“Hechos, no palabras” (frase latina).
Occidente
se ha convertido en una turba infame, en un montón de imbéciles al servicio de
quien creen su amigo y protector frente a las amenazas de la razón y la
dignidad. Las viejas potencias coloniales que otrora hicieron de las suyas en
América, Asia y África, ahora recurren a una infame cháchara que supura
ambigüedad, cobardía y franca estupidez puesta al servicio de justificaciones
que no se las cree ni su abuela.
El reciente ataque a la República Islámica de Irán con el pretexto de que está desarrollando armamento nuclear que EUA y el mundo “no puede permitir”, recuerda la mentira de que el Irak de Sadam Husein poseía “armas de destrucción masiva”, y que era una verdadera amenaza a la “paz mundial” que debía de ser destruida… y los gringos fueron y lo hicieron.
Antes como ahora, los intereses de EUA y satélites europeos gira en torno al petróleo, tierras raras y geoestrategia. La máscara humanitaria y pacifista, cae por su propio peso. Ya nada sostiene la mentira de la democracia y el progreso llevada hasta el límite por EUA y su manada europea.
Asoma con descaro la fea cara del imperialismo a través de las palabras y las acciones del gobierno del degenerado Trump, así como sus lacayos en Francia, Alemania y, en general los países arracimados en la OTAN. Primero con Gaza y ahora con Irán, la historia de la infamia se escribe con sangre mártir, con seres humanos masacrados en ofrenda a los muy absurdos y puñeteros delirios de Israel y EUA sobre el dominio de la región y el mundo “por mandato divino”.
Es casi imposible imaginar la existencia de un dios viciosamente agresivo y vengativo que hace promesas sectarias y excluyentes a un pueblo, a una sola tribu, cuyas raíces de pierden en las arenas del mito y las más calenturientas fantasías mesiánicas, a costa de la paz y el patrimonio de los demás.
Es absurdo convertir en derecho un mito religioso que, gracias al interés político y territorial de Inglaterra se convirtió en expectativa nacional. El sionismo obra el milagro de convertir la fe en nacionalidad, sin importar origen racial, historia y razón. Aquí, hablar de pueblo no tiene nada que ver con la historia o la genética sino con una política expansionista y el control estratégico de una región del medio oriente.
Curiosamente, los verdaderos semitas como los palestinos son víctimas de la expansión sionista. Los palestinos, libaneses, iraquíes, sirios, jordanos, yemeníes son semitas de origen, no así los habitantes del ente sionista llamado Israel, que nada tiene que ver con los escenarios bíblicos porque su origen obedece a migraciones europeas y orientales.
Aquí, lo que no escapa a cualquier inteligencia razonablemente sana es el hecho de que tanto los sionistas israelitas como sus satélites gringos trabajan por acelerar “el fin de los tiempos” para propiciar la venida del Mesías y el cumplimiento de las promesas al “pueblo” de Israel (hágame usted el recabrón favor).
EUA e Israel “trabajan” por la destrucción total como requisito del nuevo amanecer bíblico, por eso la absoluta irracionalidad de una guerra que solamente subraya la capacidad mundial de convertir en mierda su propio destino.
Lo que ahora es imperativo es dejar de tragarse la historia de la defensa de Israel contra sus víctimas y vecinos, el absurdo de llamar antisemitas a quienes se oponen y denuncian la barbarie anglosionista y la ridícula y criminal complicidad de EUA en el genocidio que se perpetra a ojos vistas.
México y Latinoamérica deben decir basta a la manipulación informativa y la pasividad política que tolera ultrajes y complicidades imperiales. Europa y el resto del mundo deben reaccionar en legítima defensa.
Lamentablemente, los gobiernos europeos y algunos latinoamericanos están cediendo soberanía y sus objetivos nacionales se subordinan al proyecto de dominación anglosionista, en pos del objetivo de construir el aberrante “gran Israel”, así como, por otra parte, cumplir con el “destino manifiesto” de EUA mediante la coacción, la amenaza y la agresión, como es el caso de Venezuela o Cuba.
El poder de la estupidez armada puede ser abrumador, pero el deber de las víctimas actuales o futuras es defender lo propio y denunciar con todas las letras el atraco mundial que se está llevando a cabo, y unir fuerzas contra el agresor antes que callar en un obsceno acto de complicidad.
La llamada guerra contra los cárteles de la droga por parte del principal consumidor y negociante de enervantes, debe entenderse como lo que es: un mecanismo de chantaje, intervención y dominación política con fines imperialistas cuyo trasfondo es el control regional de petróleo, metales, agua, comercio y otros recursos estratégicos.
En un mundo al revés, debemos conservar la capacidad crítica y llamar a las cosas por su nombre. Defendamos sin dudas ni temores la razón y la justicia, confiados en que la verdad siempre triunfa. No seamos cómplices activos o pasivos del imperialismo trumpiano en su órbita de montoneros, falsos y cobardes. Luchemos porque la dignidad se haga costumbre
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