindica las artes de la simulación y declara obsoletas las raíces de nuestra nacionalidad y las luchas aún no concluidas por lograr independencia y libertad.
Septiembre, el mes de la patria, dejó de ser la magnitud temporal de nuestra reflexión política que resume los logros y los fracasos de un año más de vida institucional, para convertirse en el escenario amargo de una farsa en seis actos. Debiera ser el tiempo de la recuperación de la memoria histórica nacional, de la reconsideración del proyecto y el camino, de la rectificación del rumbo y de la reorganización de las fuerzas motrices de nuestro provenir.
Ni Palacio Nacional ni el Palacio de gobierno estatal sirven de referentes materiales dada la institucionalidad perdida y dilapidada. En ese sentido, vale la pena conmemorar los días nacionales de septiembre en casa, con los amigos, en la comunidad con la que compartimos ideales y esperanzas. Dejemos que los muertos entierren a sus muertos, digamos sí a la vida y renovemos nuestro amor por México. Que “reformitas” Calderón y, en Sonora, “bocinitas” Padrés junto con “fuentecitas” Gándara se queden solos. El pueblo debe recuperar su autoestima. Empecemos.
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| Estereotipa, que algo queda |
Las malas nuevas o, más bien, las noticias de nuestra fatalidad genética son el elemento recurrente que nos define y da identidad. Las buenas noticias vienen, en consecuencia, de fuera. Lo exógeno es la salvación de la aburrida idiosincrasia nacional, que lucha entre bostezos por seguir siendo igual cada cambio de gobierno, y cada proceso electoral sirve para refrendar nuestra indisposición por arriesgar el voto en favor de opciones que no están consagradas por la costumbre. Por ejemplo, la idea del voto útil demostró en su momento la ausencia de una ideología progresista capaz de vencer el pragmatismo changarrero de ir con el posible ganador.
En este sentido, va la idea de nulificar el voto como la declaración de renuncia a toda acción contra la corriente dominante del sistema que decimos repudiar por hartazgo. La indignación no llega a ser palanca de acción y de defensa de la libertad y la democracia, del progreso y el bienestar de los pueblos. Los protestantes resultan ser, en el fondo, protectores del estado de cosas que proclaman rechazar, y la propuesta de llegar a los procesos electorales con la convicción de votar por sus convicciones y defender organizadamente el sufragio emitido, cae por tierra a cambio de un colaboracionismo disimulado, vergonzante, pero igualmente dañino para el avance del pueblo.
En el mes del informe presidencial, la nación no se muestra esperanzada ante el gran repliegue del Estado frente al mercado. La apatía permite que el gobierno deje de cumplir con los rituales de antaño: el informe presidencial es un simple gasto de papel impreso y empastado que se deja en la oficialía de partes del Congreso, o ñoñeces circuladas por las redes sociales. El Ejecutivo le manda cartas desde lejos al Legislativo y el Judicial trabaja en sacarle la vuelta al texto constitucional de acuerdo a las necesidades del mercado, declarando la constitucionalidad de ordenamientos que agreden y menoscaban la economía ciudadana y la soberanía nacional.
En el nivel federal, la celebración del Grito de Independencia cae en los linderos de la ironía, de la historia nacional como farsa septembrina que se representa con gran despliegue de recursos visuales en una escenografía y pirotecnia que, ahora, da de comer a empresas extranjeras. Vacía de contenido la representación navega en las aguas del espectáculo, del mega-comercial, del macro-anuncio publicitario, que reivindica las artes de la simulación y declara obsoletas las raíces de nuestra nacionalidad y las luchas aún no concluidas por lograr independencia y libertad.
Septiembre, el mes de la patria, dejó de ser la magnitud temporal de nuestra reflexión política que resume los logros y los fracasos de un año más de vida institucional, para convertirse en el escenario amargo de una farsa en seis actos. Debiera ser el tiempo de la recuperación de la memoria histórica nacional, de la reconsideración del proyecto y el camino, de la rectificación del rumbo y de la reorganización de las fuerzas motrices de nuestro provenir.
