“Seamos realistas, pidamos lo imposible” (mayo francés, Herbert Marcuse).
Al momento de redactar esta nota, el sindicato STAUS citaba a una asamblea extraordinaria en la que se revisaría la situación de sus demandas y los ofrecimientos de la administración universitaria.
Como antecedente inmediato, tenemos un exhorto por parte de una corriente sindical que pide, palabras más o menos, valorar los impactos de la huelga en la sociedad y la propia institución universitaria, cuestión que ha sido interpretada por algunos como esquirolaje.
Sin el ánimo de lanzar críticas facilonas a la postura claudicante de cierto sector universitario, cabe considerar que las luchas más trascendentes de la sociedad han sido cuenta arriba, en medio de los obstáculos que interpone el sistema a cualquier iniciativa de cambio, a cualquier intento de cambiar las condiciones de vida y pensamiento de los trabajadores, convertidos en actores sociales y políticos en lucha.
El choque entre quien representa el capital frente al trabajo siempre ha sido duro, peligroso y arriesgado, y la clase explotada no puede ni debe dejar de lado la evidencia de que la base tecnológica de la sociedad es un elemento condicionante de la acción humana, es decir, un elemento mediatizador de la voluntad de cambio que se convierte, paradójicamente, en obstáculo del progreso social y el crecimiento político frente a las tendencias disruptivas en el sistema.
En otras palabras, las expectativas de cambio siempre van a estar condicionadas a la capacidad de respuesta de los trabajadores y su resistencia a los embates de la reacción institucional-sistémica.
Así pues, pretender ser un movimiento sindical defensor de los derechos de los trabajadores que al mismo tiempo esté dispuesto a ceder ante los imperativos de la parte patronal por razones de imagen, es una contradicción no sólo profunda sino una negación de la razón que asiste a los trabajadores y. por ende, de la razón existencial e histórica de los sindicatos.
El hecho de echarse a temblar porque la universidad se ve mal ante la sociedad consumidora de imágenes idílicas de lo que es esencialmente móvil y contradictorio, paradójico y transformador es absurdo. También lo es la claudicación como respuesta a las amenazas reales o virtuales el sistema representado por el gobierno en turno.
La lucha de los trabajadores sindicalistas es por sí misma un acto emancipador, si se sostiene por la necesidad de progreso y bienestar para sus agremiados y, por ende, de la clase trabajadora en su conjunto.
Abandonar la lucha por aquello de la imagen, es una acción no solo cobarde sino sepulturera del sindicalismo democrático e independiente. Pero así estamos… La moneda caerá del lado en que la clase trabajadora consciente de su destino y misión transformadora decida. O deje de hacerlo.

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