“En los negocios no existen los amigos: no hay más que clientes (Alejandro Dumas).
Al parecer, tenemos una economía que depende de factores externos, de decisiones que vienen desde las alturas, sea FMI, Banco Mundial, fondos financieros internacionales como BlackRock o corporaciones globales como Microsoft, Apple, Pfizer, Bayer-Monsanto, sin olvidar al T-MEC, el Comando Norte de EUA, la DEA, la CIA, la OMS y los infinitos amarres de la dependencia estructural y coyuntural que se aceptan con total soberanía.
Nacemos, crecemos y morimos con la creencia de que la Independencia de México es una condición existencial histórica, política y jurídica que marca los límites del contacto e influencia externa en nuestros asuntos, sean de índole material, espiritual o conductual.
Pretendemos ignorar con todas las fuerzas la realidad que se construye a través de tratados, acuerdos y transferencias de modelos administrativos y académicos, culturales y políticos, sanitarios, tecnológicos y científicos que se asumen sin pizca de análisis crítico. Sin que respondan a una necesidad real del entorno en el que se van a aplicar, sin un análisis previo de su contenido y de sus efectos contextuales.
Nos “modernizamos” a costa de la propia piel, de la identidad, de la pertenencia y sus valores culturales. Imitamos compulsivamente los usos y costumbres de fuera, los consideramos más elevados, de mejor calidad, de absoluta necesidad y pertinencia porque son del Norte Global, porque no hay periferia sin centro, porque nuestra vida responde a la ley de gravedad y las cosas caen de arriba a abajo, del norte al sur cartográfico, de los blancos a los morenos, de los adelantados a los atrasados.
Las alturas, en el contexto nacional, van del gobierno federal al estatal, del estatal al municipal, en un orden jerárquico que va de lo mayor a lo menor en cuanto a su peso, a su importancia y trascendencia. Aquí la teoría del federalismo mexicano vale tanto como papel mojado y resurge ese centralismo que las luchas revolucionarias desde la independencia hasta la gesta de 1910-17 no pudieron vencer y menos relevar.
La preminencia de la metrópoli sobre la colonia, del núcleo político sobre la periferia dependiente y sumisa se refuerza en cada hito tecnológico, financiero y comercial que viene del norte. Quizá por eso fracasó el modelo de sustitución de importaciones y llagamos al modelo maquilador, dejamos la idea de la autosuficiencia alimentaria, el fortalecimiento del mercado interno ligado a la capacidad productiva nacional, para dar paso a la liquidación de los activos productivos nacionales, con la idea de que era mejor comprar que vender, consumir que producir, y echarse en brazos de la dependencia vía TLCAN y ahora el T-MEC.
La década de los 70 termina con una severa crisis del patrón de acumulación de capital y la necesidad de recuperar la tasa de ganancia ofrece una medida de reconfiguración que resulta en el modelo económico que conocemos como “neoliberalismo”, cuyo contenido económico y político trae a la escena la unipolaridad mundial y sus contradicciones.
Los años 80 son el marco temporal de nuevo comercio internacional y local donde predomina el interés privado sobre el social, sin tapujos, sin misericordia y sin escrúpulos, aunque conservando, en general, el lenguaje ambiguo y protocolario usual en las relaciones internacionales. La forma se distancia cada vez más de su contenido.
La llegada de Donald Trump inaugura oficialmente la ruptura con la razón y el lenguaje sólo tiene sentido cuando está al servicio de la estupidez dogmática del anglosionismo. Ahora pasamos de la hipocresía al cinismo y el hilo argumental pasa sin eufemismos al terreno del supremacismo, el racismo y la exclusión, a la amenaza cuando no la agresión que marca el fin de la diplomacia y el derecho internacional.
En el plano interno, la nación se debate entre la realidad de un modelo económico que vino de arriba abajo, como por gravedad, y la idea de la soberanía nacional: la nación soberana, libre e independiente frente al espejismo de la “modernidad” funcional a los intereses del capital extranjero y la hegemonía del norte.
Aquí negamos al neoliberalismo, pero se mantiene el T-MEC y se impulsa la integración económica antes que enderezar el rumbo hacia la soberanía energética, monetaria, industrial y comercial.Le negamos petróleo a Cuba pero mandamos ayuda en especie (como sobada tras el golpe) que no contravenga la prohibición del imperio; impulsamos la digitalización del gobierno, el control biométrico, los pagos exclusivamente electrónicos en gasolineras y casetas de peaje; se abre legalmente la inversión privada en campos que son competencia del gobierno privatizando el desarrollo nacional, y abrimos espacios de intervención extranjera en puertos y áreas económicas estratégicas (por ejemplo Proyecto Sahuaro, o Amigo GNL), en un ejercicio extraño y pernicioso que contradice en cada paso el supuesto de la soberanía y la oferta de renovación nacional.
En un mundo donde la guerra es el vicio irrefrenable, las apariencias actúan como el maquillaje teatral de las arrugas y cicatrices del imperio, el lenguaje sirve para sofocar disidencias, ocultar rupturas, salidas de control de la inteligencia y arranques morales comprometedores. Es el mundo de Epstein, el Mossad, la CIA, el mesianismo talmúdico incubado en las sinagogas y drenado hacia Washington, Bruselas, o alguna capital latinoamericana.
En este contexto, la guerra viene en oleadas, del centro a la periferia, de las metrópolis a las colonias que, en aras de la colaboración, la complementariedad y la pérdida creciente de autonomía, se niegan a dejar “solito” al hegemón que las desfigura, enajena y abusa.
Por favor, no hablemos de soberanía. En todo caso, sintamos nostalgia del futuro, de lo que pudo haber sido y no fue.
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