Ni Palacio Nacional ni el Palacio de gobierno estatal sirven de referentes materiales dada la institucionalidad perdida y dilapidada. En ese sentido, vale la pena conmemorar los días nacionales de septiembre en casa, con los amigos, en la comunidad con la que compartimos ideales y esperanzas. Dejemos que los muertos entierren a sus muertos, digamos sí a la vida y renovemos nuestro amor por México. Que “reformitas” Calderón y, en Sonora, “bocinitas” Padrés junto con “fuentecitas” Gándara se queden solos. El pueblo debe recuperar su autoestima. Empecemos.
domingo, 28 de agosto de 2011
Casino Royale
Como el sagaz lector habrá adivinado, no se trata de la parodia de espionaje filmada en 1967 y protagonizada, entre otros notables actores, por Woody Allen, que se trata de los enredos de su personaje (Jimmy Bond) para eliminar a todos los hombres más altos que él y quedarse con todas las chicas hermosas. En este caso se trata de otra con el fin de aterrorizar a todo mundo y avanzar en la aprobación de la Ley de Seguridad Nacional.
El gobierno de Calderón ha insistido en que es mejor que otros en lo del combate al crimen organizado, pero al parecer se ha basado en el manual que el Departamento de Estado ha elaborado para mantener en tensión a los pobladores del tercer mundo cuando las cosas pueden salir de control. Por esto último podemos entender una toma de conciencia de ciertas capas de la población que no se tragan tan fácilmente las ruedas de molino de la salud económica y política de la nación, y que, eventualmente, pudieran tomar el rumbo de mirar hacia el sur como alternativa política. Lo anterior supone que los ciudadanos mexicanos serán cada vez más impermeables a los mecanismos de control psicológico y político de los Estados Unidos y resistirán mejor la propaganda de su fascismo militarista y económico, con la posibilidad de querer explorar alternativas como las que emprende Venezuela, Ecuador, entre otros países bolivarianos, para mejorar las condiciones de vida de la población.
Sucede que el modelo gringo ha fracasado, no tiene justificación alguna acatar las recomendaciones del FMI o el Banco Mundial, es absurdo plegarse al llamado Consenso de Washington, es una incongruencia no querer revisar el TLC, es notoriamente criminal autorizar cultivos transgénicos y la destrucción de arrecifes y otros recursos naturales, como también lo es permitir la operación de agencias de espionaje y desestabilización gringas en territorio nacional, como no lo es menos el unirse a las maniobras y planes del Comando Norte y dejar la seguridad nacional mexicana en manos de un estado terrorista como lo es Estados Unidos.
Asimismo, los efectos negativos de las recetas fondomonetaristas y los compromisos fuera de toda lógica que asume México con la OCDE y demás organismos económicos y financieros internacionales hablan de una integración forzada, violenta y traumática por sus consecuencias en el tejido social nacional.
En medio de una depauperación sistémica, de una pérdida de legitimidad política, de mecanismos institucionales de expulsión poblacional gracias al desempleo y la baja creciente del ingreso y el acceso a los satisfactores esenciales, ¿cuál debe ser el ánimo esperado en los ciudadanos? Lo anterior cobra importancia política externa cuando los compromisos internacionales se contraponen a los del gobierno en el marco de la Constitución y las leyes secundarias. La disyuntiva es clara: o se cumplen unos o se cumplen otros. En este caso, Calderón ha preferido cumplimentar los intereses extranjeros a cambio de un apoyo en materia de “inteligencia” y logística militar que pasó de la “Iniciativa Mérida” a la política de seguridad nacional dictada ahora por Estados Unidos. El horno nacional no está para bollos y la población encuentra cada vez menos razones para soportar la viciosa ilegitimidad del gobierno que, día tras día, golpea su economía, la estabilidad familiar, la seguridad pública y el futuro de nuestros hijos.
La insistencia del gobierno en convertir los delitos del fuero federal en actos de terrorismo, siguiendo los intereses del Departamento de Estado y la cúpula militar de Estados Unidos, ha requerido para justificarse de actos de sabotaje a la economía nacional, de la desnacionalización del petróleo, la electricidad, de decenas de miles de muertes que junto con el desempleo, constituyen el caldo de cultivo para la declaratoria de guerra que impulse legislar en materia de seguridad nacional, que haga posible la legalización del estado de excepción, la violación de los derechos civiles, la persecución de la disidencia civil, de los defensores de los derechos humanos, de las organizaciones defensoras del ambiente, de la legalidad del voto, de toda posible oposición, independientemente que aún no se atrevan a borrar el capítulo de las garantías individuales en el texto constitucional.
El incendio en el Casino Royale de Monterrey, ha motivado la conveniente y oportuna alarma de Barak Obama, lo que a su vez provocó el “horror” del secretario general de la ONU, y, desde luego, el correspondiente a Felipe Calderón, quien aprovechó para retomar la idea de que nos enfrentamos a “actos terroristas”. Con lo anterior, la presión sobre el legislador mexicano puede ser fuerte, tan fuerte como la mentira convertida en justificación para actuar en favor de un estado de emergencia provocado, fríamente instrumentado, que permita la intervención extranjera a la par que la suspensión del estado de derecho a cambio de la erección de una dictadura militar más al servicio de los Estados Unidos. ¿Estado fallido? No necesariamente, en todo caso conspiración exitosa.
El gobierno de Calderón ha insistido en que es mejor que otros en lo del combate al crimen organizado, pero al parecer se ha basado en el manual que el Departamento de Estado ha elaborado para mantener en tensión a los pobladores del tercer mundo cuando las cosas pueden salir de control. Por esto último podemos entender una toma de conciencia de ciertas capas de la población que no se tragan tan fácilmente las ruedas de molino de la salud económica y política de la nación, y que, eventualmente, pudieran tomar el rumbo de mirar hacia el sur como alternativa política. Lo anterior supone que los ciudadanos mexicanos serán cada vez más impermeables a los mecanismos de control psicológico y político de los Estados Unidos y resistirán mejor la propaganda de su fascismo militarista y económico, con la posibilidad de querer explorar alternativas como las que emprende Venezuela, Ecuador, entre otros países bolivarianos, para mejorar las condiciones de vida de la población.
Sucede que el modelo gringo ha fracasado, no tiene justificación alguna acatar las recomendaciones del FMI o el Banco Mundial, es absurdo plegarse al llamado Consenso de Washington, es una incongruencia no querer revisar el TLC, es notoriamente criminal autorizar cultivos transgénicos y la destrucción de arrecifes y otros recursos naturales, como también lo es permitir la operación de agencias de espionaje y desestabilización gringas en territorio nacional, como no lo es menos el unirse a las maniobras y planes del Comando Norte y dejar la seguridad nacional mexicana en manos de un estado terrorista como lo es Estados Unidos.
Asimismo, los efectos negativos de las recetas fondomonetaristas y los compromisos fuera de toda lógica que asume México con la OCDE y demás organismos económicos y financieros internacionales hablan de una integración forzada, violenta y traumática por sus consecuencias en el tejido social nacional.
En medio de una depauperación sistémica, de una pérdida de legitimidad política, de mecanismos institucionales de expulsión poblacional gracias al desempleo y la baja creciente del ingreso y el acceso a los satisfactores esenciales, ¿cuál debe ser el ánimo esperado en los ciudadanos? Lo anterior cobra importancia política externa cuando los compromisos internacionales se contraponen a los del gobierno en el marco de la Constitución y las leyes secundarias. La disyuntiva es clara: o se cumplen unos o se cumplen otros. En este caso, Calderón ha preferido cumplimentar los intereses extranjeros a cambio de un apoyo en materia de “inteligencia” y logística militar que pasó de la “Iniciativa Mérida” a la política de seguridad nacional dictada ahora por Estados Unidos. El horno nacional no está para bollos y la población encuentra cada vez menos razones para soportar la viciosa ilegitimidad del gobierno que, día tras día, golpea su economía, la estabilidad familiar, la seguridad pública y el futuro de nuestros hijos.
La insistencia del gobierno en convertir los delitos del fuero federal en actos de terrorismo, siguiendo los intereses del Departamento de Estado y la cúpula militar de Estados Unidos, ha requerido para justificarse de actos de sabotaje a la economía nacional, de la desnacionalización del petróleo, la electricidad, de decenas de miles de muertes que junto con el desempleo, constituyen el caldo de cultivo para la declaratoria de guerra que impulse legislar en materia de seguridad nacional, que haga posible la legalización del estado de excepción, la violación de los derechos civiles, la persecución de la disidencia civil, de los defensores de los derechos humanos, de las organizaciones defensoras del ambiente, de la legalidad del voto, de toda posible oposición, independientemente que aún no se atrevan a borrar el capítulo de las garantías individuales en el texto constitucional.
El incendio en el Casino Royale de Monterrey, ha motivado la conveniente y oportuna alarma de Barak Obama, lo que a su vez provocó el “horror” del secretario general de la ONU, y, desde luego, el correspondiente a Felipe Calderón, quien aprovechó para retomar la idea de que nos enfrentamos a “actos terroristas”. Con lo anterior, la presión sobre el legislador mexicano puede ser fuerte, tan fuerte como la mentira convertida en justificación para actuar en favor de un estado de emergencia provocado, fríamente instrumentado, que permita la intervención extranjera a la par que la suspensión del estado de derecho a cambio de la erección de una dictadura militar más al servicio de los Estados Unidos. ¿Estado fallido? No necesariamente, en todo caso conspiración exitosa.
miércoles, 24 de agosto de 2011
La cara legal de la traición
Los legisladores mexicanos sudan y se acongojan cuando en algún diario estadounidense aparecen notas que descubren los arrugados pliegues de la dependencia, los hilos corridos de la soberanía y el maquillaje que ayuda a disimular el rostro de una democracia de maquiladora, por encargo, para ensamblar y estampar. El sofoco de los prohombres que juegan a las vencidas con los contendientes políticos mientras fortalecen el estado de derecho, se debe a que fueron sorprendidos por el Ejecutivo cuando éste se puso la camiseta del otro equipo y logró colar un gol en la portería de la soberanía nacional. La reseña llega en inglés y los afanosos amanuenses de una y otra cámara leen con encendido patriotismo la crónica de una tomada de trasero que, al parecer, es el suyo.
Las tribunas se estremecen de la emoción que embarga a los padres de la patria, a los representantes del tercio de soberanía que legisla y debate sobre los grandes temas nacionales. La defensa de la patria queda en los encendidos discursos, en la declaración de intenciones, en la sudorosa réplica a los enemigos imaginarios con los que debaten todos en la soledad de sus curules y escaños, porque al acción concreta y el reclamo fundado y motivado que suponga compromisos y acciones que pudieran incomodar a la embajada de Estados Unidos y a la red de “cooperación” que se disemina en el suelo nacional, está fuera de discusión.
La retórica satisface lo que el trabajo legislativo y judicial omiten graciosamente en obsequio a las andanzas del Ejecutivo, con lo que la división de poderes no obra en beneficio del equilibrio sino de la concentración: la res publica es para los discursos pero, en la intimidad, la cosa va por los canales de las familias que fichan en las mesas de las trasnacionales y los monopolios privados. Se puede decir en público que el gobierno se empeña en fortalecer nuestra economía, a la par que abre las puertas a la inversión extranjera directa privada en ramas estratégicas como la petrolera o eléctrica, mediante el invento de figuras que le sacan la vuelta a la Constitución y que logran el prodigio de entregar el dominio de la nación sobre el subsuelo: los extranjeros y las entidades privadas ahora jalonean la cobija de la renta petrolera bajo el amparo de una legalidad venal que es amadrinada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación (sic).
Los contratos “incentivados”, más los de servicios múltiples y los Pidiregas, constituyen piezas importantes en el desmantelamiento de Petróleos Mexicanos, en beneficio de los mismos que condenaron el texto del artículo 27 en la Constitución de 1917 y que, tras 73 años de insidias, los gobiernos del PAN les han puesto en charola de plata los veneros que nos escrituró el diablo (Ramón López Velarde dixit).
Mientras se desmantela con desparpajada codicia el patrimonio nacional, los señores legisladores solamente atinan a señalar con dedo flamígero la escasa probidad de los magistrados que violan el dominio de la nación sobre los recursos que lo integran, lo que no es poco pero es insuficiente. La SCJN ha dado muestras de formar parte del grupo de enemigos de México que, al amparo de la interpretación formal de las leyes dejan de lado los aspectos trascendentes de legitimidad histórica y de protección de lo nuestro que el legislador de Querétaro plasmó en la Carta Magna, es decir, actúan como amanuenses chambones sin compromiso político con su patrón: el pueblo de México.
La entrega de los recursos petroleros a agentes privados es una claudicación del Estado mexicano y la evidencia más clara de que el gobierno carece de legitimidad, que es un peligro para México y que sus acciones son simple y llana traición a la patria. En el poder Ejecutivo y en la SCJN están los nuevos miramones y mejías, al servicio del imperio y contra los intereses nacionales. Se espera y exige una mayor firmeza por parte del poder legislativo. Ya.
Las tribunas se estremecen de la emoción que embarga a los padres de la patria, a los representantes del tercio de soberanía que legisla y debate sobre los grandes temas nacionales. La defensa de la patria queda en los encendidos discursos, en la declaración de intenciones, en la sudorosa réplica a los enemigos imaginarios con los que debaten todos en la soledad de sus curules y escaños, porque al acción concreta y el reclamo fundado y motivado que suponga compromisos y acciones que pudieran incomodar a la embajada de Estados Unidos y a la red de “cooperación” que se disemina en el suelo nacional, está fuera de discusión.
La retórica satisface lo que el trabajo legislativo y judicial omiten graciosamente en obsequio a las andanzas del Ejecutivo, con lo que la división de poderes no obra en beneficio del equilibrio sino de la concentración: la res publica es para los discursos pero, en la intimidad, la cosa va por los canales de las familias que fichan en las mesas de las trasnacionales y los monopolios privados. Se puede decir en público que el gobierno se empeña en fortalecer nuestra economía, a la par que abre las puertas a la inversión extranjera directa privada en ramas estratégicas como la petrolera o eléctrica, mediante el invento de figuras que le sacan la vuelta a la Constitución y que logran el prodigio de entregar el dominio de la nación sobre el subsuelo: los extranjeros y las entidades privadas ahora jalonean la cobija de la renta petrolera bajo el amparo de una legalidad venal que es amadrinada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación (sic).
Los contratos “incentivados”, más los de servicios múltiples y los Pidiregas, constituyen piezas importantes en el desmantelamiento de Petróleos Mexicanos, en beneficio de los mismos que condenaron el texto del artículo 27 en la Constitución de 1917 y que, tras 73 años de insidias, los gobiernos del PAN les han puesto en charola de plata los veneros que nos escrituró el diablo (Ramón López Velarde dixit).
Mientras se desmantela con desparpajada codicia el patrimonio nacional, los señores legisladores solamente atinan a señalar con dedo flamígero la escasa probidad de los magistrados que violan el dominio de la nación sobre los recursos que lo integran, lo que no es poco pero es insuficiente. La SCJN ha dado muestras de formar parte del grupo de enemigos de México que, al amparo de la interpretación formal de las leyes dejan de lado los aspectos trascendentes de legitimidad histórica y de protección de lo nuestro que el legislador de Querétaro plasmó en la Carta Magna, es decir, actúan como amanuenses chambones sin compromiso político con su patrón: el pueblo de México.
La entrega de los recursos petroleros a agentes privados es una claudicación del Estado mexicano y la evidencia más clara de que el gobierno carece de legitimidad, que es un peligro para México y que sus acciones son simple y llana traición a la patria. En el poder Ejecutivo y en la SCJN están los nuevos miramones y mejías, al servicio del imperio y contra los intereses nacionales. Se espera y exige una mayor firmeza por parte del poder legislativo. Ya.
viernes, 12 de agosto de 2011
Colaboracionismo criminal
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| Caballo de Troya (Rocha) |
Quizá sea del agrado de algunos que los gringos vengan a “poner orden” y garanticen la legalidad, la seguridad y el progreso del país. Probablemente los buenos mexicanos que sólo desean paz y tranquilidad no quieran comprometerse con su país y prefieran dejar que otros hagan su trabajo ciudadano. Pudiera ser que las autoridades federales y estatales, siguiendo la lógica empresarial que nos ha arruinado, supongan que es mejor importar que producir, así que compran servicios que bien pudieran fortalecer en el interior, comprometiendo de pasada la capacidad nacional de tomar decisiones en asuntos que son (o debieran ser) de nuestra exclusiva competencia.
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| Justiciero |
Los panegiristas del vecino del norte ven sin fijarse las grietas del sistema por razones de corrupción. Pretenden ignorar que las grandes corporaciones manipulan al gobierno y lo lanzan cada que se les ocurre a aventuras militares que rinden grandes ganancias, mientras que siembran el hambre y la desolación en países enteros, como es el caso de Afganistán e Irak, cuando no intervienen para quitar y poner gobiernos a su gusto en estados soberanos, como Guatemala, Chile, entre muchos otros.
Estados Unidos ha impulsado brotes de disidencia y fomentado la desestabilización de muchos gobiernos en América Latina, financiando grupos estudiantiles y militares, empresariales y periodísticos, en favor de la subversión y ruptura del orden legal para imponer a sus títeres.
Por otra parte, el empresariado nacional, salvo excepciones, han optado por ser gerentes de las corporaciones gringas, y ponen a su servicio las estructuras productivas de la nación con el resultado de una mayor dependencia y escasa generación de empleo permanente.
El gobierno nacional convertido en colonial, trabaja para agudizar el ambiente de intranquilidad y generar las condiciones para la suspensión de garantías y el control militar de la vida ciudadana. Es un golpe de Estado desde el gobierno, contra la sociedad y el estado de derecho.
Los señores legisladores fingen desconocer el alcance de los acuerdos tomados entre el Ejecutivo y Washington, hacen aspavientos y reclaman la investigación que aclare la naturaleza de ellos y sus alcances, con lo que se apuntala la noción de “Estado fallido” que no hace mucho vendió a los medios informativos el Departamento de Estado, bajo el mando de Hillary Clinton, encargada del tránsito de aguas negras de Washington hacia el resto del mundo.
El modelo colombiano parece ser una de las guías en las operaciones “en favor de la democracia y el libre comercio”, ahora complementadas con la logística de Afganistán e Irak, a lo que llaman “inteligencia” que se comparte con México en la turbia guerra contra el narcotráfico apoyada por Calderón e instrumentada por las agencias gringas señaladas al principio de este artículo.
Estados Unidos es un país que ha demostrado su ineptitud en materia de deuda pública, su corrupción escandalosa en el rubro empresarial y su peligrosidad genocida en el escenario mundial militar. Son un peligro para el mundo, y aun así el gobierno mexicano se pone de alfombra para que pase un loco derrochador, pendenciero y amoral. ¡Vaya negocio!
jueves, 4 de agosto de 2011
Viendo llover y no mojarse
Hermosillo sufrió los embates de una lluvia fuerte y con granizo que desquició el tránsito y la vida citadina. El martes 3 de agosto me encontraba cómodamente instalado en conocido restaurante del centro, conversando con un amigo, cuando el meteoro azotó el pedazo de geografía donde me encontraba y provocó el cambio de tema en cada una de las mesas ocupadas por azorados comensales.
Minutos antes comentábamos sobre lo poco confiables de los pronósticos del clima, que señalaban que llovería. “¿Llover en Hermosillo?, ¡no es cierto!, nomás amenazan…” La certidumbre de estar frente a un rumor confirmado produce cierto malestar, como que reduce las posibilidades de estar haciendo afirmaciones climáticas con aires de sabelotodo.
La incomodidad de haber puesto en duda la adivinanza meteorológica pronto se transformó en jolgorio local: nadie resistió la tentación de levantarse y ver la calle convertida en alegre chapoteadero urbano. El agua corriendo por entre vehículos y peatones en una competencia a ver quién llega primero al desagüe inexistente, en una ciudad pensada al margen del clima y las circunstancias.
La precipitación del granizo puso la mota musical en los locales cuyos techos servían de blanco al inesperado bombardeo de hielo que, en trocitos, colmaba las aceras y practicaba el vandalismo en los vidrios de los locales comerciales. Los cristalazos fueron por causas naturales y no por las sociales que nos empeñamos en disimular.
Hubo que elevar el volumen de la voz para poder conversar acerca de lo fuerte del ruido provocado por la pedrea celestial, mientras que los meseros cambiaban de uniforme y se ponían el de empleados del aseo: las escobas, trapeadores y cubetas de plástico, azules, amarillas y anaranjadas, salieron al escenario a instrumentar su melodía vespertina, con el acompañamiento de los abanicos gigantes que palian el calor y hacen volar las ideas, las servilletas y la sensación de bochorno cuando la temperatura llega a los 47º grados.
La curiosa combinación de temperatura, lluvia y granizo, permite ampliar el campo de las especulaciones acerca de las bondades de plantar árboles “propios de la región” en vez de otros que produzcan sombra. Los camellones de los bulevares se ven poblados de cactáceas y la visión del desierto llegando a la garganta parece una constante que nos persuade de la poca cordura de las autoridades municipales, que se complacen en derribar árboles adultos de espléndido follaje o cambiarlos de lugar para que pronto se sequen.
De repente pasa por la acalorada cabeza de alguien el recuerdo de que la ciudad ha crecido sin orden ni concierto, a la brava, gracias al impulso de la especulación, de ganarle terreno a huertas, acequias y áreas verdes (la destrucción del Parque de Villa de Seris es un ejemplo reciente) en aras del “progreso” y la “modernidad” que atraen inversiones y abren posibilidades de empleo. También se consideran los datos de que en la ciudad no se respetan las más elementales normas del urbanismo: tenemos déficit de áreas verdes que el propio gobierno se ha encargado de aumentar.
Pero las remodelaciones a las plazas públicas siguen consistiendo en la eliminación de zacate, árboles y otros vegetales. Las planchas de cemento revisten la tierra y la permeabilidad que pudiera recargar los mantos acuíferos deja de existir porque no sale en la foto. El ornato frío y desangelado espanta a los limpiadores de calzado, quienes dejaron de tener un modo honesto de vivir y se declaran parias del Jardín Juárez, gracias a los cajones de plástico donde algún vivillo supuso que el trabajo de asear el zapato ajeno debía estar debidamente almacenado.
Los hermosillenses de los años 50, 60 y 70 deben recordar la frondosidad de los árboles del Centenario, Rosales, la Plaza ahora llamada Zubeldía, entre otros espacios que embellecían la ciudad y mejoraban en mucho su aspecto, y comparar con la perversidad ecológica que sufrimos entre chorros de sudor y mareos por hipertermia.
Y para que los males sean mayores, carecemos de agua corriente. Se condiciona su consumo a los más mientras que los menos gozan del líquido bajo el supuesto de la generación de empleo: como no existe idea de lo urbano, las autoridades se conforman emitiendo de vez en cuando alguna perogrullada sobre el agua que Hermosillo tendrá en el futuro, pero sin cambiar en lo esencial el criterio de su uso y distribución que nos ha llevado al extremo de privilegiar las empresas en vez de los hogares.
Mientras tanto, la lluvia cae con menor intensidad, hasta quedar convertida en una coladera que agota sus reservas convertidas en riachuelos menguantes cuya misión principal es la de salpicar a los transeúntes al paso de los vehículos, enlodar zapatos y oprimir una vez más el botón de los recuerdos de aquello que fue la Ciudad de los Naranjos.
Minutos antes comentábamos sobre lo poco confiables de los pronósticos del clima, que señalaban que llovería. “¿Llover en Hermosillo?, ¡no es cierto!, nomás amenazan…” La certidumbre de estar frente a un rumor confirmado produce cierto malestar, como que reduce las posibilidades de estar haciendo afirmaciones climáticas con aires de sabelotodo.
La incomodidad de haber puesto en duda la adivinanza meteorológica pronto se transformó en jolgorio local: nadie resistió la tentación de levantarse y ver la calle convertida en alegre chapoteadero urbano. El agua corriendo por entre vehículos y peatones en una competencia a ver quién llega primero al desagüe inexistente, en una ciudad pensada al margen del clima y las circunstancias.
La precipitación del granizo puso la mota musical en los locales cuyos techos servían de blanco al inesperado bombardeo de hielo que, en trocitos, colmaba las aceras y practicaba el vandalismo en los vidrios de los locales comerciales. Los cristalazos fueron por causas naturales y no por las sociales que nos empeñamos en disimular.
Hubo que elevar el volumen de la voz para poder conversar acerca de lo fuerte del ruido provocado por la pedrea celestial, mientras que los meseros cambiaban de uniforme y se ponían el de empleados del aseo: las escobas, trapeadores y cubetas de plástico, azules, amarillas y anaranjadas, salieron al escenario a instrumentar su melodía vespertina, con el acompañamiento de los abanicos gigantes que palian el calor y hacen volar las ideas, las servilletas y la sensación de bochorno cuando la temperatura llega a los 47º grados.
La curiosa combinación de temperatura, lluvia y granizo, permite ampliar el campo de las especulaciones acerca de las bondades de plantar árboles “propios de la región” en vez de otros que produzcan sombra. Los camellones de los bulevares se ven poblados de cactáceas y la visión del desierto llegando a la garganta parece una constante que nos persuade de la poca cordura de las autoridades municipales, que se complacen en derribar árboles adultos de espléndido follaje o cambiarlos de lugar para que pronto se sequen.
De repente pasa por la acalorada cabeza de alguien el recuerdo de que la ciudad ha crecido sin orden ni concierto, a la brava, gracias al impulso de la especulación, de ganarle terreno a huertas, acequias y áreas verdes (la destrucción del Parque de Villa de Seris es un ejemplo reciente) en aras del “progreso” y la “modernidad” que atraen inversiones y abren posibilidades de empleo. También se consideran los datos de que en la ciudad no se respetan las más elementales normas del urbanismo: tenemos déficit de áreas verdes que el propio gobierno se ha encargado de aumentar.
Pero las remodelaciones a las plazas públicas siguen consistiendo en la eliminación de zacate, árboles y otros vegetales. Las planchas de cemento revisten la tierra y la permeabilidad que pudiera recargar los mantos acuíferos deja de existir porque no sale en la foto. El ornato frío y desangelado espanta a los limpiadores de calzado, quienes dejaron de tener un modo honesto de vivir y se declaran parias del Jardín Juárez, gracias a los cajones de plástico donde algún vivillo supuso que el trabajo de asear el zapato ajeno debía estar debidamente almacenado.
Los hermosillenses de los años 50, 60 y 70 deben recordar la frondosidad de los árboles del Centenario, Rosales, la Plaza ahora llamada Zubeldía, entre otros espacios que embellecían la ciudad y mejoraban en mucho su aspecto, y comparar con la perversidad ecológica que sufrimos entre chorros de sudor y mareos por hipertermia.
Y para que los males sean mayores, carecemos de agua corriente. Se condiciona su consumo a los más mientras que los menos gozan del líquido bajo el supuesto de la generación de empleo: como no existe idea de lo urbano, las autoridades se conforman emitiendo de vez en cuando alguna perogrullada sobre el agua que Hermosillo tendrá en el futuro, pero sin cambiar en lo esencial el criterio de su uso y distribución que nos ha llevado al extremo de privilegiar las empresas en vez de los hogares.
Mientras tanto, la lluvia cae con menor intensidad, hasta quedar convertida en una coladera que agota sus reservas convertidas en riachuelos menguantes cuya misión principal es la de salpicar a los transeúntes al paso de los vehículos, enlodar zapatos y oprimir una vez más el botón de los recuerdos de aquello que fue la Ciudad de los Naranjos.
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